La Cuarta Pared

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Pan y circo

Pan y circo

“Un lugar en el que abstraerse de la vida cotidiana y de la rutina, para ser parte de la épica aunque sea por un instante

Hay cosas que no cambian por más siglos que se sucedan en el timeline de la humanidad. Desde que el ser humano dejó de ser una especie común a todas las demás, preprogramadas para pasar su existencia transmitiendo su carga genética a la siguiente generación hasta el siguiente accidente evolutivo, la búsqueda del sentido de la vida ha marcado y forjado el resto de las características que definen la condición humana.

Al hombre ya no le basta con llegar a ver un nuevo amanecer. Aparecen apetitos y deseos que trascienden la mera satisfacción de las necesidades fisiológicas. Unos pocos sentirán la necesidad de buscar respuestas, otros ambicionarán romper límites o dejar huella y los más, sentir en carne propia el orgullo de pertenencia a un grupo o familia asumiendo como propias las virtudes de unos pocos héroes elegidos.

Viendo los anfiteatros romanos que aún hoy se conservan después de casi 2000 años, se hace difícil no sobrecogerse ante la fastuosidad e inmensidad de estas construcciones que podían albergar en su interior a decenas de miles de almas concentradas en torno a una acción central, ficticia, simulada o representada, por muy visceral y primaria que esta pudiera ser. Un lugar en el que abstraerse de la vida cotidiana y de la rutina, para ser parte de la épica aunque sea por un instante y en la piel de otro. El Coliseo Romano, con sus cuatro pisos arquitrabados, cada uno de ellos resuelto con un orden clásico (dórico, jónico, compuesto y corintio) es un claro ejemplo de que a estos templos de la frivolidad se les dedicaba la mayor de las atenciones y sin límite de recursos.

Tanto de lo mismo se puede apreciar en los monumentales cosos taurinos, evolución ibérica de los coliseos romanos o en los más actuales estadios deportivos que han venido a rellenar el necesario hueco que la sangre y la muerte han dejado, para ser sustituidos por sudor y batalla, pero que desata los mismos instintos primarios, tan necesarios para la especie.

Estamos en año de mundial de fútbol y a nadie escapa que este es especial por razones más políticas que deportivas. A la vista de los estadios que se han levantado (alguno para ser desmantelado una vez finalice el evento), ecosostenibles, igualitarios e integradores, no me queda duda de que seguiremos por muchos siglos erigiendo estos coliseos para mayor gloría de nuestra era frente a las pasadas, tan primitivas, tan burdas… tan iguales.

Ni los más listos, ni los más fuertes

Ni los más listos, ni los más fuertes

“Las entradas de los refugios de la Guerra Civil se convirtieron en quioscos de prensa”

Ni los más listos, ni los más guapos, ni los más fuertes, los que sobreviven son aquellos que mejor se adaptan a los cambios venideros. El origen de las especies de Darwin es muy revelador para el entendimiento de la evolución de los seres vivos, pero muchas de sus lecciones las podemos traspasar también a elementos materiales, como podrían ser los edificios, las ciudades o incluso los smartphone con obsolescencia programada.

Desde el punto de vista de la arquitectura, una acertada visión de futuro y un buen hacer constructivo serán las claves para trascender. Bien lo sabía Guillermo Langle que, pese a diseñar multitud de proyectos con unas necesidades propias de su época, estos han sabido adaptarse a la vida moderna. Su estación de autobuses de Almería es hoy en día un Mercadona, las entradas a los refugios de la Guerra Civil se convirtieron en quioscos de prensa y ahora nos toca transformar un antiguo colegio en un centro de integración social para un barrio que se ha visto degradado con el paso del tiempo.

Las edificaciones deberían perdurar a las generaciones que las habitan y así sucede en la mayoría de los casos. Sin embargo, solo aquellas que permitan cierta flexibilidad y adaptabilidad a los usos y necesidades del futuro, serán las supervivientes tras decenas o cientos de años. Sin mencionar por supuesto a la famosa firmitas, es indispensable mantenerse en pie frente al inevitable paso del tiempo y a las inclemencias físicas del medio.

En el caso del colegio de Langle, bastará con un par de refuerzos estructurales y la instalación de unos tabiques móviles para ofrecerle esa segunda vida que merece. Es curioso pensar que un edificio construido a finales de los 60 con el objetivo de educar a los niños de un barrio, se termine convirtiendo hoy en día en un centro de inserción social para los hijos y nietos de esos niños. El proyecto pretende dotar al barrio de un espacio de relación y cohesión social entre varios estratos de la población, haciendo un mayor hincapié en habilitar talleres y aulas a los más jóvenes para que puedan desarrollar sus pasiones e inquietudes. Potenciando así su crecimiento personal y sus posibles salidas profesionales. Al fin y al cabo, quizás en este caso, el uso no haya variado tanto, simplemente se pretende ofrecer un porvenir a aquellas personas que, por sus condiciones socioculturales, se han visto limitadas y con un futuro bastante incierto.

La ciudad planificada

La ciudad planificada

“En el siglo XX, se llevaron a cabo auténticos experimentos de utopias urbanas

La planificación de ciudades desde cero, sueño de cualquier urbanista, es una fórmula alternativa a la formación general de ciudades, que suelen surgir por generación espontánea y orgánica a partir de un pequeño enclave con valor estratégico, como pueda ser un cruce de caminos, un promontorio defensivo o un remanso fluvial.

Esta forma de planificación, que ha tenido grandes ejemplos en los últimos 100 años, es algo que se lleva practicando desde tiempos inmemoriales. Los romanos ya implantaron su sistema de damero para definir la trama de sus nuevos asentamientos en torno a la encrucijada de los ejes definidos por el cardo (norte-sur) y el decumano (este-oeste), organizando de forma racional las infraestructuras y los equipamientos públicos.

En la edad media las ciudades planificadas renacentistas, en las que la configuración radial o de estrella, resulta en ciudades amuralladas con baluartes y torreones defensivos en sus vértices tienen motivaciones más filosóficas y metafísicas, que derivaron en las utopías sobre la ciudad ideal. La ciudad italiana de Palmanova es uno de los más reconocibles arquetipos de trazado urbano en estrella, en los que una geometría prácticamente perfecta recoge el principio fundamental de plaza central como elemento nuclear del espacio público.

Ya en el siglo XX, se llevaron a cabo auténticos experimentos de utopías urbanas, en las que un selecto grupo de urbanistas, arquitectos e ingenieros tuvieron la ocasión de materializar sus teorías sociales y urbanas. La descolonización y el surgimiento de naciones emergentes con urgentes necesidades de modernización y de adopción de complejas estructuras administrativas y gubernamentales, unido a la provisión de recursos proveniente de los países occidentales, fue el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo de proyectos monumentales como puedan ser Camberra, Brasilia o Chandigarh. Basadas en ideales democráticos y en el humanismo con base racionalista, los grandes espacios libres y abiertos dignificarían la calidad de vida. Sin embargo, los resultados en casi todos los casos, en los que el uso del automóvil es casi imprescindible, y en los que los grandes espacios abiertos convierten las zonas residenciales en inhóspitas áreas sin carácter urbano y sin servicios de proximidad, han sido un completo fracaso.

Hoy, son Asia y Oriente Próximo los laboratorios de experimentos urbanos. La sostenibilidad y la eficiencia energética son tendencia. El tiempo dirá…

Tres conejos

Tres conejos

“Un dibujo sin ningún tipo de pretensión artística, más allá de que el mensaje pueda perdurar a lo largo del tiempo, o no

Me imagino ese momento en el que uno de nuestros primeros ancestros trataba de explicarle a su compañero que había cazado tres conejos, pero no entendía muy bien su idioma y el lenguaje de signos solo era capaz de comunicarle el número de presas. En algún momento, nuestro antecesor cogería un par de piedras y seguramente dibujaría una silueta de conejo con dos grandes orejas puntiagudas. Es posible que esa piedra tallada no tuviese la belleza de los famosos dibujos de toros de Atapuerca, pero cumplió a la perfección con su cometido de informar que esa noche había cena.

Este tipo de dibujo que, solo busca solucionar un problema o expresar cualquier cosa que fuese muy complicada de decir con la voz, es una herramienta más del ser humano para comunicarse. Su funcionalidad siempre condiciona el resultado. Se trata de un dibujo rápido, de escasas líneas pero claramente identificables, a ser posible mediante signos o códigos de lenguaje ya preestablecidos entre la sociedad. Un dibujo sin ningún tipo de pretensión artística, más allá de que el mensaje pueda perdurar a lo largo del tiempo, o no.

También podemos tener la suerte de ver, en ciertos momentos muy concretos, esos pequeños dibujos efímeros realizados para expresar algo a sabiendas de que tarde o temprano van a ser borrados para pintar algo encima. Los grafitis, las notas a lápiz en los apuntes de la escuela o los croquis en sucio de una idea revolucionaria, son solo algunos ejemplos actuales de este tipo de actos comunicativos. Pero sin lugar a dudas, uno de mis favoritos son las decenas de garabatos que se llegan a acumular, a lo largo del transcurso de una obra, en cualquier superficie mínimamente plana y agradable para el trazo del habitual lápiz de mina goda. Algunos son meras anotaciones de materiales y cantidades, pero otros son representaciones de detalles constructivos que reflejan ciertas ideas de cómo hacer las cosas. Son simplemente líneas en planta o en sección que se utilizan para manifestar a alguien la idea de cómo construir algo. Increíblemente suele funcionar y, además de aportar información,  en algunas ocasiones, podemos encontrarnos con alguna pequeña obra de arte que, lamentablemente, estará destinada a desaparecer al día siguiente cuando entren los pintores para terminar su trabajo.

Me asombra pensar en la cantidad de momentos pasados que han quedado reflejados en alguna superficie y se esfumaron como las olas borran un mensaje en la arena.

Las dos torres

Las dos torres

“Con la construcción de las dos torres, no cabe duda de que la ciudad ha ganado más de lo que ha perdido.”

No soy yo un gran fan de la novela El Señor de los Anillos, trasladada a la gran pantalla en formato de trilogía en una de las superproducciones más laureadas del cine con un total de 18 premios Óscar entre las tres partes. Sin embargo, el título de la segunda entrega, que coincide con el segundo volumen de la novela, me viene a la mente útilmente con demasiada asiduidad.

Casi a diario, desde hace décadas paso por delante de la rotonda de la plaza de la estación, lugar en el que se encuentra en mi modesta opinión, unos de los edificios de mayor valor arquitectónico y urbanístico de la ciudad. Almería no es precisamente una ciudad en la que se prodiguen las joyas arquitectónicas, y a poco que se pidiera a 100 expertos en la materia que seleccionaran 5 edificios de valor singular, dudo mucho que la estación de ferrocarril no apareciese en todas las listas. La estación, no solo es un excelente representante de la arquitectura del hierro del XIX. Se convirtió en la puerta de la ciudad a su desarrollo posterior. Siendo una estación terminal, curiosamente adopta la forma de estación de paso o tránsito, pues ya se planteó en su día como esencial la conexión con el puerto, a través del muelle de carga de mineral que unos años más tarde se materializaría en el cable Inglés, hoy en plena restauración y puesta en valor.

Durante décadas me acostumbré a ver la estación sobre el fondo homogéneo que le confería el antiguo silo industrial más conocido como Toblerone, que como si de un gusano de las arenas del planeta Dune se tratara, reposaba varado en la superficie esperando al desmantelamiento que nunca llegaba. Fue todo un descanso para la vista, poder contemplar la estación con un fondo limpio y azul. Descanso que se prolongó durante unos años.

Con la construcción de las dos torres (dos de momento), erigidas en los suelos antes ocupados por el silo, no cabe duda de que la ciudad ha ganado más de lo que ha perdido. Se está regenerando la trama urbana y aparecen nuevos espacios abiertos y esponjados fruto de concentrar los aprovechamientos en altura.

Pero la intrincada composición de los volúmenes prismáticos, en la que con geometrías complejas, y un completo catálogo de materiales, celosías, vidrios, revestimientos, metales, maderas, pérgolas, descuadres y voladizos se ha resuelto el dialogo entre Barad-dur y Orthanc me hace echar de menos el lienzo rojo óxido del Toblerone sobre el que la estación reposaba con calma viendo pasar el tiempo.

Refugio

Refugio

“La cabina de un camión o un pequeño cobertizo en el jardín.  Solo necesita de un habitante que lo colonice.

En la soledad del despacho que tengo en casa a veces siento que el tiempo se detiene. No es un espacio muy grande pero sí suficiente. Yo creo que no es nada excepcional, y que es casi idéntico al que mucha gente tiene en su casa. A ojos de un extraño tal vez pueda parecer una habitación algo saturada de objetos y por ende desordenada e incómoda. Estanterías en las que algunos libros, fundamentalmente novelas de ciencia ficción clásica y revistas de arquitectura pugnan por ganar espacio con robots y artilugios electromecánicos, impresoras 3D, soldadores y herramientas diversas, ocupan dos de las cuatro paredes. Un gran mapamundi de unos tres metros cuadrados, y muchas fotos enmarcadas de los viajes familiares cierran los planos que completan mí despacho con vistas al mar. En el centro de la habitación en una mesa baja, un halcón Milenario de 3500 piezas de Lego acumula polvo esperando su momento que nunca llega para ser colgado del techo. Yo siempre digo que eso lo hace más auténtico, pero reconozco que mi familia me ha dejado por imposible.

Y en este espacio, sentado en una estrecha mesa en L en la que a duras penas encuentro hueco para colocar el teclado y el ratón, entre cacharros de toda índole, es donde más a gusto me encuentro, y donde a pesar de lo intenso y agotador que pueda resultar el trabajo que tenga entre manos, encuentro la paz y el sosiego.

Yo creo que todos tenemos (o deberíamos tenerlo) un espacio así. Cada uno a su manera. No importa de que esté hecho, o lo grande o pequeño que sea. Puede ser desde la cabina de un camión, la mesa del navegante de un velero o un pequeño cobertizo en el jardín. Solo necesita de un habitante que lo ocupe y lo colonice. Ya desde pequeños tendemos a crearnos refugios propios en los que desarrollar nuestra faceta solitaria. Un armario ropero, los bajos de una mesa camilla o la leñera en la que un día por desgracia dejas de caber, empiezan siendo esos fastuosos templos de la acogedora soledad.

El concepto de refugio abarca distintas escalas. Desde la más grande, como pueda ser la tierra, refugio de toda la vida, pasando por el refugio colectivo en el que desarrollar nuestra faceta social, hasta el refugio introspectivo y que solo requiere de unos modestos pero reconocibles límites espaciales. A veces uno encuentra o construye ese lugar, otras veces es el lugar el que te encuentra a ti. En cualquier caso, cuando sucede, el tiempo se detiene.

El niño y el entorno

El niño y el entorno

“Cuando tu conocimiento del medio en el que vives es reducido, cualquier cosa supone una gran novedad

Recuerdo el olor de los pasillos, el terciopelo de los asientos del bus por las mañanas de camino al colegio, apenas tendría 3 años y ese día, a mi madre se le olvidó decirme adiós con la mano desde la calle mientras yo la miraba absorto en el asiento y pegado a la ventana, con una cara de pena y desesperación. Irme a pasar el día entero a un edificio ajeno a mi hogar y que mi madre no me dijera adiós con la mano podría suponer un momento de esos en la vida que quedan marcados para siempre, de hecho, así fue.

Llegamos al colegio, era la primera vez que estaba en un edificio tan grande, no controlaba mi entorno y no me movía por intuición sino dirigido en fila india junto a mis compañeros y liderados por aquel adulto que comandaba la expedición desde el autobús hasta el aula de 1ºb.

Hasta entonces conocía a la perfección todos los recovecos de mi casa, no era pequeña, vivía junto a mis padres en una vivienda de dos plantas. Me encantaba situarme en las esquinas del salón más solitarias y mirar desde allí al espacio restante, siempre conseguía sentirme al unísono con mi casa y entenderla en su totalidad.

Sin embargo, aquel nuevo edificio era mucho más grande de lo que yo mismo podía concebir a esa edad. No sabía cuántas plantas tenía, ni cómo de largos eran aquellos pasillos, ni dónde estaba la sala de profesores ¿Cuántas clases como la mía podría haber en aquel lugar? Por una parte, estas incertidumbres generaban en mí mucha curiosidad, esa sensación de tener mucho por descubrir luchaba constantemente con la falta de sentimiento de pertenencia identidad que se fue perdiendo con el tiempo, ya que día a día, ese colegio se convirtió en mi segundo hogar. Realmente llegaba a pasar más tiempo allí que en mi propia casa, que empecé a ver pequeña, de apenas dos plantas y unas cuantas estancias que ya conocía.

A pesar de mis días en el colegio, no conseguía aumentar mi rango de conocimiento del entorno, ya que la rutina me guiaba siempre por los mismos caminos, cierto es que ya conocía dónde estaba el baño, cuál era mi pupitre y por dónde se iba al comedor. Pero seguía sin saber cuántas plantas había tras esas escaleras infinitas que parecían llevar al cielo convertido en pasillo.

Cuando tu conocimiento del medio en el que vives es reducido, cualquier cosa supone una gran novedad, abrir tu círculo de ambientes conocidos es siempre mucho más sorprendente cuando tienes menos referencias con las que asociar y comparar.

Tengo un plan

Tengo un plan

“En 1493, Leonardo consiguió terminar y presentar en sociedad un molde de yeso a escala real de la escultura

A finales del siglo XV, el duque de Milán, Ludovico Sforza, encargó a Leonardo da Vinci la tarea de diseñar y construir un monumento ecuestre que honrase la memoria de su padre. En un primer momento, la estatua estaba prevista a tamaño natural, pero el devenir de los acontecimientos y el plan de Leonardo para su obra la terminaría convirtiendo en un proyecto de mucha mayor envergadura.
El desarrollo del encargo se alargó durante varios años. En primer lugar, hubo un proceso de diseño hasta encontrar la postura más indicada para el caballo y el jinete, teniendo en cuenta infinidad de factores, desde las sombras proyectadas hasta la capacidad técnica de la época para sostener en pie una escultura en bronce de más de 7 metros de altura. La estrategia para el fundido de la pieza era asombrosa, se planteaba encofrar la estatua con madera de una manera muy similar a las construcciones actuales, pero también hubo que hacer frente a cuestiones personales de la vida del artista, o incluso a la guerra con Francia que, durante esta época, se manifestaba con mayor vehemencia en el norte de Italia, concretamente en la fortaleza militar que era Milán.
En 1493, Leonardo consiguió terminar y presentar en sociedad un molde de yeso a escala real de la escultura, pero curiosamente, un año más tarde, una fuerte batalla en la ciudad obligó a fundir todo el bronce reservado para fabricar cañones. El plan de Leonardo se quedó ahí, en un plan.
Al igual que cualquier otro proyecto arquitectónico, la construcción de la escultura requiere de una idea, un diseño, un desarrollo y definición del objeto, una planificación y por supuesto, su correcta ejecución. Procesos que no son ni mucho menos propios de estas disciplinas, se trata de sucesiones que están presentes en casi todos los ámbitos de la vida, desde pintar un cuadro hasta cocinar una tortilla de patatas.
Los planes establecen una declaración de intenciones para una puesta en marcha a futuro. Un plan no es más que un propósito estudiado. Pueden ser maravillosos, perversos, ingeniosos o inexactos, pero nunca lo sabremos hasta que los pongamos en marcha.
Existen ciertos momentos concretos en la vida en los que es necesario tomar decisiones, elaborar un plan o marcar una estrategia que determine el porvenir de nuestro futuro. Desde orientar tu encaje laboral con apenas 18 años hasta decidir cómo vivir tu jubilación con 67. Lo importante no es tener un plan, sino acometerlo.

21 de agosto

21 de agosto

“La mejor casa del mundo es la que pueda compartir contigo»

El amor por la música, por los desayunos al sol del sábado o por los pícnics en la playa son cosas que casi todos compartimos, al igual que el odio por las mudanzas. Tener que empaquetar todas tus pertenencias en cajas de cartón y dar trescientos viajes de un sitio a otro para afrontar la inminente salida de tu zona de confort, no suele ser una experiencia agradable a priori. Implica ser consciente del volumen total que ocupan todos tus cachibaches y te obliga a replantear su verdadera utilidad, a decir verdad, una mudanza es una buena purga si consigues dejar a un lado la carga de la nostalgia. Se trata de un ejercicio más mental que físico y si tu voluntad está convencida, siempre lo verás como un cambio de etapa. Da igual si la futura casa tiene garaje, piscina, pista de pádel o está en primera línea de playa, lo importante es que entre el sol por las ventanas y que estés junto a aquellos que te hagan feliz, aunque lleve cerrada más de 8 años y tenga muebles de los años 60.

Pese a parecer chocante, la experiencia me ha demostrado que puedes llegar a ser más feliz encerrado en un pequeño apartamento padeciendo unas paperas, que en un chalet con el mejor de los jardines, el secreto es sencillo: estar bien acompañado. A veces nos obsesionamos con la relación entre las cosas materiales y nuestra calidad de vida; una moto nueva, dos vestidores repletos de ropa, una casa preciosa con grandes ventanales en la que podamos andar descalzos y todo esté ordenado bajo las normas del feng shui pero, en la mayoría de las ocasiones, la felicidad tenemos que buscarla en nuestro interior.

Solo conseguiremos desprendernos de nuestra obsesión por la persecución de un modelo ideal cuando descubramos y redefinamos qué es una vida ideal. Desgraciadamente, esto va unido a cierta madurez interna. Creemos que el mejor viaje siempre se resume a desplazarnos lo más lejos posible de nuestro entorno local, pero muchas veces olvidamos que, las mejores vacaciones son aquellas a las que llevas tu entorno contigo. No importa los maravillosos museos o playas paradisíacas que visites, en avión o en barco, lo importante es poder compartirlo con aquellas personas a las que amas.

Al igual que un cocinero al que le cuesta trabajo decantarse por su plato favorito, sigo sin tener nada claro como me gustaría que fuera mi vivienda ideal. Sin embargo, no tengo ninguna duda de que, sea como sea, me encantaría que fuese junto a ella. Feliz cumpleaños.

Mi mujer está contenta

Mi mujer está contenta

Cometía su función más importante de la manera más depurada posible, haciendo sencilla la vida de sus habitantes

Hace un tiempo, visitando una obra de 4 viviendas pareadas que estamos construyendo actualmente, me crucé, saliendo de su casa, con el nuevo inquilino de la vivienda contigua, también proyectada por nosotros hace cosa de un año. Él no me conocía, ni yo a él, así que me tomé la libertad de aparentar estar interesado en adquirir una de esas viviendas en obra y le pregunté acerca de la casa, cómo era vivir allí y si estaba cómodo en su nuevo hogar. Me respondió con una frase que nunca olvidaré: “la casa está bien, pero lo más importante es que a mi mujer le encantó cuando la vio y si ella está feliz, a mi me da exactamente igual la verdad.” En ese momento no pude evitar soltar alguna carcajada, pero al madurar esa idea, me hizo reflexionar acerca del alcance de nuestro trabajo.

La vivienda es el espacio en el que mayor tiempo pasamos a lo largo de nuestra vida. Aquellos que tienen la fortuna de haber podido intervenir en el proceso de su diseño, tienen la oportunidad de pararse a pensar en cómo quieren vivir su hogar el día de mañana, haciendo saber al arquitecto su forma de vida, sus inquietudes e incluso sus gustos más personales. Sin embargo, todos aquellos que, por cualquier razón, viven en una vivienda de segunda mano, deben pasar por un periodo de adaptación a sus nuevos espacios que normalmente es mutuo, la casa se hace a la persona y la persona se hace a la casa.

Todos somos humanos, y por lo general, nos unen una serie de características y necesidades básicas que compartimos sin apenas darnos cuenta. Se trata de detalles que están siempre presentes en segundo plano, como la necesidad de disfrutar de luz natural en la cocina o la de poder estar en el salón durante varias horas sin dejar de estar cómodos en ningún momento. Cuestiones esenciales pero de gran calado en nuestro día a día y que solo somos conscientes de ellas cuando no las tenemos.

Aquel hombre no supo decirme, a bote pronto, cuáles eran los puntos fuertes ni las debilidades de su nueva casa, solamente pudo reseñar que su mujer estaba contenta, que todo marchaba bien y que, por el momento, eso era suficiente. Es posible que ese proyecto no tuviera unas grandiosas falsas fachadas perforadas por huecos, ni que su vivienda saliera publicada en importantes revistas de arquitectura, pero cometía su función más importante de la manera más depurada posible, haciendo sencilla la vida de sus habitantes.

¿Por qué? ¿Para qué?

¿Por qué? ¿Para qué?

“El coste de contar con un profesional técnico repercutido en el presupueso total de la obra por lo general compensa la inversión»

Estas son preguntas que habitualmente se hace uno al decidirse por acometer una reforma de su casa o propiedad. Cuando nos movemos en el ámbito de las obras menores (reformas interiores especialmente), la natural preocupación por el presupuesto, el alcance de la obra o los costes nos hace en ocasiones mirar con lupa y al detalle los conceptos y no de forma conjunta y global, que es la forma correcta y más segura para alcanzar el objetivo que se pretende.

¿Por qué voy a consultar a un arquitecto?, ¿Para qué lo necesito? Si yo ya tengo mi idea clara. Mi vecino tiene un amigo que hace reformas, y mi cuñado que es un lince y sabe un huevo, me va a sacar los materiales a precio de saldo.

Más allá de que un arquitecto probablemente le romperá los esquemas y de que le aportará soluciones e ideas que a buen seguro encajarán con sus necesidades, su labor trasciende este aspecto, ya que además trabajará con el objetivo de ajustar eficazmente las soluciones y sistemas. Se preocupará por la eficiencia energética, por el confort acústico y térmico o por la durabilidad de sistemas y acabados. Además efectuará un control económico y cualitativo de la contrata con el objetivo de garantizar una correcta ejecución a un precio controlado. En definitiva, velará por sus intereses frente a los de la contrata.

El coste de contar con un profesional técnico repercutido en el presupuesto global de la obra por lo general es muy menor y se compensa con creces con los beneficios que se obtienen, muchos de ellos como digo, de tipo económico curiosamente. El hándicap está en que es lo primero que se ha de pagar y se corre el riesgo de perder de vista el presupuesto objetivo.

En mi experiencia a lo largo de los años como perito judicial me ha tocado intervenir en bastantes conflictos surgidos de una intervención en el ámbito de pequeñas reformas, hechas sin control técnico, sin contrato, sin documentación y sin garantías.  Además de las consabidas consecuencias de tipo económico, la infelicidad, la insatisfacción y la frustración que ocasionan los larguísimos procesos judiciales pueden acabar convirtiendo en un calvario el ilusionante camino de acometer la tan deseada reforma.

¿Quiere reformar su casa? ¿Quiere hacer obras? Llame a un buen arquitecto. Busque, pida consejo, y póngase en manos de un buen profesional. Al final seguro que le saldrá a cuenta.

La máquina del tiempo

La máquina del tiempo

“En casi todos los futuos, la ciudad ha ocupado e invadido el planeta para servir a las necesidades de sus inquilinos

Coches voladores, rascacielos angulosos y de formas orgánicas, grandes espacios urbanos de carácter puramente monumental y político y un sinfín de características comunes, forman el majestuoso imaginario colectivo sobre del futuro de nuestras ciudades. Un compendio formado a raíz de cientos de años de historias, películas y novelas que intentan dotar de un contexto futuro a sus respectivas tramas. Plasmando un escenario lejano pero verosímil en algún punto de la mente de sus creadores, o al menos en la conciencia de su época.

En casi todos estos futuros, la ciudad ha ocupado e invadido el planeta para servir a las necesidades de sus inquilinos, cada vez más ambiciosas. El desarrollo sin fin que nos lleve a la cumbre de nuestra evolución. La pretensión de que, el tiempo, la investigación y la ciencia nos terminarán elevando a una forma de vida cada vez más cómoda y placentera. Solucionando nuestras necesidades más primarias de un plumazo y centrándose en lo que realmente nos importa: nuestras inquietudes sociales, el entretenimiento y la felicidad plena.

Una de las primeras novelas en abrir una ventana al futuro es la Máquina del Tiempo de H.G. Wells, publicada en 1895. En ella, un joven y entusiasta científico encuentra la forma de viajar a través de la cuarta dimensión y sin más preámbulo que una simple conversación con sus colegas de profesión, se dispone a viajar hacia adelante sin miedo alguno y con la curiosidad innata que cualquiera de nosotros sentiría con un artefacto así. Sin embargo, al aterrizar en el año 802.701, nada es como se imaginaba. La ciudad ha desaparecido prácticamente por completo, a excepción de algunas ruinas monumentales salpicadas en un entorno natural realmente bello. Tras conocer de primera mano a los seres que habitan este lugar, no puede evitar hacer multitud de elucubraciones acerca de lo que tuvo que haber pasado. Cómo es posible que estos seres de apenas 1,20 m de altura vivan tan felices y en paz. Empieza a pensar que han llegado a la cresta del progreso. Ya no necesitan levantar muros, crear fronteras o ponerse a cubierto de nada. Ni siquiera trabajan, comen directamente frutos de los árboles.

Aunque al final de la novela descubramos que no todo es tan bello como parece, se trata de una curiosa manera de imaginar una sociedad venidera sin conocer su pasado reciente. Donde, los fantásticos rascacielos angulosos se han convertido en los tétricos rascasuelos que habitan los Morslocks.

De engalabernos y medianeras

De engalabernos y medianeras

“Cuando compramos nuestra casa, que será la posesión más preciada de nuestra vida, lo hacemos con un desahogo que nunca deja de sorprenderme.

El español moderno es contradictorio. Y digo contradictorio por emplear un eufemismo amable no sea que se me ofenda alguno. Tajante y generalista afirmación, pero siempre acabo llegando a esa conclusión cuando pienso en estas cosas.

Vivimos en un mundo en el que lo material tiene una importancia desmesurada. Atrás quedaron los tiempos en los que las posesiones de un individuo cabían en un zurrón, que tras su muerte pasaban a ser repartidas entre los miembros de su descendencia o de su tribu. Y vivir, se vivía.  Hoy no. Hoy hemos evolucionado hasta convertirnos en una especie en la que el valor de la posesión define nuestra propia identidad. No somos nadie sin nuestro teléfono móvil, nuestras zapatillas, nuestro coche o nuestro Avatar en el metaverso. Y no solo por el propio valor funcional de esos objetos que nos facilitan el día a día, sino por lo que representan.

Sin embargo, de todas las posesiones materiales, hay una que a pesar de ser tal vez la más importante y la más valiosa de todas, es a la que acabamos prestando menos atención.

La gente acostumbra cuando va a comprar un coche, a empaparse del asunto hasta convertirse en un auténtico experto en emisiones de C02, en sistemas de seguridad activa y en ángulos de batalla. Cuando nos compramos un teléfono móvil, consultamos docenas de foros y estudios comparativos de los modelos del momento. Exigimos garantías, facturas y guardamos como tesoros las cajas y los manuales.

Pero cuando vamos a comprar nuestra casa, que será la posesión más preciada de nuestra vida, por la que acabaremos casados con una entidad financiera por lustros o décadas, lo hacemos con un desahogo que nunca deja de sorprenderme.

En mi vida profesional he visto contratos privados de compraventa de viviendas que caben en una cara de una servilleta, presupuestos de ejecución de obra de una casa que no pasaban de un resumen de capítulos abierto, o viviendas de 200 metros cuadrados escrituradas como “solar con corral”.

Casas con habitaciones en engalaberno, compradas tiempo atrás al vecino de la casa medianera, descritas en fanegas y codos en las escrituras, generando laberintos y singularidades que el registro de la propiedad transcribe de forma literal para gozo y disfrute de las generaciones venideras.

Bien es cierto que las cosas van cambiando, y los registros y el Catastro están haciendo un esfuerzo por coordinarse aprovechando los medios tecnológicos de hoy. Aun así, nos resistimos y nos resistiremos… Somos contradictorios.

Hacia rutas salvajes

Hacia rutas salvajes

“Cuando legaban a un buen territorio, montaban sus tipis en un abrir y cerrar de ojos. 

Antes de que el ser humano integrara de lleno la agricultura en la sociedad de su tiempo, la forma de vida nómada era el estándar entre cualquier tribu. La gente se movía de acá para allá en busca de oportunidades, de alimento y de buen clima. Se trasladaban andando o apoyados por algún animal de carga y cuando llegaban a un buen territorio, montaban sus tipis en un abrir y cerrar de ojos para establecerse allí por algún tiempo.

Eran totalmente conocedores de cuales eran los bienes útiles y los superfluos. Se movían únicamente con lo imprescindible, porque cuando tu forma de vida se basa en el movimiento y tienes que cargar con tus pertenencias cada día, es cuando realmente valoras qué es necesario para el desarrollo de tu vida. Qué cosas son un mero capricho, cuáles son simbólicas, cuáles emocionales y cuales indispensables para sobrevivir en tu día a día.

Sin embargo, cuando conseguimos establecernos en algún lugar, la cosa cambia. Curiosamente, los almacenes son el corazón de las viviendas en las zonas insulares o de difícil acceso. Es allí donde se guardan las pertenencias que tanto trabajo nos han llevado conseguir y que necesitaremos a diario para desarrollar nuestro trabajo, nuestro disfrute o nuestras necesidades más animales. Lo mismo sucede con los graneros o los silos de cualquier granja por todo el mundo, o incluso con el vestidor de un apartamento en el centro de la ciudad.

El ser humano tiende a acumular siempre que tiene la posibilidad y el espacio para hacerlo. Desde coleccionistas de sellos hasta amantes de las zapatillas Jordan, almacenar es un leitmotiv en nuestra vida moderna. Quizás por ello vemos como un renegado de la sociedad a aquel que vive con dos camisetas y cazo para cocinar, sumergido en su pequeña caravana o su barquito de vela y que se desplaza a diario hasta encontrar un buen lugar donde pasar la noche. Se trata de personas que han vuelto a los instintos más primarios de cualquier ser vivo: la supervivencia, la relación con el entorno y el contacto con la naturaleza. Es un sentimiento difícilmente entendible por el resto, maravillo en su plenitud y peligroso a partes iguales, y si no, que se lo pregunten a Christopher McCandless que murió totalmente solo en Alaska por inanición, posiblemente causada por envenenamiento al ingerir alguna sustancia desconocida. Su forma de vida fue arriesgada y aventurada, pero seguro que alcanzó la plena felicidad como se narra en su libro y película homónima: Hacia rutas salvajes.

El planeta de los simios

El planeta de los simios

“Volar nos hizo gigantes, pero al mismo tiempo, nos hizo conscientes de lo minúsculo que somos como especie

Tan cerca y a la vez tan lejos. Y es que tendemos a pensar que somos especiales. Que hemos llegado a lo más alto. Que somos el resultado del proceso de una evolución que se ha completado con el ser humano en su máxima expresión de perfección. Y a poco que nos descuidemos, a la vista de la deriva que está tomando la cultura occidental, a lo mejor estamos en lo cierto.

Creo que esta sensación, en mayor o menor medida la habrán tenido los seres humanos en distintas épocas a lo largo de los milenios en los que nos consta que llevamos habitando este planeta. Imagino a los egipcios o a los mayas contemplando con orgullo sus descomunales pirámides, a los Romanos trazando con orden las infraestructuras de su imperio sintiendo que su poder les permitía domesticar el mundo, o a los arquitectos de la Escuela de Chicago que a finales del XIX redefinieron la arquitectura con la aplicación de novedosos materiales y técnicas industriales haciendo crecer las ciudades en altura aligerando los edificios. Me avergüenza reconocer, que siento un infantil orgullo de especie cuando miro por la ventanilla del avión en plena noche al sobrevolar una gran ciudad y puedo ver la magnitud y la escala de la transformación del medio físico que hemos llevado a cabo. Grandes infraestructuras recorren el territorio conectando núcleos y aglomeraciones urbanas en un aparente desorden orgánico.

Creo que en el momento en el que el hombre consiguió volar y dominar los cielos, se produjo un punto de inflexión en la concepción del mundo y del lugar que ocupamos en él. Volar nos hizo gigantes, pues redujo el tamaño del mundo que en otros tiempos requería de meses y años para poder recorrerlo a solo unas pocas horas. Pero al mismo tiempo nos hizo conscientes de lo inmensamente minúsculos y frágiles que como especie somos en el fondo. La famosa instantánea de la tierra tomada a bordo del Apolo 8 en 1968 por el astronauta Bill Anders desde la órbita de la Luna es la mayor expresión de este crítico pensamiento. Nunca nadie había estado tan lejos de casa… Tan cerca y a la vez tan lejos.

Y aun así, con todos nuestros avances seguimos necesitando de un techo bajo el que cobijarnos, de escaleras para subir y bajar, y de un hogar o fuente de calor en torno al que reunirnos. No somos tan diferentes de los primeros seres que con un orgullo diferenciador a buen seguro que admiraron sus cabañas de barro y paja, y que les permitieron cimentar las bases de lo que hoy somos y algún día, seremos.

La espacialidad

La espacialidad

“La arquitectura es un arte centrado en confinar aire, todos sus mecanismos y estrategías de diseño están orientados a producir formas en el vacío.

Existen una infinidad de parámetros que intervienen en la transmisión de emociones por parte de cualquier tipo de obra artística, sin embargo, cada tipo de arte tiene uno por excelencia. En la pintura es el color; en la escultura, la proporción; en la música, el tiempo; en la danza, el movimiento; en la literatura, la imaginación; en la fotografía, el instante; en el cine, la narración y en la arquitectura es el espacio. Sin lugar a dudas, todos se entremezclan. El color también tiene mucho que ver en el cine, o las proporciones en la arquitectura, pero siempre hay una característica que destaca frente a las demás por la propia naturaleza de cada arte.

Las obras de arquitectura pueden llegar a servir a múltiples funcionalidades, desde la eficiente resolución de los programas de necesidades hasta la inserción y relación con su entorno inmediato, sin embargo, la arquitectura es un arte centrado en confinar aire, todos sus mecanismos y estrategias de diseño están orientados a producir formas en el vacío. Pese a que siempre relacionemos, intuitivamente, el espacio con los volúmenes interiores, la imagen exterior también es parte fundamental de todo ello. Una fachada no es solo un cuadro gigante, también es formadora de lugar. La estética de los edificios establece la imagen de las ciudades, pero también hay que tener en cuenta que, la relación entre todas ellas, conforma la percepción espacial y el ambiente de sus calles. El negativo de la edificación es el espacio, tanto interior como exterior. Y aunque, en la arquitectura intervienen tan diversas variables como las matemáticas, la física, la sociología o la legislación vigente, el resultado siempre tiende a reducirse a la percepción sensorial de un lugar.

Por ello, el Barroco fue una época muy especial para la arquitectura. En este periodo se investiga profundamente acerca de las posibilidades que el espacio arquitectónico puede ofrecer. La tensión que se produce al yuxtaponer diferentes geometrías volumétricas, en la dualidad de los elementos cóncavos y convexos, en las diferentes percepciones que una fachada puede otorgar al viandante en función de su punta de vista, así como en la relación, directa o indirecta, que los exteriores tienen con los interiores. Al fin y al cabo, el Barroco se centra en lo realmente importante: en las diferentes herramientas espaciales que juegan sus cartas frente al ser humano y sus emociones.

De Vitrubios y Palladios

De Vitrubios y Palladios

“El orden, la proporción y la escalabilidad del sistema define desde la parte más pequeña hasta lo más grande»

Hay un invariante en el entorno urbano que todos somos capaces de reconocer con independencia del conocimiento que se tenga de arte, arquitectura o historia. Los elementos clásicos de la arquitectura adintelada procedentes de las civilizaciones clásicas Griega y Romana, que pasaron un periodo de abandono y olvido durante la edad media, fueron redescubiertos por los arquitectos renacentistas, los cuales estudiaron y reinterpretaron sus elementos compositivos, fijando las bases de lo que sería el orden en la arquitectura y el urbanismo hasta nuestros días.

Y es que, es el orden, la proporción y la escalabilidad del sistema que define desde la parte más pequeña de una moldura hasta lo más grande como pueda ser la proporción entre espesor de una columna y la altura total de un edificio, han cautivado a los arquitectos a través de los tiempos.

Marco Vitrubio, en el siglo I A.C. recogió, en su tratado de arquitectura, entre otras muchas cuestiones, lo que hoy conocemos como órdenes clásicos, y que sirvió de base para que los renacentistas como Andrea Palladio redefinieran las bases de todo lo que ha venido detrás.

Durante los primeros años del periodo de formación en la escuela de arquitectura, se estudian las proporciones pitagóricas y áureas, así como los órdenes clásicos (Toscano, Dórico, Jónico y Corintio esencialmente), dibujando hasta la saciedad, plantas de templos, columnas, molduras, metopas y capiteles. Y es que esa práctica impuesta por el método de aprendizaje, que llega a resultar en algo casi obsesivo, persigue que se adquieran los hábitos de encajar con rigor cuando se diseña, ya sea un taburete o una terminal portuaria.

Probablemente, influido por esa obsesión,  en el año 1964, el arquitecto Javier Peña Peña, tuvo la genial idea de iniciar una singular colección. Cada vez que coincidía con algún colega de profesión, le pedía que le dibujase un capitel en una octavilla. A bote pronto, y generalmente sobre la marcha, sin casi tiempo para pensar. De forma continua y hasta su muerte en 1976 mantuvo esta práctica, y hoy se conservan algo más de 500 originales de dibujos, entre los que se encuentran prácticamente todos los grandes arquitectos de la época como Oiza, De la Sota, o Bohigas por mencionar solo algunos.

En esos trazos tan personales y espontáneos, en los que se obligaba casi que a traición al arquitecto a reinterpretar todo lo aprendido en su formación clásica, se aprecian las señas de identidad y genialidad de los grandes maestros.

Lo que Lina me dejó

Lo que Lina me dejó

“Debido a su emplazamiento elevado sobre un bosque de Barsil, ella diseñó las escaleras como un punto de observación

Existen ciertos momentos en la vida que todos recordamos de manera especial. Curiosamente, muchos de ellos suelen responder a la primera vez que asimilamos algo nuevo. Jamás se me olvidará el día que aprendí a montar en bicicleta, sobre todo por el impacto que me produjo ver mis rodillas llenas de sangre, o la primera vez que salí de viaje fuera de mi país y comprendí de verdad qué significa la tan mencionada diversidad cultural. Se trata de momentos que, de alguna forma, quedan marcados en nuestra memoria y que recordándolos con perspectiva, pueden suscitarnos una segunda lectura que solo el tiempo es capaz de ofrecernos.

Uno de ellos es, sin duda, la primera vez que dibujé una casa. Hasta entonces, no sabía cómo se hacía, no conocía la existencia de los planos y las diferentes lecturas que estos ofrecían. Sus códigos, la calidad de línea, las proporciones, la escala. Hasta entonces, dibujar una casa era trazar un cuadrado con un tejado a dos aguas y humo saliendo de la chimenea. Pero gracias a Lina Bo Bardi y su Casa de Vidrio de 1951, aprendí que copiando se aprende.

Además de adquirir las habilidades propias del dibujo y la representación, aprendimos lo más importante, el mundo de los conceptos e ideas. Una fotografía muy sugerente de la arquitecta apoyada en el descansillo de las escaleras y mirando al horizonte con una clara influencia al Caminante sobre el mar de nubes de David Friedrich fue clave en todo esto. Debido a su emplazamiento elevado sobre un bosque de Brasil, ella diseñó las escaleras como algo más que un elemento de comunicación, se convirtieron en un punto de observación.

Siempre he pensado que tengo un especial cariño a esta casa simplemente por ser la primera. Pero tras más de 10 años desde ese momento y un amplio abanico de referencias a las espaldas, he vuelto a investigar acerca de los conceptos arquitectónicos que Lina planteaba, en lo que fue su primera obra construida para ella misma y su marido. Muchas de mis inquietudes que creía personales, fueron ya planteadas hace más de 70 años. Una planta libre, horizontal y diáfana en la que poder pasear descalzo observando un paisaje, en contraposición con una serie de estancias más íntimas, privadas y traseras relacionadas con un patio interior a escala humana. Recuerdo a Lina Bo Bardi por ser la primera, pero jamás la olvidaré por mostrarme que la arquitectura es algo más que dibujar casas.

La piel que habito

La piel que habito

“De igual forma que no se puede aprender de los errores de los demás, hasta que no habitas un espacio, no asimilas los elementos que lo cierran

A pesar de tratarse del primer rascacielos cerrado totalmente de vidrio, cuando conocí en persona el famoso edificio Seagram de Nueva York,  no conseguí apreciar dicha proeza técnica. Quedó totalmente eclipsada por la fenomenal idea de retranquear el proyecto en favor de ofrecer una maravillosa plaza pública a las estrechas calles de la ciudad, custodiadas siempre por enormes edificios que no permiten ser vislumbrados en su totalidad, sin partirte el cuello en el intento.

La piel del edificio es un término recurrente en las escuelas de arquitectura para explicar innumerables conceptos, tanto de diseño, como constructivos e incluso estructurales. Sin embargo, siempre me ha parecido una terminología muy curiosa. Es un concepto que, pese al evidente símil que mantiene con el cuerpo humano, siempre me ha costado interiorizar. Los edificios no tienen pieles, tienen fachadas, algunas perforadas por ventanas, otras continuas, orgánicas y con formas de lo más extravagantes, pero todas ellas son solo un elemento constructivo que cierra un espacio a la vez que dota a la edificación de una expresiva imagen exterior.

Al observar una persona desnuda simplemente vemos un cuerpo opaco, desconocemos a priori el grosor de su piel y las múltiples capas que la componen. Sin embargo, si pudiéramos separarla del resto del cuerpo, además de ser un proceso altamente desagradable, lograríamos entender a la perfección su funcionalidad y autonomía. Lo mismo sucede con la arquitectura, siempre he pensado que la mejor manera de entender este concepto es mediante las famosas dobles fachadas, como el precioso edificio Castelar de Madrid. En cambio, de igual forma que no se puede aprender de los errores de los demás, hasta que no habitas un espacio, no asimilas los elementos que lo cierran. Pues bien, al fin llegó el momento de, no solo entender las pieles de los edificios, sino quedar sobrecogido ante lo que pueden llegar a transmitir. La Caja Mágica de Madrid, de Dominique Perrault, continúa explorando este concepto que lleva reproduciendo a lo largo de toda su carrera, proyectando y construyendo obras de una sensibilidad extraordinaria. Una delgada celosía metálica hace las veces de fachada y elemento climático que tamiza la luz y dota al espacio de los aledaños de la pista deportiva de un ambiente sobrecogedor que, consigue transmitir paz frente al bullicio de las miles de personas que lo transitan al unísono en los días de partido.

Si camina como un pato y parece un pato…

Si camina como un pato y parece un pato…

“En 7 minutos de dibujo plano, tres o cuatro colores y dos personajes, para contar una hisoria muda cargada de simbolismo

El otro día, de pasada me topé con el capítulo de la Pantera Rosa. Voy a soltar una frase lapidaria de abuelo cebolleta, pero “Ya no se hacen dibujos como los de antes” ¡Y es que es verdad! Hoy día, gracias sobre todo a los grandes avances técnicos, casi que cualquiera puede, con un ordenador doméstico y cuatro aplicaciones gratuitas, producir su propia serie de animación. Si sumamos a ello la vorágine consumista que colmata de oferta inmediata todos los canales de consumo audiovisual, ya no es rentable apostar por el ingenio y la calidad que antes se daba por supuesta.

La Panetera Rosa es un magnífico ejemplo de que con muy poco se puede contar mucho. Los capítulos duraban algo menos de 7 minutos, con un dibujo plano y con apenas tres o cuatro colores y dos o tres personajes, se narraba una historia muda cargada de simbolismo. La excelente banda sonora y su universalmente conocido tema principal, obra de Henry Mancini terminan de convertir cada capítulo en una auténtica obra de arte.

El episodio que vi, y que es fácil de localizar en internet, es un auténtico tributo a la arquitectura y una socarrona crítica a la mente de los arquitectos. Encuadrado en su contexto temporal mediados de los años 60, en el se representa una titánica lucha entre el pragmatismo vernáculo del constructor que pretende levantar la convencional casa de cubierta a dos aguas y chimenea, y la poderosa fuerza innovadora de la Pantera Rosa que trata por todos los medios de transformar el aburrido proyecto en una fastuosa residencia de estilo internacional como salido del tablero del mismísimo maestro Oscar Niemeyer. Además, el final del episodio hace un genial guiño al concepto Venturiano del “tinglado decorado”. Y todo esto resuelto con cuatro sencillos trazos, cuatro colores y unos previsibles gags visuales que hilvanan a la perfección una historia que acaba relegando a la arquitectura a un mero juego escenográfico. Como teorizó Robert Venturi, “La fachada es un alarde, el edificio una modesta necesidad”.

Queda claro que el episodio es un chiste y que se sirve del tema arquitectónico para conseguir el obligado juego de pelea constante entre el narigudo bigotón, racional y dogmático y la transgresora Pantera Rosa que por no obedecer, no obedece ni las leyes de la gravedad o las más básicas normas de la geometría. No obstante, este episodio titulado “The Pink Blueprint” tiene bajo su primera capa superficial de risa infantil, más sustancia de la que pueda parecer.

Sombras con el flexo

Sombras con el flexo

“Haciendo sombras en la pared con cualquier objeto, conseguía asustarse a sí mismo

Un joven Steven Spielberg de apenas 5 años dirigió su primera obra ayudado por el flexo de su habitación. Se percató de que, haciendo sombras en la pared con cualquier objeto o con sus propias manos, conseguía asustarse a sí mismo y eso le emocionaba enormemente. Es curioso cómo este joven director comenzó gracias a la acción más compleja y sublime de cualquier arte: transmitir emociones. Pronto empezaría a preparar funciones para sus hermanas y aquí fue cuando descubrió que lo que realmente le apasionaba era provocar reacciones en ellas. Desde risas y diversión hasta incluso miedo y espanto. Le asombraba ver cómo, a través de la imagen, podía contar historias que influyeran en el espectador de una manera tan inmediata. A partir de aquí, comenzó a curiosear y profundizar en cualquier tipo de narración visual que se le ocurriese, desde aprovechar el humo de un cigarrillo para hacer una transición entre planos, hasta contar de manera muy gráfica cómo se marchaba uno de sus protagonistas subido a un coche simplemente abriendo el plano de su antigua cámara amateur.

Pronto se daría cuenta de que su pasión podía convertirse en una profesión, y para rodearse de un ambiente enriquecedor en el tema, decide mudarse a Los Ángeles, donde se sitúan los grandes estudios de cine y televisión. Consiguió colarse en los platós del estudio Universal al ser confundido por el hijo de un famoso productor. Y pese a gozar de cierta habilidad para narrar y conocer algunas premisas importantes de la industria, desconocía cómo poder escalar hasta producir una gran obra cinematográfica. Su pasión era dirigir, pero en ningún caso podría hacerlo él solo, necesitaba actores, cámaras, guionistas y sobre todo gente que confiara en él. Para tener su gran oportunidad, tendría que aprender otras habilidades muy alejadas del mundo cinematográfico.

Es casi un tópico plantear que en las carreras universitarias no te forman para emprender. Que las escuelas de cine no te enseñan a hacer contactos y que, en las facultades de arquitectura no te muestran cómo ser un profesional independiente. Necesitamos emplear mucho tiempo y esfuerzo en adquirir una base de conocimientos que nos permita desarrollar nuestra profesión. Es tan grande el abanico de aspectos que entran en juego a la hora de desarrollar un largometraje o construir un edificio que, desgraciadamente, queda muy atrás el divertido juego de hacer sombras con el flexo.

Tiempos pretéritos

Tiempos pretéritos

“Vestigios menores del pasado desperdigados que nos transmiten información incompleta de una historia de tiempos pretéritos

Hoy ha sido uno de esos días en los que ha tocado agarrar los bártulos y hacer una horita de carretera secundaria por un paraje precioso para tomar datos y medir al objeto de hacer un pequeño proyecto. Algo modesto y de poca entidad pero que nos ha regalado, a la llegada, un curioso descubrimiento.

El trabajo para el cual nos hemos desplazado, ejecución de unas contenciones afectadas por deslizamientos provocadas por las lluvias, nos ha ocupado durante un rato en la toma de datos pero al terminar, mirando al frente, en un precioso valle aterrazado con encinares al fondo, se eleva un torreón en ruinas bastante deteriorado que llama la atención. Su enclave a media ladera es curioso. Los torreones solían ocupar los altozanos u oteros con fines defensivos y de vigilancia.

Resulta ser que el torreón es el resto de lo que fue en su día una alquería nazarí, probablemente del siglo XIII y que dominaba el despoblado de Alhabia, del cual quedan algunos vestigios semienterrados. Quedan en pie los restos de sus 4 muros perimetrales de mampostería irregular, y la planta prácticamente cuadrada de lo que pudo ser una torre de unos 10 metros de altura. No se conservan ni forjados ni cubierta. Nos cuenta el cliente que hace un par de años se reunieron con Norman Foster para presentarle un proyecto de rehabilitación y puesta en valor de este monumento, el cual mostró interés, iniciándose una fase de búsqueda de financiación y de recursos que la pandemia dejó en vía muerta.

Este Torreón de Alhabia, a escasos 600 metros de Alcudia de Monteagud, es uno de tantos vestigios menores del pasado que hay desperdigados y abandonados por la geografía, y nos transmiten información incompleta de la historia de tiempos pretéritos.

Como le oí decir a Juan Gómez Jurado, las primeras filmaciones de los Hermanos Lumière marcan un auténtico horizonte de sucesos. Hasta la filmación de  “Obreros saliendo de la fábrica”, la percepción de la historia se apoya en un conocimiento del todo indirecto y muy condicionado por la visión artística y personal de los cronistas y artistas de la época, que han dado origen a las convenciones que hoy tenemos.

A pesar de que en los tiempos de Abbu-l-Abbas aún no se contaba con cinematógrafos, en las piedras que de forma meritoria han llegado hasta hoy sigue habiendo un relato  del pasado merecedor de una atención, si no del mismísimo  Sir Norman Foster, al menos de alguna mirada local que le dé una segunda oportunidad.

La Pagoda y el Miró

La Pagoda y el Miró

“¿Tiene sentido comparar la Pagoda de Fisac con un cuadro de Miró?”

Es como el día de la marmota, cada vez que un ayuntamiento emite una licencia para derribar una edificación con algún tipo de interés artístico o histórico se genera cierta controversia entre la ciudadanía, el debate eterno entre la memoria y el porvenir. Entre el respeto a la conservación de obras de la mayor de las artes, ante el inevitable futuro arrollador y desalmado, que mira al frente como un niño de cinco años que solo tiene ojos para su sexto cumpleaños. Sin embargo, ¿tiene sentido comparar la Pagoda de Fisac con un cuadro de Miró?, como hizo Juan Navarro Baldeweg en los días previos de su demolición. Seguramente no, no hay punto de comparación. Ni el más famoso cuadro de Miró le llega a la suela de los zapatos a la singular obra de Fisac. Otro gallo cantaría si se tratase de un cuadro de Miguel Ángel. Una obra pictórica la puedes guardar en un armario y a nadie le atañe, por el contrario, cualquier pieza de arquitectura es un espectáculo expuesto para toda la ciudadanía durante todas las horas del día, todos los días del año. Se pueden crear intereses económicos o sociales en ese terreno, puede sufrir patologías estructurales que lo conviertan en un peligro urbano, o incluso puede no comulgar de ningún modo con la forma de vida de los ciudadanos del futuro.

En el Manifiesto Futurista de 1909 se planteaba la posibilidad de que la arquitectura del futuro no duraría más años que las generaciones que la habitaran. Afirmación que, hoy en día, está muy lejos de ser cierta, pero que puede tener visos de realidad atendiendo a la sociedad de consumo en la que estamos sumergidos. Actualmente cambiamos de móvil cada tres años, ¿alguien se imagina a nuestros nietos viviendo en nuestra casa dentro de 100 años? Si prácticamente cada mes cambiamos las tendencias en decoración del hogar…

Las pirámides de Giza cumplen más de 4000 años, el coliseo Romano casi 2000 y no imagino a nadie presentando un proyecto de demolición en el ayuntamiento de París para echar abajo la Torre Eiffel y hacer un complejo de apartamentos y centros comerciales. Por lo tanto, sí que tenemos, como sociedad, una conciencia común de que ciertas edificaciones tienen derecho a ser conservadas y mantenidas durante generación y generación, lo llamamos Patrimonio y la Alhambra de Granada siempre estará en el top 1, junto con la tortilla de patatas y la hora de la siesta.

Ready player one

Ready player one

“Sea de forma real o virtual, necesitamos de un soporte espacial o de una cobertura y un entorno que nos posicione

Si mi abuelo levantara la cabeza y viese que se puede llevar un teléfono en el bolsillo… Y no solo un teléfono; una agenda, un supercomputador, el banco y una ventana infinita a todo el conocimiento acumulado. Y todo a golpe de una orden ejecutada en cuestión de segundos.

Es casi un tópico aquello de que las cosas avanzan a una velocidad de vértigo, pero hay que reconocer que los cambios vividos en las dos o tres últimas décadas han sido monumentales y han creado nuevos paradigmas de lo que es y será la evolución de las sociedades. Cierto es que ha habido grandes revoluciones en momentos puntuales de la historia, pero un campesino del siglo IV vivía prácticamente igual que uno del siglo XII y casi que hasta uno del Siglo XVII… y esto ya no es así.

La revolución tecnológica, energética, digital y globalizadora ha reducido y compactado el inmenso mundo en el que vivíamos hasta el extremo de convertirlo en algo de tamaño casi doméstico. Cualquier persona se puede desplazar a las antípodas en cuestión de horas a un precio relativamente accesible. Pero es que además, sin ni siquiera tener que moverse del sitio se puede visitar y conocer cualquier parte del mundo con las tecnologías inmersivas y de realidad aumentada. Esto, que hasta hace bien poco sonaba a ciencia ficción, está más cerca de lo que parece, y es algo para lo que nos han estado preparando de forma casi que inconsciente. Nuestra capacidad de sorpresa está ya bajo mínimos.

La novela de Ernest Cline, adaptada a la gran pantalla por Steven Spielberg planteaba un futuro en el que el metauniverso es ya una realidad. Si bien el mundo real se encuentra en la más absoluta decadencia con casi todos sus recursos agotados, los seres humanos se refugian en un mundo virtual paralelo hiperconectado en el que poder desarrollarse, relacionarse y en definitiva saciar sus necesidades específicas como especie, y que a diferencia del resto de los seres vivos, trasciende de la mera supervivencia.

Al final, sea de forma real o virtual, el hombre necesita un soporte espacial o de una cobertura y un entorno que le posicione. El desarrollo de las arquitecturas virtuales es un campo ciertamente interesante y por explorar. Poder crear espacios y materializarlos virtualmente a un coste irrisorio, sin problemas como la gravedad, la resistencia de los materiales o la eficiencia o el consumo energético, que de forma inmersiva cualquiera pueda recorrer…es el sueño de cualquier creador. Si mi abuelo levantara la cabeza…

Arte-facto

Arte-facto

“Una pequeña casita en el valle de un arrozal es el cobijo ante una lluvia torrencial, pero también es sinónimo de hogar para quién la habita”

Cuando estamos son nuestros actos los que nos definen. Como nos relacionamos con los demás o como nos expresamos, andamos o nos vestimos. Como afrontamos nuestros éxitos y nuestros fracasos. La gran mayoría de la población mundial vive en sociedad, porque en cierta manera nos necesitamos. Las relaciones entre las personas son el germen de nuestra evolución. Y cada cual como individuo expresa continuamente, queriendo o sin querer, su personalidad, su forma de ser o de pensar, bien sea de una manera sutil, explícita, mediante el engaño o mediante la más pura sinceridad.

Antiguamente las historias se pasaban de generación en generación mediante la palabra. El boca a boca hacía las veces de transmisor y de almacén temporal del cuento. Sin embargo, con el desarrollo de la escritura y la expansión de la imprenta, las historias empezaron a reproducirse y editarse en ese conjunto de hojas de papel que conforman un libro. De esta manera, independientemente del emisor o receptor de turno, las historias podían mantenerse invulnerables al paso del tiempo. Tuvimos que crear un objeto que recogiese esa creación, que la guardase para mostrarla posteriormente a cualquier otro y que además, pudiera transformarse y mutar para  adaptarse al medio de su época, como podría ser el cómic, el cine o los vídeos de TikTok. Lo mismo sucedió con la música o la poesía. Hasta las artes más etéreas tuvieron que encontrar un soporte donde resguardarse. Un disco duro donde almacenar canciones mp3 o una nube online donde guardar los datos de un proyecto arquitectónico.

Otras muchas artes, como la pintura o la escultura, son más tangibles y evidentes. Las creaciones materiales artísticas han estado presentes desde el inicio de los tiempos del ser humano. Todos recordamos las famosas pinturas de Atapuerca o las monumentales esculturas egipcias. Siempre ligadas a la materialidad y sujetas al famoso proceso proyectual de la idea, el pensamiento y la creación. De esta forma, se termina produciendo un artefacto que de servicio a una determinada función o que simplemente intente representar una intencionalidad que luego será interpretada por un receptor, o no.

Una de las finalidades del arte es producir emociones, pero el artista no siempre puede controlar qué sentimiento despierta su obra en quién la consume. Por mucho que quiera controlar su mensaje, una vez que se le ha dado forma y se muestra abiertamente al público, son los sentidos y la memoria del destinatario los que determinan realmente su verdadero cometido.

Una pequeña casita en el valle de un arrozal es el cobijo ante la lluvia torrencial, pero también es sinónimo de hogar para quién la habita, capaz de producir en él una gran emoción de pertenencia y amor hacia su familia y su entorno. Se trata únicamente de un artefacto en mitad de la naturaleza, pero en realidad, es una idea que ha encontrado la forma de materializarse en un objeto físico. Como la historia con el libro.

Horizonte Infinito

Horizonte infinito

“El proceso germinal de las ideas ha de arrancar en de algún punto de partida. Siempre se requiere de algún punto de apoyo que nos permita cimentar el discurso.

Que difícil resulta sentarse delante de un papel en blanco y empezar a crear. Aunque la primera sensación que se tiene es de absoluta ilusión y de un optimismo energizante ante la perspectiva de libertad y de oportunidad, pasada esa borrachera inicial se pierde sustentación y se produce una irrefrenable caída al soporte terrenal en el que las inseguridades, la necesidad de referencias y la soledad ante los desafíos creativos reemplazan a la arrogancia, la ingenuidad y a la vanidad que de forma humana e inconsciente nos acompaña desde muy pequeños.

El proceso germinal de las ideas, que es distinto en cada una de las disciplinas artísticas, ha de arrancar de algún punto de partida. Siempre se requiere de algún punto de apoyo, de algún asidero que nos permita cimentar el discurso conceptual a partir del cual se desarrollará la idea que deriva en el resultado materializado al final del proceso.

Si dejamos de lado las artes más conceptuales y autosuficientes, como puedan ser la escultura, la pintura, la poesía o el arte experimental en general, en los que las fuentes de inspiración pueden llegar a ser primarias en extremo (la búsqueda de una sensación, la provocación, un color o un recuerdo…)  en el resto de las disciplinas, y muy especialmente en la arquitectura, los condicionantes de partida, son algo menos etéreos y si bien encorsetan la creatividad, acaban siendo esos esos asideros a los que amarrar el proyecto, gracias a los cuales muchas veces acaba cobrando su sentido creativo y original.

Por ejemplo, en el mundo de las estructuras, dependiendo de las coacciones tendremos distintos “grados de libertad” que harán que una estructura se comporte de una forma u otra frente a los esfuerzos. No es lo mismo una articulación que un empotramiento, y esto condiciona el diseño estructural, y por derivación el diseño arquitectónico. No trabaja igual una estructura adintelada que un arco, y ello tiene su reflejo en la forma.

Al final, la forma compleja del solar, su orientación, las características del entorno inmediato, El programa de necesidades del edificio, las cuestiones presupuestarias, las normativas urbanísticas o la propia gravedad y el inexorable efecto que provoca en los cuerpos pesados pueden llegar a convertirse en auténticos dictadores que de entrada cercenan las ansias de volar. No obstante, si no fuese por ellos empezar a trazar sobre un infinito papel en blanco se convierte en un frustrante acto de fe.

Gotham

Gotham

“Gotham es sucia e insegura, y por eso tiene un héroe que se viste de murciélago para infundir miedo

Siempre me ha costado entender cómo puede influir tu entorno en tu forma de vivir, yo soy yo, aquí y en Pekín. Sin embargo, un pekinés no se sienta como yo en el sofá, no baja por las tardes a la playa para tomar café con los amigos, ni se relaciona igual  que yo con sus compañeros de profesión. Es posible que mi vecino de arriba tampoco lo haga, pero seguro que de una forma u otra, su forma de vida se retroalimenta directa o indirectamente de la mía y de la de todos los vecinos del edificio, del barrio o de la ciudad.

El color del cielo, el tipo de vegetación, las fachadas de los edificios, el pavimento de la calle. Todo lo que vemos o sentimos es parte del decorado de la vida. Tanto la ciudad como el entorno rural se definen en gran medida por su escenografía. Un compendio de elementos y sensaciones conforman una ambientación que siempre es silenciosa pero expresiva. Se camufla entre las acciones, pero las dota de cuerpo y carácter. Influye en gran medida en la cultura y en la forma de vida de sus habitantes.

Por ejemplo, Gotham es una ciudad oscura, de grandes rascacielos y peligrosos puertos comerciales, un lugar lleno de callejones y violencia, donde los criminales campan a sus anchas frente a la corrupción policial y política presente en cada esquina. The Batman de Matt Reeve presenta esta ciudad con un ambiente claramente definido y con la firme convicción de que los personajes actúan influenciados en cierta medida por la ciudad. No es necesario expresarlo explícitamente, al igual que en la vida real, es la visión periférica la encargada de enriquecer nuestro subconsciente con un sutil bombardeo de información constante a lo largo de toda la cinta. Intuimos las sombras, el frío en el ambiente lluvioso al anochecer, el sonido del claxon seguido de un grito en una carretera atestada de coches, y a personas delinquiendo sin ningún tipo de pudor. Gotham es sucia e insegura y por eso tiene un héroe que se viste de murciélago para infundir miedo.

En cierta medida, esto se replica al cambiar de escala. Siempre se ha dicho que la casa es un reflejo de la persona, pero también la persona es un reflejo de su casa. Los espacios, la luz, los muebles, los colores y cualquier elemento decorativo, incluso la ausencia de estos, pueden definir nuestro carácter, tanto de manera circunstancial como perenne. Nuestra casa y nuestra ciudad son parte de nosotros y nosotros somos parte de ellas.

De Uderzo a Hergé

De Uderzo a Hergé

“El valor de la narrativa gráfica de las historias con su singular estilo definido por trazos de línea limpia marcaron un antes y un después.

De niño nunca me atrajeron demasiado los cómics. Y todo ello a pesar de que vivía rodeado de tebeos. Mi hermano era un auténtico devorador Mortadelos, y junto con mi madre, una autoridad en el mundo de Tintín. Se pasaban las tardes intentando pillarse el uno a la otra en cualquier detalle menor de alguna viñeta en algún título concreto hasta el punto de ser cargante para todos los que los teníamos que aguantar con cierto estoicismo su juego. En aquellos tiempos aún no se había acuñado el término friki, pero el apelativo dicho desde el cariño sería el idóneo.

Sin embargo, sí recuerdo que me llamaban la atención los cómics de Astérix. En casa de mis abuelos maternos junto con todos los Tintines había una buena cantidad de ejemplares bastante desgastados de las aventuras del irreductible galo y sus fieles compañeros Ideafix y Obélix.

De entrada el estilo gráfico de Uderzo me cautivó. Su forma de dibujar, tal vez algo más infantil y cercana al mundo de la caricatura me hacía pasar horas mirando y remirando las viñetas sin apenas prestar atención a los diálogos. La recreación de los ambientes y escenarios es magistral. Las panorámicas e imágenes aéreas que dan comienzo a cada momento de la historia, ya sea llegando a la acrópolis de Atenas o al foro romano bien podrían utilizarse en las clases de historia de la arquitectura, y pondría la mano en el fuego a que la labor documental, al igual que en el caso de Hergé fue de primer nivel.

Hoy, ya con cierta perspectiva y tras haberme acercado casi que como una obligación autoimpuesta a la obra de Hergé, he podido captar el valor de la narrativa gráfica de las historias del reportero Tintín. Su singular estilo definido por un cuidado empleo de la perspectiva,  de trazos de línea limpia, dibujos   muy   depurados, de colores planos y sin sombras, marcaron un antes y un después.

En ambos casos, la arquitectura está muy presente. En Tintín se aprecia con claridad el interés de Hergé por las máquinas modernas. Abundan los aviones, barcos, lanchas motoras, cohetes y vehículos perfectamente detallados, pero para construir los espacios arquitectónicos no se quedaba atrás y se basaba en ejemplos tomados del mundo real. El castillo de Cheverny en la región del Loira fue reproducido con todo detalle para recrear Moulinsart, la residencia del capitán Haddock.

En el caso de Astérix, desde el trazado urbano de la aldea gala, hasta la mesa del banquete final con el bardo amordazado son arquitectura en estado puro.

La imaginación

La imaginación

“El justo instante en el que te sientes vivo y consciente de que todo es posible, hasta que deja de serlo

Acabo de terminar de leer Dune, la famosa novela de Frank Herbert de ciencia ficción, seguramente precursora de tantas y tan variadas historias y sagas que todos conocemos, desde Star Wars hasta Juego de Tronos. Se trata de una obra, al igual que muchas otras, en la que los personajes son el alma de la escena. Sus experiencias y motivaciones condicionan las acciones que se llevan a cabo. Sin embargo, en este caso, la escala colosal de la trama y del universo creado a su alrededor son clave para la comprensión de la historia. Tenemos algunas descripciones de los mundos donde se desarrollan los acontecimientos, los relatos de los “trópteros” volando hacía los puntos de extracción de la especia, incluso las detalladas descripciones de los “destiltrajes” y de toda la tecnología presente en estos planetas. Toda esta información se traduce en una nube de imágenes y ambientes que creamos automáticamente en el momento de la lectura. La imaginación es la pieza clave de la experiencia.

Toda esta inventiva, que seguramente es fruto, no solo de las palabras del libro, sino también de nuestras referencias pasadas, crea un cosmos de posibilidades inalcanzables a la vez que cambiantes. Si el relato no lo menciona, un tróptero puede tener dos alas o seis, depende de nosotros. Sin embargo, cuando este aparato volador es interpretado por algún dibujante, su física queda totalmente definida. Es curioso cómo la vista puede llegar a anular a la imaginación.

En el mundo de la arquitectura, al igual que en otras muchas profesiones creativas, el proceso de investigación para el desarrollo de la idea contiene un compendio de esquemas, que son como una galaxia de posibilidades que flotan en el vacío esperando a que le des forma. Sin embargo, cuando todos estos conceptos tocan tierra, la imaginación se acaba, dando paso a la fase del desarrollo creativo.

A pesar de que el dibujo es la herramienta principal de todos los arquitectos, este implica, inevitablemente, dar forma a las ideas, y por lo tanto, descartar otras. La belleza de la incertidumbre del resultado final es un momento mágico e irrepetible. Sinónimo del papel en blanco a la hora de escribir: para algunos puede ser fuente de agobio y desesperación, pero para otros, es el verdadero momento creativo, el justo instante en el que te sientes vivo y consciente de que todo es posible, hasta que deja de serlo.

Aquellos maravillosos años

Aquellos maravillosos años

“Papeleras, buzones o bolardos de hierro fundido con capas de pintura que se cuentan por docenas

Creo que me estoy haciendo mayor. Siempre me he visto como un chaval, mentalmente anclado en la post adolescencia. Y a pesar de que el pelo se me cayó hace algún lustro, me cuesta verme y reconocerme como adulto. La semana pasada acudí a Granada a un curso de arquitectura pericial organizado por los Colegios de Arquitectos de Granada y Almería y reviví por un instante aquella época tan lejos ya en el tiempo pero que para mí fue ayer. Puede que mi subconsciente tuviese algo que ver, pero quiso la casualidad que el pasado viernes a primera hora, el trayecto que realicé a pie desde la parada de metro hasta la preciosa plaza de San Agustín, me hiciese recorrer parte del camino que, durante mis años de carrera, hice a diario para ir a la Escuela de Arquitectura. Al pasar por delante del Isabel la Católica, mi colegio mayor, camino de la Calle de San Jerónimo por unos instantes reviví aquella época.

Por fuera, el Mayor conserva el mismo espléndido aspecto de entonces, con su monumental escalinata de acceso y su capilla exenta con campanario. Sé que el colegio ha sido objeto de reforma integral. Las habitaciones tendrán hasta cuarto de baño, y probablemente la calefacción funcionará, pero creo que aún conserva esa esencia original y esa solera que ya tenía cuando yo pasé por allí a mediados de los años 90 del pasado siglo.

Y es que los edificios, y por extensión las ciudades, a pesar de las transformaciones y adaptaciones a las circunstancias que los tiempos les imponen, acaban teniendo personalidad y esencia. Esto, a veces, uno lo percibe con el olor de un simple visillo en la ventana de la casa en la que pasabas los veranos de pequeño, o como me sucedió a mí el viernes pasado, al contemplar la imponente presencia del Mayor en lo alto de su basamento.

Veo con envidia cuando tengo la ocasión de viajar, cómo se cuidan y se mantienen las ciudades por ahí fuera. Cosa que no está reñida con la modernidad o la renovación cuando es necesaria. Cada vez que voy Londres y veo las papeleras, buzones, o bolardos de hierro fundido con capas de pintura que se cuentan por docenas y luego vuelvo a casa, y veo como las farolas duran aquí 3 telediarios se me cae el alma a los pies.

Tal vez, no podamos comparar Almería con Granada en lo que a monumentalidad y grandeza se refiere, pero su casco histórico y su centro merecen una mejor atención y mimo para que no termine de perder esa esencia que encadenará a las generaciones pasadas y venideras a través de sus recuerdos.

Un cuadro y 15 versiones

Un cuadro y 15 versiones

“Como dice Aires Mateus, existen dos tipos de proyectos: los innovación y los de desarrollo

Hace poco escuché, en un interesante vídeo de Antonio García Villarán sobre el pintor surrealista Magritte, que el artista había desarrollado unas 100 ideas pictóricas a lo largo de su vida. Lo cual no quiere decir que haya pintado solo 100 cuadros, sino que a partir de 100 premisas, había explorado cada una de ellas varias veces. Reproduciendo así varias versiones de sus propios cuadros. Seguramente tendría algo que ver que algunos de ellos gustaban mucho al público, y si su forma de vida orbita alrededor de vender cuadros, es normal que algunos los quisiera seguir reproduciendo para tener ciertos ingresos. Sin embargo, muchos de sus cuadros eran simplemente experimentación de un concepto que a él mismo le parecía interesante. A veces, esta manera de estirar el chicle, se debe a la nostalgia que produce desprenderse de una idea que nos gusta, pero otras veces, es simplemente un proceso de investigación hasta encontrar una reproducción de la idea lo más depurada posible.

Algo parecido sucede en la vida profesional del arquitecto, como dice Manuel Aires Mateus, existen dos tipos de proyectos: los de innovación y los de desarrollo. Aires Mateus cataloga su obra según el trasfondo teórico de la idea de proyecto. Cuando por fin da con la tecla y construye una vivienda con unos razonamientos muy transgresores, intenta seguir reproduciendo esa idea en los próximos proyectos con el fin de mejorarla y llegar a encontrar su límite de adaptación a las nuevas premisas de programa y entorno. Por lo tanto, casi siempre, tras un proyecto claramente innovador viene otro de asentamiento y desarrollo. Que teóricamente tendría que ser mejor que el original, pero no siempre sucede así.

Algunas veces, por mucho que desarrollemos una idea, un proyecto o un cuadro, con el fin de alcanzar la perfección, no conseguimos reproducir la frescura que aportaba el original. He aquí la verdadera labor del buen hacedor, saber interpretar los verdaderos puntos fuertes de su idea para conseguir desarrollarlos sin desvirtuar del todo las premisas iniciales que la hacían interesante.

Saber reducir una idea a su mínima expresión no es nada fácil y a veces puedes pecar al caerte de la cuerda floja que separa la evolución del desarrollo descontrolado. Mondrian defendía que el neoplasticismo era la más pura expresión del arte, otros muchos, solo ven líneas negras con cuadrados rojos, amarillos y azules.

Teléfono, mi casa

Teléfono, mi casa

“Corría el verano del año 1982 cuando ET aterrizó en nuestras vidas, en una de las peliculas más emotivas de la historia del cine

Se cumplen 40 años del estreno de una película que a muchos de mi generación nos cambió la vida. Corría el verano del año 1982 cuando ET aterrizó entre nosotros, en una de las películas más emotivas de la historia del cine. Con una banda sonora que roza lo glorioso, Steven Spielberg logró conmover a millones de corazones con una temática a priori alejada de la ternura de su historia. Ya en Encuentros en la Tercera Fase de 1977 se anticipaba ese genio capaz de romper moldes con historias humanas que se alejan de lo convencional.

Yo vi ET un par de años más tarde en un cine de verano en La Granja de San Ildefonso, Segovia. Aún recuerdo emocionado lo que sentí al ver la película con 8 o 9 años. Indescriptible. Y no hace mucho tiempo, tuve la suerte de poder llevar a mis hijos a ver la película al teatro Cervantes gracias a una estupenda iniciativa de Kuver Producciones dentro de un ciclo llamado “Cine a 500 pesetas”. Es una pena que no se hagan más este tipo de proyecciones en la gran pantalla de clásicos del cine.

De las muchas cosas que me resultan interesantes y mágicas de esta película, me voy a centrar en sus localizaciones y concretamente en la casa de Elliot. A priori, la casa del protagonista no es más que una típica vivienda unifamiliar americana que no llama demasiado la atención, dentro de un característico suburbio estadounidense en una zona más bien árida y montañosa. Gran parte de la trama se desarrolla en su interior, y a base de revisionar la película he podido comprobar que los interiores se corresponden con la vivienda real no tratándose de un trabajo en decorado o estudio. Se nota que en el momento del rodaje la casa llevaba poco tiempo edificada a la vista de la escasa vegetación que la rodeaba. Localizada la vivienda, esta se sitúa en un barrio de los Ángeles conocido como Tujunga, y hoy en día sigue en pie y sorprendentemente muy poco transformada.

Su gran armario ropero situado entre las dos habitaciones de los niños, con sendas puertas venecianas de madera y en la que ET se camufla entre los muñecos de Gertie, la inmensa cocina incorporada al salón con su original mesa triangular, la estructura de volúmenes con cubiertas abuhardilladas escalonadas, su atmósfera de penumbra y de luz tamizada, o su jardín trasero con acceso al cobertizo siempre me cautivaron. Si tengo ocasión de viajar a Los Ángeles, mucho me temo que no podré evitar pasar a saludar y a dejar un indalo en la puerta.

La silla y la taza

La silla y la taza

“Como el diseño que pasa desapercibido, como la clásica forma de una taza de café, que es cómoda, sincera, fácil de fabricar y encima bonita..

Por lo general, somos nosotros, los arquitectos, los que solemos presentar nuestros proyectos a los clientes. Concretamente, desde nuestro estudio, siempre preparamos una presentación a base de diapositivas que proyectamos en una pantalla, donde una serie de esquemas intentan explicar cómo hemos llegado hasta la solución final elegida, acompañados rápidamente por unos planos y algunas imágenes en 3D para entender mejor la volumetría general del edificio.

Siempre que acabamos alguna de estas presentaciones me pregunto cómo ha interpretado el diseño nuestro cliente. Evidentemente existe cierto feedback y siempre comentamos las impresiones, los puntos fuertes y las cosas a mejorar. Sin embargo, el otro día, fuimos nosotros los que asistimos atónitos a la presentación de un proyecto. Presentado por una muy competente arquitecta, escuchamos absortos la sencillez de su explicación, la lógica aplastante de sus decisiones a la hora de abordar la idea general del proyecto y el coherente resultado final en la distribución en planta y las infografías fotorealistas.

Comprendí a la perfección sus ideas y su forma de transformarlas en un edificio. Consiguió que interiorizase al vuelo sus inquietudes formales, espaciales y  sobre todo funcionales. Y pensé que no existiría ninguna otra forma de resolver ese programa en esa parcela. Me transmitió, de una manera muy orgánica, que esa era la mejor opción. Como el diseño que pasa desapercibido, como la clásica forma de una taza de café que es cómoda, sincera, fácil de fabricar y además, bonita.

Normalmente, el diseño más sencillo es el más eficiente y normalmente tenemos la sensación de que siempre ha sido así, que una silla siempre ha tenido cuatro patas y un respaldo. Pero simplemente se debe a que es la solución idónea para el problema a resolver. En algún momento alguien tuvo que idearlo y construirlo, alguien diseñó por primera vez una silla, al igual que una cabaña. Hartos de vivir en una cueva, aquellos primeros nómadas recogieron palos de madera para apilarlos en forma de cono y construyeron el espacio. Seguramente fue un acto intuitivo y natural, nada excepcional, pero sí eterno.

No sé si nosotros, en alguna ocasión, conseguimos transmitir a nuestros clientes que nuestro diseño es el más racional, el más bonito o el más económico, lo que sí sé es que los buenos diseños, al igual que la buena arquitectura no hace falta explicarlos.

Esta Casa es una Ruina

Esta casa es una ruina

“Cuando se vive con cuatro muebles envejecidos, y sin apenas condiciones de habitabilidad, cuerpo y mente se acaban acostumbrando

Esta semana me ha tocado hacer uno de esos trabajos menores que de vez en cuando se presentan de forma inesperada. No todo va a ser hacer museos y terminales de aeropuerto. Y aunque a estas alturas uno piensa que ya está curado de espantos, la realidad a veces te deja con los pies colgando.

Para aquellos que hayan visto la simpática película que da título a este artículo, tal vez puedan hacerse una equivocada idea preconcebida sobre lo que hoy he vivido. En la película, Tom HanksShelley Long interpretan a una joven y exitosa pareja de clase alta a los que la vida les sonríe y que se embarca en una motivadora y emocionante reforma de la mansión que acabará siendo su casa. Huelga decir, que la experiencia casi acaba con ellos pasando por momentos de absoluta tensión en una desternillante comedia romántica de final feliz.

Pero lo de hoy ha sido otra cosa muy distinta. Nos ha tocado visitar un viejo edificio para inspeccionar que se encuentra en un estado de notable deterioro. Es un edificio que está prácticamente deshabitado. Solo viven en él dos personas de avanzada edad, que con absoluta amabilidad, nos han dado acceso para poder hacer el trabajo. Las condiciones de salubridad y de habitabilidad del edificio rayan en lo más precario, y cuesta creer que hoy día, en pleno siglo XXI y en el primer mundo, pueda haber gente viviendo de forma tan extrema.

Pero si sorprendente me resultaba el deficiente estado del inmueble que hemos visitado, lo que me ha dejado más descolocado ha sido la actitud de sus moradores. De absoluta naturalidad, normalidad y dignidad. Esto me ha hecho pensar en lo relativo de las cosas. La magnitud de un problema está dentro de cada uno. Un ligero cambio de tono en las cortinas que se encargaron para el dormitorio, a más de uno le puede provocar una insatisfacción y un dolor de cabeza que derive en un cabreo de campeonato. ¡Dije Azul cobalto, y esto parece Azul Persia!

Pero cuando se vive sin agua corriente, sin apenas luz, sin calefacción, con humedades, con cuatro muebles desvencijados, un par de coloridos loros y sin condiciones de accesibilidad, parece que el cuerpo y la mente se acaban acostumbrando.

Y cuando bromeando con la señora le pregunto si no estarían mejor en una residencia y me contesta con una sonrisa de oreja a oreja con un “Dónde iba yo a estar mejor que en mi casa. ¡Ni loca!”, me doy cuenta de que le pueden ir dando por culo a las cortinas del dormitorio.

Vivir en la cama

Vivir en la cama

“Cuando eres prisionero de tu propia cama, toda la casa cambia automáticamente de escala.

A la derecha, la mesita de noche con un termómetro, una botella de agua y el paracetamol de 1 gramo. A la izquierda, al otro lado de la cama, el portátil, el teléfono móvil y 300 mensajes perdidos. Llevo únicamente un par de días sin salir de la cama y no puedo ni llegar a imaginar cómo pasaría Frida Kahlo todo ese tiempo postrada sin poder salir de su colchón. Entiendo que al final terminase ingeniándoselas para seguir pintando tumbada colocando un espejo en el techo, dando así una nueva visión a sus famosos autorretratos.

Cuando eres prisionero de tu propia cama, toda la casa cambia automáticamente de escala. Tus movimientos quedan limitados a lo que puedan abarcar tus brazos y actos tan primarios como ir a la cocina a por algo de picar, se convierte en toda una odisea. Sientes que la casa ha cambiado de tamaño, ahora tu guarida, tu refugio es solamente el ancho por el largo del colchón, eso sí, ese espacio lo sientes totalmente tuyo. No hay nada más personal que tu espacio vital y pese a sentir que tu casa se ha reducido básicamente a tu dormitorio, notas como tu espacio vital ha aumentado hasta alcanzar el tamaño de tu cama, que si encima es una cama de matrimonio, tienes incluso más espacio del que necesitas.

Nuestro cuerpo está diseñado para vivir de pie y movernos diariamente, bien lo saben los podólogos que siempre subrayan la importancia de mantener sanos nuestros pies, ya que en ellos recae toda la carga de nuestros huesos. Algo parecido sucede con la cimentación de cualquier edificio. Si falla, todo se viene abajo. Pero, ¿qué pasaría si los edificios flotasen como naves espaciales? ¿Toda la teoría de la “firmitas” se vendría abajo? Quizás sus formas cambiarían drásticamente, la gravedad solo sería condicionante en su estructura interna, como un barco o un avión.

Asimismo, si el ser humano evolucionase para vivir veinte horas al día sentado o tumbado, seguramente con unas gafas de realidad virtual y conectado al futuro Metaverso, nuestra estructura ósea cambiaría drásticamente aportando nuevas formas que ni siquiera Darwin en su famoso El origen de la especies era capaz de elucubrar. Definitivamente, no creo que el Covid y sus diez días de cuarentena cambien el futuro de nuestra especie, pero una vida sedentaria a lo largo de cientos de años seguro que agudiza el ingenio de muchos para hacer de su espacio vital un hábitat más humano. El espejo de Frida era solo un adelanto de lo que se nos viene encima.

Luz de Domingo

Luz de Domingo

“Es, junto con Pedro Almodovar, el único español que ha ganado dos Premios Oscar de la academia»

Hace mucho tiempo que tenía en mente dedicarle el artículo de la semana a un ilustre personaje de primer nivel. Diría que casi desde el principio de mi andadura en esta sección dedicada de forma más o menos directa a la arquitectura y a las artes escénicas.

Que arquitectura y cine tienen una relación directa y casi nuclear es algo que no escapa a nadie. No solamente por el hecho de que las películas suceden en escenarios arquitectónicos en los que la propia narrativa visual y espacial es tan importante como el argumento o la trama. También hay una relación profunda a nivel intelectual y creativo que discurre en ambas direcciones. El proceso de proyectar podría asemejarse a la construcción de un guión cinematográfico en el que el edificio se materializa a partir de un relato abstracto. El éxito estriba en que la idea germinal acabe fluyendo hasta el final mientras se encajan las distintas piezas complejas que conforman el edificio. En el sentido inverso, una película se narra como una sucesión de espacios, ambientes y localizaciones geométricas y materiales, para acabar provocando un estado de sensaciones emocionales en el espectador.

Muchos cineastas son y han sido arquitectos de formación. Sergei Eisenstein (El acorazado Potemkin, 1925), Fritz Lang (Metrópolis, 1927) o Fernando Colomo (Tigres de papel,1977) son de los más reconocibles a nivel internacional, pero hay otros tantos que de una forma u otra se han movido a caballo entre ambas disciplinas.

Uno de los casos más sorprendentes, y tal vez menos reconocidos por el público en general, es el de Gil Parrondo. Asturiano, arquitecto y pintor de formación, dedicó casi la totalidad de su vida profesional al mundo del cine, en el que destacó como director artístico en multitud de producciones de primer nivel. Es, junto con Pedro Almodovar, el único español que ha ganado dos Premios Oscar de la academia (Patton, 1970 y Nicolás y Alejandra, 1971), además de unos cuantos Goya y premios varios. Fue el director artístico de cabecera del también oscarizado José Luis Garci.

Hace algunos años tuve la ocasión de visitar la exposición “la realidad proyectada” en el Patio de Luces de la Diputación de Almería y quedé cautivado. Cuando se contemplan sus bocetos y diseños para las ambientaciones de películas, se aprecia la mano del arquitecto. El gusto por el detalle, la cuidada composición de escenas, el orden y la precisión. Arte en estado puro.

El proyecto

El proyecto

“Cuando hacíamos refugios con sábanas y cajas de cartón en casa de los abuelos .

El otro día estaba viendo una serie. Un padre y sus dos hijos estaban en el jardín de su casa, con varios listones de madera, debatiendo cómo iban a construir su cabaña en el árbol. La premisa del padre era: “colocamos cuatro patas y luego ya iremos viendo…” Sin embargo, uno de los niños refunfuñaba y alegaba que eso no se podía llevar a cabo sin planos, y que además, él lo que quería era usar la caladora eléctrica para cortar cosas y si ponían los listones enteros a modo de pilares, no habría nada que cortar.

Realmente me hizo reflexionar acerca del concepto del proyecto arquitectónico, de su utilidad y su verdadera función. Así cómo del desarrollo en sí mismo, quiero decir, la manera con la que afrontamos un problema de cualquier índole y cómo un proyecto de arquitectura es totalmente extrapolable a cualquier ámbito. Muchos de los procesos son similares: identificar problemas, trabajar desde lo más general hasta lo más particular o incluso tomar perspectiva en algunas ocasiones.

Lo sabrán muy bien aquellos valientes que han camperizado una furgoneta o han hecho un puzzle de 5000 piezas. No saben muy bien cómo ni por qué, pero su mente les ordena a seguir ciertos pasos y sobre todo a visualizar un resultado antes de obtenerlo.

Por eso, todos los problemas requieren siempre de estrategia y planificación para ser resueltos. Estos pueden ser muy complejos, como en el caso de la descomunal y compleja tarea de construir una ciudad entera. O tan básicos como envolver un regalo de cumpleaños haciendo papiroflexia de manera intuitiva. Pero ambos, al igual que el pájaro que construye su nido, son un proyecto. Sea de una manera consciente o inconsciente; requieren de una idea, de un planteamiento y de una ejecución.

Por ejemplo, cuando hacíamos refugios con sábanas y cajas de cartón en el salón de los abuelos, estábamos abordando un proyecto arquitectónico sin saberlo. Y normalmente suele ser más divertido el proceso que el resultado. Igual que el niño que sólo quería cortar palos de madera. Si su diversión está en usar la caladora eléctrica y la verdadera función de la casita en el árbol es entretener a los niños en el proceso de su construcción, lo más razonable es cambiar el diseño de la cabaña y plantear un proyecto repleto de maderas cortadas. Una casa-árbol hecha de recortes y que además se tarde varios meses en levantar, total, el objetivo es divertirse en el proceso.

La conjura de los necios

La conjura de los necios

“Es la película que todo el mundo en Hollywood desea rodar pero nadie quiere financiar

Mucho se está tardando en llevar a la gran pantalla está magistral obra literaria. Me consta que intentos ha habido, y no menores por cierto. Hubo un proyecto en el que John Belushi sería el encargado de encarnar al obeso antihéroe Ignatius Reilly, pero su repentino fallecimiento por sobredosis en los prolegómenos de la negociación del contrato, dieron al traste con todo el proyecto. Will Ferrell o John Candy, al que el papel le hubiera ido que ni pintado, también fueron tentados. Pero no llegó a cuajar. Ferrell llegó a decir de ella que “Es la película que todo el mundo en Hollywood desea rodar pero nadie quiere financiar”.

Para los que no hayan leído esta obra, decirles que ya están tardando en acercarse a la librería a por una edición de bolsillo. No se van a arrepentir de ello. Todo en esta obra es singularmente curioso e interesante. Empezando por el hecho de que fue publicada póstumamente casi 20 años después de haber sido escrita. El autor, John Kennedy Toole se suicidó a los 31 años, y su madre se dedicó a visitar editores con el manuscrito hasta que este reparó en manos del novelista Walker Percy, quien cayó rendido ante la calidad de la obra. Se publicó en 1980, ganando al año siguiente el Premio Pulitzer de novela.

Me resulta difícil encuadrar en algún género concreto esta novela, entre la tragedia y la sátira irónica, con grandes dosis de surrealismo. Creo que icónicos personajes como Torrente o el vendedor de cómics de la popular serie de “Los Simpsons” le deben mucho a Ignatius.

El protagonista es un ser decadente y desagradable, incapaz de emanciparse pues se niega a trabajar, y que vive de su madre anciana, mientras libra una cruzada imposible con el mundo moderno que le rodea, carente totalmente de “geometría y teología”. Él es un auténtico cruzado medieval, con un sentido de la moral desternillante, y que se verá sometido a una serie de desgracias y accidentales catástrofes en su viaje existencial.

La trama se desarrolla en Nueva Orleans, en la que su peculiar arquitectura colonial criolla está muy bien retratada creando una atmósfera que logra transportar al lector a las calles del Barrio Francés, dejándole la sensación de haberlo conocido.

Espero que alguna de las nuevas plataformas de contenidos audiovisuales apadrine un proyecto, pues una serie sobre las peripecias del icónico Ignatius daría para unas cuantas temporadas de diversión. Mientras tanto, merece la pena releer esta atemporal joya literaria.

Sandman

Sandman

“Imagino que cada uno recuerda algún sueño en particular, o al menos un momento en concreto, una sensación. 

Hace un tiempo terminé de leer la famosa obra de Neil Gaiman: Sandman. Se trata de una serie de cómics, o como les gusta llamar a algunos culturetas, una novela gráfica. En ella se nos presenta a nuestro protagonista, el mismísimo dios de los sueños: Morfeo, que es liberado de su prisión tras siglos encerrado, y ahora ansía recuperar su antiguo reino. Se trata de una historia compleja, llena de capas, de argumentos que se entrelazan, de cuentos para dormir, de esas historias que al terminar de leerlas, piensas: ni con una segunda relectura voy a ser capaz de entender ni el 10% de lo que el autor tenía en mente a la hora de escribirla.

Curiosamente sucede igual que en los sueños que tenemos cada noche, un amasijo de situaciones, personajes y escenarios que se entremezclan y que configuran una experiencia onírica ciertamente desconcertante. Imagino que cada uno recuerda algún sueño en particular, o al menos un momento en concreto, una sensación o una acción singular como podría ser caerse desde un escalón o volar como si fuésemos un superhéroe. Sin embargo, particularmente solo se me quedan marcados a fuego en la memoria aquellos sueños donde el escenario es memorable. Recuerdo un amplio espacio pero contenido, quizás del volumen de aire semejante al interior del Panteón de Agripa. En él aparecía una protuberancia en la pared gigantesca, era como la barriga de una ballena enorme, una curva convexa que tensaba el espacio de una manera increíble. Me impresionó tanto que no pude contenerme, me levanté corriendo de la cama a buscar un papel y un lápiz para inmortalizar la sección de ese lugar.

A veces es un detalle, una iluminación, un espacio sobrecogedor, pero otras muchas, mis sueños son un paseo arquitectónico por una casa que desafía todas las leyes de la física. La otra noche, por ejemplo, entré en una vivienda de un tamaño bastante humilde, comencé a traspasar habitaciones unidas todas entre sí sin pasillo alguno, eso sí, con escaleras, muchas escaleras y muy variadas. Parecía una mezcla de un dibujo de Escher y la house NA de Sou Fujimoto en Tokio. No sé qué hay realmente en mis pensamientos, pero sí que empiezo a conocer muy bien cómo se maneja mi subconsciente. Es simplemente un compendio de las rarezas perturbadoras que se asemejan a referencias pasadas y ambiciones futuras. Ojalá poder construir un sueño alguna vez, aunque sea en el mundo de los sueños.

Desde Rusia con amor

Desde Rusia con amor

“En la estepa Siberiana nos podemos encontrar con ciudades creadas en la primera mitad del S XX en torno a una mina que dan pavor

Resulta divertido y casi adictivo hacer listas de cosas. La red se encuentra llena de rankings de lo más variopinto. En arquitectura y urbanismo podemos encontrar clasificaciones de los rascacielos más altos, las ciudades más superpobladas, el top ten de las más amables para vivir en ellas o la lista de los edificios más modernos del mundo mundial.

Obviamente todas las clasificaciones, salvo las estrictamente mensurables matemáticamente como pueda ser el número de habitantes en una ciudad o la altura en metros de un edificio, tienen una carga subjetiva muy importante. Sobre todo si lo que miden son cualidades o virtudes como la belleza, la sostenibilidad o el grado de felicidad. Si se pretende encontrar el ranking de las 10 ciudades más bonitas del mundo, veremos que Paris, Praga, Viena, Roma, Kioto, Dubrovnik, Berna y San Francisco lo son. Cada una de ellas es la más bonita de forma incuestionable. Y hay otras tantas que también lo son, como San Petersburgo, Marrakech, Sevilla, Brujas, o Bergen…y así de forma indefinida hasta renunciar a decidir cuál de ellas es objetivamente la más bonita de todas.

Asumiendo esto, y aceptando que será difícil objetivar al 100% lo que depende de la percepción de cada uno, nos podemos lanzar sin complejos a la divertida búsqueda de… la ciudad más fea del mundo. Encontrar la más bonita empalaga, y aparecerá el que diga eso de “como se nota que no conoces Toledo”.

En lo que a ciudades feas se refiere, dejando de lado aquellas que se encuentran devastadas por las guerras y las catástrofes, hay que reconocer que los Soviéticos eran unos auténticos maestros planificando con inquina. En la estepa Siberiana, nos podemos encontrar con ciudades de un tamaño más que respetable creadas en la primera mitad del siglo XX en torno a una mina, industria o yacimiento, que dan pavor. Ciudades impersonales, descarnadas, frías, y sucias como Norilsk o Mirni son solo dos de las más reconocibles de una lista interminable. Casi todas ellas responden al modelo de urbanismo comunista con grandes y sobrios bloques racionalistas, estandarizados y repetitivos en un trazado replicable, escalable y reproducible allá donde sea necesario.

Hoy día, gracias a herramientas como Google Earth o Street View, podemos visitarlas sin salir de casa y sin tener que abrigarnos para soportar las terroríficas temperaturas que se registran en ellas. Hoy, mientras escribo este artículo, en Norilsk están a -32ºC. Creo que ya tengo mi favorita.

Dos tipos

Dos tipos

“Las jirafas y ellos, los dos tipos de seres vivos que reinan la tierra.

Si los hombres del mito de la caverna de Platón salieran de su cueva y por casualidad lo primero que se cruzasen en su camino fuese una jirafa, podrían llegar a pensar que el mundo está lleno de seres enormes, con cuatro estiradas patas y un cuello larguísimo. Pensarían que están solos en este planeta que acaban de descubrir y posiblemente volverían corriendo a la caverna para evitar los ataques de esos cuellos infinitos. Las jirafas y ellos, los dos tipos de seres vivos que reinan la tierra.

La dualidad es intuitiva pero no siempre es la opción correcta, a veces es necesario ver las cosas desde otra perspectiva, llegar a imaginar que si esos seres alargados también respiran y tienen ojos como nosotros, puede ser que haya más animales allí fuera, cada uno con sus características y particularidades: algunos pequeños y gorditos, otros voladores, algunos con mucho pelo en el cuerpo… y que simplemente nos hemos encontrado al bicho del cuello largo. Es un planteamiento bastante aventurado teniendo en cuenta la escasez de pruebas, pero la dualidad, con frecuencia, conlleva limitaciones.

A la hora de afrontar un proyecto arquitectónico, podemos optar por dos estrategias bien diferenciadas: la caja de zapatos y la funda de guitarra. Dos maneras de atajar un problema. Plantear un gran espacio diáfano y flexible que se adapte a cualquier uso, como una caja rectangular de cartón donde podamos meter todo lo que queramos, contra ese diseño del salón del hogar donde la pared curva recoge el piano de cola de la abuela, como un estuche de cuero a la forma de la Stratocaster.

Podemos a su vez, optar por un proyecto tectónico, en el que la unión de diferentes elementos, normalmente lineales, conforman la construcción del espacio, como podría ser una cabaña de madera, frente al proyecto estereotómico, donde el espacio nace de la sustracción de la materia, como en una cueva de piedra. O una arquitectura más honesta que refleje su forma y estructura tal y como es, contra la arquitectura de la ilusión, que muestra una falsa fachada como si de un teatro se tratase.

Colocar dos posiciones aparentemente enfrentadas e interpretar que también hay que considerar todas las intermedias es olvidarnos de la realidad del mundo. No todas las variables se encuentran entre el blanco, el negro y el gris. Eso sí, existen dos tipos de personas, los que siempre empiezan una explicación diciendo: “existen dos tipos de…” y los que no.

La terminal

La terminal

“Una maquinaria engrasada a la perfección, en un espacio amable y a escala humana.

Desde muy pequeño he sentido una gran fascinación por los grandes aeropuertos.  Son como mini ciudades de paso, con su propia policía de Fronteras, cuerpo de bomberos, centros comerciales, hoteles y servicios, y un hervidero de personas que pululan a distinto ritmo y velocidad.

Cuando se toman aviones, se acaba pasando mucho tiempo en entre terminales, bien sea por la antelación a la que se está obligado por las medidas de seguridad, bien sea por los periodos de tránsito en los transbordos… si no lo es por los retrasos o por culpa de alguna conexión perdida. En esos momentos, me encanta pasear por la terminal estudiando los recorridos y el deambular de los pasajeros y tripulaciones y observar al personal de pista con su frenética actividad.

Me abruma el elevado nivel de organización y funcionamiento de estas infraestructuras. Existen distintos niveles o capas, con recorridos a veces con un solo sentido y con distintas barreras de control que van dirigiendo a los pasajeros que en muchos casos pisan por primera vez esa terminal, o pasan sin reparar en ella absortos en sus pensamientos.

Muchos de esos grandes edificios, son además espacios arquitectónicos de una calidad excepcional. Obras por lo general de grandes arquitectos como Norman Foster, Zaha Hadid, Richard Rogers, Renzo Piano, o Ricardo Bofíl por mencionar algunas de las firmas más reconocibles.

Son lugares en los que la eficacia en su funcionamiento llega al nivel de la perfecta maquinaria más compleja pero a la vez en convivencia con espacios amables, humanos y de calidad para personas que pasarán solo unas horas (que se le pueden hacer eternas) durante el trayecto de su viaje. Generalmente nadie tiene como destino el propio aeropuerto en su periplo.

Sobre esto hay una simpática película que además se inspira en una historia real. Un pasajero queda estancado en un limbo legal, y vive durante años dentro del aeropuerto JFK “en tierra de nadie”. La historia real de Mehran Karimi Nasseri, refugiado iraní que vivió en la Terminal 1 del aeropuerto Charles de Gaulle de París entre los años 1988 y 2006 es algo menos romántica que la versión cinematográfica de Spielberg, que con Tom Hanks como protagonista trata en forma de comedia ligera esa dramática situación. En esta película, se refleja muy bien esa vida en tránsito de los aeropuertos. Desde la perfecta sincronización, a los arquetipos de pasajeros que llenan de forma continua estos espacios en los que no hay separación entre el día y la noche.

Una catedral tatuada

Una catedral tatuada

“Entonces entendí realmente el quid de la cuestión de todo esto: transmitir emociones

Todavía tengo presente, aunque de una manera bastante sesgada, la primera vez que entré en un espacio que me sobrecogiera el corazón. Se trataba del antiguo campo de fútbol de la Unión Deportiva Almería. El ya abandonado Juan Rojas. Recuerdo entrar por un túnel normal y corriente, lo más parecido que yo había visto hasta el momento para mi corta edad eran los pasillos de los cines de mi ciudad. Tras atravesarlo y subir unas escaleras de hormigón, se abrió ante mí un inmenso espacio que mi mente no era capaz aún de concebir. Apenas llegaba a ver las gradas de enfrente, quizás la miopía también jugaba en mi contra. Pensé que no era posible que el ser humano hubiera construido un lugar tan asombroso. Su monstruosa escala fue lo que me fascinó. Pensar que se podía idear algo así me hizo empezar a ver el mundo de otra forma.

Curiosamente, el siguiente recuerdo parecido fue la inauguración del Estadio de los Juegos Mediterráneos en 2005. Su tamaño era aún mayor, al igual que mi edad. En ese momento fue cuando me explicaron que esos espacios los ideaban los arquitectos.

Bastantes años más tarde, en clase de Historia de la Arquitectura en la universidad, llegamos a la etapa del Gótico. La idea que yo tenía de las iglesias cambió en apenas un rato. Pensaba que la gran mayoría buscaban su belleza mediante el ornamento. Sin embargo, la singularidad de este movimiento venía determinado por avances tecnológicos que no eran más que una consecuencia de la ambición por alcanzar el cielo. Lograr sobrecoger el alma de los fieles a través de espacios de proporciones verticales. Entonces entendí realmente el quid de la cuestión de todo esto: transmitir emociones.

Es curioso pensar que estas construcciones se apoyan en una amalgama de decoraciones y detalles para dotar de belleza al conjunto. Pero realmente son totalmente superfluas. Ni siquiera los famosos pináculos están pensados desde el punto de vista estético, simplemente son contrapesos estructurales para que técnicamente se puedan levantar muros tan altos mediante sus contrafuertes.

El ensayo Ornamento y Delito de Adolf Loss en 1910 compara las decoraciones innecesarias de la arquitectura moderna con los tatuajes en el cuerpo humano. Por ese motivo me sorprendió encontrarme con la paradoja de la catedral invertida tatuada de René ZZ. Ese tatuaje es meramente decorativo, pero impacta de la misma forma que la primera vez que entré en el Juan Rojas.

Volver a empezar

Volver a empezar

“Eras, antiguas estaciones, canales o pequeñas centrales están esperando a que alguien pose sobre ellos su mirada”

El pasado 10 de noviembre asistí a una conferencia del arquitecto Luis Castillo Villegas dentro del Tercer Ciclo de conferencias del Instituto de Estudios Almerienses dedicado en esta ocasión a la obra de tres arquitectos contemporáneos muy relacionados con el patrimonio arquitectónico de la provincia. Esta conferencia tuvo lugar en el Centro Andaluz de Fotografía, que fue restaurado por él junto con su compañera Mercedes Miras Varela.

La conferencia, en la que presentó y explicó una serie de proyectos de restauración y rehabilitación desarrollados por su estudio fue ciertamente interesante. A parte del proyecto de rehabilitación del excelente edificio en el que se desarrolló la ponencia, presentó una serie de proyectos de restauración e intervención en edificios históricos de la provincia.

Más allá del reconocimiento internacional que ha logrado con alguno de ellos, como pueda ser la Rehabilitación de la Torre Nazarí de Huercal Overa, obra nominada en 2016 a los prestigiosos premios Aga Khan, me llamó especialmente la atención una modesta intervención sobre los restos ruinosos de una edificación industrial de finales del siglo XIX. Los Hornos de Calcinación de Lucainena.

Se trata de una intervención muy modesta y sensible que conjuga la restauración y consolidación de unos restos muy deteriorados por el abandono, el expolio y el paso del tiempo, con una rehabilitación y puesta en valor en el que el recorrido y el paisajismo cobran protagonismo. Luis habló de “las vidas de los edificios”, y de cómo cuando terminan su periodo útil, de sus restos y ruinas pueden renacer, incluso reciclando parte de su materia como tributo al tiempo y adaptándose a una nueva existencia.

Este tipo de intervenciones me parecen muy necesarias. Tenemos mucho patrimonio arquitectónico e industrial modesto repartido por la provincia. Eras, lagares, minas, cortijadas, antiguas estaciones ferroviarias, canales, torreones, presas o pequeñas centrales hidroeléctricas que están esperando a que alguna administración pose sobre ellos su mirada.

A poco que uno sale y ve como en cualquier aldea de Inglaterra montan un museo alrededor de una antigua cabina de teléfonos porque en ella entró Sean Connery en una escena cinematográfica, se es consciente del retorno que este tipo de acciones tiene sobre la población en la que se sitúan. Tenemos mucho que aprender, y acciones como la de Lucainena son una constatación de que una puesta en valor bien ejecutada merece la inversión.

Los 30

Los 30

“Cada momento es único y privado, y la manera de abordarlo marcará el futuro

Antonio Sant’Elia fue un arquitecto y urbanista italiano que murió con 28 años y sin haber construido jamás ningún edificio, pero pasará a la historia por su manifiesto futurista de 1914 y por dejar una serie de dibujos que han sido de gran influencia para generaciones futuras por todo el mundo. Sin embargo, Louis Kahn o Zaha Hadid no llegaron a su plenitud profesional hasta alcanzar los 50 años de edad. Se podría decir que la arquitectura aglutina un gran abanico de conocimientos y habilidades, donde el poso del tiempo se vuelve de vital importancia para levantar una gran obra. La valentía del ignorante contra la razón del sabio.

Como bien se ha demostrado hoy en día, los edificios no duran menos que las generaciones que los habitan, así que los planteamientos futuristas de Sant’Elia no eran del todo acertados, sin embargo, el desconocimiento propio de su edad y la incertidumbre del contexto histórico que le tocó vivir le llevaron a esas ideas tan atrevidas. Por el contrario, el Instituto Salk de Louis Kahn fue proyectado y construido entre sus 58 y 64 años de edad, tras una infinidad de periodos y de idas y venidas en sus proyectos. Se trata de la obra más depurada de su pensamiento y eso no se logra en dos días.

Dicen que la creatividad se merma con la edad, que se compensa con la experiencia. Por eso, muchos artistas de avanzada edad intentan rodearse de gente joven y con ideas innovadoras para permanecer continuamente en la pomada. Picasso, sin embargo, era más creativo año tras año y siguió produciendo arte hasta el día de su muerte en una casita en lo alto de una colina próxima a Niza. Cada uno es preso de su tiempo y desarrolla su vida de la mejor manera haciendo malabares con las circunstancias que le rodean. Cada momento es único y privado, y la manera de abordarlo marcará el futuro.

Hoy es el día que más joven vas a ser del resto de tu vida, y sin embargo, hoy es el día que más viejo eres hasta la fecha. Mañana también será ese día y el jueves que viene, y al siguiente, y al siguiente… Vivimos en ese día constante, ese presente implacable que no termina. Sabes a la perfección cuándo empezó todo, pero apenas puedes llegar a intuir cuándo acabará al restar tu edad a la esperanza de vida de nuestra época.

Solo necesitamos algo de perspectiva y avanzar paso a paso, de la cimentación hasta la cubierta. Aunque siempre hay una forma de empezar la casa por el tejado, como las Torres de Colón de Madrid.

Metropolis

Metrópolis

“El mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón

Hace unos días decidí volver a ver después de muchos años la película Metrópolis de Fritz Lang. No sé muy bien por qué, pero me lo pedía el cuerpo. Creo que la última vez que la vi fue poco después de acabar la carrera, durante la cual era poco menos que de obligado visionado junto con El acorazado Potemkin o El vientre del Arquitecto de Peter Greenaway.

A pesar de ser una cinta de 1927 y que presenta fragmentos muy deteriorados, sigue resultándome fascinante. El montaje que he visto en esta ocasión es de algo más de dos horas. Y a pesar de ello, consigue mantener mi atención de principio a fin. Esta película, rodada en Alemania, fue cercenada y recortada en su versión para los Estados Unidos dejándola en poco más de 90 minutos. Había escenas “censurables” y resultaba larga.

El metraje original se perdió, pero cosas del destino, hace unos años apareció una copia en 16 mm bastante estropeada de la cinta original en Buenos Aires, y con ella se ha conseguido recomponer un montaje que se acerca muy probablemente a la versión inicial de la película. Esta versión que yo no había visto, completa y ayuda a entender algo mejor el argumento.

El futuro distópico que plantea se desarrolla en 2026… a cien años de distancia de su gestación, pero a la vuelta de la esquina hoy. Se ambienta en una luminosa ciudad de rascacielos Art Decó cimentada sobre unos suburbios subterráneos oscuros y sórdidos en los que la clase trabajadora alimenta a la máquina corazón, que mueve el progreso y el avance de la superficie.

Lo cierto es que esta película da para escribir unos cuantos artículos, pues se puede analizar desde muchas facetas. Es obvio que es una de las películas más influyentes del cine. Es el primer largometraje de ciencia ficción y sentó cátedra como se puede ver claramente en películas como Blade Runner, o en la tenebrosa, gótica y vertical Gotham en el Batman de Tim Burton. El parecido entre C3PO de Star Wars y el Robot femenino de Metrópolis no es casual.

La película da para pensar, pues se reflexiona sobre la lucha de clases y el orden social, el desarrollismo, la hipertecnificación, o sobre los instintos primarios y humanos que al fin y al cabo se terminan por imponer a la racionalidad a al pragmatismo del ingenio mecánico.

Preparándose mínimamente para ponerse en situación pues se trata de una película muy teatral y con la expresividad exagerada de los primeros años de cine mudo, resulta muy sorprendente y cautivadora. Si no la has visto, merece la pena.

Cambiar de idea

Cambiar de idea

“Solo de forma lenta y progresiva, los cambios pueden realmente adquirir el estatus de permanentes

La historia de la arquitectura está marcada inevitablemente por etapas o conjuntos de años que comparten características comunes en cuanto a formas, conceptos, ideas o tecnología constructiva. Sin embargo, estas etapas pueden llegar a ser bastante difusas, a veces no está muy claro cuando acaba el Renacimiento y cuando empieza el Barroco. Necesitamos marcar algunas obras o hitos para intentar organizar en cierta forma el pasado, singularizando aquellos proyectos que reúnan todos los conceptos de su tiempo.

Podríamos decir que el siglo XXI comenzó con la caída de las torres gemelas, que la Edad Moderna con el descubrimiento de América y que el Movimiento Moderno con la Villa Saboya. Todos ellos tienen en común un cambio de paradigma que rompe con la antigüedad pero simplemente son un reflejo de una serie de cambios que se fueron anunciando a bombo y platillo los años precursores.

Solo de una forma lenta y progresiva, los cambios pueden realmente adquirir el estatus de permanentes. Las ideas arquitectónicas necesitan ser maduradas con el tiempo, ser probadas en la vida humana, ir puliendo y adaptándose a la realidad de su época para llegar a ser un cambio real. Si no, corren el riesgo de quedarse en una mera anécdota, como podrían ser la singular casa neoplasticista de Rietveld y Schröder o el urbanismo en Chandigarh de Le Corbusier.

El ser humano avanza, evoluciona, cambia de idea, se adapta a los problemas de su tiempo. Analiza el pasado para plantear las soluciones del futuro. Se arrepiente, se ilusiona e incluso desafía a sus iguales. Es en la valentía del carácter donde reside la posibilidad de aportar algo a la cultura común de su sociedad. Luego simplemente se trata de buscar un ejemplo representativo para ponerle nombre al movimiento.

Al reducirlo de escala, nuestra propia vida también está marcada por hitos y etapas, normalmente asociadas a la edad, el trabajo, el amor o simplemente al corte de pelo. Por ejemplo, cuando la youtuber y arquitecta “Ter” decidió quitarse la peluca azul y empezar una nueva etapa con su castaño y natural corte de pelo, tuvo que ser una decisión importante para ella e indudablemente acarrea ciertos cambios profundos en su vida. Aunque simplemente se materializasen en un cambio estético de apenas 2 minutos, es una forma de identificar un punto de inflexión en su carrera, fijando fecha y hora a un proceso que en realidad es tan flexible como nuestra canción favorita.

El sofá de la cocina

El sofá de la cocina

“Generamos un apego casi ridículo por escenarios de cartón piedra

Es difícil hoy en día encontrarse con alguien que no tenga en mente una serie de televisión con la que se identifique, o por la que no sienta un especial afecto emocional. Vivimos en unos tiempos en los que pasamos muchas horas de nuestra vida pegados a la “caja tonta” como medio de evasión o dispersión en un modo de vida acelerado y pasado de vueltas. No hace tanto tiempo, el ser humano pasaba sus días del alba a la noche en una rutina homogénea que se repetía generación tras generación sin apenas variaciones y sin más aspiración que ver un nuevo amanecer.

Desde un punto de vista arquitectónico, me resultan especialmente interesantes las sitcom o comedias de situación. Este tipo de series desarrollan una trama en escenarios repetitivos, generalmente en interiores, y con una línea argumental continua que puede llegar a prolongarse décadas. Vemos como crecen y envejecen los protagonistas, pero por lo general, sus casas se mantienen prácticamente inalteradas. Esto llega a crear en nosotros una apego casi ridículo por ese escenario de cartón piedra, que acabamos entendiendo como propio.

Podría empezar y no pararía recordando casas de series que han marcado época. La casa de los Banks en El príncipe de Bel Air, La impresionante mansión del 165 de Eaton Place de Arriba y Abajo, o los apartamentos de series como The big bang theory o Friends. Todos ellos cuidadosamente estudiados para el rodaje de plano fijo en el que la cuarta pared literalmente desaparece, haciéndonos evadir de la realidad para participar de las cotidianas escenas con las que llenamos los ratos muertos a lo largo de los días.

Un ejemplo de este ficticio apego lo sufrí cuando tras 9 o 10 temporadas de la serie de Dos hombres y Medio en la que se había producido el cambio del principal protagonista Charlie Sheen por Ashton Kutcher, un día de buenas a primeras, deciden redecorar la vivienda de Malibú para darle un aspecto más ecléctico, moderno o renovado. Bien es cierto que el cambio de protagonista fue radical, y que la serie en mi opinión perdió el 80% de su interés, pero el cambio operado en la vivienda para mí fue casi el golpe de muerte.

Es muy probable que tras el giro de personaje fuese necesario romper la vinculación con el anterior crápula y carismático propietario, pero para mí la vivienda era un protagonista más, y un eje central de la historia. Sin ella ya nada volvería a ser lo mismo. Bien mirado tal vez fue un acierto matar a la casa junto con el tío Charlie.

La persiana

La persiana

“Si construimos una casita en Sierra Nevada, seguramente resolvamos la evacuación de aguas mediante una cubierta inclinada

Existe un amplio abanico de posibilidades a la hora de abordar un proyecto arquitectónico y dependiendo desde que perspectiva se trabaje, pueden llegar a ser muy amplias. Algunas decisiones de partida están determinadas por ideas o conceptos más o menos acertados. Sin embargo, existen otros parámetros fundamentales que ni siquiera son elección del autor. Hablamos de aspectos tan relacionados con la cultura o el entorno que se integran de tal manera en la arquitectura que no somos ni conscientes de su presencia. Si se diseña una torre en Nueva York, lo normal sería que la estructura sea de vigas y pilares de acero; si construimos una casita en Sierra Nevada, seguramente resolvamos la evacuación de agua mediante una cubierta inclinada.

Si nos alejamos de los temas meramente constructivos y de su economía de medios, nos encontramos con la verdadera raíz de todos ellos: la cultura, o más comúnmente llamadas, costumbres. Que no son más que el conjunto de todas las condicionantes que hacen que una sociedad sea como es. Existen una infinidad de factores que intervienen en la forma de ser de un conjunto de personas, desde el clima hasta la orografía del terreno, pasando por su historia, su idioma o su religión. Todos ellos crean una nube de condicionantes, algunos claramente identificables y otros bastante difusos, los cuales, ni siquiera un habitante de esa región será capaz de explicar.

He aquí la verdadera razón por la que tanto en España como en otros países vecinos con un cultura similar, la presencia de persianas en todas y cada una de las ventanas se presenta como “lo normal”. Evidentemente tienen un carácter puramente utilitario, ya que necesitamos protegernos de la abundancia del sol, pero su presencia va un paso más allá. Responde a una forma de vida privada en la vivienda. La cultura mediterránea, incluso la latina, se caracteriza por la vida social en la calle, frente a la intimidad del hogar. Mientras que la cultura anglosajona o del norte de Europa sigue la vía contraria, donde la vida social se suele realizar en la vivienda.

Por este motivo, nos encontramos con la típica vivienda de muro, ventana y persiana en Almería y su antónima, la vivienda de vidrio y cortina en Rotterdam. Quizás no es solo porque necesiten recoger la mayor luz posible, sino porque siempre tienen el salón muy ordenado y no tienen nada que ocultar, mientras que nosotros tenemos que esconder los platos sucios en el lavavajillas cuando vienen visitas.

Less is more

Less is more

“El caracter atemporal de la arquitectura del movimiento moderno fundamenta sus principios en la búsqueda de una pureza ajena a los artificios

No puedo ocultar mi pasión por el género de ciencia ficción en la literatura y por ende, en el cine. Me gustan casi todos los subgéneros. Desde las space-ópera, las utopías, distopías y ucronías, hasta la ciencia ficción dura, el retrofuturismo o el steampunk. Pero de todo lo leído, siento una especial predilección por las obras clásicas de mediados del XX, y que sentaron las bases de lo que hoy ha acabado siendo una fuente de producción cinematográfica constante.

Además de la excelente narrativa de los prolijos escritores del género de esa época, la visión de los futuros que plantearon en su momento ha soportado bien el paso del tiempo. Sus ideas conceptuales sobre las ciudades y la arquitectura del futuro estaban a buen seguro imbuidas por la vorágine conceptual del movimiento moderno. Sobriedad, elegancia, función y forma, ecologismo y vanguardia fueron conceptos que de forma experimental se desarrollaron en arquitectura entre los años 20 y 60 del pasado siglo y que proyectan a la humanidad hacia los confines del espacio y del tiempo.

Cuando uno lee a Asimov, Herbert, Huxley o a Bradbury, es casi imposible no visualizar la arquitectura de Oscar Niemeyer y Lucio Costa en Brasilia, la Villa Saboya de Le Corbusier o la terminal de la TWA de Eero Saarinen. Desde la máxima del “menos es más” se diseñaron ciudades futuribles en las que formas puras conviven con la naturaleza y en las que la escala de lo humano se asienta en el plano de la función en perfecta armonía con la majestuosidad de la composición a escala urbana. El contraste con los futuros hipertecnificados y de ciudad máquina imaginados por los autores del periodo anterior e influenciado por la revolución industrial tardía, el desarrollo de la arquitectura del hierro, el ferrocarril o los inicios de la aviación es más que notable.

Tal vez una de las claves del éxito en la ambientación de este efervescente periodo de creación literaria en la ciencia ficción es el carácter atemporal de la arquitectura del movimiento moderno, que fundamenta sus principios en la búsqueda de una pureza ajena a los artificios.

Un buen ejemplo de esta atemporalidad lo podemos encontrar en la película Gattaca. Una distopía transhumanista ambientada en un ecléctico futuro rodada en edificios de Frank Lloyd Wright. La paz y la serenidad de su ambientación podría situarse en cualquier momento de un futuro más o menos lejano.

Una intimidad abierta

Una intimidad abierta

“Al igual que las personas, la arquitectura puede ser abierta y cerrada al mismo tiempo

Siempre he pensado que el día de mañana me encantaría proyectar y construir mi propia casa. Imagino que no soy ningún caso aislado. Esta idea de levantar nuestra propia vivienda subyace en gran parte de la población mundial. Desde aquellos que  reforman y habilitan poco a poco una furgoneta para vivir en ella, a aquellos que ahorran como la hormiga en invierno y con la ilusión de un niño, hasta encontrar la parcela de sus sueños donde colocar definitivamente el huevo.

Me gustaría que esa casa fuese acogedora, íntima, agradable. Me encantaría gozar de la suficiente paz en su interior, a la vez que disfrutar de unos exteriores abiertos pero privados. Solo con la mera elección de una casa unifamiliar como forma de vida, queda evidente una clara actitud intimista respecto al hogar. ¿Quién no sueña con disfrutar de una terraza, unos bellos jardines en planta baja, o incluso una piscina al aire libre, pero sin sufrir el continuo hostigamiento de vecinos y viandantes?

El emplazamiento es el punto de partida para diseñar cualquier obra arquitectónica, pero no debemos olvidar que toda expresión del sentimiento puede emerger en cualquier lugar. Solo hay que tocar las teclas adecuadas del piano. Una casa puede transmitir paz y serenidad aunque no tenga paredes, a la vez que puede ser abierta y pública aunque esté totalmente flanqueada por muros de seis metros de altura. Todo es cuestión de la percepción del espacio a tu alrededor. La famosa Casa Farnsworth se podría resumir en dos planos horizontales rodeados por paredes de vidrio en todas sus direcciones, pero sin embargo es íntima y solitaria por su singular ubicación en mitad de un bosque en Illinois y a orillas de un pequeño río.

Se vuelve fundamental explorar las posibilidades que el lugar nos ofrece para diseñar espacios acorde a la forma de vida buscada. Pero no debemos olvidar que, adaptando la estrategia arquitectónica, se puede conseguir cualquier fin en casi cualquier medio. Al igual que las personas, la arquitectura puede ser abierta y cerrada al mismo tiempo. Así como alguien puede ser guapo y feo según los ojos que lo miran. No se debería estigmatizar cualquier obra con algún adjetivo absoluto, todo depende de quien lo perciba. Al igual que las diferentes emociones que un cuadro de Goya o una canción de Nirvana pueden llegar a producir en cada uno de nosotros. Desde el amor al miedo en apenas unos acordes o unas pinceladas muy bien ejecutadas.

El secreto de la pirámide

El secreto de la pirámide

“Una nueva excusa para atizarse y una nueva mina para los medios que viven del maná del enfrentamiento

Estos días ha estado en boca de muchos copando las redes sociales un asunto que bien sea por su faceta cultural y escenográfica, bien por su carácter de instalación arquitectónica, tiene cabida en esta sección.

Y como es ya costumbre, la polémica que tiene encendida a la comunidad de tuiteros de trinchera trasciende el hecho en si mismo para simplemente avivar las llamas de la hoguera de la trifulca de la polarización política.

Resumiendo y simplificando; según se puede leer en los titulares, el músico y productor Nacho Cano va a edificar una pirámide Azteca en un solar público del barrio de Hortaleza de Madrid. Según sea el corte o pelaje del medio en cuestión, se dan o no detalles acerca de si se trata de una cesión de uso temporal; de si conlleva un canon económico dicha cesión, de si el promotor es amiguete de Ayuso, o si el “mamotreto de cartón piedra” será una horterada, si por el contrario será un revulsivo cultural y generador de empleo, será desmontado al final del periodo de cuatro años de concesión, o de si el proyecto se desarrolla en un suelo semiabandonado para el que solo son compatibles este tipo de intervenciones.

Al final se trata de eso. Ni más ni menos. Una nueva excusa para atizarse y una nueva mina para los medios que viven del maná del enfrentamiento de plano bajo que tanto rédito genera en un sistema que se sostiene en los pilares de las redes sociales y el consumismo.

No me veo capaz de pronunciarme al respecto de su calidad urbana, pues del susodicho proyecto solo ha trascendido un fotomontaje con muy mala leche de lo que parece ser una pirámide Azteca sobre el fondo de las torres de Chamartín. Vaya usted a saber que habrá de cierto en ello, pero vamos, que si semejante horterada la firmase “La fura del Baus”, estaríamos hablando de “Kultura” y vanguardia de primer nivel.

Al parecer, se trata de un proyecto de iniciativa privada sin inversión de dinero público. Los que se rasgan ahora las vestiduras debían de estar de vacaciones cuando se gestó el faraónico proyecto de “La ciudad del circo” de Alcorcón, en donde se enterraron para mayor gloria de su alcalde más de 120 millones de euros de dinero público… Suerte que en el 2008 Twitter estaba en pañales.

Veremos en qué acaba quedando todo esto, pero quiero recordar que hace unos 130 años un loco plantó una horterada temporal con la promesa de desarmarla pasados unos años de concesión para amortizar la inversión… el año pasado subí hasta su cúspide para hacer unas fotos de Paris.

El ojo tras la lente

El ojo tras la lente

“Aquellas fotografías antiguas de verdaderos artistas que se pensaban cada foto como si fueran la última

Recuerdo con cierta nostalgia los primeros veranos que salía del nido siendo apenas un niño, los campamentos de verano y sus excursiones a la montaña o a la granja escuela. Siempre le pedía a mis padres que me comprasen una cámara de usar y tirar tan habituales en aquella época. Me parecía increíble poder inmortalizar aquellos momentos para luego, tras varios meses, ir a una tienda de revelado y poder tener en mis manos fotografías a todo color y en ese papel rectangular donde se quedaban las huellas de los dedos si no lo cogías por los bordes. Hacer fotos era un privilegio de muy pocos y poder visualizar la instantánea en el mismo momento de disparar era toda una utopía. Por ese motivo, cada fotografía tenía un valor especial y antes de apretar el botón, te pensabas mucho donde ponerte o por donde viene el sol y te asegurabas que todos tus amigos entraban dentro del recuadro a la hora de poner el ojo en la mira.

Sin embargo, hoy en día vivimos un momento increíble en el que todo el mundo tiene siempre en su bolsillo una cámara de fotos y además de una calidad impresionante. Si yo tenía que esperar cuatro veranos para juntar más de 50 fotografías, ahora puedes echarlas en menos de 2 minutos. Y acto seguido puedes verlas, retocarlas o incluso compartirlas con el mundo entero. Realmente esto ha generado que consumamos una gran cantidad de información gráfica día tras día, minuto tras minuto, y a pesar de ello, muy pocas imágenes valen realmente la pena. Tenemos que echar 200 fotos a nuestros hijos para rescatar alguna que medianamente cumpla nuestras expectativas.

A pesar de todo, hoy en día seguimos admirando aquellas fotografías antiguas de verdaderos artistas que se pensaban cada foto como si fuera la última. Carlos Pérez Siquier realizó un gran número de fotografías y cada una de ellas goza de una armonía en su composición que cuando la ves realmente te transmite verdadera emoción. Siempre sientes algo, te transporta a ese momento, a ese breve instante en el que disparó. Consigues ponerte en su lugar y en cierta manera compartir su ojo. Es en ese momento en el que el artista consigue llegar al corazón del receptor, no sólo viendo un paisaje bonito o una casa impresionante, sino sintiendo algo más. No sabes por qué, pero te quedas embobado mirando sus obras y sabiendo que te están contando una historia. Que esa imagen es más que una casa blanca en el Cabo de Gata o una niña en la puerta de su casa de la Chanca. Esa imagen es arte.

13 Rue del Percebe

Rue 13 del Percebe

“Las revista pasaban de hermanos a primos hasta que las hojas se deshacían de tanto pasarlas.

No podía faltar en esta sección de “La cuarta Pared”, un guiño o pequeño homenaje a esta genial serie de historietas en la que precisamente se rompe esa famosa “cuarta pared”. Se rompe hasta el extremo de que literalmente desaparece, quedando al descubierto las tripas de un edificio de comunidad en el que los personajes y sus devenires diarios se exponen en absoluto diálogo con el espectador.

Como casi todos los de mi generación, crecí devorando los Tebeos e historietas de Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, Zipi y Zape o Super López por mencionar algunos de los más exitosos de la época. Pero sin duda, de todos ellos, 13 Rue del Percebe era mi favorito con diferencia.

Tal vez fuese su simplicidad repetitiva. Tal vez que las historias ocupasen solo una página, o el hecho de que pudiese ser leído de forma desordenada con una aparente independencia de cada viñeta o vivienda con respecto a las demás. Solo aparente, pues en el fondo siempre había algo más para esa segunda y tercera pasada. Eran otros tiempos, en los que las cosas no eran tan efímeras. Las revistas se heredaban y pasaban de hermanos a primos hasta que las hojas se deshacían de tanto pasarlas.

El maestro Francisco Ibáñez, con su ibérico y genial sello personal era capaz de hacer magia con unos muy limitados recursos llevados al extremo del minimalismo en esta tira cómica que transcendió fronteras, siendo un gran éxito en Alemania bajo el impronunciable “Ausgeflippt – Fischstrasse 13 – irre Typen, heisse Sprüche”. Me imagino a José María Carrascal leyendo este título y ya no me parece tan impronunciable.

Siempre me ha apasionado el humor gráfico, y me puedo pasar horas mirando viñetas de Uderzo, Mordillo, o Quino. Tal vez estas algo más “adultas” y “serias” que las socarronas e infantiles “filemonadas” de Ibáñez. Pero desde muy pequeño, esa forzada perspectiva de un solo punto de fuga lateral en la que se ve en primer término una habitación de cada casa, y¡ en la que se atisba lo que parece pasar dentro, con su imposible escalera entorno al hueco del ascensor, despertaron en mi la curiosidad por los edificios y las ganas de dibujar sus tripas. Algún que otro “14 Calle de la Cococha” habrá en algún cajón de la casa de mis padres.

Hoy, cuando intervengo en obras de reforma en viviendas de edificios, en la fase de demolición es inevitable que se me escape alguna sonrisa cuando cae algún tabique dejando al descubierto esa habitación que tantas veces he recreado en mi infancia de viñetas.

Un hotel y una casa

Un hotel y una casa

“Está todo recogido y limpio, la luz natural entra por el fondo de la estancia, tamizada por unas cortinas claras y finas

Muchos de vosotros habréis experimentado alguna vez esa curiosa sensación de entrar a la habitación de un hotel por primera vez, bueno, no de cualquier hotel, sino ese que cuesta algo más de 20€ la noche. Se trata de un lugar, en el que inexplicablemente, estás más cómodo que en tu propio salón. Te sientes como en casa, acabas de entrar en una habitación que no habías visto jamás y sin apenas haber soltado las maletas en el suelo, ya es tu hogar.

Está todo recogido y limpio, la luz natural entra por el fondo de la estancia, tamizada por unas cortinas claras y finas. El suelo es tan agradable que estás deseando quitarte los zapatos y poder sentir el frescor del pavimento en verano o la comodidad de la moqueta en invierno. Entras y lo desordenas todo en cuestión de minutos, pero no te preocupa del todo porque sabes que con acumular todas tus cosas en una esquina, al día siguiente habrán hecho la habitación y volverá a estar como nueva. Es curioso pensar que una estancia tan impersonal como la habitación de un hotel pueda llegar a ser tan agradable. A los dos días tendrás que hacer el check-out antes de las 12 de la mañana y automáticamente le darán la habitación al siguiente. Que casualmente volverá a sentirla como suya.

Existen una serie de elementos que inconscientemente producen esa sensación de absoluta comodidad y por lo tanto, de felicidad. El frescor en el ambiente, ver cada cosa en su sitio bajo un estricto orden, aunque estemos deseando perpetrarlo, o incluso un olor agradable, y no precisamente a ningún ambientador artificial. Cada uno tenemos nuestros propios gustos, pero todos somos humanos y nos sentamos juntos por igual alrededor de un fuego cuando hace frío. Las sensaciones de comodidad y bienestar son muy comunes entre todos nosotros y por eso mismo yo sentí que estaba en un hogar cuando visité la casa estudio de Luis Barragán en Tacubaya, México.

Una serie de espacios concatenados hacen del recorrido por el interior de la casa un espectáculo donde uno a uno iba imaginándome cómo sería vivir allí. Sentía que era mi casa, que se construyó precisamente para mí, para resolver mis necesidades, y sin embargo Luis Barragán no me conoce, es más, construyó esa casa 44 años antes de que yo naciera. Pero la diseñó pensando en sí mismo, en levantar el lugar donde él se sintiese cómodo durante muchos años, y seguramente cumplió su objetivo, ya que no la abandonó hasta su muerte.

Fundación e Imperio

Fundación e Imperio

“Es el germen de un género del que han bebido los míticos universo de Star Wars, Star Trek, Dune o Galáctica

Se nos va agosto. Mes vacacional por excelencia y antesala del mes de los coleccionables del quiosco, los Corticoles y cómo no, de ir buscando alguna serie de televisión nueva que nos haga menos dura la vuelta a la por otra parte, tan sana y deseada rutina.

Andaba yo ayer enredando en mis cosas, cuando de pasada vi anunciado en una de las famosas plataformas de TV de pago el inminente estreno de una serie que llevaba años soñando con que alguien produjese: Fundación. Reconozco que tal vez mi afán por esta mítica Space Ópera del prolijo Isaac Asimov me haga crear demasiadas expectativas y acabe por derivar en frustración y decepción. No obstante, trataré de abrir la mente y comprender que las licencias del productor, los medios tecnológicos actuales, y las imposiciones sociales, comerciales y morales de nuestro tiempo habrán dado lugar a un resultado que diferirá del universo descrito por el autor y del posteriormente figurado e idealizado por mí tras releer varias veces la saga completa. Para empezar, al ver el tráiler (espectacular por supuesto), me pareció entender que Gaal Dornick, discípulo de Hari Seldon, ocupa un papel central y cómo no, ahora es mujer… y negra. Las cuotas son las cuotas y ya estamos acostumbrados, pero ¿De verdad es necesario cuando en la propia historia hay personajes medulares y trascendentales del género femenino como son Dors Venabili, Wanda Seldon o Arcadia Darrell?

Para los que no conozcan esta saga o serie de novelas (iniciada en los primeros años 50 del pasado siglo con la trilogía original), podríamos decir que son el germen de un género del que han bebido los míticos universos de Star Wars, Star Trek, Dune o Galáctica por mencionar los más conocidos. Ciencia, tecnología, sociología, misticismo, robots y política se amalgaman en un universo en el que la humanidad se ha expandido por la galaxia, con una ambientación que combina lo medieval con el clasicismo griego, y que de forma atemporal nos hace reflexionar sobre los grandes problemas de la humanidad.

Especialmente interesante me resulta el concepto de mundo ciudad (Trantor en Fundación). Mundo cupulado en el que solo queda libre un pequeño jardín en el centro del cual se sitúa el palacio imperial. Veremos cómo han recreado este decadente complejo administrativo desde el que se gestiona el imperio, y si como en el caso del género de los personajes, las cuotas también han migrado el urbanismo de Asimov a lo políticamente correcto.

Una vida tranquila

Una vida tranquila

“Puedes tener la mejor vista del mundo, pero si no puedes tocarla, no tienes nada. Solo una pegatina en la pared.

La casa que construyó Utzon en Mallorca es una oda al mar, al horizonte y a la forma de vida inundada en paz. Está construida en lo alto de un acantilado frente al Mar Mediterráneo y con una distribución en planta que evoca en cierta manera a la Acrópolis griega, con varias piezas macladas entre sí y algo giradas pero sin perder la omnipresente vista al infinito. Sin lugar a dudas, la casa no sería de la misma manera en otro lugar y es el entorno natural el que determina y ensalza los aciertos de este proyecto. Sin embargo, ¿por qué nadie conoce a sus casas vecinas? En ese mismo acantilado y en casi todo el perímetro de la isla existen viviendas y cada una de ellas con sus inquietudes formales y particularidades constructivas.

Ninguna es como Can Lis, llamada así en honor a la mujer de Utzon. En ella, la luz y la sombra dan carácter a los espacios y la piedra, ubicua en prácticamente todos los lugares posibles. Nos recuerda a la propia isla. Pese a ser tan particular en tantos sentidos, lo que realmente caracteriza esta vivienda es su forma de ser vivida. Todas las piezas o zonas están literalmente separadas entre sí, lo que obliga a salir a la intemperie para recorrerla, haciendo partícipe a la naturaleza en el día a día de sus ocupantes. El sol, los árboles, las nubes o incluso la lluvia son parte de la experiencia de vida y sentirlos en tu piel, en tu propia casa, te conecta aún más con tu entorno que abrir un gran ventanal de vidrio a la playa.

Todos hemos soñado alguna vez con vivir frente al mar, o en una casita en la montaña, pero muy pocas personas se paran a pensar como debería ser esa casa. Damos por hecho que será una casa grande, ya que puestos a soñar, cuanto más, mejor. Con grandes espacios, salones, dobles alturas, grandes paños de vidrio con impresionantes vistas en todas las direcciones. Aire acondicionado en cada estancia y a ser posible, suelo radiante en toda la casa para mantener los pies calentitos en invierno.

Al final, lo que nos encontramos en la mayoría de viviendas contemporáneas es una edificación compacta que podría funcionar igual de bien en primera línea de playa en Mojácar o entre medianeras en un pueblo de Cáceres. Lo que importa no es cómo se viva, sino el impresionante y ultramoderno diseño de nuestra casa en el “paraíso”. Puedes tener la mejor vista del mundo, pero si no puedes tocarla, no tienes nada. Solo una pegatina en la pared.

El abismo de Helm (II)

El abismo de Helm (II)

“Es el máximo representante de una casta de servidores de un sistema que se sirve a si mismo.

Estoy intentando cerrar el artículo en esta segunda parte, pero me temo que tengo material para XXVII capítulos como poco. Estoy por cambiarle el título por el de “Doctor Who”. Pero vamos a hacer el esfuerzo de rematar en las pocas líneas que tenemos.

Hace un par de semanas, disparé en modo ráfaga contra la burocratización deshumanizada de nuestra queridísima estructura de la administración pública. Hoy voy a tratar un pequeño ejemplo de los muchos que he vivido en primera persona.

Hace unos años me encontraba terminado las obras de un pequeño proyecto de dos viviendas unifamiliares de dos plantas en la popular zona conocida por todos como “La Vega de Acá”. La parcela se encuentra rodeada de edificios plurifamiliares de más de 7 plantas y a escasos metros de las fastuosas Torres de la Térmica.

Como es perceptivo, por ridículo que parezca, se tramitó la correspondiente autorización a aviación civil por encontrarnos dentro del cono de aproximación de la pista 08 del aeropuerto de Almería (aun estando rodeado de edificios de 6 a 10 alturas más). Todo correcto. Se aportó la documentación con la sección del edificio, y en unos 4 meses llegó de Madrid el tan ansiado “favorable”. A construir.

Al terminar la obra e ir a solicitar la licencia de ocupación, el técnico municipal detecta en los planos de final de obra que el edificio “ha crecido en altura” 15 centímetros. Todo correcto, dentro de norma y ordenanza. Pero… A su criterio procede tramitar nuevamente autorización de altura a la agencia estatal de seguridad aérea, no sea que algún despistado piloto se tropiece en la aproximación. No hubo forma de convencerlo de lo contrario, y otros 3 meses de paralización. Huelga decir que hice lo indecible por evitarlo. Incluso conseguí hablar con los ingenieros de AESA que no salían de su estupor ante semejante patochada, a la que dieron curso “procurando agilizar el trámite dadas las circunstancias”. Dicho por un compañero suyo de licencias, mi error fue no falsear la sección de final de obra.

El ilustre técnico municipal, hoy ya felizmente jubilado, se pasea con su gorra por la ciudad. Hoy le dedico a él este artículo con inmenso cariño, pues han sido muchas como esta a lo largo de nuestro devenir profesional. Él es el máximo representante de una casta de servidores de un sistema que se sirve a sí mismo. Puede dormir tranquilo, y los pasajeros del CRJ-1000 de Airnostrum que a diario sobrevuelan los 15 centímetros de la discordia, también.

Una visita activa

Una visita activa

“Un viaje puede cambiar tu percepción del mundo o puede pasar sin pena ni gloria por tu mes de agosto.

En 1931, el arquitecto Le Corbusier, junto con su primo L’Enfant, visitó por tercera vez España. En este caso no sería un viaje rápido para dar una conferencia, sino que habían organizado una ruta por orillas del Mediterráneo, desde los Pirineos hasta Argelia. Montados en su flamante Voisin recorrieron toda la costa española con la velocidad propia de los vehículos a motor de la época, es decir, extremadamente rápidos para las carreteras de burros y los paisajes estáticos, ardientes y místicos de España, como él mismo los describía.

Durante ese tiempo dibujó en su pequeña libreta una gran cantidad de croquis a modo de apuntes de los paisajes que más le atraían, de pequeñas edificaciones vernáculas o incluso de sus lugareños realizando acciones de lo más cotidianas. Esto refleja una consciente preocupación por el aprendizaje. Dibujar y reflexionar sobre el lugar conlleva una comprensión del mismo más allá de la simple mirada. Dibujar un paisaje es entenderlo, saber donde está el río, dónde están las montañas y qué tamaño tienen en relación con el pueblo. Refleja una enorme implicación con el viaje. Pese a que muchos de esos dibujos los realizase sin ni siquiera bajarse del coche, como el croquis de la tradicional venta Almeriense, podemos afirmar que estaba siempre atento a cualquier estímulo para rápidamente sacar un lápiz y reflejarlo en un papel.

Y es que el turismo que vivimos hoy en día poco tiene que ver con el origen moderno del mismo, cuando a principios del siglo XIX, unos jóvenes británicos adinerados viajaban en verano a Roma y Atenas para conocer el origen de su cultura. Una motivación bastante distinta a la actual de pasar tiempo libre o descansar de nuestra ajetreada vida. El turismo nació para enriquecer nuestra alma. Y en la mayoría de los casos, lo sigue haciendo.

Un viaje puede cambiar tu percepción del mundo o puede pasar sin pena ni gloria por tu mes de agosto. Cuando Luis Barragán volvió a México tras su viaje por Andalucía, su arquitectura empezó a asentarse sobre unas premisas racionales que son la base de todo el desarrollo arquitectónico mejicano que tanto ha influido a varias generaciones. Mantener los cinco sentidos alerta y una estancia activa y conscientemente temporal pueden cambiar el curso de cualquier arte en cualquier tiempo, solamente tienen que alinearse lo astros para que ese aprendizaje extranjero te sirva de algo en tu vida real.

El abismo de Helm (I)

El abismo de Helm (I)

“La vocación de servicio público, salvo honrosas excepciones es una fantasía.

Y es que como en la trilogía del señor de los anillos, este artículo va a tener que fragmentarse en varios capítulos. El abismo de Helm, es la distancia que separa la administración pública del ciudadano en este país. Y como sucede en la mítica novela de elfos, orcos y magos, la batalla que se desarrolla en dicho abismo tiene dimensiones épicas.

En un sistema hiper burocratizado, con varias administraciones públicas que se reparten y solapan competencias, acometer un proyecto por pequeño que este sea, se convierte en una auténtica carrera de obstáculos. En el camino, nos encontramos con barreras de distinto calado. Algunas, normativas obsoletas y absurdas con más de 40 años en algunos casos. Otras, procedimientos administrativos farragosos por los que hay que pasar si o si, aun cuando carecen de sentido (los famosos y perceptivos informes sectoriales ). Pero en mi opinión el peor grupo de obstáculos lo constituyen “las personas”. Vaya por delante ante todo que esto no es generalizable, pero dado que el camino es tan largo y tiene tantos pasos, con algún elemento especial siempre se acaba topando uno.

Siempre pensé que el funcionario era un servidor público, y que entre otras cosas como son el garantizar el cumplimiento de las leyes y las normas, o la defensa de los intereses de la administración, se encontraba el ayudar al ciudadano en su relación con la administración. Esta vocación de servicio, salvo honrosas excepciones es más una fantasía y una ilusión que una realidad… al menos en la escala técnica, que es en la que yo me muevo.

Desgraciadamente, las personas que supervisan y controlan los proyectos, viven en un castillo de papel, enrocados en su refugio de normativas y separados de la realidad exterior.

Es del todo intolerable que para cambiarle el techo a un gallinero, si se quieren hacer las cosas bien, se necesiten de 8 a 12 meses (con suerte) de duro transitar por administraciones y despachos de técnicos, muy preocupados de que se disponga del permiso de medio ambiente, de aguas, de carreteras, de aviación civil, de género y de su puta madre…. Cuando a la hora de la verdad, les importa un comino si el gallinero existe, si es un palomar, si el techo se cae o si se construye en otro lugar distinto al solicitado. Solo hay que ver la anarquía absoluta de los hechos consumados que nos rodea, y la dejación y connivencia de una administración llena de individuos preocupados de que “los papeles” que ellos firman estén inmaculados, no sea que alguien les meta en el trullo.

¿Qué es el Sol?

¿Qué es el Sol?

“En estos primeros compases de la vida, el aprendizaje es el único recorrido que cualquier ser humano experimenta.

Mis padres me contaban, como una hazaña del pasado, cómo memorizaba el nombre de todas las capitales de los países europeos y las repetía sin parar una y otra vez. Apenas tendría 3 años de edad, pero eran más que suficientes para aprender cosas y disfrutar de ellas. A decir verdad, esos primeros años de vida nos los pasamos aprendiendo sin apenas darnos cuenta, realmente no sabemos nada, venimos del interior de una barriga sin contacto con el mundo exterior. Somos como aquellas personas  encerradas en la caverna de Platón, pero que al nacer y salir de la cueva nos damos de bruces con el mundo real en el que solo podemos aprender cómo funciona. Queda reservada para más adelante la intensa tarea de aportar o influir en él. En estos primeros compases de la vida, el aprendizaje es el único recorrido que cualquier ser humano experimenta.

Lo más común es que en estos primeros años no seas apenas consciente de que realmente cualquier interacción que tengamos con el mundo es puro aprendizaje. Desde abrir la tapa de un yogurt hasta imitar las expresiones coloquiales que escuchamos a nuestros padres y familiares. Casi todo se basa en la repetición inconsciente de la realidad que percibimos. Hasta que llega ese primer día en el que nos surge por nosotros mismos nuestra primera cuestión, que en mi caso fue: ¿por que hay una bola amarilla en el cielo? ¿Y por qué por la noche hay una bola gris? Ese primer momento en el que por ti mismo surge una duda, vas corriendo a quien tengas al lado y se lo preguntas. Entonces te responde y te explica qué es el Sol y qué es la Luna. Y tú ahí fascinado, pensando en la magnitud de esa bola de fuego y de cómo puede brillar tanto cada noche una bola gris que no emite luz. En ese preciso instante eres consciente de tu aprendizaje y sientes una enorme y sincera felicidad que es difícilmente comparable a cualquier otra, pero no por su grado de intensidad, sino por su singular naturaleza.

Este disfrute intelectual evoluciona a medida que vamos creciendo hasta que normalmente pasa a estar en un segundo plano ya que suele dejar de ser una opción para convertirse en una obligación. Tenemos que levantarnos todos los días a las 8 de la mañana para ir al colegio a aprender cosas, y es entonces cuando dejamos de interesarnos por ellas. Tendremos que esperar a que vuelva a nacer por nosotros mismos esa cuestión que nos remueva por dentro y nos enganche a seguir aprendiendo.

Y sin embargo, se cae

Y sin embargo, se cae

“Como decía mi abuelo, hasta la cal de los tabiques aporta su resistencia

El pasado jueves 17 de junio, tuvo lugar el derrumbe parcial de un edificio de viviendas de 12 plantas en la ciudad de Miami. La noticia es de máximo impacto, tanto por el número de víctimas como por las espectaculares imágenes del suceso grabadas por cámaras de seguridad. A los ya no tan jóvenes irremediablemente habrá traído a su memoria el dramático colapso del edificio Azorín. El 15 de setiembre de 1970 se produjo el desplome completo de un edificio en construcción de 10 plantas, llevándose por delante la vida de 15 personas. Eran otros tiempos. Sin cámaras de seguridad, ni WhatsApp o Facebook para retransmitir a tiempo real el dramatismo de la situación, pero el paralelismo es incuestionable.

Estos días, he oído comentarios del tipo, “Pero ¿cómo construyen los edificios en Estados Unidos?” o “¿Cómo se puede caer de la noche a la mañana y sin avisar un edificio?”. Y para estas preguntas las respuestas se me antojan inmediatas. A la primera, mi respuesta sería, “pues más o menos igual que aquí”, y a la segunda, “pues cayéndose. Ni más ni menos”

Afortunadamente, el suceso es una singularidad en sí misma, y no ha de entenderse como un patrón o tipo representativo de la generalidad ¿Cuantos edificios hay en Estados Unidos? ¿100 millones?, ¿Cuántos edificios se caen sin avisar al año? Y lo que pasa en EE. UU. es extrapolable al resto del mundo. Al menos al civilizado.

Por suerte, los edificios tienden a no caerse, y a veces cuesta hasta entender por qué no lo hacen más a menudo. Décadas de uso sin buen mantenimiento, situaciones sobrevenidas como puedan ser terremotos, inundaciones, explosiones de gas, incendios, vicios ocultos por errores y fallos durante la ejecución, obras de reforma temerarias, o sobrecargas no contempladas en el diseño por cambios de uso… Y aun así, cuesta encontrar noticias de colapsos fatales. Me vienen a la memoria el derrumbe del edificio de la calle Princesa o el del salón de actos del colegio Sagrado Corazón, ambos en Madrid, pero me he tenido que remontar a los años 2001 y 2007.

Cuando se diseña y se construye, se hace a conciencia. Se emplean coeficientes de seguridad. Se minoran las resistencias y se mayoran las cargas. Se emplean sistemas redundantes, se controlan los procesos, y como decía mi abuelo, hasta la cal de los tabiques aguanta aportando su resistencia. Por eso el 99,9999% de los edificios no se cae. Lo que pasa, es que cuando cae ese 0,0001%, retumban los cimientos de todos los demás.

Un dibujo improvisado

Un dibujo improvisado

“Por algo se dice que los arquitectos piensan con las manos y dibujan con la cabeza

Cuando dibujas, realmente estás dándole forma a las ideas. Estás descubriéndote a ti mismo, no sabes realmente cómo va a quedar el dibujo, ni siquiera es una representación literal de lo que tienes en mente, porque va cambiando y renovándose al segundo. Es como ese capítulo de Rick y Morty en el que Morty ve en tiempo real cómo será su muerte, pero esto se va actualizando al segundo según lo que haga o con quien interactúe. Existen una infinidad de posibilidades para su muerte pero ninguna es absoluta, cada decisión que toma en vida actualiza cómo y cuándo morirá. En el proceso de creación a través del dibujo sucede lo mismo, la mano y el cerebro funcionan al unísono actualizándose y retroalimentándose con cada trazado. Dibujar es encontrarse a uno mismo, al igual que escribir.

Cuando trabajamos de esta manera entran en juego una serie de procesos intuitivos  comparables con montar en bicicleta o conducir. No solo se trata de que el lápiz vaya solo como el pie que pisa el embrague sin darnos cuenta, sino que desarrollamos una serie de pautas que rodean la experiencia de las ideas. Por ejemplo, es muy común imaginarse a uno mismo del tamaño de una uña para poder entrar físicamente en el dibujo y así sentir la escala en primera persona, como Alicia en el País de las Maravillas, para acto seguido salir corriendo de ahí, volver a nuestro tamaño y perspectiva y verlo desde fuera como un gigante con una casita de muñecas. Por algo se dice que los arquitectos piensan con las manos y dibujan con la cabeza.

Es ese instante de incertidumbre el que nos hace estar vivos. Mientras estás trazando algo que ves con tus ojos cómo ha empezado pero todavía no sabes como va a terminar, tienes una idea de por dónde pueden ir los tiros, pero no tienes la certeza. Entiendes que eres parte del mundo, que estás creando algo y estás disfrutando el proceso. En cierta manera te lleva de vuelta a esa clase de infantil en la que te decían que tocaba dibujo libre, te encontrabas solo ante un papel en blanco y sin ninguna idea de qué hacer. Algunos estructuran en su mente un dibujo y otros empiezan a dibujar y ya saldrá algo sobre la marcha. Es muy parecido a las clases de improvisación tocando la guitarra, mientras tocas un acorde, lo sientes y lo disfrutas sin saber a ciencia cierta cual vendrá después, pero sabes que algo va a salir, posiblemente sea una castaña, pero en ese instante eres libre.

1 de julio

1 de julio

“Hoy no voy a escribir sobre ladrillos, cemento y arena

Hoy es un día especial. Y me voy a tomar la licencia de sacar los pies del plato. Hoy no voy a escribir sobre ladrillos, cemento o arena, ni sobre espacios o sobre grandes eventos arquitectónicos. Tenía incluso un artículo preparado sobre el reciente derrumbe del edificio de Miami. Pero no. Hoy, le voy a dedicar estas líneas a alguien que, todo sea dicho, también es arquitecto. Así que a lo mejor no está del todo fuera de lugar.

Un caluroso 1 de julio del año 1945 en Madrid, vio sus primeras luces (o tal vez unos días después, pues como bien sabemos los niños de la posguerra nacían con los ojos cerrados), un pequeño retoño que a los pocos años se convirtió en un mozalbete con un gesto y una sonrisa que aun se conserva intacta en su cara. Pasó sus primeros años de infancia desplazándose por distintos lugares de España a causa de los traslados y destinos profesionales de su padre, arquitecto también mira tú por dónde. Antes de los 10 años, llegó a Almería, y fiel a la máxima que tantas veces le he oído decir a él, de que “uno no es de donde nace si no de donde pace”, paso a convertirse en un almeriense convencido.

A veces me da por pensar, y veo con cierta envidia y morriña a las personas de esa generación que han tenido la suerte de vivir un tramo de la historia tan espectacular y cambiante. Ellos han vivido y han conocido las penurias de salir de un periodo de destrucción provocado por las grandes guerras y los esfuerzos para levantarlo todo de nuevo; la explosión de la aviación comercial, la llegada del hombre a la luna, el tetrabrik y el wonderbra, el desarrollo exponencial de la informática y las telecomunicaciones, la globalización y el cambio climático, España campeona del mundo de fútbol, el coche Tesla viajando a Marte con un maniquí… y el paso de la vida con los altibajos inevitables de la propia existencia humana, imperfecta y cruel en ocasiones.

Papá, hoy es un día grande. Con los 76 años que hoy cumples, es todo un orgullo y una suerte tenerte tan cerca y tan bien. Siempre dispuesto a arrimar el hombro y con tu eterna sonrisa que me insufla energía para enfrentar los problemas del día día. Eres de los que siempre ve el vaso medio lleno, y además lleno de vino. De las incontables cosas que me has enseñado, me voy a quedar con dos: La vida hay que llenarla de amigos, y que siempre se recibe más de lo que se da. Por muchos años más cumpliendo como un campeón, y que los demás tengamos la suerte de verlo ¡Muchas Felicidades!

Simplicidad y Complejidad

Simplicidad y Complejidad

“Al igual que la mayoría de polos opuestos, la simplicidad y la complejidad se unen por detrás tocándose en su punto más interno.

Una línea recta que une dos puntos en un mapa siempre es el camino más rápido para llegar de un sitio a otro dentro de una ciudad, pero siempre y cuando podamos atravesar los edificios como si fuésemos un superhéroe, o saltando obstáculos y escalando haciendo parkour como si fuésemos un yamakasi. Una línea recta: el camino más rápido, la geometría más simple, el movimiento más intuitivo y a la vez el más complejo de todos.

Si queremos viajar de Almería a Madrid sin tardar 105 horas andando o 743 horas en un tren, lo más simple y eficiente sería coger un avión, que apenas despega, hace un par de giros y ya apunta con su morro a la capital, para a continuación poner el turbo y atravesar las nubes por aire en línea recta hasta llegar a su destino. Lo más simple posible a la vez que el mayor y más complejo avance tecnológico de la humanidad después del internet y los chérigan de atún.

Al igual que la mayoría de polos opuestos, la simplicidad y la complejidad se unen por detrás tocándose en su punto más interno. Grandes autores y artistas han trabajado incansablemente depurando sus obras hasta conseguir quedarse con lo fundamental y no hablamos sólo de la abstracción de Kandinsky o los dibujos del toro de Picasso en sus últimos años de vida. Sino disciplinas tan variadas desde la física, la ingeniería o las meras matemáticas han buscado siempre la manera más sencilla y elegante de resolver cualquier problema. Y esto ha sido precisamente el fin último de mentes tan complejas como Einstein o Newton que consiguieron resumir un extenso conocimiento en fórmulas de apenas tres letras.

En arquitectura, esta complejidad conceptual se traduce en espacios, volúmenes, sensaciones y emociones que en algunos casos pueden llamarse erróneamente como minimalismo. El Panteón de Roma es simplemente un círculo de aire rodeado de hormigón y con un óculo en el techo. ¿Acaso alguien se atrevería a decir que es minimalista? Es extremadamente simple pero no es nada sencillo, es más, es una de las obras más complejas y asombrosas de la historia. Se dice que toda persona con cierta sensibilidad espacial, sea arquitecto o no, se emociona tanto al entrar por primera vez, que se suele escapar alguna lagrima furtiva que agarra el corazón. Dudo mucho que su arquitecto no investigase mucho hasta llegar a concatenar un círculo con un cuadrado. O sino que se lo digan a Malevich, lo que tuvo que pasar hasta pintar un cuadrado blanco sobre un fondo blanco.

Y a cambio, ¿los romanos que nos han dado?

Y a cambio, ¿Los romanos que nos han dado?

“En la arquitectura y el urbanismo, se menosprecian avances del pasado por cuestiones circunstanciales de corte político o económico.”

Con esta pregunta tan reconocible, el magistral John Cleese arranca una de las escenas míticas de la atemporal Vida de Brian con la que los Monthy Phyton nos regalaron un sketch apoteósico; al menos para mí lo es.

En la escena, que a su vez ha sido reparodiada en más de una ocasión, los activistas de una de las tantas facciones políticas clandestinas que luchan sin cuartel contra el imperialismo y la ocupación romana casi con tanto ahínco como con el que luchan entre ellas, caen en su propia trampa al intentar argumentar que los romanos no han traído nada bueno. ¿Y a cambio los romanos que nos han dado? El acueducto… dice uno de ellos. El alcantarillado, las carreteras, la irrigación… la sanidad, la enseñanza, los baños públicos, el vino…. Y así van espontáneamente enumerando una lista de progresos que les han traído los romanos, y de los que desprenderse ahora sería poco menos que ridículo.

La grandeza de esta secuencia está en que es aplicable a una infinidad de situaciones, siendo la más evidente de ellas la de calado político, pero no la única. La raza humana y las civilizaciones tienen por costumbre asentarse sobre los avances de las precedentes y no siempre se reconocen las bondades de la anterior, pues el afán de liberarnos del peso del pasado nos coloca en el egocentrismo del hombre moderno, que lo pretende reinventar todo, muchas veces despreciando de forma infantil las bases sobre las que se sustenta su conocimiento.

Es triste ver como en los campos de la arquitectura y el urbanismo, y en definitiva en el del patrimonio, se menosprecian avances del pasado por cuestiones circunstanciales de corte político o económico, cuando al tiempo no se renuncia a ellos y hasta se reinventan atribuyendo méritos desmedidos a quien no corresponden.

Los tan novedosos conceptos de sostenibilidad, eficiencia energética, rehabilitación y conservación, por mencionar algunos, se llevan practicando desde que se pierde la memoria de la raza humana, habiendo permitido un sinuoso avance de progreso hasta situar a la humanidad donde se encuentra ahora, con sus luces y con sus sombras.

Pero además del concepto de orientación de las viviendas, el estudio de soleamiento y el empleo de la vegetación, la adecuación equilibrada entre función y forma, el sentido y orden geométrico, el equipamiento público, las infraestructuras sanitarias, el uso de materiales próximos y perdurables, el ladrillo y el hormigón, ¿Qué más han hecho los romanos por nosotros?

Miradas desnudas

Miradas desnudas

“Podríamos discutir si el tejado es el pelo o si la puerta es la boca, pero sin lugar a dudas, las ventanas son los ojos.

Para todos aquellos que ven dragones en las nubes, si pudiéramos asociar una fachada a un rostro, evidentemente las ventanas serían los ojos. Podríamos discutir si el tejado es el pelo o si la puerta es la boca, pero sin lugar a dudas, las ventanas son los ojos. Y no solamente los ojos por los que el edificio mira al exterior, sino también por donde el exterior puede mirar al edificio. Estas aperturas configuran la expresión formal de la obra a la vez que intrigan al viandante acerca de su interior. ¿Qué habrá ahí dentro? Si vemos una ventana alta y pequeña probablemente será un baño, si nos encontramos con una estrecha y vertical, quizás sea una caja de escaleras, y si vemos un gran paño de vidrio seguro que corresponde a una estancia importante como un salón o la cocina.

Los huecos pueden enmarcar paisajes construyendo cuadros vivos desde el interior, o bien, pueden responder únicamente a la necesidad de ventilación y luz que necesite cada estancia. Lo que sí queda claro es que se trata de elementos que atraen todas las miradas, a la vez que acogen los ojos interiores como si de una madriguera se tratase. Incluso en el desarrollo del proyecto más funcional posible, estos huecos son parte del formalismo inherente a cualquier obra plástica, ya que rompen muros, perforan planos verticales y otorgan y rompen el ritmo.

Ahora bien, las ventanas dependen en gran medida de los cristales, esa superficie trasparente que cierra el hueco donde no hay ladrillo. Y estos vidrios, por lo general, son finos y frágiles. Una simple piedra, o Flash dentro de su Speed Force, puede romperlos sin mucho esfuerzo. Dejando las viviendas desnudas a la maravillosa ventilación cruzada de la que tanto presumimos los arquitectos. El interior se convertiría en un espacio inhabitable y tendríamos que peinarnos cada mañana según el viento que hubiera ese día. Es paradójico pensar como un proyecto de vivienda colectiva donde el funcionalismo y la economía constructiva son los dos pilares en los que se suele asentar, quedan totalmente al servicio de unas finas láminas de vidrio, que curiosamente son los elementos más caros de cualquier fachada convencional.

Esta dicotomía ya la puso sobre la mesa Gordon Matta-Clark cuando reventó con una escopeta de aire comprimido todos los cristales del Instituto de Arquitectura y Estudios Urbanos de Nueva York la noche anterior a una conferencia de Peter Eisenman. Hoy solo la recordamos.

Regreso al futuro

Regreso al futuro

“Una churrera gigante extruye un cordón de mortero, que capa a capa levanta muros y tabiques. 

Aparecen de forma recurrente noticias como sacadas de archivo o fondos de armario que nos dejan una sensación de déjà vu. Y es un efecto muy logrado pues aunque si nos esforzamos un poco acabamos recordando que eso ya nos lo contaron, tenemos la sensación de novedad, de primicia.

A veces se trata de la próxima misión programada a Marte para el 2025, 2030, 2035… otras veces es un asteroide que pasará rozando la Tierra y provocará un cataclismo que al final de la noticia resulta no ser tal pues lo hará a una distancia de 800.000 km, y otras nos desvelan que la arquitectura del futuro ya está aquí, ¡Casas que se construyen solas con una impresora 3D!

Es verdad que el término 3D, nos sigue impactando a pesar de que la percepción tridimensional es inherente a nuestra naturaleza. Vivimos en 3D desde que el ser humano tiene conciencia y capacidad de pensamiento abstracto. Pero lo cierto, es que la impresión 3D tiene ya algunas décadas, y las famosas impresoras 3D que son “capaces de construir una casa” (es mucho decir), se basan en un concepto y una tecnología inventada en los años 80 del pasado siglo.

La impresión 3D, tiene un gran potencial en muchos campos, especialmente en los de investigación, desarrollo y diseño. Agiliza y abarata la producción de prototipos. Pero sus aplicaciones a nivel de producción a gran escala o industrial son muy limitadas.

En construcción, la apuesta por la estandarización, la prefabricación o los sistemas modulares es ciertamente interesante, pues además de conseguir una mejora en la calidad del producto acabado, se logra un control del proceso que permite optimizar costes y recursos con desviaciones mínimas con respecto al diseño de partida. Además propicia el uso de energías limpias, el reciclaje y la reutilización de materias. Eso es algo incuestionable, y la tendencia es a avanzar en esa línea.

Pero las casas no las hace una impresora 3D gigante sacada de un laboratorio secreto de la NASA… La realidad es mucho menos romántica. Con limitaciones, una churrera gigante extruye un cordón de mortero, que levanta muros y tabiques, a los que hay que colocar cargaderos, refuerzos de armado y conductos de instalaciones, y luego una vez endurecido montar techos, aislamientos, trasdosados interiores, suelos alicatados, acabados, instalaciones, y un largo etcétera… y por supuesto, a la forma tradicional. ¿Más barato, rápido y mejor? Lo dudo. Eso sí, en 6 meses nos lo volverán a contar.

Las puertas como oportunidades de cambio

Las puertas como oportunidades de cambio

“Esa sensación de estar en un aburrido centro comercial y atravesar ese arco azul para comenzar una experiencia onírica. 

Hay un paso entre el interior de un espacio y el exterior, un paso encuadrado en un rectángulo de unos 2,10 metros de altura y 80 cm de ancho, enmarcado por un dintel y cuatro tapajuntas. Ese paso es el que determina si entras o sales, un acto tan interiorizado que nunca reparamos en él. Excepto cuando nos prohíben hacerlo. Cuando no puedes salir o entrar, empiezas a valorar ese bello instante en el que sin querer agachas un poco el cuello, miras al suelo y cambias de espacio como si fueses un jugador de fútbol saltando al campo en la final de la Champions.

Si nos ponemos a pensar, seguro que encontramos una infinidad de puertas que no llevan a ningún lado y que tirarían por la borda esta intencionalidad de cambio propuesta. La puerta de Brandeburgo en Berlín, o el Arco del Triunfo de París no te llevan a ninguna parte, pasas de estar en la calle a estar en la calle, pero eso sí, con honores. No cambias de espacio pero si cambian las emociones. Esta transición no tiene por qué implicar una evidente alteración física, sino simplemente un nuevo estado mental.

Las puertas en las pirámides de Giza, al menos las que conocemos de momento, son pequeñas y oscuras, sin embargo, las puertas de cualquier Catedral son grandes portones desproporcionados al cuerpo humano, pero a escala con el resto de la obra. La primera nos lleva a una cámara funeraria y la segunda al encuentro con Dios. Indudablemente tienen que ser diferentes, pero ambas necesitan que alguien las atraviese para tener un sentido, para no ser solo parte de una bella fachada, sino con el fin de recibir ese significado tan místico que tienen.

Por algo recordamos las tiendas Imaginarium simplemente por sus puertas, ya que permiten que los más pequeños pasen por su propia entrada a un mundo diseñado para ellos: el mundo de los juguetes. Esa sensación de estar en un aburrido centro comercial y atravesar ese arco azul para comenzar una experiencia onírica es lo mejor que nos puede pasar, por eso, los que la hemos cruzado de chicos, mantenemos ese recuerdo sensorial grabado a fuego.

Toda gran aventura comienza atravesando una puerta y si no, que se lo pregunten a Frodo cuando salió de su acogedora casita de La Comarca. No solo nos ofrece una oportunidad de cambio, sino que nos vomita a la cara que algo va a cambiar, quieras o no. Algo va a cambiar. Cuando coges la cartera, el móvil, las llaves y sales de casa, algo va a cambiar.

Nos vemos en casa de los abuelos

Nos vemos en casa de los abuelos

“Cuartos con colchones por el suelo para acoger alguna noche a toda la patulea de mocosos que improvisaba de forma unilateral e innegociable una noche de pijamas

Hay un momento en la vida que es tal vez de los más tristes que uno llega a experimentar. Ese preciso instante en el que se cierra la puerta de la casa de los abuelos por última vez.

Cuando somos niños, nuestra experiencia vital está vinculada de forma casi indivisible a los lugares en los que uno se siente seguro. La propia casa o el colegio son esos edificios en los que más tiempo uno pasa, pero si había un refugio especial de entre todos ellos, ese era “la casa de los abuelos”.

Solía ser un inmueble modesto y desfasado. Colmatado de cosas raras que huelen de forma muy particular, y con algún que otro “intocable” al que siempre se anhelaba echar mano en un momento en el que nadie mirase. La casa de los abuelos, era ese lugar de reunión, lleno de primos desperdigados correteando entre cómodas y mesas bajas llenas de portafotos y jarrones, que a duras penan conseguían sobrevivir (los que lo lograban) durante décadas de estar al borde del abismo.

Sitio incómodo donde los hubiera, con mesas supletorias montadas sobre caballetes y sillas recopiladas de la cocina y dormitorios para montar una cena de navidad en la que todos cabían. Cuartos con colchones por el suelo para acoger por la noche a toda la patulea de mocosos que improvisaba de forma unilateral e innegociable una noche de pijamas. Armarios llenos de ropas de otra época, altillos llenos de maletas. Librerías apretadas de todo tipo de empolvados volúmenes.

Pero nada de eso importaba, porque en aquella época y con esa edad, el tono del color de la pintura de la pared o si la encimera de la cocina era de granito… o si hacia calor o frio era algo del todo irrelevante. Era un sitio especial, seguro y mágico.

Pero el tiempo pasa, y llega ese día. Día en el que te plantas casi sin reparar en él. La casa cierra sus puertas por última vez dejando una ausencia y un vacío difícil de describir. Ya nada vuelve a ser igual. A pesar de que ya no tienes ni la edad ni las rodillas para meterte debajo de las camas, recuerdas con añoranza esos tiempos sencillos en los que ir a casa de los abuelos era el mejor regalo que se podía recibir.

En un año como el que hemos pasado, tan duro para los auténticos protagonistas de este artículo, se han cerrado de forma prematura y cruel muchas de esas puertas. Algunas para no volver a abrirse. Otras sin embargo, ya están preparadas de nuevo con renovada energía para volver a regalar vida y experiencia. Vaya por todos ellos.

Jose Moreno  y  Javier Peña

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