La ciudad de la luz
La ciudad de la luz
“Pero bueno ¿qué podemos esperar de un arquitecto o urbanista al que se le dan las llaves del diseño de toda una ciudad?”
Siempre llega ese momento del año en el que se vuelve complicado pasear por la calle, da igual dónde vivas, tarde o temprano ese día termina llegando. Si te encuentras en Almería será un martes de julio a las 3 de la tarde y si vives en Manhattan será un viernes de enero a las 10 de la noche. Normalmente, ese pico era el que terminaba definiendo cómo se estructuraba la ciudad. Las angostas y estrechas calles del Albaicín favorecen la sombra y el frescor en la ardiente Granada de verano, mientras que las grandes avenidas que atraviesan el centro de París fomentan la entrada de luz a todos los rincones de la ciudad, cuestión del todo necesaria si queremos dotar a la población de cierto bienestar y salubridad.
Estos pretextos socioculturales y climáticos han sido el pilar del desarrollo urbano de la mayor parte de las ciudades de nuestro planeta. Algunas se han ido construyendo poco a poco con el pasar de los años y ampliándose en función de las necesidades de los habitantes de su tiempo. Otras, han necesitado transformaciones profundas como el famoso Plan Haussman de París para conseguir evolucionar y adaptar la ciudad a las necesidades de su época.
Sin embargo, poco a poco, las razones culturales han ido dejando paso a otras cuestiones como las económicas y políticas, que han sido las que realmente han terminado definiendo el crecimiento de las ciudades y la planificación de nuevas urbes como la futura The Line en Arabia Saudita. El factor económico, el posicionamiento geopolítico frente a otras grandes potencias o el control del desarrollo poblacional terminan definiendo el modelo de ciudad, dejando a un lado si nos encontramos en el desierto o en la montaña.
Pero bueno, ¿qué podemos esperar de un arquitecto o urbanista al que se le dan las llaves del diseño de toda una ciudad? La estructura y el orden parecen ser cuestiones que solo se les daban bien a los romanos, porque los ejemplos de ciudades planificadas en los últimos siglos parecen responder más a razonamientos utópicos y aspiraciones personales que al firme compromiso de resolver los problemas de una sociedad en un tiempo y espacio determinado.
En 2006 surgió el proyecto para construir una nueva ciudad, ecológica y sostenible, de la firma del famoso arquitecto Norman Foster, donde los coches que se alimentan de combustibles fósiles no tenían cabida. Eso sí, financiada y promovida por la empresa energética de turno con afán de posicionar su compañía.
Donde hay materia hay geometría
Donde hay materia hay geometría
“La geometría es orden, ortodoxia y razón. Es la caja de herramientas universal que utilizamos para controlar nuestro entorno.”
¡Qué sería de nosotros sin la geometría! A más de uno le dará urticaria solo de pensar en ello. Un escalofrío ascendente por el eje de simetría dorsal en sentido vertical hasta el cenit de la nuca al recordar aquellas clases en las que bisectrices, alturas, apotemas y homotecias se amontonaban en los apuntes tomados en clase mientras el profesor llenaba la pizarra de garabatos. Pero superado este trauma infantil, la geometría se torna en un gran aliado para la vida cotidiana. La geometría es orden, ortodoxia y razón. Es la caja de herramientas universal que utilizamos para controlar nuestro entorno. La utilizamos inconscientemente para andar o conducir; para calcular y estimar distancias y tamaños; para organizar y ordenar nuestros espacios.
Y lo bueno de la geometría, es que no es rígida o inalterable, sino que permite ser moldeada y adaptada bajo distintas reglas de construcción para según qué caso. Desde pequeños estamos familiarizados con la geometría euclídea y con su sistema de tres coordenadas cartesianas. Todos sabemos medir una habitación en largo por ancho y por alto. Pero existen otras geometrías, con reglas y razones específicas para resolver otro tipo de problemas. Por ejemplo, cuando nos movemos en la superficie de la tierra a grandes escalas, la geometría cartesiana no es tan práctica y recurrimos a la geometría esférica, que es la adaptación de la geometría bidimensional de un plano aplicada a la superficie de una esfera. Aquí las reglas cambian, pues la suma de los ángulos de un triángulo sobre la superficie esférica no es siempre 180º, como sucede de forma invariante en el plano cartesiano. A cambio de rompernos los esquemas, obtenemos ventajas y beneficios para trazar rutas de navegación o para hacer cálculos en astronomía.
En arquitectura, la geometría siempre está presente. Bien como herramienta de orden y construcción de espacios, bien por un sentido meramente filosófico, estético, místico o metafísico. Incluso lo está hasta cuando es el enemigo a batir. En este último grupo, arquitectos como Frank Gehry, Zaha Hadid o Alejandro Zaera fuerzan el pliegue y el alabeo de las superficies en una titánica lucha con orden rígido que la ortodoxia cartesiana y gravitatoria parece dominar en el mundo construido. A pesar de ello, tras las pieles de apariencia libre y fluida de sus obras, se esconde un orden geométrico que soporta el trampantojo.
Donde hay materia hay geometría
Donde hay materia hay geometría
“La geometría es orden, ortodoxia y razón. Es la caja de herramientas universal que utilizamos para controlar nuestro entorno.”
¡Qué sería de nosotros sin la geometría! A más de uno le dará urticaria solo de pensar en ello. Un escalofrío ascendente por el eje de simetría dorsal en sentido vertical hasta el cenit de la nuca al recordar aquellas clases en las que bisectrices, alturas, apotemas y homotecias se amontonaban en los apuntes tomados en clase mientras el profesor llenaba la pizarra de garabatos. Pero superado este trauma infantil, la geometría se torna en un gran aliado para la vida cotidiana. La geometría es orden, ortodoxia y razón. Es la caja de herramientas universal que utilizamos para controlar nuestro entorno. La utilizamos inconscientemente para andar o conducir; para calcular y estimar distancias y tamaños; para organizar y ordenar nuestros espacios.
Y lo bueno de la geometría, es que no es rígida o inalterable, sino que permite ser moldeada y adaptada bajo distintas reglas de construcción para según qué caso. Desde pequeños estamos familiarizados con la geometría euclídea y con su sistema de tres coordenadas cartesianas. Todos sabemos medir una habitación en largo por ancho y por alto. Pero existen otras geometrías, con reglas y razones específicas para resolver otro tipo de problemas. Por ejemplo, cuando nos movemos en la superficie de la tierra a grandes escalas, la geometría cartesiana no es tan práctica y recurrimos a la geometría esférica, que es la adaptación de la geometría bidimensional de un plano aplicada a la superficie de una esfera. Aquí las reglas cambian, pues la suma de los ángulos de un triángulo sobre la superficie esférica no es siempre 180º, como sucede de forma invariante en el plano cartesiano. A cambio de rompernos los esquemas, obtenemos ventajas y beneficios para trazar rutas de navegación o para hacer cálculos en astronomía.
En arquitectura, la geometría siempre está presente. Bien como herramienta de orden y construcción de espacios, bien por un sentido meramente filosófico, estético, místico o metafísico. Incluso lo está hasta cuando es el enemigo a batir. En este último grupo, arquitectos como Frank Gehry, Zaha Hadid o Alejandro Zaera fuerzan el pliegue y el alabeo de las superficies en una titánica lucha con orden rígido que la ortodoxia cartesiana y gravitatoria parece dominar en el mundo construido. A pesar de ello, tras las pieles de apariencia libre y fluida de sus obras, se esconde un orden geométrico que soporta el trampantojo.
Una plaza viva
Una plaza viva
“A veces no hace falta una bella Catedral al fondo para conformar una plaza”
Hace algunos años nos llegó el encargo de hacer un proyecto de actividad de un pequeño establecimiento de pizzas para llevar en un estrecho local con fachada a la Plaza Pavía. Al principio, me sorprendió el entusiasmo y la seguridad de los clientes respecto al futuro éxito asegurado del negocio ya que, mi escepticismo frente a las nuevas aperturas era cada vez más creciente en este contexto de actual abandono que está sufriendo el centro de Almería.
A lo largo de estos últimos años, hemos redactado, desde nuestro estudio, varios proyectos de actividad en el centro de la ciudad para una gran variedad de negocios: una carnicería, una tienda de ropa, una tiendecita de comestibles, una frutería, etc… y, desafortunadamente, la gran mayoría de ellos ya han cerrado sus puertas. Sin embargo, hoy en día, y tras 4 años desde su apertura, la pizzería de la Plaza Pavía sigue en pie. No cabe duda de que la buena llevanza de cualquier negocio depende de diversos factores que engloban desde la buena gestión del personal hasta la calidad del pepperoni pero, la ubicación estratégica del establecimiento es una de las más importantes. En esta plaza, el trajín de personas es constante, parece tener más vida que la propia Plaza del Ayuntamiento, la Puerta de Purchena o la Plaza de la Catedral, ubicadas en pleno centro de la ciudad. Se trata de una plaza de barrio, pero de un barrio vivo, donde la gente sale a la calle cada día a buscarse la vida, donde las cosas suceden y donde los vecinos viven.
Se trata de una plaza con un fuerte origen social, que sirve de esparcimiento a una zona urbana de manzanas cerradas, calles estrechas y con una gran cantidad de viviendas. En sus orígenes, se trataba de un espacio abierto y flexible donde, eventualmente se instalaba un pequeño mercado ambulante, sin embargo, hace ya muchas décadas, el Ayuntamiento decidió realizar una serie de puestos a modo de mercado permanente que realmente han conseguido incluso fortalecer la actividad de la plaza.
Su imagen, muy desvirtuada tras las múltiples operaciones inmobiliarias que han ido destrozando las tradicionales casas de puerta y ventana que rodeaban a la plaza, no es ningún escollo para que la gente siga disfrutando del espacio. A veces no se necesita una bella Catedral al fondo para conformar una plaza, a veces, los auténticos foros, las ágoras, son aquellos espacios donde la gente tiende a relacionarse, no donde los turistas pasan corriendo a echarse una foto y tomarse una paella congelada.
Cuando seas padre, comerás huevos
Cuando seas padre, comerás huevos
“Antes, y no hace tanto de ello, había que esperar para casi todo. Hoy en cambio, estamos saturados de cosas que ni sabemos que no queremos.”
Grano no hace granero, pero ayuda a su compañero. Frase lapidaria del refranero español, y que a mí me retrotrae a la infancia, pues era uno de los básicos de mi madre. Frases de otras épocas en las que guardar para después y reunir poco a poco era algo grabado a fuego en las generaciones de la posguerra y de los años del desarrollismo previo a la transición. Las nuevas hornadas, más acostumbradas a la inmediatez de las cosas, al exceso de oferta en prácticamente todo tal vez no lo entiendan.
Antes, y no hace tanto de ello, había que esperar para casi todo. A hacerse mayor para empezar. A que se estrenasen las películas en el cine, a que salieran en VHS y poder alquilarlas en el videoclub si tenías la suerte de que no estuviese ya cogida, o a que la pusieran en la tele. Pasaban años entre cada uno de estos hitos. Hoy en cambio, sin entrar a valorar la abrumadora oferta de películas y series que saturan cada una de las plataformas digitales y que a golpe de botón desde el sofá puedes consumir, todo es más inmediato, fácil y accesible.
En otros tiempos, comprar un ordenador para la casa era algo excepcional. No solo había que encargar en la tienda de turno el aparato, sino que el coste era importante. En ocasiones, los hijos ahorraban poco a poco para poder comprarlo y exprimirlo durante años, sacándole todo el partido posible. Hoy, se cambia de smartphone porque la cámara no tiene el filtro del bigote de gato o se renueva el portátil porque la manzana mordida no se retroilumina. Esto último, que obviamente está irónicamente exagerado, no se aleja mucho de la realidad actual, en la que poseer para figurar y mostrar es el motor principal que mueve el mundo. Al menos el primer mundo.
¿Dónde ha quedado esa hucha de lata de las monedas de las vueltas que uno conseguía escamotear a su madre al volver de los recados? Esa cajita a la que poco a poco y como una hormiguita se iba alimentando con lo que se pescaba de un cumpleaños, de los abuelos siempre dispuestos a sacar una sonrisa o de una asignación o paga semanal, con la vista puesta en ese inalcanzable capricho que cualquier niño de la época aspiraba a conseguir.
Suena a añoranza y romantización de tiempos pasados, pero frente a la vorágine y velocidad de hoy en la que el deseo no tiene tiempo ni para gestarse antes de ser aniquilado por la saciedad, no está de más parar, tomar aire y buscar retos e ilusiones inalcanzables.
La utopía posible
La utopía posible
“Un sistema de 15.000 m2 de polivinilo dio lugar a la primera ciudad inflable del planeta.”
En octubre de 1971 tuvo lugar el VII Congreso del ICSID (International Council of Societies of Industrial Design) en la pequeña isla de Ibiza. Cientos de personas convivieron durante algunos días en uno de los mayores actos de ecologismo involuntario que ha dado lugar cualquier tipo de convivencia del ser humano. El congreso en cuestión ya se planteaba como un evento en el que confluyeran distintas formas experimentales de diseño y arquitectura, pero sin embargo, los recortes presupuestarios llevaron el ingenio al siguiente nivel.
Con apenas 10.000 pesetas como presupuesto para llevar a cabo cualquier tipo de intervención para el alojamiento temporal de todos los visitantes al congreso, el Grupo Abierto de Diseño Urquinaona encontró el encargo perfecto para poner a funcionar su creatividad e imaginación y plantear una utopía posible. El reto estaba claro, la parcela definida y el encargo cerrado, todo a expensas de idear algún sistema que permitiese alojar a tantas personas y ser montado y desmontado en tiempo récord sin necesidad de una mano de obra muy especializada.
Un sistema de unos quince mil metros cuadrados de polivinilo dio lugar a la primera ciudad inflable del planeta, un mar de plástico digno de ser ubicado entre el enjambre de invernaderos de Almería pero no, se montó en mitad de un precioso entorno natural de la isla balear. Con sus calles, sus zonas de pernoctación, sus áreas sociales e incluso sus espacios con vegetación y arbolado interior, el conjunto era una auténtica obra de arte experimental que solo fue posible en el contexto cultural en el que se fraguó, rodeado de jóvenes con grandes inquietudes e influenciados por un movimiento hippie cada vez más creciente en esa década y sobre todo, con un presupuesto ridículamente escaso.
Esta ciudad instantánea finalmente se convirtió en una realidad y, aunque con ciertas dificultades sociales propias de la convivencia de tantas personas en un principio desconocidas entre sí, todo terminó funcionando y el congreso pudo celebrarse pasando a los anales de la historia como aquel en el que unos plásticos hinchables dio cobijo a tanta gente.
Es curioso cómo, en algunas ocasiones, la falta de dinero es el único empujón que necesita el ingenio humano para desarrollar ideas que rompan con lo habitual para plantear soluciones alternativas a problemas convencionales.
Wall – e
Wall – e
“No hay mejor forma de vender soluciones que crear nuevas necesidades.”
Las modas mueven el mundo. Estamos en un momento de la historia en el que el consumo es el motor de la economía y del crecimiento. Esto, analizado en términos de la edad de nuestra especie, es solo una fracción infinitesimal en términos de tiempo. Hay estudios que dicen que llevamos socializando y ocupando cuevas algo más de doscientos cincuenta mil años, y puede que más.
Pero no hace falta viajar hacia atrás tanto en el tiempo para compararnos con otras épocas en las que el motor de la evolución no se media en hitos como la presentación del último modelo de smartphone. En otros periodos, las guerras, la agricultura, la colonización, la formación de asentamientos, la explotación de recursos mineros o hasta la evangelización marcaron el rumbo y el devenir de nuestra civilización hasta lo que hoy es.
Desde que el consumo lo gobierna todo, las nuevas reglas que el sistema impone determinan el propio sentido de nuestra existencia como sociedad. Si no hay un consumo constante y creciente en todos los planos y estratos del organismo complejo que es la civilización humana, el tinglado se viene abajo y se desmorona como un castillo de naipes. Y para que esto no suceda, es necesario mantener una demanda de consumo constante y creciente. No hay mejor forma de vender soluciones que crear nuevas necesidades. De ahí la importancia de las modas y las tendencias, que por su propia definición tienen fecha de caducidad preprogramada.
Esto no solo es aplicable a los consumibles del día a día, como puedan ser la ropa, los contenidos audiovisuales, el arte o la propia comida. Abarca mucho más por no decir que lo abarca todo. La propia tecnología está más al servicio de la tendencia y la imagen que a la propia función para la que ha sido creada. Lo de menos ya es si la lavadora lava bien la ropa, al lado de lo esencial que no es otra cosa que su aspecto minimalista y que Alexa la reconozca a la primera y le actualice el firmware para poder publicarlo en Instagram.
Pues las modas y las tendencias de hoy, que lo serán por poco tiempo, son la sostenibilidad, la eficiencia y la economía circular. Resulta cuanto menos paradójico y gracioso que la tendencia de consumo de hoy se basa en una supuesta resistencia y negación de la economía de consumo. Con la excusa de que tenemos que ser eco-friendly, vamos a cambiarlo todo por nuevos aparatos A++ de cero emisiones fabricados con nuevos nanomateriales ecosostenibles. Todo con pegatina verde y etiqueta cero emisiones. Así sí.
Paredes de papel
Paredes de papel
“Las paredes, sean de papel, ladrillo o acero, separan y segmentan historias redirigiendo la mente gracias a la imposición del ojo.”
La presencia de los planos horizontales en cualquier edificación o espacio urbano siempre consiguen transmitir cierta continuidad, tanto espacial como visual. Así que, una de las principales características de cualquier espacio diáfano radica en la posibilidad de ver todo el suelo de solo un vistazo, al menos, todo el que tus ojos alcanzan a ver. El pavimento continuo es sinónimo de amplitud, es decir, el plano horizontal, plano y continuo, transmite paz, serenidad e incluso estatus. Porque solo algunos privilegiados pueden permitirse el lujo de vivir en una casa tan grande que les permita recorrer metros y metros sin tener que toparse contra una pared o algún elemento vertical que termine compartimentando el espacio, separándolo por usos. Aunque, a decir verdad, esta falta de separaciones es una de las pocas cosas que tienen en común las grandes mansiones y los fantásticos apartamentos de 30m2 que tanto se alquilan ahora por 900€/mes y que tienen el wc de mesita de noche.
Por otro lado, los planos verticales, al contrario que los horizontales, no hablan de continuidad, sino de separación. Por eso, en la representación arquitectónica, los planos horizontales se aprecian en las secciones, dibujos encargados de mostrar el espacio, y los planos verticales se aprecian en las plantas, dibujos encargados de mostrar las distribuciones. Así que, cada línea negra que vemos en una planta arquitectónica nos indica una separación, un muro. Y cuanto más gruesa sea la línea, más espeso será ese muro y por lo tanto, más privado, más independiente.
Pero, aunque un muro de carga de 60 cm de espesor nos consiga aislar mejor térmica y acústicamente de nuestros vecinos, una fina lona de plástico opaca o una cortinilla de tela medio translúcida y que ni tan siquiera llegue hasta el suelo, también puede suponer un mundo privativo entre una camilla y otra en una sala de urgencias. En las ucis podemos ver a varios parientes junto a su familiar enfermo que, por mucho que estén rodeados de camas y camas contiguas, una vez que la enfermera echa esa lona verde, el mundo se reduce a esos dos metros cuadrados. La división visual consigue nublar casi por completo el resto de nuestros sentidos marcando un paréntesis en mitad de una sala abierta, continua y con un pavimento homogéneo por todo el hospital.
Las paredes, sean de papel, ladrillo o acero, separan y segmentan historias, redirigiendo a la mente gracias a la imposición del ojo.
La ciudad de la alegría
La ciudad de la alegría
“Muros llenos de ojos abiertos o entrecerrados que observan el paso del tiempo y el deambular de hormigas de dos patas.”
¿Qué son las ciudades si no surcos, agujeros y vacíos? Solo hay que sobrevolar una urbe cualquiera, cosa que hoy se puede hacer sin levantarse de la silla y con un simple golpe de ratón, para observar que las ciudades se asemejan a la típica costra resquebrajada de barro que queda la desecarse una charca. Una miríada de polígonos irregulares y de formas orgánicas, que en la mayor parte de los casos se desparraman sobre un manto base.
A poco que uno se acerca empieza a captar matices como el espesor variable de estas cortezas, y la distinta dimensión de las heridas que arañan esta cáscara de naranja. Algunas confluyen en grandes huecos y otras se van estrechando hasta casi desaparecer. Y si bajamos de escala y nos adentramos en estos surcos, la percepción que tenemos de ello es completamente diferente. Estos surcos, ahora cañones y desfiladeros, nos ocultan la información de por donde se encuentra la salida del laberinto.
En estos espacios vacíos es en los que la ciudad ES. Porque todo lo que queda tras las pantallas y muros que conforman las manzanas pertenece a otro ámbito, más privado, oculto y misterioso. Muros llenos de ojos abiertos o entrecerrados que observan el paso del tiempo y el deambular hormigas de dos patas …
Tenemos tramas extremas, como puedan ser el hiperdensificado casco de Marrakech, con sus callejuelas por las que apenas se pueden cruzar dos sílfides sin rozarse, o abiertas y esponjadas como Copenhague, en los que las calles, plazas y avenidas serpean de plaza a plaza encerrando jardines y patios de manzana en una ciudad dominada por el aire. Y siendo tan distintas, y obedeciendo a las opuestas razones de trazado que dieron origen a su existencia, comparten el hecho existencial de ser la red por la que la vida del organismo urbano fluye y riega cada rincón.
Por más años que pasen, y esto se puede apreciar en los vestigios y ruinas urbanas que de pasadas civilizaciones nos han llegado, la urbe ha definido el carácter social y gregario de la humanidad. El ser humano necesita un refugio y un lugar privado para la tribu; un techo que lo cobije y lo proteja de los elementos… y de “los otros elementos”. Pero sin un lugar común propio a la vez que ajeno en el que sentirse libre, a la vez que acotado, arropado y acompañado no es nadie, y ese lugar se llama, ciudad.
La catedral de la tapa
La catedral de la tapa
“Cambiando al cura por el cocinero y la pila bautismal por un lavamanos de mármol.”
A pesar de no haber sido nunca muy creyente, siempre he tenido la ilusión de poder proyectar algún día un centro religioso, a poder elegir, una iglesia cristiana. Además de tratarse de la religión más cercana a mi cultura y la que profesan muchos de mis familiares, también se trata de la tipología de edificación que más referencias acumulo a lo largo de mis años de interés por la historia de la arquitectura y de mis visitas a decenas de iglesias de todo tipo.
Pero, sin embargo, mi pasión por las catedrales subyace en el placer de poder proyectar un espacio cuya auténtica función sea la de transmitir emociones. Siempre me ha parecido que sería un verdadero regalo para un artista que le encargasen una obra cuya única finalidad sea solo eso, ser arte, transmitir algo al espectador, y en la arquitectura es bastante complicado. Siempre tenemos que lidiar con la utilidad, el fin último de cada construcción, como podrían ser cosas tan terrenales como tener un techo donde dormir, hacer talleres de cerámica o exponer ropa de la última temporada en la tienda de moda. Estamos totalmente supeditados a la famosa “utilitas” pero, si la finalidad del espacio fuese únicamente penetrar en el corazón de los fieles, todas las estrategias y mecanismos de proyecto girarían entorno a lo realmente esencial. Conseguiríamos desechar todo lo prescindible y alcanzaríamos un verdadero minimalismo conceptual, no como estilo decorativo, sino a través de la eliminación de todo lo que no sea fundamental para transmitir, es decir, el espacio como arte y el arte por el arte, que solo tiene que lidiar con la gravedad para ser construido, como el panteón de Roma.
Por lo tanto, a la espera de que alguna parroquia de barrio considere la posibilidad de confiar en un joven arquitecto ateo y sin experiencia, me basta con meter con calzador un espacio abovedado, en clara referencia a la nave principal de una iglesia románica, en un pequeño proyecto de reforma de local a restaurante. Cambiando el cura por el cocinero y la pila bautismal por un lavamanos de mármol. Esperando que los clientes consigan sentirse mínimamente abrumados al entrar por primera vez y que, sin esperar a la primera tapa, ya tengan razones suficientes para volver otro día. Como le podría suceder a cualquier agnóstico al entrar en una catedral gótica que, absorto por la grandeza y la verticalidad de sus naves, se olvida incluso de para qué ha entrado ahí.
La casita en el árbol
La casita en el árbol
“Cada tabla, tablón o viga ha sido despiezado de un tronco tras un largo proceso en el que el tiempo no puede ser comprimido.”
Si hay una materia especial de entre todas las que se utilizan en la construcción, esa es la madera. No solo por sus cualidades físicas, que lo convierten en un auténtico conjunto casi inabarcable de materiales aptos para casi cualquier función. Desde la propia cimentación (los famosos pilotes sobre los que se soportan las casas venecianas), la estructura, los revestimientos y hasta para hacer conductos si hace falta. Casi que solo tiene la limitación de su escasa o nula conductividad eléctrica, lo que por otra parte lo convierte en un excelente aislante. Se utiliza en construcción como material auxiliar, para hacer encofrados, para los premarcos de las carpinterías, como mártir para reforzar o sujetar otros elementos constructivos, y hasta como andamiaje si es preciso.
Es un material fascinante, que requiere de una vida de dedicación solo para llegar a entenderlo. Materia viva, que como tal fluctúa y cambia con el paso del tiempo. Envejece, madura y es sensible a la acción del entorno.
Las hay duras como la piedra o moldeables casi como la arcilla. Flexibles y resistentes haciéndolas perfectas para resolver estructuras trianguladas o rígidas y estables como el fresno, perfectas para hacer soportes.
La madera es un material único. Cada tabla, tablón, o viga ha sido despiezado de un tronco tras un largo proceso para el que el tiempo no puede ser comprimido. Décadas para crecer, años para secar y estabilizarse y meses para procesarse, para que luego las vetas y sus nudos (que en el fondo son heridas e imperfecciones), su cambiante color y tonalidad dependiendo del ángulo del corte o de la luz que lo bañe, el olor, el tacto o el sonido al caminar sobre ella nos provoque esa indescriptible y satisfactoria sensación de calidad y calidez. Si se trabaja bien, el resultado final es una obra de arte natural que narra la historia del árbol del que proviene.
El edificio de oficinas de Tamedia en Zurich, del arquitecto japonés Shigeru Ban, es uno de esos claros ejemplos en los que la madera se utiliza para resolver el proyecto de dentro a fuera. 7 plantas de edificio de cristal a modo de invernadero, con una estructura vista de madera laminada ensamblada en seco, a modo de un gran mueble fuera de escala. Claro ejemplo en el que el material manda. Desde el proceso constructivo, hasta los acabados que apenas requieren de una mísera alfombra para vestir los espacios.
El concurso de ideas
El concurso de ideas
“Existen concursos para resolver problemas urbanísticos, concursos para encajar en precio ideas ambiciosas…”
Aunque en ocasiones parezca una inventiva de los promotores actuales para obtener decenas de ideas gratuitas para la construcción de sus sueños, los concursos de arquitectura se remontan miles de años atrás. El propio proyecto de la Acrópolis de Atenas fue el resultado de uno de los concursos más importantes de su época, así como algunas de las catedrales levantadas en la Edad Media o infinidad de obras del Renacimiento. Son tan variados y números que existen algunos concursos que pasarán a la historia simplemente por sus anécdotas, como el robo de la idea de cúpula de Foster a Calatrava para el edificio del Reichtag alemán o la icónica y satírica solución de columna para el rascacielos Chicago Tribune de Adolf Loos.
Pero, la cuestión de las ideas a veces va un poco más allá del simple hecho de resolver los problemas previamente identificados por el convocante, a veces son solo un grito al cielo de aquellos que ni tan siquiera saben lo que quieren y que necesitan un buen puñado de planteamientos acerca de sus necesidades. Precisamente algunos de los concursos de arquitectura más famosos como el Museo Guggeheim de Bilbao, se falló en favor de Frank Gehry porque supo, entre otras muchas cuestiones, prever a modo de profeta que su ubicación ideal para conseguir influir notablemente en la ciudad era a orillas de la ría de Bilbao y no en la parcela municipal prevista por el ayuntamiento.
Existen concursos para resolver problemas urbanísticos, concursos para encajar en precio ideas ambiciosas o incluso concursos para resolver técnicamente un proyecto inconstruible hasta la fecha como la cúpula de Florencia. Pero, en todos ellos, el valor distintivo recae en el pensamiento lateral. ¿Qué hay más valioso que las ideas? ¿Acaso la redacción de un proyecto debería estar mejor remunerada que la creatividad? Brunelleschi no construyó su cúpula porque resolviera los cálculos que infinidad de ingenieros previos no supieron resolver, sino por idear la geometría de un huevo aplastado contra una mesa.
Algunos concursos reciben planteamientos realmente utópicos y por eso no resultan ganadores y otros, reciben planteamientos realmente utópicos y por eso ganan. No hay una norma que regule qué idea es una locura y cuál será la que termine materializándose en la peatonalización de la plaza de tu pueblo. Solo el tiempo y el uso acabarán dándole la razón o quitándosela a ese comité de expertos llamados jurado que juegan a ser dioses recibiendo propuestas en el Olimpo.
Carros de fuego
Carros de fuego
“Una ocasión para explorar nuevas formas de hacer ciudad y de generar arquitectura”
Año bisiesto otra vez. Un día más en el calendario para recuperar esas 6 horas de desfase que la tierra arrastra cada año en su revolución elíptica alrededor del astro rey y un verano más en el que una afortunada ciudad del mundo se pone sus mejores galas para reinventarse, renacer y presentarse al mundo con aires renovados. Año olímpico. Unas semanas de paréntesis en el frenético devenir de la humanidad, en el que guerras, conflictos, disputas y desequilibrios han de dejar paso a los ideales de fraternidad, concordia y humanidad que el barón de Coubertin promulgó con la reinstauración de los juegos olímpicos de la era moderna. Desde su primera edición en 1896, se han venido celebrando de forma ininterrumpida salvo por las ediciones de 1916, 1940 y 1944, a causa de las dos grandes guerras mundiales.
Apenas unas semanas de despliegue mediático total para mostrar al mundo décadas de esfuerzo y trabajo duro que en la mayor parte de las ocasiones pasarán al olvido salvo para aquellos afortunados ciudadanos anfitriones que se beneficiarán del acierto de sus gestores, si es que fueron capaces de aprovechar la ocasión con visión a largo plazo.
Obviamente lo primordial es el evento deportivo. La sana rivalidad entre naciones por copar puestos en el medallero. Ese orgullo y felicidad extrema que se siente cuando anuncian que esta tarde nos jugamos una medalla de bronce en tiro con arco. Pero unos juegos olímpicos son mucho más que eso. Son un auténtico laboratorio y campo de pruebas para poner en práctica los últimos avances en logística, comunicación audiovisual, transporte, gestión poblacional o tecnología en general. Son también una ocasión de explorar nuevas formas de hacer ciudad, y de generar arquitectura.
Y aquí nos encontramos con ejemplos en los dos extremos. Experiencias fracasadas por fallos en la gestión, errores de previsión o falta de pulmón, como pudieran ser los fiascos de las olimpiadas de Atlanta en 1996 o Atenas en 2004 o casos paradigmáticos como las mágicas Olimpiadas de Barcelona de 1992.
La transformación urbana que experimentó Barcelona, gracias al impulso eficaz del conjunto de administraciones que se volcaron en la organización del evento, sumado a la audacia y visión de futuro que tuvieron los urbanistas, arquitectos y directores del plan de la villa olímpica hicieron renacer a la ciudad que hoy en día es conocida y reconocida en todo el mundo.
Este año le toca a París, por tercera vez… Veremos qué tal le ha ido y con qué nos sorprende esta veterana.
El estilo no concreto
El estilo no concreto
“Una evolución de sus ideales que se van refinando con el paso de los años, al igual que las arrugas de la frente o el cubismo de Picasso”
Resulta relativamente sencillo identificar una obra de Picasso a simple vista, su figuración cubista ha conseguido trascender en el tiempo como una seña de identidad que, no solo consigue ser reconocida rápidamente en el mundo entero, sino que también dio comienzo, junto con su compañero Braque, a un nuevo estilo pictórico conocido hoy en día como cubismo. Por lo tanto, a pesar de la inconfundible firma del autor con su apellido subrayado en negro que actualmente da nombre incluso a un modelo de coches de la marca Citroën, podemos aventurar prácticamente a vuela pluma un cuadro de Picasso nada más verlo.
Pero… ¿realmente el cubismo es el factor diferencial de la obra de Picasso? Indiscutiblemente existen autores o artistas que mantienen un leitmotiv en su obra que lo terminan encasillando en un modo de hacer concreto. Como el actor que se pasa toda su vida grabando comedias románticas y luego desentona en un thriller dramático por muy buena que sea la película. Pero, en muchas ocasiones, tanto en la pintura, la música o la arquitectura, no se trata más que de un proceso de investigación y desarrollo que indudablemente tiene que durar un tiempo prudencial hasta conseguir madurar las ideas.
Sanna, por ejemplo, lleva años investigando acerca de las posibilidades del espacio arquitectónico, de la relación en planta de las diferentes estancias de una misma edificación, cómo se yuxtaponen sus geometrías y cómo la estructura puede ayudar a establecer ritmos claros en ideas complejas. Por ende, bajo un ojo relativamente entrenado, un arquitecto curioso puede identificar a simple vista la autoría de su obra mediante fotos de los espacios interiores, exteriores, o simplemente al ver los planos del proyecto. Pero no sería justo decir que esta pareja de japoneses tienen un estilo característico. Aunque ciertos detalles se repitan como una muletilla, no se tratan de cuestiones en favor de remarcar su propio ego, sino más bien una evolución de sus ideales que se van refinando con el paso de los años, al igual que las arrugas de la frente o el cubismo de Picasso.
No se tratan de rasgos independientes que nacen de la noche a la mañana tras una idea feliz, sino más bien un extracto de una etapa concreta en el desarrollo de una vida realmente creativa. Una fotografía famosa que termina enmascarando el trabajo anterior y posterior de cualquier artista.
La casa
La casa
“La casa es un personaje más. Un testigo mudo de la lucha entre lo natural y lo artificial”
He vuelto a ver una película que me cautiva. Ex Machina. La revisito de vez en cuando y cada vez que lo hago, descubro matices nuevos que me dan que pensar. Ayer sin ir más lejos, percibí a la casa en la que se desarrolla la trama como un personaje más de la historia. La casa de «Ex Machina» es más que un simple escenario; es un ente dual que casi gobierna la historia.
Desde el exterior, la casa se fusiona armoniosamente con la naturaleza circundante. Con un diseño minimalista y ultra vanguardista, creando un contraste audaz con un entorno salvaje, casi virginal, e insinuando una dicotomía entre lo natural y lo artificial. Este contraste inicial establece el tono para la compleja exploración de temas filosóficos que caracteriza a la película. Por el interior, una serie de espacios que reflejan la complejidad psicológica de los personajes principales representan el laberinto de las emociones humanas. Los espacios abiertos y luminosos sugieren transparencia y claridad, pero también evocan una sensación de vulnerabilidad y exposición. Por otro lado, los rincones oscuros y claustrofóbicos insinúan secretos ocultos y revelan la naturaleza más oscura y opresiva de Nathan, el enigmático “creador” que juega a ser Dios.
Pero es que además la casa, completamente domotizada y repleta de la tecnología más avanzada, establece un vínculo simbólico con la inteligencia artificial representada por la protagonista, Ava. Ambas son construcciones meticulosas que desafían las percepciones convencionales de lo real y lo artificial, cuestionando los límites de la existencia y la conciencia.
La casa, realmente no existe como tal. Para recrear esa sensación de ambiente de encierro angustiante, el responsable de la escenografía Mark Digby, se sirvió de un recóndito hotel en Noruega. En última instancia, la elección de ubicar la película en un entorno tan impresionante como este, combinado con las recreaciones meticulosas en los sets de filmación, contribuye significativamente a la atmósfera única de «Ex Machina». Este enclave remoto y salvaje aporta una cualidad de soledad y aislamiento que intensifica la sensación de angustia y claustrofobia, reforzando la frontera borrosa entre lo real y lo imaginado, lo natural y lo artificial que subyace en toda la narrativa.
Esta película sin la casa no hubiera sido posible. Le faltaría uno de sus personajes más importantes.
Improvisar o morir
Improvisar o morir
“Existen numerosas cuestiones espaciales y técnicas que dificilmente pueden ser del todo controlables”
¡La luz anaranjada que entra por la tarde a través de las ventanas de la sala de danza va a oscurecer el color del revestimiento de madera! ¡El tabique del baño invade parcialmente el pasillo! ¿Cómo no nos dimos cuenta antes? Frases como estas son más que habituales en el desarrollo normal de cualquier obra y más aún si se trata de una reforma en un edificio existente. Desde las cuestiones más banales como que no haya suministro de la baldosa que nos guste justo en el momento en el que la necesitemos, hasta problemas de índole mayor como que a la escalera le falte un peldaño, son el pan de cada día de jefes de obra que se tiran de los pelos por la falta de detalle en los planos o simplemente por la mala ejecución del joven inexperto que apenas está empezando en este sector.
A pesar de los render e infografías hiperrealistas, la capacidad de modelado 3D o incluso los nuevos sistemas de visualización mediante realidad aumentada como las famosas gafas de Apple, existen numerosas cuestiones espaciales y técnicas que difícilmente pueden ser del todo controlables durante el proceso de diseño. A excepción de algunos maestros que proyectaban a través de unos meticulosos detalles constructivos, el común de los mortales que rondamos el mundo de la arquitectura nos vemos obligados a tomar algunas decisiones en función del grosor de dedo del albañil que está colocando los ladrillos. Porque muchas veces, cuestiones que se creían resueltas previamente con un papel y un lápiz, se vuelven realmente ingobernables cuando la realidad material atropella el precioso e idílico planteamiento inicial.
Durante el largo transcurso de la ejecución de una obra, imagino que al igual que sucede en otras muchas profesiones, la improvisación y la creatividad juegan un papel fundamental para resolver los problemas que van surgiendo a diario. Los niveles de incertidumbre de cualquier trabajo manual suponen siempre un hándicap muy importante a tener en cuenta si no queremos frustrarnos por no conseguir el resultado esperado. Sin embargo, aunque no podamos negar que los sistemas prefabricados e industrializados que, cada vez están más presentes en nuestro parque inmobiliario, automatizan y por lo tanto reducen los márgenes de errores en los procesos constructivos, también limitan la frescura de las decisiones orgánicas que se llevan a cabo en ciertos momentos puntuales en el transcurso normal de una obra “a la vieja usanza”.
La eterna juventud
La eterna juventud
“Solo se mueren los demás. Hasta que comprendes que tú también eres «los demás”
No sé en qué punto de la vida, uno toma conciencia de que está de paso, y de que si o sí, el contador de la vida avanza de forma implacable hasta ese momento que va a llegar, nos pongamos como nos pongamos. Algunos filosofan sobre si este singular evento es un instante predefinido y trazado por el destino universal, y otros divagan sobre si el libre albedrío de cada cual gobierna el rumbo de su vida con la toma de decisiones. En cualquier caso y sin perderme en sesudas disquisiciones metafísicas, lo que tengo claro es que hasta hace relativamente poco yo era de los que pensaban que morirse, se morían siempre los demás. Era algo absolutamente absurdo para mi el pensar que yo también tendría fecha de caducidad y mi sitio reservado en el contenedor de reciclaje de materia y energía. Ya sabéis, la chorrada esa de que somos polvo de estrellas y que volveremos a ser con el tiempo material para los astros que están por nacer.
¿Y a qué viene esto? Pues resulta que el otro día se celebró un acto de homenaje y reconocimiento a los arquitectos que cumplían nada más y nada menos que 50 años de ejercicio profesional. Ahí es nada. Resultó ciertamente emocionante el ver a un reducido grupo de venerables profesionales recibir el cálido homenaje de sus compañeros en un acto solemne y en un enclave histórico y singular. A la finalización de la entrega de las insignias de oro, el más veterano de los homenajeados tomó la palabra en representación de todos ellos e hizo una reflexión que me dejó marca.
A parte de su encendida y sincera defensa de la profesión, de la arquitectura, el urbanismo, la institución colegial y el compañerismo, con una buena carga de sana y pertinente autocrítica colectiva, al final de su reflexión contó la anécdota de que, en un viaje de vuelta en avión desde Buenos Aires, al entrar en la península de noche a unos 40.000 pies de altura, le llamó la atención una gran mancha urbana iluminada que destacaba sobre la oscuridad. “¡Anda!, Si esto es Costa Ballena. Esto lo parí yo.” A lo largo de sus 50 años de profesión ha proyectado miles de viviendas y edificios en los que miles de personas viven, y ha diseñado incontables calles y espacios urbanos que se perpetuarán, algunos de ellos hasta el fin de los días.
Pocas profesiones le dan a uno la oportunidad de engañar a la muerte, y esta es una de ellas. Mi más sincera enhorabuena a los jóvenes homenajeados.
La ambigua precisión
La ambigua precisión
“La poesía no es el único arte que consigue llegarnos al corazón a partir de unas estrictas pautas previamente establecidas.”
Parece sorprendente como un arte tan emocional como es la poesía pueda regirse por unas pautas tan estrictas, casi matemáticas, que llegan a definir y ordenar cada obra prácticamente de manera seriada. Hablamos de la métrica, el conjunto de regularizaciones formales de la poesía versificada y la prosa rítmica que de algún modo nos brinda unas reglas del juego para, a partir de ellas, poder crear obras de arte que puedan llegar a transmitir al lector todo tipo de emociones.
La poesía no es el único arte que consigue llegarnos al corazón a partir de unas estrictas pautas previamente establecidas, en el manuscrito “De lo espiritual en el arte” (1910, pese a ser publicado por primera vez en 1952) de Kandinsky, se mencionan algunas relaciones de los colores con las formas, y se llega a intuir que dependiendo de qué color se asocie con cada forma, se pueden transmitir unas sensaciones u otras. Posiblemente se trate de una artimaña más sutil que la estricta métrica, pero que causa en el receptor unas sensaciones muy determinadas. El cerebro interpreta de manera diferente un cuadrado rojo a un triángulo amarillo y por supuesto la teoría del color adquiere un papel muy importante en toda composición artística visual, como podría ser la pintura, la escultura, la arquitectura o incluso el cine y el cómic.
Resulta curioso como algo tan relativo y subconsciente como puede ser el arte, se vea en cierta manera condicionado por unas reglas tan precisas y contundentes que lleguen a determinar su buen hacer. La precisión necesaria en cualquier obra resulta determinante en el resultado final. Un trazo de escasos milímetros determina si la Gioconda está sonriendo o no. La altura del plano horizontal de la casa Farnsworth se despega del suelo la altura justa para absorber, en la medida de lo posible, la crecida del río pero también para hacerlo desaparecer ante el ojo humano y conseguir que esa casa parezca estar flotando en mitad del bosque. Si este plano estuviese medio metro más bajo se vería el suelo de la casa y si estuviese medio metro más alto, se vería la cara inferior del forjado. Está en su justa medida, sólo vemos una línea blanca.
En la arquitectura tenemos que contar con que no solo existe la precisión poética, sino también la constructiva, muchos grados de exactitudes se funden al unísono en una buena obra, desde el tornillo que fija las bisagras de una ventana hasta el tiralíneas que replantea la estructura, y todas y cada una de ellas hacen que el resultado final valga la pena o no. “Dios está en los detalles” es una cita de Flaubert, pero repetida hasta la saciedad por Mies van der Rohe y por supuesto aplicada en su propia obra, para crear auténticas obras de arte a través de la precisión.
Cuatro al cubo
Cuatro al cubo
“Lo plano calma, transmite confianza, sensación de control y equilibrio”
¿Y por qué cuatro paredes? En un mundo con 3 dimensiones espaciales, en el que lo esférico manda a grandes escalas, y en el que lo curvo, alabeado e irregular domina todo lo que nos rodea, tendemos a construir con superficies planas todo nuestro entorno artificial. ¿Por qué? Es posible que la respuesta inmediata sea que es lo más sencillo y económico.
Si viajamos hacia atrás en el tiempo, a los orígenes de la civilización humana, podemos comprobar que los primeros intentos de moldear el entorno se basaban en la colonización de cavernas y grutas buscando cobijo y protección. En ellas, lograr la planeidad de sus superficies era algo ciertamente complicado, y que requería de un esfuerzo y de una tecnología aun por desarrollar. La propia naturaleza, orgánica y aparentemente arbitraria se aleja de la planeidad, salvo por los singulares casos de algunas formaciones minerales cristalinas, y de la especular superficie del agua en calma.
Nuestra propia naturaleza se aleja del plano. Somos seres blandos y alabeados, que aunque respetamos algunas básicas reglas de simetría, nos mantenemos erguidos y perpendiculares al horizonte solo gracias a un complejo sistema de auto equilibrado en el que nuestros sensores, músculos y cerebro trabajan de forma coordinada.
Pero a partir del momento en el que el hombre empieza a construir de verdad, la geometría y los sistemas para replicar empiezan a hacer acto de presencia. Imagino que al principio serían métodos tan sencillos como clavar una estaca y usar una cuerda para trazar la planta circular de un talayot, o servirse de un sencillo escantillón para tallar los sillares y mampuestos para levantar un muro. Y levantados los muros, buscando la verticalidad que garantiza su estabilidad, todo es concatenarlos y distanciarlos lo que nos permita el largo de unos palos, lo más rectos posibles.
Y es que después de todo y a pesar de nuestra curvada naturaleza, nos encontramos cómodos confinados en recintos de 4 paredes, un suelo y un techo. Lo plano calma, transmite confianza, sensación de control y equilibrio. Es fácilmente mensurable y geométrica y matemáticamente construible.
A Zaha Hadid o a Frank Gehry, probablemente este artículo les provocaría urticaria, pero a poco que se analizan las plantas de sus más fastuosas obras, se comprueba que tras sus orgánicas carcasas, los espacios se acaban compartimentando con 4 o 5 pareces planas, un suelo y un techo.
La obra de confort
La obra de confort
“ante la abrumadora tarea de empezar una nueva pintura, decide encajar la expresión facial de su amada por se la sabe de memoria”
De los creadores de: “aquí esto siempre se ha hecho así” y “no hay dinero para tantas filigranas”, llega: “la realidad material manda”. Y es que, la sencillez, la facilidad y la comodidad, no están solo en nuestra rutina diaria al hacer la cama sin extender las sábanas bajeras o encorvar el cuello para mirar el móvil, también se manifiesta de diferentes formas a distintos planos de nuestra vida. Y muchos de ellos no tienen por qué tratarse de comodidades físicas o materiales, sino más bien de la más importante de todas, la comodidad mental. La desgana, el pensamiento fácil, la solución que menos quebraderos de cabeza pueda ocasionar. Cualquier solución que nos implique un esfuerzo que escape de nuestro mundo cercano conocido es un enemigo para nuestra mente, tranquila, serena y sin necesidad de complicarse.
La infinidad de soluciones posibles a la hora de atajar por primera vez un proyecto de arquitectura puede llegar a saturar la mente del creador. Como un pintor con un lienzo en blanco que, ante la abrumadora tarea de empezar una nueva pintura, decide encajar la expresión facial de su amada porque se la sabe de memoria. Sin lugar a dudas, por algún sitio hay que empezar pero, cambiar de técnica y pasarse al cubismo tras décadas de trabajo ordinario, solo está al alcance del señor Pablo.
A la hora de desarrollar un proyecto, se torna como práctica más que habitual la elección de soluciones convencionales, tanto espaciales, como técnicas o conceptuales, por el simple hecho de asumir que es lo que hay que hacer para ajustarnos al presupuesto. El capital manda, la economía es lo primero y sin billetes no hay posibilidad de hacer nada que se salga del sota, caballo y rey de la construcción. Pues bien, creo que ya es hora de romper con estos esquemas tallados en mármol en la tumba de algún constructor. La falta de medios económicos es fácilmente sustituible por la creatividad, el esfuerzo y la implicación. Eso sí, necesitaremos una eficaz mezcla de estas tres cuestiones para llegar a buen puerto si no queremos morir ahogados por estrangulamiento de nuestro propio cliente. No basta con tener buenas ideas, es indispensable conseguir desarrollarlas hasta alcanzar un futuro desconocido. Y ese es el verdadero quid de la cuestión: salir de la zona de confort y asomarse al abismo de buscar soluciones que todavía ni siquiera podemos llegar a vislumbrar.
La delgada línea roja
La delgada línea roja
“Si se escarba en las tripas de una edificación antigua, se comprueba que están construidos por una adición de sistemas”
A veces me pregunto, como es posible que un conglomerado de materiales de lo más heterogéneo aguante lo que aguanta. Una de dos, o la gravedad no es tan fiera como nos la quieren vender, o tenemos una ejercito de divinos seres celestiales velando por nosotros día y noche.
Y es que raro es el día en el que las noticias informan del derrumbe de un edificio. Pero raro de verdad. Y eso que se cuentan por decenas de millones los edificios (sin contar con las edificaciones industriales), que colmatan nuestra variopinta geografía. Muchos de ellos centenarios, otros tantos sobre suelos inestables y no pocos en zonas de riesgo sísmico. Algunos en estado de abandono, muchos construidos sin proyecto ni control técnico y otros castigados y sobrecargados por albergar usos para los que no fueron en su día pensados.
Y ahí aguantan apoyados los unos en los otros, viendo pasar el tiempo, y cobijando a sus moradores que se sienten protegidos y seguros bajo ese techo, que en la mayoría de los casos se oculta bajo una escayola. Ojos que no ven…
A poco que se escarba en las tripas de una edificación antigua, se comprueba que están construidos por adición de sistemas compuestos y heterogéneos que combinan elementos prefabricados (como los propios ladrillos, las carpinterías o las viguetas de un forjado), con materiales amasados y producidos a pie de obra. Aquí encontramos las argamasas, morteros, pastas y hasta hormigones. Cabe recordar que los hormigones servidos en obra desde central son relativamente modernos. Y en ocasiones entre ellos no se llevan demasiado bien. La construcción, aunque cada vez menos, ha venido siendo un proceso muy artesanal, para el que el revestimiento (yesos, baldosas y pinturas) venía siendo la solución perfecta para tapar lo que no ha de verse.
El problema, es que ese tapar las vergüenzas, ocasiona que queden también ocultos daños silentes, corrosiones en armados, tuberías obsoletas a punto de reventar, o vigas de madera podridas y a un tris de colapsar.
Afortunadamente en los últimos tiempos, parece que se ha empezado a concienciar a la sociedad en la necesidad de mantener, conservar, rehabilitar y modernizar nuestro parque edificado. Hay motivaciones económicas, y puede ser una buena oportunidad para redefinir nuestro modelo de crecimiento, pero es cierto que es necesario abordar el problema con una estrategia global. Nada se cae, hasta que se cae.
Habitar el tiempo
Habitar el tiempo
“Nuestra casa no son las cuatro paredes que cierran el salón, son las horas que pasamos sentados en sofá”
A pesar de poder tensarse y comprimirse, deformándose como una tela estirada al caerle una canica, el tiempo es una magnitud que el ser humano percibe de una manera prácticamente constante y lineal. Antes, durante y después. El tiempo se acelera o se ralentiza en función de la masa pero, ¿qué más da si en este planeta apenas somos capaces de percibirlo? Se trata de un proceso continuo, ininterrumpido, que marca una constante. El sol sale, el sol avanza, el sol se pone. Una y otra vez.
El tiempo es la base de la repetición, cuestión clave de la costumbre ya que nos brinda la suficiente tranquilidad y seguridad mental para afrontar un día más sabiendo, más o menos, cómo se van a desarrollar las cosas. Por lo tanto, realizar tareas repetitivas o simplemente gozar de una rutina diaria, nos ayuda a establecer unas reglas del juego con las que poder bailar con la vida. Y de esta forma, a base de repetir procesos, poder anticiparnos para actuar al respecto o simplemente para sufrir por adelantado.
Las costumbres marcan hábitos y, ¿cómo no? Como su propia palabra indica, nuestros hábitos definen nuestro hábitat, es decir, nuestro espacio personal, nuestra vivienda. Aunque a priori parezca una afirmación retorcida, nuestra casa no viene definida por el espacio, sino por el tiempo. Nuestra casa no son las cuatro paredes que cierran el salón, son las horas que pasamos sentados en el sofá.
Habitamos el tiempo, no el espacio. Nos movemos en la autovía de las horas para recorrer la vida de principio a fin, del nacimiento a la muerte. Ocupando diferentes lugares que tienen una luz por la mañana y otra muy distinta por la tarde. Así que, aunque muchos arquitectos mencionen a la luz como el material de construcción más barato y abundante, podríamos decir que este depende en última instancia de su jefe, el tiempo.
La vivienda constituye el espacio principal y de mayor intimidad de cada uno de nosotros, pero no sería absolutamente nada sin el paso del tiempo, solo una amalgama de ladrillos, tierra, cemento y arena. Una construcción sin ningún tipo de valor más allá de lo puramente económico. Su relación con nuestras experiencias vitales es la clave para convertir una edificación en un hogar y eso solo es posible a través de la paciencia, la madre de todas las ciencias, el tiempo.
Menos es menos cuando no es más
Menos es menos cuando no es más
“Nadie compra un cuadro de cierto valor, para de vez en cuando darle alguna pincelada de retoque”
La forma, ¿obedece a y es consecuencia de la función, o por el contrario ha de ser un fin en sí mismo? Esta dicotomía ha suscitado debate en la arquitectura desde tiempos inmemoriales, con sonoros enfrentamientos intelectuales entre defensores y detractores de cada posición.
La arquitectura es una disciplina artística algo especial. El arte por el arte es perfectamente defendible en disciplinas como la pintura, la escultura, el cine, la literatura o la música por mencionar algunas. Estas artes pueden servir a un fin concreto y responder a un criterio funcional determinado, pero también pueden ser totalmente libres y desligadas de cualquier atadura más allá de los límites que imponga su materialización. Diría que es algo incuestionable. Pero este extremo en arquitectura, rara vez se da. La arquitectura sirve a un fin determinado y concreto, generalmente con un coste importante y que para bien o para mal, dejará una impronta en el lugar por un periodo de tiempo que se prolongará décadas o siglos. Además, el objeto arquitectónico será con una altísima probabilidad transformado y alterado a lo largo de su vida por sus dueños, propietarios o usuarios. No conozco a nadie que compre un cuadro de cierto valor, y que de vez en cuando le de alguna pincelada de retoque… para modernizarlo un poco.
A mediados de los años 50 del pasado siglo el post modernismo desarrolló un afán por la forma en sí misma y por el ornamento. Tal vez esto vendría motivado como un efecto rebote tras décadas de movimiento moderno en los que la función se impone a la forma derivando en un estilo descarnado, frío y sobrio que vino a llamarse “estilo internacional”. Se pasó del “menos es más” de Mies Van der Rohe al tinglado decorado de Robert Venturi en un abrir y cerrar de ojos. En mi opinión ambos extremos tienen grandes ejemplos de lo mejor y de lo peor que la arquitectura con mayúsculas ha legado a la posteridad, y puede que lo más sensato sea mojarse poco y tomar la posición equidistante de ni sí, ni no, sino todo lo contrario.
Pero me voy a mojar. Con carácter general, soy de los que piensa que la función manda y que la forma ha de ser consecuencia de esta. La mejor arquitectura es la que logra alcanzar el genio creativo sin retorcerse para auto contemplarse. Y aquí entran desde el tinglado decorado de pan de oro, hasta ese artificioso minimalismo que se disfraza de funcional.
La sociedad de la nieve
La sociedad de la nieve
“Una casa improvisada, un refugio con mayúsculas cuyo único objetivo no era otro que evitar la muerte por hipotermia”
En octubre de 1972, el vuelo 751 de la Fuerza Aérea Uruguaya sobrevolaba la cordillera de los Andes repleto de civiles en un vuelo rutinario hacia Chile cuando, desgraciadamente, un aparatoso accidente propiciado por unas fuertes corrientes de aire causó una de las mayores tragedias aéreas que se recuerdan. Sin embargo, a su vez, dio lugar a una de las historias de superación y cooperación más notorias de la humanidad. Los más de 20 supervivientes al impacto se vieron obligados a hacer frente a innumerables dificultades en un entorno realmente hostil y bello al mismo tiempo. Tuvieron que organizarse como una pequeña sociedad para determinar distintos roles en función de las capacidades de cada uno. El encargado de gestionar la comida, el que se ocupaba de la ropa, el que organizaba los restos de equipajes disponibles… y todo ello alrededor del principal nodo de acción de toda esta historia: el fuselaje del avión.
Reconvertidos en alojamiento de guerra o más bien en hábitat con fecha de caducidad, los restos del avión fueron el hogar de los supervivientes durante 72 días. Una casa improvisada, un refugio con mayúsculas cuyo único objetivo no era otro que evitar la muerte por hipotermia. Posiblemente se trate del verdadero héroe silencioso de toda esta epopeya. Sus paredes fueron realmente decisivas frente a las bajas temperaturas, los fuertes vientos y las numerosas tormentas que azotaron la cordillera en ese gélido y particular año.
Indiscutiblemente, fueron muchos los factores que tuvieron que alinearse para propiciar el rescate de los que aguantaron con vida pero, sin una guarida donde dormir posiblemente no hubieran soportado ni la primera borrasca. Y no sólo por una cuestión puramente física, sino también desde el punto de vista emocional.
Dicen que el ser humano no puede aguantar más de 3 minutos sin aire, 3 días sin agua ni 3 semanas sin comida pero, a esta tétrica lista deberíamos incluir 3 meses sin alojamiento, aunque solo sea el portal de un edificio o el cajero de un banco. El sentimiento de pertenencia identidad es tan indispensable para la salud mental como para el resguardo frente al clima. Necesitamos la tranquilidad que nos aporta la seguridad del hogar, aunque tenga la puerta abierta y se pueda colar un oso polar o una avalancha. Nuestra especie siempre ha vivido en sociedad para aprovecharse del apoyo de nuestros compañeros, pero también para dormir calientes en la cueva.
Generalización VS Especialización
Generalización VS Especialización
“Antaño, un arquitecto o un ingeniero resolvía problemas de envergadura con eficacia y maestría gracias a su conocimiento general”
Los tiempos han cambiado algo desde el siglo XIV. Ya no existen, Leonardos da Vincis o Miguel Ángeles Buonarrotis, que lo mismo te diseñaban una catedral, que te esculpían una David tamaño natural o te resolvían la gestión hidráulica de una ciudad entera. Ya no hay hombres del renacimiento que dominaban un abanico completo de disciplinas que abarcaban la práctica totalidad del conocimiento de su época. Artes, filosofía, ciencias, ingeniería, en una suerte de polimatía rallante en la erudición más absoluta. Y además no solo dominaban ese conocimiento, si no que lo ampliaban, pues eran pioneros, investigadores y lo que hoy llamaríamos auténticos creadores de contenido.
Hoy las cosas son muy distintas. Y puede que el hecho de que se haya democratizado el conocimiento, haciendo accesible a casi la práctica totalidad de la sociedad la cultura y la educación, en cierto modo eclipse o difumine los potenciales talentos que en otras épocas más vírgenes, hubiesen destacado.
Con el paso del tiempo, ha habido una tendencia casi natural hacia la especialización. Es cierto que el crecimiento del conocimiento ha sido exponencial en los últimos siglos, y es impensable pretender abarcar hoy todo el conocimiento en un solo cerebro, por excepcional que este sea. Pero la formación excesivamente especializada en detrimento de un conocimiento de carácter más generalista tiene sus riesgos.
Sin tener que retroceder tantos siglos, a mediados del siglo XX, un arquitecto o un ingeniero tenían un conocimiento y una visión general que les permitía resolver problemas de una cierta envergadura con solvencia y con bastantes menos medios y recursos de conocimiento de los que hoy disponemos. Hoy, parece casi una quimera hacer una caseta de perro sin que tengan que intervenir una docena de especialistas en eficiencia energética, acústica, gestión medioambiental, gestión de residuos, un project manager y 3 interioristas expertos en virtualización y realidad aumentada. Al final parece que tendemos a un modelo social tipo hormiguero, en el que cada cual es un eficiente ejecutor de su tarea específica, ayudado por la automatización y digitalización de tareas.
Creo que en el medio está la virtud. Es necesario un conocimiento específico en una materia en la que ser experto, pero sobre una buena base de formación generalista que nos permita una visión global de los problemas, y en caso de que se produzca un apagón digital, nos permita al menos saber cosechar patatas.
El gramaje del cartón
El gramaje del cartón
“no existen normas que regulen el gramaje del cartón, la superficie mínima de los solapes o el grosor de la manta”
En estos fríos meses de invierno, en los que casi todos nos pasamos el día deseando llegar a casa para pegarnos a la estufa, el radiador, la mesa camilla o la manta de algodón de turno, el confort en el hogar se manifiesta con especial relevancia a pesar de tratarse de uno de los temas principales de la vivienda. Aislantes térmicos de lana de roca, sistemas activos de climatización, estrategias de diseño enfocadas a orientar los huecos a las fachadas perfectas para conseguir la luz ideal en invierno y en verano, cubiertas vegetales con una capa de tierra de 60 cm que, por sí sola, resuelve toda la inercia térmica necesaria para cualquier cerramiento, y un sin fin de soluciones constructivas y múltiples estrategias de arquitectura que hacen de la vivienda una máquina de habitar.
Ahora bien, todo este compendio de condiciones, amablemente recogidas en el Código Técnico de la Edificación con una cantidad ingente de normativas que buscan el bienestar del usuario, se convierten en papel mojado, incluso con agua fría, para aquellos que sus prestaciones térmicas se ven reducidas a un cartón tirado en el suelo. En estos casos, no existen normas que regulen el gramaje del cartón, la superficie mínima de los solapes o el grosor de la manta. En estos casos, todo vale.
Es curioso ver cómo la mayoría de administraciones, preocupadas únicamente por su propia responsabilidad en el cumplimiento normativo, solo prestan atención a lo que pone en un papel obsoleto redactado en 1998 sin preocuparse por la realidad física de cada situación. Los promotores, solo miran cada céntimo que puedan ahorrar en la construcción para ajustar sus márgenes de beneficios. Las constructoras buscan soluciones sencillas y baratas que no les provoquen problemas. Y las aseguradoras, a pesar de enviarte una amplia póliza por correo, siempre buscan la excusa perfecta para echar balones fuera y no reparar una gotera en el muro que llena de humedad el ambiente del salón. Pero a ninguno le interesa el gramaje del cartón de aquel que, lamentablemente, tiene que dormir en la plaza más céntrica de la ciudad. Nadie va a sacar dinero de esta persona, así que, su confort térmico no le importa a nadie. Solo a él que, a falta de cuatro paredes y un techo para calentarse, termina optando por vino tinto de cartón y colillas de cigarros recogidos del suelo para pasar las frías noches de diciembre acompañado lomo con lomo con su mascota.
Una ballena en el salón
Una ballena en el salón
“¿Por qué las mesitas de noche tienen que tener forma de mesitas de noche? ¿Por qué no pueden tener forma de elefante?”
Algunas veces me pregunto, ¿por qué las mesitas de noche tienen que tener forma de mesitas de noche? ¿Por qué no pueden tener forma de elefante? Y sobre todo, ¿por qué las mesitas de noche son como son? Indudablemente existen varias razones que llevan a cualquier cosa a adaptarse a una forma concreta: su uso, su materialidad, la economía de medios, o incluso la imagen preconcebida que tenemos de mesita que las hace más reconocibles y que ayudan a las marcas a desarrollar su catálogo de productos. Necesitamos que sea pequeña, que encaje a ambos lados de la cama, que su altura no supere la almohada para no partirnos el brazo a la hora de apagar el despertador cada mañana. Necesitamos que tenga una superficie plana donde acumular libros que no leemos y velas que no encendemos, y si encima tiene un par de cajones donde guardar ropa interior… ¡La tenemos! La mesita de noche definitiva.
La geometría de la mesita es solo el conjunto de líneas, planos, puntos y ángulos que definen su expresión exterior, su forma intrínseca, lo que percibimos con nuestra visión y nuestro tacto. Consiguiendo definirla y cosificarla hasta el extremo. Adquiriendo una identidad propia y dotándola de unas características particulares para ser distinguida y semejada a sus hermanas mayores, la mesa del comedor, la mesita del café o el escritorio de la oficina. Todas ellas con una superficie plana y cuatro patas.
Cuando encontramos el denominador común de todas ellas es cuando interiorizamos que una mesita de noche no puede tener forma de elefante pero, ¿por qué no? Un elefante tiene 4 patas y una superficie más o menos plana en su lomo. Podríamos ponerlo de mesita de noche y que su trompa fuese un extensible para encender una lamparita por las noches.
El denominador común de la gran mayoría de viviendas coincide en la presencia de un suelo, un techo y cuatro paredes. Así que, podríamos tener una ballena en el salón. Incluso podríamos tenerla suspendida en el techo, es más, podría ser parte del propio techo. ¿Por qué no? El cielo del gimnasio del Colegio Maravillas de Alejandro de la Sota parece la barriga inflada de una ballena azul después de tragarse a Pinocho y toda su embarcación. Tensa el espacio a la vez que resuelve las luces de las aulas superiores mediante cerchas.
La última obra reciente terminada de Aires Mateus rescata esta idea de la ballena con doble función para diseñar una piscina en cubierta que cuelga en el salón invitándonos a pensar en el elefante y la mesita.
La grandeza de lo pequeño
La grandeza de lo pequeño
“La arquitectura cotidiana no solo ofrece un refugio físico, sino que también actúa como un catalizador para las interacciones humanas”
Vivimos en una realidad en la que la grandeza a menudo se mide en metros cuadrados y alturas vertiginosas. Pero esto no siempre es así. Existe una belleza única en la arquitectura que abraza lo modesto, lo simple, lo que forma parte de nuestra vida diaria.
En las ciudades grandes y bulliciosas, a veces en rincones escondidos nos topamos con alguna agradable sorpresa. Un apartado banco en la esquina de algún parque, una pequeña cafetería de barrio, o una librería modesta que no destaca ni por su tamaño ni por tener un grandioso escaparate sino por su capacidad para tejer historias. La arquitectura cotidiana no solo ofrece un refugio físico, sino que también actúa como un catalizador para las interacciones humanas.
Esta semana pasada, deambulando por las calles del centro de Madrid, me topé con uno de esos espacios. Al comienzo de la calle de Hortaleza, casi desembocando en la Gran Vía, hay una diminuta librería de libros de segunda mano. Lo cierto es que el frío, el alumbrado navideño y el bullicio me empujaron a adentrarme en ella casi sin pensar en por qué lo hacía. Con un cuidado extremo, pues se encuentra abarrotada de libros, colocados muchos de ellos en un perfecto equilibrio inestable me fui introduciendo en el angosto local. Fue una sensación curiosa. Una luz tenue y cálida; un silencio potenciado por el contraste de los urbanos decibelios de la noche madrileña, y una paz gobernada por la presencia del librero que, como en un estado atemporal, coloca libros en estanterías y parece organizar algún tipo de inventario.
Aprovechando mi casual entrada a la librería con olor a viejo, me puse a mirar libros y tomos con la agradable sorpresa de encontrar algunos que conocía, y que andan por alguna estantería en casa de los abuelos. Puede parecer una completa estupidez, pero me apetecía decirle al librero, con un ridículo orgullo, eso de “este lo tengo”. El librero, acostumbrado a ver pasar por allí a tanto curioso y a tanto cazador de tesoros y reliquias, con una sonrisa en su cara me miró por encima de sus gafas de cerca con esa expresión de ”lo sé”, que hizo innecesario cantar victoria.
Aquí lo pequeño y cotidiano es medianero con lo monumental y grandilocuente. La Gran Vía, con sus fastuosas fachadas y sus rótulos luminosos saca pecho. Y en esa tensión permanente, la ciudad se agita, palpita, respira y a la vez descansa.
Una casa en la playa
Una casa en la playa
“Plantear algo totalmente disruptivo o mimetizarse con los planteamientos iniciales”
Hace ya algún tiempo, cayó en nuestro estudio un encargo de esos que ilusionan a la vez que suponen un reto por su singular ubicación y por el desafío de actuar en una vivienda ya existente con unas cualidades arquitectónicas propias de los años 60. Una casa que descansa sobre un pequeño acantilado y a los pies de una playa con cierta afluencia en los meses de verano que, hoy en día sería inimaginable por exigencias de la actual ley de costas. La casa cuenta con unos amplios espacios interiores por ordenar y unos requerimientos programáticos abiertos a la vez que pautados.
Emprendemos el reto con la firme convicción de devolver la vida a unos espacios que han sido tan disfrutados a lo largo de varios años por tantas personas pero que, ahora, necesitan cierto maquillaje para actualizarla a las necesidades de nuestro tiempo. El proyecto original afianza su esencia en una arquitectura mediterránea, perfecta para la línea de diseño que tanto estamos acostumbrados por la geografía de la gran mayoría (sino todos) de los trabajos que realizamos. Sin embargo, esta vez llega a resultar incluso abrumador por la maestría de la edificación preexistente que puede llegar a eclipsar cualquier intervención propuesta. ¿Plantear algo totalmente disruptivo o mimetizarse con los planteamientos iniciales? En este caso parece estar clara la opción exitosa pero, siempre puede haber un camino intermedio, un enfoque que consiga aglutinar ambos mundos, una vivienda mediterránea vernácula que destaque por conseguir desnudar la esencia de su proyecto inicial agarrándose en aquellos gestos arquitectónicos propios y singulares que la caracterizan, en este caso, la belleza estética de las tradicionales esquinas redondeadas de tantas viviendas encaladas en blanco que pueblan casi todas las orillas del Mar Mediterráneo.
Encontrar un elemento que consiga ser el hilo conductor de todo un proyecto no es nada fácil y mucho menos que resuelva de manera elegante todos los problemas derivados de una reforma de estas características. No obstante, en este caso, resulta obvio, y de ahí la responsabilidad de tocar las teclas adecuadas en el diseño para que la suavidad de la curva impregne con su esencia orgánica todos los ambientes, llevando incluso al interior este gesto que tanta ligereza, paz y armonía consigue transmitir. El hilo conductor de una idea es solo eso, un hilo, pero que podemos llegar a curvar para que, una de una tacada, fundir tradición, función y belleza.
El pabellón de invitados
El pabellón de invitados
“El albañil levantaba muros, y ejecutaba según lo acordado hasta la siguiente visita sin saber muy bien qué estaba haciendo exactamente”
Un proyecto es algo vivo. No se cierra en el momento en el que se encarpetan los planos y se envían a visado o se entregan al cliente. Y esto a pesar de que uno se esfuerce hasta lo impensable en el trabajo para dejarlo pensado, resuelto, y bien atado.
Cuando uno comienza su andadura profesional está cargado de suficiencia y convencido de haber llegado al escenario con la batuta de director dispuesto a reformarlo todo, siempre claro está, desde una posición de falsa humildad. Se está en el pleno convencimiento de que uno lo puede controlar y prever todo, para como no puede ser de otra manera, a través de un proyecto perfecto, obtener ese resultado impecable.
Pero cuando llega la hora de materializar ese proyecto perfecto, se tarda poco en comprender que uno está en un profundo error. El castillo comienza a temblar desde los cimientos y más pronto que tarde será necesario tragarse el orgullo y pedir ayuda para salvar los muebles. Tal vez este relato sea un tanto dramático, pero estoy convencido que salvo uno o dos iluminados, que de todo tiene que haber, casi todos los que nos dedicamos a proyectar, hemos pasado por ello.
Aún recuerdo una clase magistral del afamado arquitecto Carlos Ferrater, en el que nos contaba como había diseñado y construido un pequeño pabellón de invitados en su vivienda de Menorca. Todo sin un solo plano o dibujo. Hacía visitas cada quince días a la casa y en ese día le daba las instrucciones exactas al albañil de la labor que tenía que construir esa quincena. Ni un detalle, ni un comentario más. El albañil levantaba muros, y ejecutaba según lo acordado los tajos hasta la siguiente visita sin saber muy bien que estaba haciendo exactamente y cuál sería el resultado final. En aquella clase nos contaba que ni él tenía del todo claro a donde acabaría llegando exactamente, más allá del concepto global. Y esto en cierto modo es el caso extremo de proyecto vivo hasta sus últimas consecuencias. El resultado, huelga decir que es espectacular.
La obra forma parte del proyecto y eso es bueno para el resultado. Con un buen control la ejecución sirve al proyecto, lo mejora y lo enriquece, pues abre el campo al contacto con la realidad y se nutre de las experiencias de los que intervienen en el proceso. La experiencia te engrasa y te prepara para moldear las ideas que de partida se muestran rígidas e inflexibles. El proyecto madura y se completa. Nunca se cierra.
Échale tierra
Échale tierra
“Porque prácticamente todo lo que el ser humano consigue destapar, en algún momento es destruido.”
A unos 15 kilómetros al nordeste de la ciudad de Sanliurfa, Turquía, nos encontramos con uno de los hallazgos arqueológicos más impresionantes de la historia, al menos, el que mayor preguntas suscita y que, su concepción y entendimiento, podría cambiar por completo el relato tradicional de la historia conocida. Se trata de Göbekli Tepe, una antigua construcción que a día de hoy se data entre los años 9600 y 8200 a.C. y que, difícilmente, podemos categorizar como ruina porque de hecho, no está en ruinas. Se preserva casi a la perfección debido a un hecho relativamente insólito: el complejo fue enterrado deliberadamente bajo cientos de metros cúbicos de tierra que lo han conseguido preservar durante más de 10.000 años.
Numerosos pilares megalíticos en forma de T de más de tres metros de altura se mantienen en pie como el primer día a pesar de los miles de años transcurridos y la infinidad de guerras que han poblado este mundo desde entonces. Escondidos, tapados, ocultos esperando a que alguna civilización futura los descubra, o al contrario, esperando a no ser descubiertos jamás. Porque prácticamente todo lo que el ser humano consigue destapar, en algún momento es destruido. La Acrópolis de Atenas ha sido saqueada por todas las culturas que han pisado Grecia, desde los romanos hasta los ingleses. Incluso fue víctima de un incendio provocado por los persas. Cuestiones que seguramente podrían haber sido evitadas si su ubicación no manifestara su gran poderío en lo alto del monte Licabeto.
Göbekli Tepe ha sobrevivido enterrado bajo tierra y ahora nos da la posibilidad de descubrir si realmente el Neolítico fue tal y como lo imaginamos o si, por el contrario, civilizaciones con distintos niveles de desarrollo convivieron en armonía alrededor de todo el planeta. Nos permite replantear si el origen de la arquitectura propuesto por Laugier con su teoría de la cabaña primitiva es mucho más antiguo de lo que pensamos y si, esos primeros palos que formaron una choza, pasaron a ser pilares de piedra tallados donde apoyar un techo de madera mucho antes de lo que creíamos.
Sin embargo, lo que sí podemos asegurar sin miedo a equivocarnos es que algunas cosas es mejor dejarlas donde están, es posible que algunas de las ruinas más importantes de la historia de este planeta se conserven mejor a cientos de metros bajo tierra que en las vitrinas de un museo en Londres.
Brasilia con doble de queso y patatas
Brasilia con doble de queso y patatas
“Proyectar es un esfuerzo creativo complejo que exige entender el lugar, y esto a veces entra en conflicto con el genio creativo”
¿Ha de ser el lugar un parámetro determinante para la arquitectura? Más allá de los evidentes condiciones geométricas, como puedan ser la forma del solar, su tamaño y la topografía, el carácter o la esencia del entorno y el lugar son el punto de partida de todo proyecto arquitectónico. Al menos así nos lo metían años tras año hasta en la sopa en la escuela de arquitectura. El edificio no puede ser ajeno a su entorno. Ha de dialogar con él. Puede mimetizarse y no hacer ruido, o por el contrario desafiar con estridencia y provocación, pero en cualquier caso, cada proyecto ha de ser único y para el lugar en el que se asienta y ha de responder a un sentido de implantación.
Esto requiere de un esfuerzo creativo complejo, de mucha reflexión y de algo de humildad, pues hay que leer el lugar y lo que este demanda, lo que en ocasiones entrará en conflicto con las expectativas del genio creativo.
Cierto es que el mundo está lleno de grandes ejemplos de la arquitectura clásica en la que esto aparentemente no era así. Sin ir más lejos, nos podemos encontrar decenas de templos griegos y romanos que obedecen a unas estrictas reglas de composición arquitectónica, que modulan bajo el lenguaje de los órdenes clásicos un conjunto de tipologías que pudieran ser intercambiables. En el fondo eran un poco como las franquicias de hoy. Cada villa encargaba su templo, su logia y su terma. Los Ikea de la época, pero en alabastro y con capiteles.
Hace unos días he tenido la ocasión de visitar uno de esos lugares que me ha hecho reflexionar sobre estas cuestiones. Al borde de la ribera este de la Ría de Avilés se sitúa el Centro Niemeyer. Este inmenso palacio de congresos y centro cultural se construye al regalar el arquitecto Oscar Niemeyer el proyecto al principado tras ser galardonado con el premio Príncipe de Asturias en 1989. El complejo se edificó entre los años 2008 y 2012, y fue terminado cuando el arquitecto aún vivía, pero dado que tenía 103 años no pudo asistir a su inauguración. Este arquitecto brasileño, es uno de esos maestros de la arquitectura internacional que ha dejado su impronta en el mundo. Pero en este caso, esta obra en mi opinión es un homenaje en sí misma y a sí mismo. Bien pudiera estar en Avilés, que en Oviedo, Gijón o Granada si los premios fuesen los Príncipe Nazarí. El efecto hubiese sido el mismo. Y desde el más absoluto respeto al arquitecto, en mi opinión, esto chirría. Es como una pequeña Brasilia, pero del Aliexpress.
Vivir en tu obra
Vivir en tu obra
“Quiso ser parte de la experiencia, como un proceso de aprendizaje y autocrítica de cara a futuros proyectos”
Luis Barragán, uno de los principales emblemas de la modernidad de todo México, construyó su vivienda en 1948 y vivió felizmente en ella hasta el día de su fallecimiento en 1988. Se sentía tan cómodo que no hizo ninguna mudanza en esos 40 años. En su casa-estudio tenía todo lo que necesitaba: su hogar, su trabajo, zonas íntimas y zonas públicas, incluso llegó a comprar la parcela de enfrente para diseñar un jardín donde pasear por las mañanas.
A lo largo de la historia, muchos han sido los arquitectos que han tenido la posibilidad de diseñar su propia casa, viviendas construidas ex profeso para sus propias necesidades. Le Corbusier levantó una pequeña cabaña en Roquebrune-Cap-Martin, Niza, para disfrutar de sus últimos días de vida frente al mar, Frank Lloyd Wright pasó gran parte de su vida en Taliesin, ubicado en Spring Green, Wisconsin, donde vivía y trabajaba junto a cientos de discípulos. Sin embargo, Mies Van der Rohe se alojó durante un tiempo en uno de los apartamentos del complejo de torres de Lake Shore Drive en Chicago. En este caso, no se trataba de una vivienda diseñada específicamente para él, sino más bien todo lo contrario, se alojó en una de los apartamentos que promulgaban un estilo de vida moderno muy dispar de lo convencional de aquella época, un rascacielos de acero y vidrio. Una forma de vida atrevida y que reflejaba su compromiso con los principios modernos y la vida urbana contemporánea. Quiso ser parte de la experiencia, como un proceso de aprendizaje y autocrítica de cara a futuros proyectos. Afortunadamente siguió trabajando en sus principios y consiguió desarrollar una arquitectura que, a día de hoy, es parte indispensable de la historia.
Pues bien, salvando drásticamente las distancias, me encuentro en un punto parecido al de Mies. Debido a circunstancias de la vida, dentro de un tiempo comenzaré a ocupar uno de mis proyectos construidos más importantes, tratándose curiosamente de mi ópera prima. Con apenas 27 años tuve la oportunidad de diseñar dos viviendas pareadas de promoción privada, sin conocer quienes serían los habitantes de esos espacios. Y, tras 5 años repletos de vida, el inquilino de una de las viviendas se ve obligado a mudarse de ciudad, dejándome la posibilidad de disfrutar o sufrir los conceptos arquitectónicos intimistas que tanto promulgaba en esa época. Estoy emocionado y acojonado al mismo tiempo.
Proyecto Hail Mary
Proyecto Hail Mary
“La gravedad moldea y dimensiona nuestro espacio. Somos lo que la gravedad nos permite ser”
Acabo de terminar de leer la última novela de Andy Weir, y he de reconocer que me ha tenido enganchado hasta el final. Este autor se hizo bastante popular con su novela de 2011 “El Marciano”, gracias en gran medida a que fue llevada al cine por Ridley Scott bajo el título de “The Martian”. Ambas novelas pertenecen al género denominado ciencia ficción dura, que viene a ser algo así como un subgénero de la ciencia ficción que tiene una importante carga científica, y que por ende, plantea un futurible que puede ser hipotéticamente posible con una evolución tecnológica adecuada. Aquí no tienen cabida las batallas de Star Wars en las que los disparos suenan en el vacío, las naves derrapan en el espacio o la gravedad es estable constante y uniforme hasta en una nave en órbita.
Este tipo de subgénero presenta múltiples capas, y suelen tener una importante carga filosófica y existencial. En ellas, la búsqueda de respuestas o el planteamiento de problemas de especie a los que tarde o temprano nos enfrentaremos, están por encima de la aventura o del camino del héroe que el personaje acabará llevando a cabo. Es un invariante en este subgénero.
El título de Proyecto Hail Mary, que traducido sería Proyecto Ave María, viene de una expresión deportiva americana que se emplea para referirse a esa jugada a la desesperada que se intenta como último recurso para acabar un partido que está casi perdido, y que si sale bien, acabará siendo épica. Ese lanzamiento desde el propio campo que se encesta sobre la bocina cuando se va perdiendo de dos. Pues sin dar más detalles para no destripar la novela, de eso va proyecto Hail Mary.
Y en el desarrollo de la historia, el autor hace coincidir al protagonista con un espécimen extraterrestre, que proviene de otro mundo, en el que las condiciones son absolutamente distintas a las de la tierra. Aparte de una atmósfera, una presión o una temperatura incompatibles para la vida humana, la gravedad de esta “supertierra” es dos veces la gravedad terrestre.
Pensando en ello y en las implicaciones que tiene para la vida, estas cuestiones condicionan no solo nuestra fisiología, tamaño y morfología, si no que determinan la forma de la arquitectura y de los espacios urbanos. ¿Cómo serían las ciudades en un entorno de baja gravedad? Las edificaciones podrían ser el triple de altas al mismo precio. Podríamos subir peldaños más altos, los voladizos estructurales podrían ser de 8 o 9 metros fácilmente… La luna no está tan lejos.
El premio de los arquitectos: La Arquitectura
El premio de los arquitectos: La Arquitectura
“Aquello tan indescriptible que los seres vivos llamamos alma, pero que, en el mundo material, llamamos arte”
Esta semana se ha celebrado la entrega de los premios Arco que organiza el Colegio Oficial de Arquitectos de Almería de manera bianual para premiar las mejores obras de arquitectura de la provincia. Sin embargo, en esta ocasión, se ha celebrado una gala conjunta de los últimos 4 años y por lo tanto, han sido numerosas las obras presentadas teniendo que competir en apenas 3 amplias categorías. Proyectos de todo tipo, desde gigantescos edificios plurifamiliares hasta la reforma de un pequeño local se han visto las caras en la exposición de los trabajos que, a día de hoy, aún se pueden visitar en la sede del Colegio.
Independientemente del merecido reconocimiento al ganador absoluto de la noche, Alberto Campo Baeza, por su casa de Mojácar y de los discursos de las autoridades competentes, la noche de la gala nos invita a reflexionar acerca del papel de la arquitectura en la sociedad. Resaltando la importante y desconocida labor que realizan un reducido número de arquitectos que, únicamente, se mueven por el amor y la pasión.
Impulsados por su entusiasmo hacia un arte que consigue llegar directamente al corazón de las personas, siempre que se consiga tocar las teclas adecuadas. Estos artistas trabajan sin cesar pero no inventan nada, solo transforman la realidad. Y aunque los arquitectos no sean alquimistas, sí que utilizan la química, la metalurgia, la física, la filosofía, la astrología e incluso el espiritualismo y el arte para transformar millones de toneladas de piedra en las pirámides de Giza.
La arquitectura es la profesión más bella del mundo porque trata de levantar las obras más preciosas que el hombre pueda llegar a imaginar para, posteriormente, regalarlas a la sociedad de manera desinteresada. Simplemente por el entusiasmo de aportar un granito de arena a esta línea infinita que hoy en día llamamos historia.
Desde Vitrubio hasta Le Corbusier, el amor por la arquitectura ha sido el motor que ha conseguido alimentar un oficio que, a priori, debería moverse únicamente por la necesidad, es decir, por el requisito indispensable de no morir de frío en invierno mientras duermes. Pero sin embargo, en algún momento se elevó hacia algo más. Cuando la firmitas y la utilitas quedaron resueltas, llegó el auténtico soplo de magia, aquello tan indescriptible que en los seres vivos llamamos “alma” pero que, en el mundo material, llamamos “arte”.
Rebobinar antes de devolver
Rebobinar antes de devolver
“Cuando la arquitectura es un personaje de la historia y no un mero telón de fondo”
Hay algo en la figura de Quentin Tarantino que me resulta fascinante. Tengo que reconocer que soy incapaz de abstraerme del prejuicio y la imagen tal vez distorsionada por la leyenda, de un pasado sórdido y cutre, forjado entre los pasillos de un videoclub de pueblo. Tal vez un chico inadaptado, con una inteligencia fuera de rango, y por ende fuera del sistema reglado, que absorbía cine por todos los poros de su piel hasta reventar el WHS. Espagueti westerns setenteros, la filmografía completa de Bruce Lee, o torres de cintas de serie B no conseguían acumular demasiado polvo si caían en sus manos, y que acabaron convirtiéndose no solo en referentes si no en el auténtico leitmotiv de su variada filmografía.
Un rebelde, un nadador a contracorriente sin un padrino poderoso que, a base de trabajo, formación en gran parte autodidacta, tesón y fortuna consiguió poner una pica en Flandes, California. Pronto se descubriría su talento para narrar y contar historias.
En las historias de Quentin, los lugares y la arquitectura, tienen un papel primordial. No son solo fondos. Son como personajes que influyen en los protagonistas y en la trama. Desde sus primeras obras hasta sus últimas cintas, la arquitectura está presente de una forma profunda y nada accesoria. No es el único desde luego, pero sí uno de los mejores en ello. El almacén claustrofóbico de Reservoir Dogs sobrepasa el nivel de mero recurso para lograr una atmósfera tensionada. El restaurante Jack Rabbit Slim’s de Pulp Fiction no es solo un lugar para cenar; la decoración y las mesas de coches clásicos añaden una capa extra a la conversación entre Vincent Vega y Mia Wallace. Es casi como si el lugar estuviera participando en la charla. Algo parecido sucede con la escena del restaurante de Kill Bill, para mí una de las escenas más épicas de lucha samurái rodado casi en plano secuencia en la que una escuálida Uma Thurman se enfrenta a los 88 maníacos.
Este lugar que no es un artificioso decorado si no un restaurante real de Tokio, algo tuneado para la película por supuesto, alcanza a mi modo de ver la categoría de personaje. El marcado simbolismo y la “personalidad” que se le otorga al edificio le hace ser un miembro más de la yakuza. De la geometría regular y nobles maderas del interior en el que se desarrolla el brutal combate sin piedad, al níveo y sofisticado jardín Zen del desenlace final en el que el honor y el respeto al enemigo centran toda la atención. Pura magia. Pura arquitectura.i
La plaza «de la» Catedral
La plaza «de la» Catedral
“De igual si antes era una iglesia, un cine o un mercado, lo importante es que las personas se sientan cómdas en su interior”
En un pequeño pero precioso pueblo del interior de Andalucía se encuentra la única iglesia construida encima del cauce de un río de toda Europa. Se trata de la Iglesia renacentista de Santa María en Cazorla, situada en un entorno natural idílico, protegida por las imponentes paredes de las montañas de Sierra de Cazorla, Segura y las Villas, que parecen abrazarla como una madre agarra a su recién nacido para que no se desnuque el cuello. Sin embargo, esta interesante construcción sí que sufrió un percance antes de tan siquiera ser terminada “como Dios manda”. Una terrible tormenta e inundación en 1694, derribó parte de los trabajos realizados hasta la fecha y dejó en ridículo la importante obra de ingeniería que canalizaba el río Cerezuelo por debajo de la iglesia mediante un sofisticado sistema de bóvedas.
Tras un último intento de reconstrucción, el edificio quedó totalmente abandonado debido a una serie de incendios causados por los franceses en 1811 y que afectaron a una gran parte del pueblo. Así que, a día de hoy, lejos de ser una iglesia al uso, nos encontramos con unas ruinas más cercanas al foro romano que a la parroquia de nuestro barrio. Apenas podemos apreciar el ábside y una de sus torres terminada. El resto son las simples trazas de lo que algún día los cazorleños soñaron en construir. Eso sí, se siguen manteniendo en pie parte de sus cuatro paredes que contienen un espacio abierto al cielo en un enclave asombroso a la vez que peculiar. Lo que hace de estas ruinas una verdadera joya urbana.
Nunca hubiera imaginado que si le quitas la puerta y la cubierta a una catedral, se convertiría inmediatamente en una plaza pública. Y eso es lo que le ha sucedido a Santa María. Actualmente es un lugar donde los niños corretean, los habitantes de Cazorla se sientan en la base de sus pilares para ver el sol caer y donde miles de turistas pasean asombrados esperando su turno para el tour guiado por las catacumbas por donde sigue discurriendo el río. El urbanismo es una de las pocas cuestiones arquitectónicas verdaderamente orgánicas, donde el tiempo pone a cada uno en su sitio, dejando ciudades planificadas totalmente desiertas y en desuso y a ruinas de cuatro piedras como verdaderos ejes neurálgicos repletos de vida. Al final, una plaza siempre es un espacio abierto pero contenido, situado en un entorno urbano, da igual si antes era una iglesia, un cine o un mercado, lo importante es que las personas se sientan cómodas en su interior.
Vanitas vanitatum…
Vanitas, vanitatum…
“Para al arquitecto, por definición, ser vanidoso donde lo haya, llega a ser traumático despegarse de su proyecto ”
Se hace duro para el arquitecto aceptar y asumir que nada es eterno. Y es que por nuestra propia naturaleza existencial, nos movemos en el campo intelectual de lo voluble que se proyecta en una materialización imperfecta sometida a las leyes de la existencia. Es algo así como el camino iniciático de la vida que comienza en limbo sensorial del útero materno y que se da de bruces con la abrasiva y angustiosa primera bocanada del traumático alumbramiento.
El inexorable paso del tiempo, la degradación y el desgaste, los cambios de condiciones o el hastío y el desprecio del olvido, tarde o temprano acaban llegando. Hay honrosas excepciones que confirman la regla, pero ni ellas estarán libres de sucumbir tarde o temprano a la reordenación atómica de un ciclo infinito… o sin ir más lejos, a las cambiantes modas.
Para el arquitecto, por definición ser vanidoso donde los haya, llega a ser traumático despegarse de su proyecto. Esa creación mental forjada a golpe de esfuerzo interior, auto idealizada hasta el límite, a veces trazada sobre un discurso coherente; otras tantas construida sobre un armazón de autocomplacencia que permita justificar la adicción al propio ego. Llega un momento que esta ha de ser explicada, justificada, y vendida para posteriormente, y en el mejor de los casos ser levantada en el imperfecto mundo real.
Y aquí nos encontramos en la encrucijada de un camino que obliga al arquitecto a posicionarse. Mantener la ficción hasta donde me dejen, a ser posible al menos hasta que llegue el fotógrafo e inmortalice para la posteridad desde ese ángulo y solo ese, esta oda la inmortalidad, o asumir que el camino continúa, y que la gestación es solo una etapa más de un proceso imperfecto lleno de retos, que no terminará hasta la total degradación de lo que un día quiso ser y no fue.
Puede parecer exagerado, pero hay arquitectos que llevan muy mal que sus “hijos” vuelen del nido. Revisitan una y otra vez sus obras más emblemáticas y alimentan su úlcera al comprobar que alguien ha movido de sitio el sofá del rincón que a las cuatro de la tarde era bañado por ese fotogénico y casi pornográfico rayo de sol. Vanitas vanitatum et omnia vanitas… o lo que es lo mismo, no hay nada más efímero que pretender trascender el tiempo con una creación en un mundo cambiante en el que la significación no depende de uno mismo, ser perfecto donde los haya, si no de pobres mortales con voz y voto.
De arquitecto a pintor
De arquitecto a pintor
“¿Qué vas a aprender de un profesor de pintura? Si ninguno sabe pintar mejor que tú.”
La semana de la arquitectura, que suele dar comienzo todos los años a partir del primer lunes de octubre, es una oportunidad perfecta para difundir, en la medida de lo posible, esta bella disciplina, arte o profesión. Para algunos, se trata de la forma de expresión artística más elevada posible, para otros, una simple forma de ganarse la vida, pero para el gran público, solo es ese personaje silencioso que le acompaña durante toda su existencia, materializado en suelos, techos y paredes.
Este año, aprovechando este día tan singular, el arquitecto y pintor Andrés García Ibañez, ha sido nombrado colegiado de honor en el Colegio Oficial de Arquitectos de Almería y su discurso ha sido emotivo a la par que inspirador. A pesar de no haber estado colegiado ni haber ejercido plenamente la profesión a lo largo de toda su trayectoria, su sobresaliente trabajo ligado al resto de artes plásticas le hacen más que valedor del pin dorado en su chaqueta.
Comenzó narrando por qué decidió estudiar arquitectura a pesar de que, desde muy pequeño, ya tenía claro que la pintura era su verdadera vocación. Su tío le insinuó que seguramente la arquitectura sería la pata necesaria para que un chico con tantas inquietudes artísticas pudiera desarrollarse a todos los niveles con una capacidad crítica y que a la vez le hiciera crecer como persona. Y por supuesto, le planteó la eterna muletilla de: “¿Qué vas a aprender de un profesor de pintura? Si ninguno sabe pintar mejor que tú.” A lo que Andrés simplemente contestó: vale.
Así que decidió trasladarse a Navarra para embarcarse en una de las carreras universitarias más complicadas y, lejos de dejarse llevar por la multitud de cuestiones técnicas, aprovechó la relación de la arquitectura con el placer estético para empaparse de todas las disciplinas que pudieran servir a su verdadera pasión. Se mantuvo firme en sus convicciones y siguió su camino con paso firme entrenando y fortaleciendo la muñeca, sin dejar de dibujar y pintar en ningún momento.
La arquitectura es un arte tan amplio que puede llegar a emocionar a carpinteros, músicos, administrativos, pintores o a tu abuela Juana que disfruta cada día del frescor de su patio interior en la casa del pueblo en la que pasa todos los veranos junto a sus nietos correteando por el salón. Goza de tantas lecturas como lectores la asimilen y, para bien o para mal, todos los que vivimos en sociedad estamos rodeados por el mayor arte que se ha inventado hasta la fecha.
Look left
Look left
“La esencia de esta oxidada y herrumbrosa metrópolis se presta muy bien a este juego de ciencia ficción y misterio”
En el crepúsculo de la era victoriana, cuando las sombras se alargan sobre unas húmedas calles adoquinadas, emerge una ciudad diferente que se sumerge en las aguas de la imaginación y resurge envuelta en vapor y bronce. Es el Londres steampunk. Una creación literaria e imaginaria que convierte a la capital británica en un espectáculo de grandiosidad y asombro, donde la tecnología y la estética del siglo XIX se entrelazan en una danza mecánica.
A pesar de ser algo ficticio, la esencia de esta oxidada y herrumbrosa metrópolis se presta muy bien a este juego que la literatura de la ciencia ficción y el misterio han sido tan bien llevadas a la gran pantalla.
Y es que Londres tiene todos los ingredientes necesarios para convertirse en la auténtica capital del género. Un pasado industrial siderúrgico y mecánico, cimentado en un imperio que actuaba de intercambiador entre América, África y Asía, y una arquitectura victoriana y eduardiana con una pátina de neoclasicismo de ladrillo y baldosa tiznados del carbón del progreso. Ferrocarriles, túneles y callejones, máquinas de vapor, gloriosas construcciones neogóticas con afiladas agujas, lámparas de gas, tabernas y bazares chinos. Un auténtico crisol que genera una atmósfera intoxicante de aventura.
Harry Potter, La Liga de los Hombres Extraordinarios, Sherlock Holmes, o la Brújula Dorada, son algunos ejemplos en los que de una forma más o menos directa, este Londres es un personaje más de la historia. Y en todos ellos, a pesar de estar ambientados en épocas y universos tan distintos Londres aparece casi inalterable y eterno.
Esta ciudad ha inspirado obras literarias donde la realidad se funde con la fantasía. Es una invitación a un viaje en el tiempo y la imaginación, donde el pasado y el futuro convergen en una sinfonía de engranajes y vapor. A Londres le sientan bien la niebla, los dirigibles, los relojes y los coches de época.
Y si uno la visita, y más ahora que el high-tech ha ganado presencia con los últimos rascacielos que redefinen su skyline, puede sentir esta atmósfera paseando por el Soho, o por cualquier callejón en las inmediaciones del Covent Garden. La verdosa cúpula de la catedral de San Pablo, el museo de historia natural, el glorioso Big Ben de las casas del Parlamento, las chimeneas de la Tate Modern o el andén nueve y tres cuartos de la estación de King´s Cross… Londres rezuma Steampunk por todas sus costuras.
Lo bello y lo sublime
Lo bello y lo sublime
“por muchas imágenes que viese, no existe nada igual a tu presencia física en el lugar”
Existen ciertos momentos en la vida de cualquier persona, bien sea a los 27 o a los 87 años, en los que, por unos segundos, el tiempo se detiene. El mundo corre alrededor tuya, pero tú te ves paralizado y absorto en algo muy concreto. Podríamos llamarlos momentos de felicidad plena, de pánico absoluto o de impacto ante un hecho sorprendente. Realmente se trata de una sensación que puede llegar a producirse por muy diversos factores, sin embargo, hay algo que los une a todos ellos y no es, ni más ni menos, que el hecho de estar vivos. Sentir puede ser el mayor reflejo de la vida. Esos momentos en los que te paras a pensar y eres consciente de tu propia existencia y, por lo tanto, de tu irremediable muerte.
Es en este límite donde cualquier obra artística le gustaría situarse. La gran mayoría se llevan a cabo con el único fin de ser bellas, de poder agradar de forma consciente al receptor, pero pocas llegan a ser sublimes, a poder conmover de manera irracional e infinita a quien la percibe por alguno de sus sentidos. Immanuel Kant realiza un profundo estudio acerca de dichos conceptos en sus “Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y de lo sublime” (1764), donde, de algún modo, refleja una distinción más que evidente entre ambos, objetivando el término bello y dándole un carácter general para todos los seres vivos. Sin embargo, parece más interesante el concepto de sublime, término relacionado con lo extremo, con lo inconsciente, con aquello que puede provocar en nosotros un vuelco al corazón, que detiene el tiempo y te sumerge en un profundo mar de sentimientos y sensaciones normalmente indescriptibles.
La primera vez que sentí esa profunda sensación que me dejó sin aliento fue cuando me acerqué por primera vez al borde de un acantilado en mi visita al Cañón del Colorado, llegué a entender cómo el espacio puede hacer sentir a las personas, cómo solamente por la configuración de esas piedras, por donde estaban situadas y por el tamaño de todo aquello que mis ojos apenas alcanzaban a ver, mi corazón latía de una manera distinta a cuando estaba en el coche de camino, ojeando un folleto del “Grand Canyon Natural Park”. Por muchas imágenes que viese, por muchas historias que hubiera escuchado acerca del mismo, no existe nada igual a tu presencia física en el lugar. El aire frío casi helado despeinándote las pestañas, el olor a tierra mojada por todas partes, el eco por la presencia de otra pared-acantilado cercana. Todo eso, sumado a la inmensidad del cañón, consiguieron paralizar mi tiempo. Como bien dicen los físicos, el tiempo transcurre más despacio alrededor de objetos con mucha masa, pues bien, los cinco segundos que pasé al filo de esa pared fueron más largos que las 200 horas de coche que sufrí para llegar hasta allí.
Los juegos del hambre
Los juegos del hambre
“Se repite el invariante de una élite minoritaria que acapara el poder y el control total sobre una población desposeída”
A estas alturas del calendario en el que el periodo vacacional toca a su fin a pesar de que las temperaturas siguen altas, los cuerpos nos piden a gritos un parón y casi que una cura drástica tras los excesos estivales. Orden, rutina y disciplina.
Todo cambia. La luz de septiembre ya es distinta. Los repentinos, aunque cada vez menos habituales chaparrones que ya no se llaman gota fría si no DANAs, los anuncios de fascículos o coleccionables en la tele para ayudar a pasar la depresión postvacacional, o para aprovechar más bien la vulnerabilidad de aquellos que ven en la vuelta al cole un auténtico inicio de ciclo y para el que un proyecto periódico y a largo plazo ofrece un asidero de seguridad. Signos inequívocos de que toca empezar a llenar la nevera de healthy food, que es como llaman ahora los modernos a la hierba y a la alfalfa.
En mi afán de leer novelas a la par que mi hija adolescente, para al menos tener una excusa para hablar y compartir experiencias, acabo de terminar una novela popularizada al haberse llevado a la gran pantalla. “Los juegos del hambre”. Es una novela orientada al público joven, y que como casi todas las historias de corte distópico se ambientan en un futuro más o menos lejano y postapocalíptico en el que los desequilibrios son la piedra angular en torno a la cual gira la trama y toda la historia.
He leído muchas, ya que es un género que siempre me ha fascinado, y en todas ellas se repite el invariante de una élite minoritaria que acapara el poder y el control total sobre una población sometida, alienada, desposeída y deprimida que espera la ansiada llegada de un mesías, que tras realizar el camino del héroe derrumbe los cimientos de la estructura del poder, que se descubre frágil y ciertamente inestable. Casi siempre hay profecías y oráculos que anticipan que el día llegará. Y todo ambientado en un imaginario arquitectónico brutalista descarnado, de pureza geométrica y orden clásico construido sobre los escombros de una sociedad que colapsó de éxito.
Aldous Huxley, Isaac Asimov, Ray Bradbury, George Orwell, Philip K. Dick, y otros tantos genios han trabajado este género ligado a la ciencia ficción, pero que, en el fondo, tratan sobre las más antiguas preocupaciones y los miedos esenciales de la humanidad, proyectadas en un futurible a modo de advertencia o de pedagogía sociológica.
¡Qué comiencen los juegos del hambre!
El centro social
El centro social
“Los romanos lo convirtieron en el foro, los cristianos en las plazas de las catedrales y los skaters en la plazoleta del ayuntamiento”
Ya desde la época griega, los centros cívicos siempre han girado alrededor de las plazas, de los puntos de encuentro abiertos situados estratégicamente en el corazón de un entorno urbano demandante de movimiento, con usos complementarios como comercios, viviendas, ocio, entretenimiento o esparcimiento para el recreo. Las ágoras griegas eran espacios de debate, lugares donde la población ponía en común diferentes formas de ver la vida, la economía o la política. Seguramente, en una de estas plazas nació la democracia ateniense que, con el tiempo, iría transformándose y adaptándose a los caracteres de los gobernantes de cada época. Sin embargo, el espacio de reunión social siempre ha permanecido presente a lo largo de toda nuestra historia, los romanos lo convirtieron en el foro, los cristianos en las plazas de las catedrales y los skaters en la plazoleta del ayuntamiento de su pueblo.
Con la llegada de la revolución industrial y del levantamiento de barrios enteros dedicados exclusivamente al alojamiento en masa de comunidades de todo tipo, nacieron, a raíz de la necesidad de asociación, edificaciones con un único objetivo: crear comunidad. Oasis sociales entre bloques de viviendas que intentan ser el sustitutivo del ágora pero que, difícilmente lo consiguen. A la gente le gusta relacionarse al aire libre, en una plaza con bancos para sentarse y a la sombra de algún árbol, y si llueve, en un soportal. Así que, estos centros sociales tuvieron que buscar la manera de organizar actividades que fomenten la relación, desde el intercambio de libros, hasta talleres de informática. Pero quizás no está ahí la clave del éxito, quizás no es la función la que debería predominar en estos lugares, sino la creación de un entorno que promueva simplemente el bienestar. Lugares agradables donde la gente disfrute viendo las horas pasar. Porque solo el tiempo es generador de comunidad. Solo el roce hace el cariño.
Estos proyectos necesitan ser una herramienta para influir en el potencial humano y es muy difícil conseguir este objetivo tan arrogante en un aula rectangular de 30 metros cuadrados ventilada por huecos de ventanas verticales al fondo. La diversidad cultural y la identidad local deben reflejarse en el diseño, promoviendo así un verdadero sentido de pertenencia y reconocimiento de la comunidad. Cuestión que no se consigue simplemente pegando póster de Tomatito en el “rincón gitano”.
Castillos en la arena
Castillos en la arena
“Un cerebro consciente y unas manos versátiles otorgan un poder casi divino al que es difícil renunciar”
Desde que somos muy pequeños, se despierta en nosotros el interés por construir. Es algo inherente a nuestra naturaleza. En cuanto nos ponen delante cualquier sustancia moldeable o material apilable, nuestro foco de atención se centra en ello; es algo casi magnético. Y es que la combinación de un cerebro consciente y unas manos tan versátiles otorgan un poder casi divino al que es difícil renunciar. En la más íntima y profunda abstracción mental, jugamos a ser dioses con poder ilimitado.
En la playa es habitual observar cómo niños (y no tan niños) pierden la noción del tiempo delante de un montón de arena y ante el reto de alcanzar la gloria. A veces en solitario, otras tantas en grupo. Y a poco que analicemos con un mínimo de atención veremos aflorar los distintos roles que definen al individuo y a la sociedad en su conjunto.
Por un lado tenemos a los planificadores. Trazan sus ejes y replantean con ambición el proyecto de lo que pretende ser, esta vez sí, el castillo definitivo. Por otro lado, nos encontramos con los urbanistas y paisajistas, que a vista de pájaro tratan de dominar el territorio trazando caminos, moldeando el relieve, zonificando organizadas áreas de cultivo y para los que el castillo es lo de menos. También están los ingenieros, preocupados de los puentes, túneles y fosos, siempre buscando el límite de la resistencia que un material como la arena permite, descubriendo de forma empírica el gran poder de la bóveda , el arco, el contrafuerte y el talud.
Los hay preocupados por la pureza geométrica, el orden y la simetría. Otros, se esmeran en adornar y trabajar los detalles dejando al barroco por los suelos. Algunos se esfuerzan por alcanzar las nubes con inmensas torres verticales que a duras penas se sostienen gracias a la humedad, y otros colonizan en horizontal hasta el fin del mundo… o hasta la toalla extendida de la señora que sentada observa detrás de sus gafas de cerca.
Hay auténticos líderes, que organizan el trabajo y gestionan los procesos apoyándose en otros que son felices ejecutando con mimo ese tramo de muralla defensiva que le ha sido encomendado.
Y como no, nunca puede faltar el beligerante, que casi desde el mismo instante en el que comienza la construcción ya está pensando en cómo arrasar con sus huestes la fortaleza, a ser posible con proyectiles y artillería pesada, o mejor aún, como un auténtico Godzilla desatando el apocalipsis final.
En la arena forjamos sueños efímeros, mientras el mar, paciente, aguarda un nuevo reinicio.
Aquí no hay quien viva
Aquí no hay quien viva
“Existen vecinos ruidosos, fiesteros, estudiosos y aquellos que observan por la mirilla cada vez que oyen algún ruido”
La versatilidad de las formas de habitar puede ser tan amplia como nuestro cerebro esté dispuesto a asimilar. En la Indonesia hinduista, dos o tres familias comparten un mismo espacio social en el interior de sus parcelas. Mientras que, en la otra parte del mundo, en infinidad de pueblos españoles de tipología de manzana cerrada, cada familia cuenta con su propia vivienda unifamiliar entre medianeras pero, a pesar de ello, realmente pasan la mayoría del tiempo sentados en una silla en la puerta de casa, en una acera de apenas 2 metros de ancho.
En los núcleo urbanos, las edificaciones residenciales más habituales consisten en bloques de vivienda en altura que congregan a un gran número de personas en una pequeña superficie de terreno. El crecimiento en altura, la forma de controlar el esparcimiento en extensión sin control, con los respectivos costes económicos y medioambientales que suponen la ejecución de infraestructuras para dar servicio a todo el mundo. El paradigma de las soluciones habitacionales de los últimos siglos, que ha traído tantos beneficios como guerras internas entre los vecinos que quieren contratar un portero y los que prefieren ahorrarse esa cuota de la comunidad.
No cabe ninguna duda de que la especie humana es un ser social y que, sin las relaciones personales, no podríamos prosperar como sociedad bajo ningún concepto. Todos sabemos que el roce hace el cariño, pero también la herida. Los espacios de relación social han sido siempre uno de los puntos fuertes de grandes estrategias de arquitectura, desde la Unité d´Habitation de Le Corbusier en Marsella, hasta el edificio mirador de MVRDV en Madrid. Todos ellos buscando una forma de convivencia orgánica que sea beneficiosa para todos los inquilinos pero, a veces, se pasa por alto que no todas las personalidades son iguales, ni mucho menos. Existen vecinos ruidosos, fiesteros, estudiosos, aquellos que observan por la mirilla cada vez que oyen algún ruido por los pasillos y los que son tan recelosos de su intimidad que no les gusta ni compartir ascensor con su vecino del cuarto.
Las peleas entre vecinos son ya una muletilla cómica digna de un cómic de Ibañez y una sitcom de televisión. Pueden llegar a ser una pequeña muestra de los problemas y actitudes más recurrentes de una sociedad concreta en un tiempo determinado. El portero cotilla, el sucio piso de estudiantes y la señora mayor a la que sus nietos no van mucho a visitarla.
Skyfall
Skyfall
“Ciudades abandonadas que, como herrumbrosos buques varados en playas solitarias, nos recuerdan que nada es eterno”
Pues ya pasó. Ya somos mas de Ocho mil millones de almas habitando al unísono el planeta azul. Azul, o rojo granate según los mapas del tiempo de las televisiones, empeñadas en reeducarnos y concienciarnos en nuevos modos de vida más “sostenibles”. Según las estimaciones oficiales, hace solo unos meses se rebasó la citada marca impulsada por la India y China que ya suponen casi el 40% del total de la población mundial.
Y es que episodios locales a parte como puedan ser grandes guerras, epidemias, holocaustos o catástrofes varias, la expansión poblacional humana ha experimentado un crecimiento sostenido y exponencial, al menos en los últimos seiscientos años. Y así parece que vamos a continuar al menos a medio plazo, pues se espera que antes de que acabe el medio siglo habremos alcanzado la cifra de diez mil millones.
Y en nuestro afán de especie de dejar huella y transformar el territorio, las grandes operaciones y macroproyectos crecen al mismo ritmo. Esto no es nuevo, pues solo hay que fijarse en las milenarias pirámides de Egipto y las obras hidráulicas para irrigar el valle del Nilo; la gran Muralla China y la ciudad prohibida de Pekín; o la inmensa red de autopistas que conecta la práctica totalidad de las grandes ciudades de Europa. Y lo que plantamos para bien o para mal mantiene su impronta y presencia por generaciones.
Nada es eterno y ninguna civilización destaca sobre las demás por tiempo ilimitado. De hecho, los periodos de dominio cada vez son más cortos. Los romanos hicieron suyo el mundo durante casi mil quinientos años. Los españoles, portugueses, ingleses y franceses compitieron y se sucedieron a lo largo de seiscientos años. Ahora, la hegemonía estadounidense con poco más de un siglo de liderazgo enfrenta la amenaza de un gigante oriental que está decidido a tomar el relevo.
Y fruto de este dinamismo, el mundo se va llenando de grandes instalaciones y ciudades abandonadas, que como herrumbrosos buques varados en playas solitarias nos recuerdan que el afán expansivo de la humanidad encuentra su límite en su propia naturaleza. La ciudad isla de Hashima en Japón, es solo un pequeño ejemplo que ilustra muy bien esta reflexión. Hoy se nos aparece como un poético y sugerente vestigio de un tiempo ya pasado. En el momento de mayor apogeo, casi seis mil personas llegaron a habitar este solitario enclave minero. 100 años de vida que hoy es inspiración de distopias y escenario para películas.
Desert point
Desert point
“La mayoría de las edificaciones gozan de muros, techos, puertas y ventanas, pero no todos nosotros las usamos de la misma manera”
A pesar de que el lenguaje de la arquitectura es muy parecido en todo el mundo, las maneras de habitar pueden llegar a ser diametralmente contrarias. El clima, la cultura y el entorno son solo algunos de los puntos que condicionan la forma que tienen los seres humanos de vivir y relacionarse con los demás. La mayoría de las edificaciones gozan de muros, techos, puertas y ventanas, pero no todos nosotros las usamos de la misma manera.
En Marruecos, la importancia de las paredes es crucial, gruesos muros con pequeñas aperturas aíslan del calor y del viento a toda la comunidad mientras que, por el contrario, en Indonesia, la importancia reside en la ausencia de estos paramentos verticales. Las familias pasan la mayoría del día al aire libre, protegidos del sol por apenas una cubierta ligera soportada por cuatro pilares de madera y abierta en todas sus caras. Los espacios cerrados están reservados para solo un par de acciones: cocinar, dormir y defecar. Y a veces ni eso…
Las formas de habitar no solo afectan a las estructuras de la vivienda, sino a múltiples cuestiones culturales. Todos tenemos integradas ciertas costumbres que han sido transmitidas de generación en generación, como encender el brasero de la mesa camilla en invierno en algunas zonas de España, o tomar el té a media tarde en Inglaterra. Se trata de hábitos propios de un tiempo y un lugar, pero no cabe ninguna duda de que pueden llegar a asimilarse por cualquiera de nosotros a través de una buena integración y adaptación al entorno.
De una manera muy orgánica, cualquier occidental acostumbrado a las tardes de manta y pelis, puede llegar a cambiar su rutina sin apenas darse cuenta, hasta pasar horas y horas en el porche lateral de cualquier chambao exterior y quitándose los zapatos de manera instintiva para entrar en cualquier sitio.
Aunque a veces no nos demos ni cuenta, la arquitectura es una extensión de nuestro cuerpo. Es presa de una escala, una función y una armonía, y debe responder a las necesidades de quien la utiliza. Pero, en algunas ocasiones, somos nosotros los que tenemos que adaptarnos a ella. Como cuando coges un coche desconocido por primera vez y tienes que hacerle algunos kilómetros para llegar a sentirlo tuyo. La casa se hace a ti, de la misma forma que tú te haces a ella. Solo el tiempo puede llegar a adaptar el espacio.
Rascainfiernos
Rascainfiernos
“Una casa sin ventanas enterrada y oculta en el jardín trasero de uno de los grandes genios de la arquitectura”
Desde que soy muy pequeño, tanto como hasta donde me alcanza la memoria, he sentido una cierta atracción hacia ciertos edificios que veía de forma recurrente en mis periódicas visitas a Madrid y Segovia. Año tras año transitábamos por los mismos sitios, observando por la ventanilla del coche los distintos hitos que hacían posible no perder la noción del tiempo en eternos viajes de más de 8 horas. El cerro de los Ángeles, epicentro de la geometría nacional, el pirulí de Torre España, el paso bajo la grada del difunto Vicente Calderón, el Scalextric de Atocha… todos indicaban de forma irrefutable que llegar, llegábamos.
De estas marcas del reloj de viaje, había una por la que sentía una especial atracción, a medio camino entre el pavor y el morbo. Ya pasado el arco de la Victoria de Moncloa, rumbo al puerto de Navacerrada por la autopista de la Coruña, asomaba entre la espesura boscosa de la Ciudad Universitaria un extraño habitante de hormigón de forma circular y espinosa. Por su aspecto, me imaginaba que sería una especie de tribunal en el que se ajusticiaba tras agotadoras sesiones de tortura en las mazmorras de sus sótanos a malvados reos. El caso es que nunca preguntaba cuál era la función de ese singular edificio que hacía volar mi imaginación y que en más de una ocasión aparecía en algún que otro sueño de los de despertarse con el corazón acelerado.
Más tarde, cuando empecé a interesarme por la arquitectura, indagué y descubrí que esta “joya” del brutalismo nacional, conocida como la corona de espinas, era obra de Fernando Higueras. El mismo arquitecto del edificio de las jardineras de hormigón de la Calle Alberto Aguilera, que tanto llamaba mi atención cuando salía de la parada de metro de San Bernardo. La geometría radial, su estructura descarnada y volada, la potente luz cenital a través de su óculo central hasta el nivel de la biblioteca y su sección anular lo convierten en un atemporal tributo a la audacia. Lo de menos es el uso que alberga, pues ha tenido diversos habitantes que para decepción personal, ninguno de ellos incluía sesiones de juicios sumarios con togados de largas pelucas.
Pues este peculiar artista, pasó los últimos 30 años de su vida en un bunker autoconstruido en el jardín trasero de su casa. Una autentica casa cueva de dos niveles soterrados, sin ventanas, de planta cuadrada y con un gran lucernario esquinado por el que la luz inunda los espacios creando una atmosfera única, cálida y confortable. Sobriedad, modestia y excentricidad propias de un genio olvidado.
Una y otra vez
Una y otra vez
“Repetir parece aburrido porque te impide descubrir cosas nuevas pero, sin embargo, te permite descubrir otras”
Obras artísticas tan dispares como las fachadas de la plaza San Marcos de Venecia y cualquier canción actual de reguetón comparten la misma clave del éxito, la repetición. La presencia de un ritmo, más bonito o más feo, más rápido o más lento, consigue embaucar hasta el más escéptico. Es algo primario, como quedarse embobado mirando al fuego de una hoguera o contemplar sin parar las olas del mar, constantes, eternas.
Repetir una y otra vez la misma acción termina generando hábitos y costumbres, y aunque el hábito no hace al monje, al final, el “monje” acaba comportándose como tal. Si cada mañana salimos a desayunar y nos sentamos en la misma mesa, en la misma silla y tomamos el mismo café, acabaremos sintiendo ese espacio como nuestro, como parte de nosotros. Llegaremos incluso a ser más eficientes, es posible que el camarero nos ponga directamente la comanda sin pedirla, apartaremos la silla con un sutil movimiento de tobillo o agarraremos el café justo por el borde superior de la taza para no quemarnos. Repetir te permite perfeccionar, como Larry Bird tirando tiros libres sin parar durante horas, meses y años, hasta adquirir la capacidad de encestar hasta con los ojos vendados. Repetir es repetitivo pero dinámico porque supone acciones continuadas.
Repetir parece aburrido porque te impide descubrir cosas nuevas, pero sin embargo, te permite redescubrir otras. Te aporta tiempo para reflexionar, te deja aire para interiorizar y a veces, te da incluso el empujón necesario para entender el contrapunto perfecto para la serie.
El ritmo y la repetición en la arquitectura, tanto de elementos, estilos, conceptos o formas ha sido un tema muy recurrente a lo largo de toda la historia, permitiendo avanzar en las tipologías pero de una manera pausada, sosegada y coherente con las necesidades de cada tiempo. Los cambios disruptivos generan mucho ruido, pero solo los cambios sutiles tras una gran cantidad de pruebas y error son los que verdaderamente perduran en el tiempo. Desde la sucesión de columnas en un templo griego, hasta la plaza del instituto Salk de Louis Kahn, la evolución de la arquitectura ha sido totalmente abrumadora pero, en ambas situaciones, percibimos algo escondido que nos atrae, que nos obliga a mirarlas sin parar con un ojo en el detalle mientras el otro, desenfocado, apunta al horizonte. Se repiten las experiencias y las emociones, pero ya paro porque quizás me estoy repitiendo demasiado.
El clan del oso cavernario
El clan del oso cavernario
“En cuestiones energéticas, a veces lo más primario, básico y sencillo, es lo que mejor funciona.”
En estos días de tórrido sufrimiento, en el que cada mañana mis esperanzas se desvanecen al ver el mapa de temperaturas del telediario matinal, es cuando más me acuerdo de los hombres de las cavernas.
Es evidente que las grutas y cuevas son un inmediato refugio natural fácil de ocupar, colonizar y defender. Sin más esfuerzo que el de localizar un buen enclave, superar el miedo a la oscuridad y explorar sus entrañas, se obtenía la cédula de habitabilidad de un residencial en el que arraigarse por generaciones.
Probablemente, muchas de estas cuevas no cumplían las condiciones mínimas de salubridad que fija la actual normativa de obligado cumplimiento, pero desde luego hubieran alcanzado todas una Calificación Energética A++. Una lástima que los nómadas cazadores de la época no prestasen atención a estas cuestiones en vez de andar preocupados pintando bisontes para decorar el salón del refugio, porque se hubieran podido beneficiar de alguna subvención del ministerio de innovación.
Y aunque nos pueda parecer paradójico, en cuestiones energéticas, a veces lo más primario, básico y sencillo es lo que mejor funciona. La inercia térmica que se obtiene a base de espesor y masa es difícilmente superable por otro tipo de medios. Tan es así, que tras décadas de evolución constructiva en el que se ha tendido a reducir espesores de muros y cerramientos a base de materiales compuestos y sistemas tecnológicos a base de capas complejas, apoyados por instalaciones de control climático (vamos, el aire acondicionado y la calefacción “de toda la vida”) los nuevos vientos de la sostenibilidad y de eficiencia responsable están innovando en los llamados “sistemas pasivos” para lograr el tan ansiado confort en el interior de nuestras modernas cuevas. Vamos, que estamos esferificando el mosto para reinventar la uva.
Al final, lograr envolventes con una gran inercia térmica, controlar orientaciones y sombras y aprovechar las corrientes de ventilación natural, es volver a la casilla de salida con un alto porcentaje de éxito.
Difícilmente hoy, con nuestras espléndidas viviendas de 1.200 euros el metro cuadrado, aerotermia, vidrios climalit con control solar y aislamiento térmico hasta en el fondo de los armarios podemos acercarnos al confort térmico de la casa del pueblo de muros de tapial de 80 cm de espesor con ventanucos de 80 centímetros, y patios emparrados con su alcayata para colgar el botijo. ¡Qué llegue ya noviembre por favor!
Solo una cosa
Solo una cosa
“Sin distracciones, sin idas y venidas, un objetivo, un camino y una meta”
Al principio de todo, solo tenemos un objetivo, dar la primera bocanada de aire al nacer, luego se va complicando la cosa, queremos comer, dormir, reír o incluso ser felices. Muchos son los objetivos que van definiendo el porvenir de nuestra vida, pero pocos son los que llegamos a conseguir en tiempo y forma. Las distracciones físicas y mentales son la forma de vivir del mundo occidental contemporáneo, un mundo plagado de estímulos cada vez más constantes que, en muchas ocasiones, nos impiden centrarnos en lo que realmente nos importa.
Un día, mi padre me confesó la estrategia que tuvo que seguir para resolver todos los problemas económicos familiares tras la explosión de la crisis del 2008, “mira Pepe, me centré en un problema, sin importarme el resto, me centré en una cosa, una única cosa, y cuando por fin la solucioné, me centré en la siguiente”. Sin distracciones, sin idas y venidas, un objetivo, un camino y una meta.
Se trata de una forma de entender la vida muy pragmática, que puede ser muy fácil de aplicar a la hora de abordar cualquier circunstancia a corto plazo, pero fácilmente olvidable en las cuestiones de fondo que marcan nuestra vida en gran medida. Muchos de nosotros somos incapaces de hacer dos cosas a la vez, pero luego podemos llevar adelante un millón de distracciones sin ningún tipo de problema. No podemos bailar y pensar al mismo tiempo, pero sí somos capaces de salirnos de nuestro camino con solo mirar el aleteo de una mosca.
Queremos estar en todas partes y gracias a eso conseguimos no estar en ninguna. Una virtud o un defecto, depende de cómo se interprete.
Al trasladar estos conceptos al desarrollo de un proyecto arquitectónico y sobre todo, a la evolución de una idea inicial, indudablemente, infinidad de circunstancias van a conseguir interferir y desvirtuar nuestras convicciones, desde las necesidades programáticas, hasta las cuestiones normativas o urbanísticas. Sin embargo, he aquí la verdadera labor del arquitecto, conseguir hacer malabares para nunca olvidar el objetivo fundamental de cualquier arte, transmitir emociones.
Seguramente, durante el desarrollo del proyecto del famoso Panteón de Agripa de Roma, infinidad de problemas técnicos y estructurales pusieron contra las cuerdas a su arquitecto, pero la firme convicción de construir la cúpula de hormigón más grande y emotiva del mundo consiguió sobreponerse y llegar al corazón de millones de visitantes durante miles de años.
Hasta el infinito y más allá
Hasta el infinito y más allá
“400 años de condensada historia que han hecho de este lugar un icono universal”
Es más que obvio, que si hay una ciudad icónica en el mundo, está es Nueva York.
Desde que los holandeses colonizaran la isla de Manhattan a comienzos del siglo XVII tras comprársela a los indios Lenape y de bautizarla como “Nueva Amsterdam”, la vorágine de acontecimientos que se desarrollaron en este lugar del mundo en apenas 400 años podría ser equiparable a la historia milenaria de otras grandes ciudades.
Tras la primera etapa holandesa, ya durante el siglo XVIII, el imperio británico tomó el relevo del control de este importante puerto comercial en la desembocadura del río Hudson, convirtiéndose en la principal puerta al atlántico de las colonias de ultramar, a las que poco les quedaba ya para alzarse en rebeldía y clamar por su independencia de la vieja Europa.
El siglo XIX fue el momento de los irlandeses, que llegaron en masa a causa de la gran hambruna. En esta época se trazó la rejilla urbana que hoy conocemos y en la que a mediados de siglo tras un concurso de ideas, se gestó el inmenso Central Park que a modo de ventana en la retícula, esponja y oxigena a la ciudad que nunca duerme.
El siglo XX, con la expansión de grandes infraestructuras y con la llegada masiva de inmigrantes italianos, judíos y asiáticos en busca de un porvenir mejor, y con unos Estados Unidos imparables e indiscutibles aspirantes a la dominación del nuevo orden mundial que se estaba gestando, terminó de poner a Nueva York en el centro de mundo. Centenares de rascacielos comenzaron a aflorar, con especial intensidad en la década de 1930, en una imparable carrera para tocar el cielo.
Pero esta carrera se vio truncada por el infame atentado del 11 de septiembre de 2001 contra las dos torres del distrito financiero. El mundo cambió de rumbo y ya nada volvió a ser igual. A pesar de ello, la ciudad sigue, se levanta y se reinventa. Hoy ya no se pugna por ganar más altura sino por lograr edificios eficientes y sostenibles, y por recuperar espacios urbanos como el High Line Elevated Park, un precioso parque verde construido sobre la plataforma de una antigua línea de metro elevada.
A fin de cuentas, puede que Nueva York no sea la ciudad más grande, ni tampoco la más bonita. No es ya la ciudad con los rascacielos más altos ni es la ciudad con más historia. Tampoco es probablemente ya el más importante centro financiero mundial como en su día lo fuese, pero a pesar de todo, la gran manzana es y será la capital del mundo.
Polvo fuimos, polvo seremos
Polvo fuimos, polvo seremos
“Los espacios abandonados tienen un componente místico que aborda directamente a la memoria”
Las mansiones abandonadas, las ruinas en el desierto y las fábricas de cemento tienen más de un punto de unión. Todas gozan de un componente romántico y evocador, muy próximo a algunas obras de Ricardo Bofill, donde el juego de los volúmenes bajo el sol generan auténticas emociones plásticas. A decir verdad, los espacios abandonados tienen un componente místico que aborda instantáneamente en la memoria, haciendo que no puedas más que imaginar cómo se vivía en ese lugar en otra época.
Este tipo de sensaciones pueden llegar a producir la creencia de que las formas de vida actuales no son las mejores, que nuestros antepasados vivían más felices y que la arquitectura vernácula es la realmente auténtica. Sin embargo, no hay verdades absolutas y cada individuo es prisionero de su tiempo, lo cual no significa que, alguien que mira hacia adelante con la fuerte convicción de hacer progresar la arquitectura, no pueda maravillarse, estudiar y referenciarse en antiguas tipologías.
Aunque, por mucho que el mundo avance de una manera vertiginosa, siempre podemos encontrar algún lobo solitario anclado en la nostalgia de tiempos pasados, enamorado de los muros de piedra y de los cortijos abandonados en mitad del desierto, donde el contacto con la naturaleza estaba realmente presente en el día a día. Un contacto real, directo, en lo bueno y en lo malo, en lo agradable de respirar aire puro y en lo salvaje de tener que bajar a lavar la ropa a la fuente más cercana, si es que había alguna. Como cualquier otro animal de este planeta, el ser humano reside en la superficie del globo terráqueo y ha tenido que desenvolverse en las condiciones más adversas y más favorables, pero poco a poco, ha ido desvinculándose del medio natural para terminar construyendo su propio mundo de hormigón, acero y vidrio. Esta desvinculación de lo natural va en aumento año tras año, empezamos con la cabaña de Laugier y parece que estamos destinados a una retirada total del mundo físico en favor del mundo virtual altamente interconectado.
¿Es el ser humano menos humano desde que esta brecha con lo natural se hizo más notoria? O por el contrario, ¿es condición humana erigir su propio mundo? Y en tal caso, ¿qué deberíamos hacer con todas aquellas edificaciones en ruinas que fueron la seña de nuestros abuelos? ¿Estudiarlas? ¿Rehabilitarlas? ¿Dejar que vuelvan a ser polvo cósmico? Muchas preguntas para pocas respuestas.
La torre de Babel
La torre de Babel
“En arquitectura hay una máxima que dice que las cosas tienden a no caerse.”
En arquitectura e ingeniería, hay una máxima que dice que “las cosas tienden a no caerse”. Pero como todas las grandes verdades universales, lo son hasta que alguna caprichosa excepción contraviene el principio.
Hace solo un par de días se ha producido el desplome de un edificio completo entre medianeras en el centro de Teruel. Afortunadamente en este caso, el renqueante condenado avisó con la fuerza y el tiempo necesario para que los vecinos evacuaran y no ha habido que lamentar daños personales. Esto no siempre es así.
Pero más allá del dramatismo y de lo espectacular de las imágenes, no deja de sorprenderme lo poco habituales que son estos sucesos. A poco que uno se ponga a pensar en el inmenso parque de edificios existentes en ciudades y núcleos o diseminados por la geografía nacional, se llega a la conclusión de que ciertamente la gravedad no lo tiene fácil para doblegar y hacer hincar la rodilla a las construcciones erigidas por el ser humano. Algunas estimaciones hablan de unos 9 millones de edificios residenciales solo en España. Y ahí no se incluyen las viviendas ilegales o irregulares que a buen seguro son unas cuantas. Edificios centenarios, mejor o peor mantenidos, objeto en muchos casos de obras de reforma y ampliación sin control, sobre suelos de dudosa capacidad portante en muchos casos y sometidos al uso y al abuso de sus habitantes que libro a libro, y plato a plato van sobrecargando los sufridos estantes del aparador del comedor.
Cuando hoy se calculan las estructuras se trabaja con normativas muy exigentes y conservadoras en el afán de preparar a los edificios para la dura batalla de sobrepasar su vida útil. Se consideran coeficientes de seguridad que tienen en cuenta desde los posibles errores de ejecución, hasta los excesos de sobrecarga que a buen seguro se le van a exigir. ¿Quién no quiere poner una piscina desmontable en la terraza? Se emplean sistemas redundantes, se minoran las resistencias de los materiales, y en definitiva se preparan los edificios para aguantar lo inaguantable.
Todo esto es aplicable a las nuevas edificaciones, pero es que hasta las ciudades centenarias como la ciudad de Shibam en Yemen, se empeñan en dar cumplimiento a la ley del “esto aguanta”. Una ciudad del siglo XVI, construida en barro y adobe, con edificios de 8 plantas. Como mi abuelo solía decir, hasta las sucesivas manos de cal y pintura sobre los tabiques aguantan, ¡Y vaya si es verdad!
Vision
Visión
“Puedes convertir las vistas desde tu ventana en un viaje por el universo al puro estilo Rick y Morty”
Por todos es sabido que la vista es el sentido más omnipresente de todos aquellos conocidos con los que se desenvuelve el ser humano. Es capaz de hacernos sentir emociones en cuestión de segundos, con apenas vislumbrar a través de la ventana de nuestro salón que hoy es un día lluvioso, sin ni siquiera salir a la calle, ya podemos recabar mucha información del exterior y hacernos responder en consecuencia, cogiendo un chubasquero antes de ir a trabajar y por supuesto, arrancar el día diciendo: hoy, migas.
Sin embargo, la lluvia no solo la percibimos por nuestros ojos, el olor a tierra mojada y el fresquito en la piel por la bajada de las temperaturas son solo dos indicadores más que refuerzan lo que nuestros ojos ven. Porque la vista sin el resto de sentidos se queda coja, como un holograma de realidad que nuestro cerebro interpreta pero no termina de aprobar.
La exponencial evolución de la tecnología que llevamos sufriendo las últimas décadas parece estar orientada a manipular cómo percibimos el mundo a través de nuestros ojos. Los ordenadores, móviles o tabletas son los reyes de nuestra sociedad, pero al menos, todos requieren de nuestro tacto para conseguir una relación funcional. Cuestión que los diseñadores industriales tienen bien interiorizada, diseñando los objetos con una fuerte carga háptica.
Pero, ¿qué sucedería si toda la realidad que percibimos con la vista pudiera ser manipulada? Las gafas de realidad aumentada parecen ser la última ocurrencia de los chicos de Silicon Valley, prometen sumergirte en un mundo gobernado por la vista, donde todo es posible. Podremos viajar a través de escenarios inverosímiles sin levantarnos del sofá o ver una película en una pantalla virtual pudiendo ajustar su tamaño hasta hacerla 100 veces más grande que la de un cine. Puedes convertir tu casa en una playa del sudeste asiático y las vistas desde tu ventana en un viaje por el universo al puro estilo Rick y Morty. Todo es posible. No importa si tu casa tiene apenas 50 metros cuadrados y manchas de humedad en cada esquina, podrás conseguir ignorarlo, podrás vivir en un mundo paralelo diseñado a tu antojo. Con sofás de oro aterciopelado y cuadros de Picasso colgados en cada esquina, eso sí, no podrás tocarlos. No podrás pasear por una galería semicubierta mientras sientes el frescor de un día lluvioso, podrás verlo, pero no podrás sentirlo… de momento.
Cube
Cube
“Cuatro columnas de 6 plantas de altura, y un cielo reticulado, por el que los rallos de luz se cuelan.”
El cielo está encapotado. Una bóveda de nubes algodonosas en una paleta de grises y azules cubre hasta donde me alcanza la vista ocultando las cumbres de Sierra Alhamilla hacia el norte, y delineando el azul plomizo del mediterráneo horizonte al sur, rasgado y atravesado por un racimo de espadas luminosas.
No es muy común este tipo de luz en Almería, más acostumbrada al derrame solar que potencia los blancos encalados y el escaso pero agradecido verde de la vegetación desértica que la sobrevive aprovechando hasta la última gota de humedad.
Y es que mirando a este techo que parece que en cualquier momento se me va a desplomar encima, me da por pensar en lo desprotegido que uno está ante la tenue bóveda de gas vital que en las despejadas y estrelladas noches nos muestra su impresencia.
¿Es posible extrapolar estas sensaciones a la escala de lo cotidiano? Yo creo que sí. Cuando uno se interna en espacios acotados, sea en el interior de edificios, un tupido bosque o una cueva, se materializan los límites, aun cuando no se alcance a tocarlos. Es algo sensorial que trasciende la mera función motora para orientarnos y desplazarnos buscando una ruta sin obstáculos. Podemos sentir una sensación confortable de equilibrio y armonía, una sensación protectora, o una presión que nos invita a salir del lugar.
La escala del espacio que nos envuelve en los lugares cerrados es en el fondo una versión reducida del espacio ilimitado hacia arriba en el que nos movemos en el exterior. Un trampantojo azul, con vaporosas capas a modo de telones que nos esconde un infinito aterrador y que como en las pesadillas se nos muestra de noche con una belleza que compensa con creces el vértigo que da pensar en ello.
Recuerdo la primera vez que visité el edificio de la Caja de Ahorros de Granada de Alberto Campo Baeza. Estaba recién inaugurado, y pude acceder deambulando sin apenas un control de acceso. Es difícil expresar la sensación que experimenté. Abrumadoramente fuera de escala, un atrio monumental con cuatro columnas de 6 plantas de altura, y un cielo reticulado, por el que los rayos de luz se materializan en una atmósfera casi pétrea. Espacio confinado por 6 planos perfectos en el que la gravedad se encarga de poner cordura.
En cierta manera, esa sensación se parece a la que siento hoy, cubierto por ese techo materializado a baja cota. La presencia de ese límite tan cercano me hace consciente de la inmensidad que hay tras él.
Neoclásico por fuera
Neoclásico por fuera
“En el interior de los edificios puede llegar a desarrollarse otro mundo, contarse otra historia, tener otro propósito”
Si un guionista de cómic usa una poesía de Shakespeare para orquestar una secuencia de viñetas, es necesaria la cita de dicho autor al pie de página. Si un director de cine quiere usar una canción de Hans Zimmer en su película, tiene que dirigirse a su estudio para comprar los derechos de las piezas en cuestión.
Sin embargo, si una película se desarrolla en una ciudad en concreto y cada escenario, cada paisaje y cada esquina ha sido diseñada por un arquitecto, ¿quién pide permiso para grabar la ciudad? La ciudad es parte de nosotros, es una extensión de nuestra vida, no es de nadie, es de todos. Podríamos decir que la arquitectura y por lo tanto, el urbanismo, es una de las disciplinas artísticas más libres que existen. Muchos autores regalan a la sociedad sus obras para el disfrute de todos los ciudadanos, eso sí, previo pago de sus clientes y promotores. Ningún pintor come pinturas.
Una fachada puede ser translúcida o totalmente opaca, con proporciones verticales u horizontales, pero siempre es la encargada de aportar la escala al barrio y formar parte de la imagen urbana que tus ojos perciben cuando vas de camino al trabajo. En el interior de los edificios puede llegar a desarrollarse otro mundo, contarse otra historia, tener otro propósito. Los edificios pueden revelar su uso a través de su expresión exterior, pero también pueden ocultarlo, tratando a las fachadas como auténticas caretas de carnaval.
El Altes Museum de Berlín es un claro ejemplo de este juego de la ilusión. El edificio presenta una fachada principal totalmente neoclásica, con un ritmo de columnas jónicas que enfatizan aún más su horizontalidad y que aporta el telón de fondo ideal para el parque público que descansa a sus pies. A pesar de todo, sus formas lineales quedan totalmente desvirtuadas cuando entramos en su interior. Una gran sala circular iluminada por una apertura cenital en su cúpula evoca directamente al Panteón de Roma. El edificio trata de esconder su forma interior usando cualquier artimaña posible para ocultar la visión de la cúpula desde cualquier perspectiva de la plaza. En el clasicismo griego no existían las cúpulas, así que el imponente museo quiere ser fiel a sus principios, pero solo al exterior. El espacio interior es otra cosa, es más emotivo que representativo.
Por fuera la imagen y por dentro la emoción, como los seres humanos, que nos vestimos de azul para esconder nuestro marrón corazón.
Nice, twice
Nice, twice
“Un macizo poste de hormigón, desde el que descolgar todo un edificio. Pues ponme dos.”
El viernes pasado, subía el Paseo de Recoletos dirección a la Castellana como suelo hacer cada 3 o 4 meses camino de una reunión de trabajo. Durante los últimos años, he ido viendo la transformación de uno de los iconos arquitectónicos e hitos de la ciudad de Madrid. Y lo estoy viendo a intervalos espaciados lo suficientemente amplios como para percibir el avance de la faraónica obra de restyling de las Torres de Colón.
Y es que no es la primera vez que estos dos colosos gemelos son objeto de repaso y retoque desde que fueron concluidos en el año 1976. Sin embargo, la operación a la que están siendo sometidas es de una envergadura hasta el momento desconocida. Pasa por una completa reforma integral, habiendo dejado al aire el esqueleto estructural, y añadiéndole un remonte con 4 nuevas plantas en sustitución del singular sombrerete verde art decó en forma de enchufe que las coronaba desde su reforma de 1990, motivada por la necesidad de dotar de una escalera de evacuación de incendios al edificio.
Más allá de la belleza o no de la obra, de su potencia o contundencia, o incluso de su nuclear ubicación al pie de la bandera nacional de la plaza de Colón, lo que ha hecho a estas dos torres ganarse un sitio de respeto en el imaginario arquitectónico es su poco común sistema constructivo. Y gracias a las obras en curso, la ciudad ha podido volver a ver cómo están construidas y por qué son tan especiales.
Sobre un basamento, cada torre está compuesta por un inmenso pilar central de hormigón, por cuyo interior circulan los elevadores. Una vez estos fueron erigidos, sobre ellos a modo de setas, se construyeron sendos entramados de vigas de gran canto (de 6 metros de altura) desde los cuales se descolgaron con tensores de acero todas las plantas del edificio quedando suspendidas sobre el basamento. ¿Y por qué? Este alarde tecnológico, hasta el momento solo ejecutado en un pequeño grupo de edificios en el mundo no fue algo gratuito o caprichoso. En el solar que ocupaban, no excesivamente grande, era necesario resolver por normativa un sótano aparcamiento para 150 plazas, y la nube de pilares de un sistema convencional imposibilitaba la colocación de rampas y circulaciones.
La audacia de maestros como Don Antonio Lamela, padre de las criaturas me produce vértigo. Ser capaz de acometer semejante obra, con un sistema constructivo singular, y en aquellos tiempos. Convencer a promotores, administraciones y constructoras… Es para quitarse el sombrero. Y a las torres se lo han quitado.
Midnight in Paris
Midnight in Paris
“El presente es aburrido, lo vemos todos los días. Solo el pasado es romántico.”
Midnight in Paris en una preciosa película que pone de manifiesto un concepto muy concreto: el ser humano tiende a glorificar épocas pasadas desprestigiando el presente. El presente es aburrido, lo vemos todos los días. Solo el pasado es romántico, todo lo bueno y lo malo de la actualidad se debe a los aciertos y errores de nuestros antecesores. Los Romanos imitaban a los Griegos, el Renacimiento se nutre del Clasicismo y gran parte del arte contemporáneo mantiene el espíritu innovador de las vanguardias de los años 20.
Este concepto se podría explicar mediante una poesía de apenas 4 versos, con una novela de 400 páginas o con una serie de 4 temporadas. Cada arte tiene sus tiempos y sus medios de transmisión. Algunos son más breves y concisos y otros requieren de una digestión algo más pesada, pero ninguno es tan eterno como la arquitectura.
La ciudad o la vivienda son solo algunas de las manifestaciones urbanas perennes con el paso del tiempo y que, de una forma u otra, conforman nuestra percepción de la realidad presente, pasada y futura. Los vehículos que circulan hoy por París son muy diferentes a los que circulaban hace 50 años, pero las calles y fachadas son prácticamente las mismas. Las formas de vida evolucionan con el tiempo pero las ciudades siempre van un poco por detrás, como dinosaurios del pasado a los que les cuesta coger un smartphone porque sus pezuñas aún no han evolucionado lo suficiente.
Un paseo nocturno por París es comparable a caminar por el interior de un cuadro de un paisaje expresionista. Es una sensación similar a fruncir el ceño y desenfocar los ojos, todas las luces se vuelven más grandes, más ambientales, el entorno se convierte en un escenario. El escenario donde transcurre la vida, la historia. Es un conjunto en el que no consigues identificar sus partes hasta que te acercas. Eso sí, siempre hay una torre, un hito que despunta y genera el contraste suficiente que refuerce esta sensación.
Aunque parezca una obviedad, la gran diferencia entre la arquitectura y el resto de las artes es que puedes habitarla, la arquitectura te envuelve, se convierte en el todo y en la nada. Pueden pasar días e incluso años sin que te des cuenta de su mera presencia, pero cuando una ciudad o una obra en particular te sobrecoge, te ataca directamente a todos tus sentidos. Al igual que la música, si escuchas una canción que te emocione, a pesar de percibirla por los oídos, la sientes hasta en los pelos de la piel.
Gattaca
Gattaca
“Del menos es más, al más hormigón, solo hay una fina línea de nucleótidos bien organizados”
Recuerdo que esta película me impactó mucho en su momento. A parte de por su trama y temática filosófica, a caballo entre el género distópico y el thriller, su atmósfera y ambiente futurista cyberpunk me cautivó. Por aquellos años me encontraba yo en mis primeros años de carrera en la escuela de arquitectura, y me pasaba los días empapándome de las obras de los grandes maestros del movimiento moderno. Le Corbusier, Niemeyer, Luis Kahn, Mies o Gropius eran de obligado consumo hasta aprender de memoria los trazos de sus plantas y secciones, pero gracias a la asignatura de composición arquitectónica y a su libro de cabecera “Después del movimiento moderno” de José María Montaner, pudimos ver que había algo más allá de Brasilia y de Chandidarh.
El brutalismo que surgió en los años 50, evolución directa de esta arquitectura del movimiento moderno, minimalista, geométricamente pura y sobria hasta lo descarnado empezó a extenderse por un mundo en efervescente desarrollo impulsado por la reconstrucción de la posguerra y por la descolonización de África.
Fue una época gloriosa para los arquitectos y su afán experimental, en el que grandes sumas de inversión pública sin afán de retorno regaron con generosidad el ego y la imaginación de muchos, en clara pugna por alcanzar la gloria. Universidades, edificios gubernamentales, monumentos y mausoleos, bibliotecas o iglesias empezaron a desnudarse hasta llegar al frío y contundente hormigón, en el que la escala de lo doméstico queda arrinconada, haciendo al habitante más pequeño e indefenso ante la formidable obra que le permite vivir.
En España, Carvajal, Oiza, Higueras o el camaleónico Bofill, bebieron de la fuente del hormigón. Sus obras son auténticos iconos culturales que han envejecido bien, y que despiertan por igual admiración y desprecio. Es lo que tiene el brutalismo. O te emociona o te provoca dolor de estómago.
Los escenarios en los que se ambienta la película de Gattaca, responden a esa idea casi nihilista que el brutalismo persigue. Una total ausencia de ornamento y atrezo, limpieza formal, minimalismo geométrico y materialidad contundente, que representa una época que pretende ser atemporal y en el que todo está programado y ordenado con un fin concreto. La especie desvinculada del humanismo individual en favor de un sistema o una máquina perfecta que se estructura como una cadena de ADN. Perfecta… hasta que aparece alguna mutación no controlada.
La cabaña abandonada
La cabaña abandonada
“… nos cuenta, a través de su materialidad, el cariño y el trabajo que fueron necesarios para levantarla”
Virgilio es un joven youtuber aficionado al mundo de la detección metálica, a través de infinidad de videos en su canal, narra aventuras tan variopintas como buscar tesoros escondidos por todo el mundo, mostrar el mercado de la minería en África o restaurar una autocaravana antigua. Hace un tiempo decidió comprar una pequeña cabaña abandonada con más de 100 años de antigüedad y perdida en lo alto del monte para restaurarla poco a poco con sus propias manos. Virgilio se caracteriza por tener cierto conocimiento del mundo rural y, a priori, pese a parecer una tarea complicada, el plan parecía ambicioso pero asumible.
La cabaña era una especie de establo pero muy bien construido. Cuatro grandes muros de piedras soportan una cubierta de vigas de madera a dos aguas protegida por una gran cantidad de tejas de una pizarra preciosa. A decir verdad, la cabaña, a pesar de llevar muchos años abandonada, nos cuenta, a través de su materialidad, el cariño y el trabajo que fueron necesarios para levantarla. Sufre las patologías propias de la edad, pero seguro que goza de una salud que muchas construcciones actuales solo alcanzan a soñar.
Eso sí, no cuenta con ningún tipo de instalación, ni siquiera un sistema para recoger el agua de lluvia, la cabaña solo era una especie de refugio temporal para animales, así que, además del bebedero que corona la pared del fondo, el resto era un simple almacén. La misión requeriría de cierto conocimiento en construcción, saber que es un tubo de drenaje, una lámina geotextil, una arqueta, o incluso, cómo hacer hormigón. Sin embargo, la cuestión fundamental se concentra en saber tratar bien la piedra, porque diseñar un esquema de saneamiento funcional se puede aprender leyendo blogs de construcción o incluso preguntándole a Chat GPT, pero, conocer el tacto de cada piedra solo con mirarla y tener la destreza necesaria para infundir el golpe justo para quebrarla en el punto clave solo lo dan la experiencia. Cualquier tipo de trabajo artesanal implica tiempo, todos podemos colocar un ladrillo encima de otro, pero pocos conocen el secreto para que una pared aguante 100 años en pie.
A veces siento que no conozco realmente el oficio con el que me gano la vida, por eso estoy pensando en irme al monte a vivir un par de años y cambiar el ordenador, los papeles croquis y los bolígrafos de punta fina por una paleta, un casco y un lápiz de mina gorda.
Si mi abuelo levantara la cabeza
Si mi abuelo levantara cabeza
“Las posibilidades creativas y las potencialidades de estas nuevas herramientas están por descubrir”
La Inteligencia Artificial (IA) ha venido transformando varios aspectos de nuestras vidas en los últimos años, y la arquitectura no es la excepción. Esta tecnología ha abierto nuevas posibilidades para los arquitectos y diseñadores, permitiéndonos explorar formas innovadoras y eficientes de construir y diseñar edificios.
Una de las principales formas en que la IA está cambiando la arquitectura es a través del diseño generativo. Con esta técnica, la IA puede generar diseños arquitectónicos automáticamente, lo cual permite a los arquitectos explorar miles de opciones en un corto período de tiempo. Esto no solo acelera el proceso de diseño, sino que también abre nuevas posibilidades creativas. Los arquitectos pueden probar y experimentar con diseños que nunca antes habían considerado, lo que a su vez puede llevar a soluciones más eficientes y sostenibles. La clave es no ver a la IA como un reemplazo o sustituto, si no como una herramienta que amplía las capacidades creativas.
Ya existe alguna experiencia al respecto. Tal vez la más conocida es el edificio llamado «The Living», en Nueva York, diseñado utilizando algoritmos de IA y técnicas de modelado paramétrico.
En el campo de la simulación los avances de las IA son asombrosos. Con la ayuda de la IA, los arquitectos podemos modelar el comportamiento de un edificio en diferentes condiciones climáticas y ambientales. Las ventajas a la hora de predecir el consumo de energía y los costos de operación son innegables y ayudan a diseñar edificios más resistentes y seguros.
Eficiencia energética, sostenibilidad, control domótico, gestión de operación, conservación y mantenimiento… El abanico de potencialidades en el que una IA puede aportar eficacia y optimización de recursos es inabarcable y completamente escalable. Hace años que los sensores y sistemas de automatización están presentes en nuestros edificios. Es solo dar un pequeño paso más. Permitir que las IA controlen y gestionen los recursos a nuestro alcance.
La IA va a revolucionar la forma en que los arquitectos diseñan y construyen edificios. Desde el diseño generativo hasta la simulación de edificios, la eficiencia energética y la construcción robótica, se beneficiarán de las nuevas posibilidades creativas que la IA ofrece. La IA ha venido para quedarse. La cuestión es, ¿Puede esto ser una amenaza?
Este artículo ha sido generado íntegramente por la IA Chat GPT.
La comodidad
La comodidad
“Entendemos que la intimidad del hogar debe ser cómoda, relajada. Es nuestro búnker”
Lo cómodo es abrir la puerta del portal con el pie, no afrontar los problemas de cara o guardar directamente todos los archivos en el escritorio del ordenador. La comodidad se funde con la facilidad, el pasotismo o la desgana. Quizás por eso nos encanta, porque no supone un desgaste de energía, y nuestra biología está diseñada para castigarnos con 8 horas de sueño cada día para poder continuar en pie afrontando nuestros problemas cotidianos.
Actualmente se exige cierta comodidad a la arquitectura pero nunca ha sido su tema principal, sino más bien la solidez, el refugio y la representatividad. Al estudiar obras del pasado como podrían ser los palacios renacentistas o las viviendas romanas, nos cuesta imaginar cómo podrían vivir allí sus habitantes, sin un apacible sofá en el que tirarse a la bartola a ver Netflix, una bombillas led que se enciendan con la voz o una simple nevera repleta de tabletas de chocolate abiertas.
Porque lo cómodo siempre es lo fácil, lo que no supone esfuerzo. La comodidad implica relajación, no solo física sino mental, un estado de letargo que nos hace vulnerables a cualquier peligro. Entendemos que la intimidad del hogar debe ser cómoda, relajada. Es nuestro búnker. Pero en la vivienda se realizan un sinfín de acciones, desde las más sencillas hasta las más emotivas, y todas ellas bajo el amparo del mismo techo y las mismas cuatro paredes. Sin embargo, si ese techo es considerablemente alto, por muy confortable que sea tu sillón, ese espacio genera tensión y te invita a estar alerta, mientras que, si nuestro techo es tan bajo que casi no entramos de pie, genera intimidad y confianza.
Buscar la comodidad a veces nos hace recorrer un camino empedrado. Nos acostumbra a esconder la suciedad debajo del sofá, a pasar el plumero por los libros sin retirarlos para limpiar en profundidad la estantería o simplemente a consumir comida precocinada de microondas con tal de no implicarnos en la cocina aunque tengamos todo el tiempo del mundo para hacer una paella mixta. Esta actitud nos permite ahorrar algo de energía en ese instante, pero juega en nuestra contra con el transcurso del tiempo. Lo cómodo es sentarte en el escritorio con la espalda encorvada y las piernas cruzadas, pero ya nos pasará factura a los 70 años.
Ex machina
Ex machina
“Sorprende la dicotomia entre el nivel de complejidad de los proyectos de hoy y lo parecidas que son las obras a las de los años 70”
Hoy día, en arquitectura parece impensable que se pueda resolver nada sin el empleo de potentes ordenadores y complejos programas informáticos. A poco que uno se ponga a redactar el proyecto de un pequeño gallinero, acabará elaborando un documento técnico cargado de memorias de cálculo, justificaciones normativas de obligado cumplimiento y una ingente cantidad de planos, con detalles constructivos y esquemas de instalaciones para parar un tren. Georreferencias para catastro, modelo energético y acústico, volumetrías e infografías varias, nada puede faltar. Y todo esto para que casi siempre, Pepe el de la furgoneta, que sabe más de gallineros que el Koala, acabe construyendo el corral de oído y a sentimiento sin abrir el proyecto, redactado para mayor gloria del técnico municipal de turno, al que le faltará tiempo para buscar si falta alguna coma en la tabla 4 de la página 345.
Y es que los medios y las máquinas han potenciado que los proyectos y documentos se compliquen documentalmente de forma desmesurada. Resulta muy sorprendente la dicotomía entre el nivel de complejidad que se ha alcanzado en los proyectos y lo parecidas que son las obras y los edificios de hace 70 años. Todo ello por culpa de y gracias a “las máquinas”
Si sacamos de la ecuación a las grandes obras de la arquitectura y la ingeniería de la antigüedad, sostenidas en gran medida por el conocimiento empírico, la tradición heredada y el ingenio de los grandes maestros, o aquellas obras más contemporáneas que han requerido del empleo de herramientas informáticas complejas para su gestación e ideación, como el mítico museo Guggenheim de Bilbao, al final los proyectos acaban siendo hijos de sus circunstancias, y se alejan de la máxima de Mies de que “menos es más”. Y es que las potentes herramientas de procesamiento de datos, de cálculo y de diseño asistido invitan a ello. Y la burocratización no iba a quedarse atrás. Más madera.
Cuando los medios eran más limitados y costosos, los proyectos eran documentalmente sintéticos, y optimizados. Con la economía de medios como necesidad, pues no había ni ordenadores ni fotocopiadoras, un edificio complejo, trabajado y racionalmente diseñado se explicaba en apenas una memoria de 30 páginas, un estadillo de mediciones y media docena de planos. Y ahí están hoy muchos de estos edificios mirando en plena forma desde las alturas como se levantan sus nietos sobre más papeles que ladrillos.
La sopa de ajo
La sopa de ajo
“Porque construir de manera vernácula no solo es elvantar muros de tierra compactada en África”
La construcción tradicional siempre se ha visto ligada a materiales naturales, métodos constructivos de otra época o cuestiones superficiales ligadas a la cultura local como ornamentaciones, composiciones cromáticas y decorados clásicos. Sin embargo, la arquitectura vernácula va un paso más allá, no se trata solo levantar muros de tierra compactada en África o cubiertas inclinadas de madera en el norte de Europa, la construcción tradicional no consiste únicamente en replicar procesos antiguos, sino en resolver las cuestiones constructivas utilizando los materiales y procesos que se tengan más a mano en la actualidad. Arquitectura vernácula es utilizar encimeras de Silestone y pavimentos de mármol de Macael en Almería, revestimientos cerámicos en suelos y paredes en Villarreal o levantar la estructura de hormigón armado si todos los constructores de tu zona únicamente tienen los medios técnicos y materiales para este tipo de estructuras.
Independientemente de los sistemas constructivos, existen otras cuestiones un poco más etéreas pero que también definen, sin ninguna duda, en qué consiste trabajar de manera tradicional y que poco tienen que ver con acabados y materiales. Hablamos de soluciones espaciales que resuelven cuestiones climáticas de la zona, volúmenes que se integren de una manera lógica en su entorno inmediato o programas que se adaptan a la perfección a los modos de vida de la gente perteneciente a una comunidad en concreto.
La arquitectura vernácula va más allá de una vivienda castreña circular en Galicia o una casa de techos planos y encalada en blanco en el Mediterráneo. Al igual que nuestros gustos pueden ser cambiantes a lo largo del tiempo, las formas de vida y las sociedades también. Las ciudades del antiguo Egipto poco tienen que ver con las actuales, aunque el clima sea muy parecido y el Nilo siga siendo el eje principal del país. Las formas de vida cambian, los avances tecnológicos se expanden e incluso la manera en la que habitamos la vivienda se ve obligada a adaptarse al ritmo de vida moderno.
Muchas de las obras vernáculas españolas podrían llegar a cambiar el famoso eslogan “menos es más” de Mies van der Rohe por el de “hacer más con menos” que tanto consiguieron interiorizar nuestros abuelos en la época de la posguerra con la cocina de aprovechamiento tan habitual de mediados del siglo XX y donde nacieron absolutas maravillas como el salmorejo o la sopa de ajo.
El número de oro
El número de oro
“Si uno se empeña en encontrar lo que busca, buscará lo que encuentre”
Reconozco que el tema sobre el que voy a escribir hoy me perturba. No soy objetivo y lo reconozco. Y tal vez ello se deba a la, en mi opinión, enfermiza obsesión con la proporción áurea que tenía mi profesor de análisis de formas arquitectónicas de la Escuela de Arquitectura, que era algo así como el dibujo arquitectónico de segundo año.
En el campo de las matemáticas, hay algunos números con nombre propio que presentan ciertas características que los hacen especiales y únicos. Son elegantes singularidades matemáticas y filosóficas. Algunos son muy conocidos como los irracionales números “Pi”, y “e” (número de Euler).
Estos dos números, presentes en las ecuaciones más elegantes de la física y la matemática, tienen un sentido y una razón práctica que los convierte en herramientas fundamentales para el desarrollo de la ciencia. Se han ganado a pulso ocupar su propia tecla en las calculadoras científicas.
Pero si hay un número con nombre propio y con pretensiones de convertirse por derecho de nacimiento en el rey supremo de todos ellos, este es el número “phi” o como mejor se le conoce, número de oro.
Este número, que no es más que la razón o proporción entre dos subsegmentos de una recta que cumplen una determinada condición y que presenta una serie de curiosidades de tipo matemático, llamó mucho la atención de los primeros proto matemáticos griegos, y en especial de Euclides, padre de la geometría. Cuestiones de orden más mitológico y teológico convirtieron este número o razón de proporcionalidad en algo cuasi divino. El número de oro es algo así como el número con el que los dioses o Dios han construido toda la naturaleza, y que por lo tanto ha de ser la base del canon de belleza universal.
En la arquitectura, en la música, en la poesía, pintura o escultura, a poco que uno se esfuerce, encontrará el susodicho número de oro. En la Gioconda, en el David de Miguel Angel, en la fachada del Partenón o en la cabalgata de las Valkirias nos lo encontramos. Pero también lo queremos ver en la concha de un nautilus, en los pétalos de una flor o en el desarrollo espiral de las semillas de un girasol. Y es que el sesgo de confirmación nos hace encontrar lo que queremos buscar.
Me pasé casi un año de carrera buscando rectángulos áureos en las fachadas de la ciudad de Granada, en las plantas de las iglesias renacentistas y en los mosaicos de la Alhambra. Y a poco que uno se empeñase en aprobar, encontraba rectángulos áureos hasta en la sopa.
El telón de fondo
El telón de fondo
“Detrás de la fantasía evocadora que provocan las formas orgánicas del museo, se encuentra un volumen silencioso”
En 1959, tras un largo proceso proyectual y una intensa obra, se inauguró por fin, frente al Central Park, en la Quinta Avenida con la 89 de Manhattan, el famoso Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York. Un hito de la arquitectura moderna, un cambio de paradigma en la tipología museística convencional planteada cientos de años atrás, una de las grandes obras maestras de uno de los grandes maestros de la historia de la arquitectura, Frank Lloyd Wright. Sin embargo, no es el proyecto del que vamos a hablar hoy, sino de su telón de fondo.
Detrás de la fantasía evocadora que provocan las formas orgánicas del museo, se encuentra un volumen silencioso, un fondo neutro con la única misión de servir a la obra maestra. Una pantalla rectangular que se yuxtapone al famoso cono invertido pero que consigue pasar desapercibido, incluso resaltar aún más la singularidad de la obra de Wright. Se trata de un bloque de color caliza y prácticamente ciego, con una sutil trama ortogonal en su fachada principal y que combina a la perfección con la contundencia de su forma de prisma regular.
Los árboles necesitan una pared para ver descansar su sombra y el socarrat necesita la presencia del resto de la paella para convertirse en el mejor bocado de todo el plato. El contraste, a todos los niveles, es pieza fundamental para transmitir emociones. Desde los claroscuros hasta la vegetación verde y las paredes rosas de Barragán, la oposición de colores, formas o conceptos han conseguido siempre reforzar la contundencia de una propuesta.
La pantalla recta tras el cilindro curvo parece la opción perfecta para resolver el fondo del famoso museo. En realidad, el peculiar encaje urbano del volumen circular en la bien estructurada retícula urbana de la ciudad siempre ha resultado conmovedor.
La ampliación de Gwathmey Siegel del año 1992 consiguió su objetivo de desaparecer del imaginario colectivo que supone toda esta obra. Pocos son los visitantes que apenas llegan a percatarse de su presencia. La gran mayoría, borrachos por el recorrido helicoidal descendente o la tensión que provoca el espacio interior, no reparan en él. Aunque, curiosamente, este concepto no deja de ser una idea original del propio maestro y que ya encontrábamos en algunos de sus dibujos, en los que, anticipándose a las posibles ampliaciones para exposiciones permanentes, anunciaba a bombo y platillo que todo teatro necesita su decorado.
Con carburador Stromberg Downdraft
Con carburador Stromberg Downdraft
“Esa dual sensación de orgullo y decepción al mismo tiempo”
Es una sensación agridulce para mí. Y supongo que a muchos les pasará lo mismo. Cuando veo en el cine alguna película rodada en Almería sin ser Almería en la gran pantalla, siento una enorme emoción e ilusión y una irrefrenable necesidad de decir, “Esa es la playa de Mónsul”, “¡La plaza de la catedral!”, yo he estado ahí doscientas mil veces. Pero a la vez siento como que pierdo la magia y veo el trampantojo. Eso no es la ciudad de Mesina. ¡Eso no son los Alpes austriacos, sino el Puerto de la Mora! Es una mezcla que creo que en el fondo se neutraliza.
A mí me cuesta muchísimo cuando veo un western setentero, tomar conciencia de que la acción se desarrolla en el desierto arizónico, en Texas o Nuevo México. Soy incapaz de no reconocer la silueta de Sierra Alhamilla en el horizonte. Esa luz y ese cielo sin nubes me son tan familiares que cuando veo a Charles Bronson, mano firme preparada para desenfundar el colt con cara de pocos amigos bajo el ala de su sombrero tejano, casi le oigo decir “Queee socio, parece que refresca un poquillo, noooo?”
Aún recuerdo como si fuese ayer, un día de finales de los años 80, en el que estábamos en casa de un compañero de colegio en su casa de la calle Arapiles, asomados por la ventana y viendo como una inmensa grúa izaba un flamante Rolls Royce Phantom II para introducirlo por el interior del patio de la escuela de Artes. Se rumoreaba que estaba por aquí Steven Spielberg y que se estaba rodando nada más y nada menos que una película de Indiana Jones. Era algo que costaba creer. Todos los niños de la época ya sabíamos que en Almería se habían rodado películas del Oeste o hasta Lawrence de Arabia, pero nos sonaba a algo lejano. A batallitas del abuelo.
Aquello fue épico para mí. Y cuando un año después pude ver la película en el cine sin saber en qué momento sucedería, ni de qué manera, la escena del Rolls Royce, de 4.3 litros, 300 caballos y con carburador Stromberg Downdraft paró el tiempo para mí. Allí estaba el claustro de la Escuela de Artes, con sus dos reconocibles palmeras y sus galerías porticadas. Tal cual, sin adornos ni atrezzo alguno. Otra vez esa dual sensación de orgullo y decepción al mismo tiempo.
Cosa distinta deben de sentir o experimentar los habitantes de Nueva York, que es la ciudad en la que más películas se han rodado en la Historia., Nueva York hace de Nueva York. No necesita disfrazarse de Estambul, o de una ciudad siciliana.
Reparar, rehabilitar y reformar
Reparar, rehabilitar y reformar
“La Neue Nationalgalerie, un edificio arraigado al clasicismo pero ejecutado en acero y vidrio”
Recientemente, el mundo ha sido testigo de la reapertura de la única obra en Berlín del famoso arquitecto alemán Mies van der Rohe tras su largo exilio en Estados Unidos motivado por la Segunda Guerra Mundial. Se trata de la Neue Nationalgalerie, un edificio arraigado al clasicismo pero ejecutado con acero y vidrio y que resume, de una manera muy concisa, todos los conceptos que Mies desarrolló a lo largo de su carrera.
Una imponente cubierta cuadrada y apoyada únicamente en 8 pilares que, además, no se sitúan en las esquinas, protege a un gran espacio diáfano únicamente flanqueado por vidrio en sus cuatro fachadas. Una transparencia impropia de la época pero que ya venía introduciéndose en el mundo de la arquitectura a través de los grandes rascacielos de Chicago. El proyecto es singular por la contundencia de la idea, pero sobre todo, por la delicadeza a la hora de su ejecución. Los detalles constructivos, los encuentros en esquina y la perfecta modulación de sus partes, manifiestan una preocupación notoria por la materialidad de la obra. A pesar de su famosa frase “menos es más”, en este caso, deberíamos reseñar otra de sus grandes citas: “Dios está en los detalles”.
El edificio fue inaugurado en 1968 y a pesar del amor por la técnica, en 2012 la oficina de David Chiperfield comenzó con las labores de remodelación que se han visto prolongadas hasta 2021. Los vidrios crujían por los cambios de temperatura, las piezas de piedra del pavimento se resquebrajaban y el sistema de climatización no era del todo acertado para los tiempos que corren. Se han necesitado casi 10 años de delicadas actuaciones para devolver al edificio a su estado original y asegurarse de que vuelva a permanecer intacto otros 50 años.
El propio Chiperfield narra lo difícil que ha sido asumir el valor patrimonial de ciertos elementos constructivos con una fecha tan reciente. Nadie se escandaliza por reparar una moldura del siglo XVIII, pero es complicado interiorizar la importancia de una losa de piedra de los años 60 y por qué es importante repararla y no sustituirla por una actual. Han sido cerca de 35.000 elementos los que fueron retirados con sumo cuidado para su reparación y sin embargo, en la misma ciudad, nos encontramos con el Altes Museum, obra de Friedrich Schinkel y que data del 1823, construido en piedra y fuente de inspiración de Mies. Si no fuera por los incendios que asolaron Berlín en la guerra, seguiría inmaculado, como hace 200 años.
El código que valía millones
El código que valía millones
“David frente a Goliat en una contienda millonaria que pudo cambiar el mundo de manos ”
A veces me disperso delante de la pantalla del ordenador. Y de esto creo que tienen la culpa un par de frikis alemanes, que a comienzos de los años 90 del pasado siglo, desarrollaron una idea que ha cambiado el mundo tal y cómo lo conocemos hoy. No se sabe muy bien cómo, este par de melenudos consiguió venderle la moto nada más y nada menos que a la por entonces poderosa empresa estatal Deutsche Post (Hoy Deutsche Telecom) para desplegar su mágico y sorprendente algoritmo desarrollando un sorprendente proyecto sin saber muy bien si ni tan siquiera serían capaces de hacerlo funcionar. Aglutinaron a un grupo de piratas informáticos, estudiantes y artistas y se pusieron manos a la obra y a contra reloj para desarrollar su patente. Este proyecto fue presentado in extremis en 1995 en un congreso internacional de telecomunicaciones en Kyoto, dejando con la boca abierta a medio mundo. Una inmensa pantalla con un globo terráqueo, y un dispositivo en forma de esfera que permitía moverse por ese globo virtual y hacer zoom… sorpresa! Mi casa!!! Ese es mi barrio!!!! Nos suena, ¿Verdad?
Hay mucha controversia al respecto del desarrollo y la matriz de este algoritmo, de los intentos y esfuerzos de la compañía ART+COM por venderle el algoritmo a Google, y de la negativa de esta a hacerse con la patente. Finalmente, el gigante Google desarrolló su extendido y universal Google Earth que todos tenemos casi sin saberlo instalado en el ordenador basado en un algoritmo de desarrollo propio sospechosamente idéntico al desarrollado, patentado y presentado más de una década antes.
Hay una miniserie documental alemana que relata esta historia, dramatizada y desde la óptica de David frente a Goliat en la que se profundiza en el proceso judicial de la multimillonaria demanda que los dos ya no tan jóvenes, informáticos interpusieron al gigante americano. No quiero hacer spoilers por si alguien se anima a verla. “El código que valía millones”.
Pues, en definitiva, cada vez que tengo un hueco perdido delante del ordenador, abro la bola del Google Earth y me pongo a viajar virtualmente. A veces me dedico a descubrir aeropuertos remotos, o a buscar grandes puentes y presas. En otras me pierdo por las inmensas aglomeraciones urbanas, con su compleja organización administrativa que a vista de pájaro le hace a uno sentirse como un Dios. Los atolones de la Polinesia, los frondosos bosques de la isla de Graham, las majestuosas cumbres del Karakórum … Cierro que me disperso y no acabo el artículo.

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