La Cuarta Pared

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Los 30

Los 30

“Cada momento es único y privado, y la manera de abordarlo marcará el futuro

Antonio Sant’Elia fue un arquitecto y urbanista italiano que murió con 28 años y sin haber construido jamás ningún edificio, pero pasará a la historia por su manifiesto futurista de 1914 y por dejar una serie de dibujos que han sido de gran influencia para generaciones futuras por todo el mundo. Sin embargo, Louis Kahn o Zaha Hadid no llegaron a su plenitud profesional hasta alcanzar los 50 años de edad. Se podría decir que la arquitectura aglutina un gran abanico de conocimientos y habilidades, donde el poso del tiempo se vuelve de vital importancia para levantar una gran obra. La valentía del ignorante contra la razón del sabio.

Como bien se ha demostrado hoy en día, los edificios no duran menos que las generaciones que los habitan, así que los planteamientos futuristas de Sant’Elia no eran del todo acertados, sin embargo, el desconocimiento propio de su edad y la incertidumbre del contexto histórico que le tocó vivir le llevaron a esas ideas tan atrevidas. Por el contrario, el Instituto Salk de Louis Kahn fue proyectado y construido entre sus 58 y 64 años de edad, tras una infinidad de periodos y de idas y venidas en sus proyectos. Se trata de la obra más depurada de su pensamiento y eso no se logra en dos días.

Dicen que la creatividad se merma con la edad, que se compensa con la experiencia. Por eso, muchos artistas de avanzada edad intentan rodearse de gente joven y con ideas innovadoras para permanecer continuamente en la pomada. Picasso, sin embargo, era más creativo año tras año y siguió produciendo arte hasta el día de su muerte en una casita en lo alto de una colina próxima a Niza. Cada uno es preso de su tiempo y desarrolla su vida de la mejor manera haciendo malabares con las circunstancias que le rodean. Cada momento es único y privado, y la manera de abordarlo marcará el futuro.

Hoy es el día que más joven vas a ser del resto de tu vida, y sin embargo, hoy es el día que más viejo eres hasta la fecha. Mañana también será ese día y el jueves que viene, y al siguiente, y al siguiente… Vivimos en ese día constante, ese presente implacable que no termina. Sabes a la perfección cuándo empezó todo, pero apenas puedes llegar a intuir cuándo acabará al restar tu edad a la esperanza de vida de nuestra época.

Solo necesitamos algo de perspectiva y avanzar paso a paso, de la cimentación hasta la cubierta. Aunque siempre hay una forma de empezar la casa por el tejado, como las Torres de Colón de Madrid.

Metropolis

Metrópolis

“El mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón

Hace unos días decidí volver a ver después de muchos años la película Metrópolis de Fritz Lang. No sé muy bien por qué, pero me lo pedía el cuerpo. Creo que la última vez que la vi fue poco después de acabar la carrera, durante la cual era poco menos que de obligado visionado junto con El acorazado Potemkin o El vientre del Arquitecto de Peter Greenaway.

A pesar de ser una cinta de 1927 y que presenta fragmentos muy deteriorados, sigue resultándome fascinante. El montaje que he visto en esta ocasión es de algo más de dos horas. Y a pesar de ello, consigue mantener mi atención de principio a fin. Esta película, rodada en Alemania, fue cercenada y recortada en su versión para los Estados Unidos dejándola en poco más de 90 minutos. Había escenas “censurables” y resultaba larga.

El metraje original se perdió, pero cosas del destino, hace unos años apareció una copia en 16 mm bastante estropeada de la cinta original en Buenos Aires, y con ella se ha conseguido recomponer un montaje que se acerca muy probablemente a la versión inicial de la película. Esta versión que yo no había visto, completa y ayuda a entender algo mejor el argumento.

El futuro distópico que plantea se desarrolla en 2026… a cien años de distancia de su gestación, pero a la vuelta de la esquina hoy. Se ambienta en una luminosa ciudad de rascacielos Art Decó cimentada sobre unos suburbios subterráneos oscuros y sórdidos en los que la clase trabajadora alimenta a la máquina corazón, que mueve el progreso y el avance de la superficie.

Lo cierto es que esta película da para escribir unos cuantos artículos, pues se puede analizar desde muchas facetas. Es obvio que es una de las películas más influyentes del cine. Es el primer largometraje de ciencia ficción y sentó cátedra como se puede ver claramente en películas como Blade Runner, o en la tenebrosa, gótica y vertical Gotham en el Batman de Tim Burton. El parecido entre C3PO de Star Wars y el Robot femenino de Metrópolis no es casual.

La película da para pensar, pues se reflexiona sobre la lucha de clases y el orden social, el desarrollismo, la hipertecnificación, o sobre los instintos primarios y humanos que al fin y al cabo se terminan por imponer a la racionalidad a al pragmatismo del ingenio mecánico.

Preparándose mínimamente para ponerse en situación pues se trata de una película muy teatral y con la expresividad exagerada de los primeros años de cine mudo, resulta muy sorprendente y cautivadora. Si no la has visto, merece la pena.

Cambiar de idea

Cambiar de idea

“Solo de forma lenta y progresiva, los cambios pueden realmente adquirir el estatus de permanentes

La historia de la arquitectura está marcada inevitablemente por etapas o conjuntos de años que comparten características comunes en cuanto a formas, conceptos, ideas o tecnología constructiva. Sin embargo, estas etapas pueden llegar a ser bastante difusas, a veces no está muy claro cuando acaba el Renacimiento y cuando empieza el Barroco. Necesitamos marcar algunas obras o hitos para intentar organizar en cierta forma el pasado, singularizando aquellos proyectos que reúnan todos los conceptos de su tiempo.

Podríamos decir que el siglo XXI comenzó con la caída de las torres gemelas, que la Edad Moderna con el descubrimiento de América y que el Movimiento Moderno con la Villa Saboya. Todos ellos tienen en común un cambio de paradigma que rompe con la antigüedad pero simplemente son un reflejo de una serie de cambios que se fueron anunciando a bombo y platillo los años precursores.

Solo de una forma lenta y progresiva, los cambios pueden realmente adquirir el estatus de permanentes. Las ideas arquitectónicas necesitan ser maduradas con el tiempo, ser probadas en la vida humana, ir puliendo y adaptándose a la realidad de su época para llegar a ser un cambio real. Si no, corren el riesgo de quedarse en una mera anécdota, como podrían ser la singular casa neoplasticista de Rietveld y Schröder o el urbanismo en Chandigarh de Le Corbusier.

El ser humano avanza, evoluciona, cambia de idea, se adapta a los problemas de su tiempo. Analiza el pasado para plantear las soluciones del futuro. Se arrepiente, se ilusiona e incluso desafía a sus iguales. Es en la valentía del carácter donde reside la posibilidad de aportar algo a la cultura común de su sociedad. Luego simplemente se trata de buscar un ejemplo representativo para ponerle nombre al movimiento.

Al reducirlo de escala, nuestra propia vida también está marcada por hitos y etapas, normalmente asociadas a la edad, el trabajo, el amor o simplemente al corte de pelo. Por ejemplo, cuando la youtuber y arquitecta “Ter” decidió quitarse la peluca azul y empezar una nueva etapa con su castaño y natural corte de pelo, tuvo que ser una decisión importante para ella e indudablemente acarrea ciertos cambios profundos en su vida. Aunque simplemente se materializasen en un cambio estético de apenas 2 minutos, es una forma de identificar un punto de inflexión en su carrera, fijando fecha y hora a un proceso que en realidad es tan flexible como nuestra canción favorita.

El sofá de la cocina

El sofá de la cocina

“Generamos un apego casi ridículo por escenarios de cartón piedra

Es difícil hoy en día encontrarse con alguien que no tenga en mente una serie de televisión con la que se identifique, o por la que no sienta un especial afecto emocional. Vivimos en unos tiempos en los que pasamos muchas horas de nuestra vida pegados a la “caja tonta” como medio de evasión o dispersión en un modo de vida acelerado y pasado de vueltas. No hace tanto tiempo, el ser humano pasaba sus días del alba a la noche en una rutina homogénea que se repetía generación tras generación sin apenas variaciones y sin más aspiración que ver un nuevo amanecer.

Desde un punto de vista arquitectónico, me resultan especialmente interesantes las sitcom o comedias de situación. Este tipo de series desarrollan una trama en escenarios repetitivos, generalmente en interiores, y con una línea argumental continua que puede llegar a prolongarse décadas. Vemos como crecen y envejecen los protagonistas, pero por lo general, sus casas se mantienen prácticamente inalteradas. Esto llega a crear en nosotros una apego casi ridículo por ese escenario de cartón piedra, que acabamos entendiendo como propio.

Podría empezar y no pararía recordando casas de series que han marcado época. La casa de los Banks en El príncipe de Bel Air, La impresionante mansión del 165 de Eaton Place de Arriba y Abajo, o los apartamentos de series como The big bang theory o Friends. Todos ellos cuidadosamente estudiados para el rodaje de plano fijo en el que la cuarta pared literalmente desaparece, haciéndonos evadir de la realidad para participar de las cotidianas escenas con las que llenamos los ratos muertos a lo largo de los días.

Un ejemplo de este ficticio apego lo sufrí cuando tras 9 o 10 temporadas de la serie de Dos hombres y Medio en la que se había producido el cambio del principal protagonista Charlie Sheen por Ashton Kutcher, un día de buenas a primeras, deciden redecorar la vivienda de Malibú para darle un aspecto más ecléctico, moderno o renovado. Bien es cierto que el cambio de protagonista fue radical, y que la serie en mi opinión perdió el 80% de su interés, pero el cambio operado en la vivienda para mí fue casi el golpe de muerte.

Es muy probable que tras el giro de personaje fuese necesario romper la vinculación con el anterior crápula y carismático propietario, pero para mí la vivienda era un protagonista más, y un eje central de la historia. Sin ella ya nada volvería a ser lo mismo. Bien mirado tal vez fue un acierto matar a la casa junto con el tío Charlie.

La persiana

La persiana

“Si construimos una casita en Sierra Nevada, seguramente resolvamos la evacuación de aguas mediante una cubierta inclinada

Existe un amplio abanico de posibilidades a la hora de abordar un proyecto arquitectónico y dependiendo desde que perspectiva se trabaje, pueden llegar a ser muy amplias. Algunas decisiones de partida están determinadas por ideas o conceptos más o menos acertados. Sin embargo, existen otros parámetros fundamentales que ni siquiera son elección del autor. Hablamos de aspectos tan relacionados con la cultura o el entorno que se integran de tal manera en la arquitectura que no somos ni conscientes de su presencia. Si se diseña una torre en Nueva York, lo normal sería que la estructura sea de vigas y pilares de acero; si construimos una casita en Sierra Nevada, seguramente resolvamos la evacuación de agua mediante una cubierta inclinada.

Si nos alejamos de los temas meramente constructivos y de su economía de medios, nos encontramos con la verdadera raíz de todos ellos: la cultura, o más comúnmente llamadas, costumbres. Que no son más que el conjunto de todas las condicionantes que hacen que una sociedad sea como es. Existen una infinidad de factores que intervienen en la forma de ser de un conjunto de personas, desde el clima hasta la orografía del terreno, pasando por su historia, su idioma o su religión. Todos ellos crean una nube de condicionantes, algunos claramente identificables y otros bastante difusos, los cuales, ni siquiera un habitante de esa región será capaz de explicar.

He aquí la verdadera razón por la que tanto en España como en otros países vecinos con un cultura similar, la presencia de persianas en todas y cada una de las ventanas se presenta como “lo normal”. Evidentemente tienen un carácter puramente utilitario, ya que necesitamos protegernos de la abundancia del sol, pero su presencia va un paso más allá. Responde a una forma de vida privada en la vivienda. La cultura mediterránea, incluso la latina, se caracteriza por la vida social en la calle, frente a la intimidad del hogar. Mientras que la cultura anglosajona o del norte de Europa sigue la vía contraria, donde la vida social se suele realizar en la vivienda.

Por este motivo, nos encontramos con la típica vivienda de muro, ventana y persiana en Almería y su antónima, la vivienda de vidrio y cortina en Rotterdam. Quizás no es solo porque necesiten recoger la mayor luz posible, sino porque siempre tienen el salón muy ordenado y no tienen nada que ocultar, mientras que nosotros tenemos que esconder los platos sucios en el lavavajillas cuando vienen visitas.

Less is more

Less is more

“El caracter atemporal de la arquitectura del movimiento moderno fundamenta sus principios en la búsqueda de una pureza ajena a los artificios

No puedo ocultar mi pasión por el género de ciencia ficción en la literatura y por ende, en el cine. Me gustan casi todos los subgéneros. Desde las space-ópera, las utopías, distopías y ucronías, hasta la ciencia ficción dura, el retrofuturismo o el steampunk. Pero de todo lo leído, siento una especial predilección por las obras clásicas de mediados del XX, y que sentaron las bases de lo que hoy ha acabado siendo una fuente de producción cinematográfica constante.

Además de la excelente narrativa de los prolijos escritores del género de esa época, la visión de los futuros que plantearon en su momento ha soportado bien el paso del tiempo. Sus ideas conceptuales sobre las ciudades y la arquitectura del futuro estaban a buen seguro imbuidas por la vorágine conceptual del movimiento moderno. Sobriedad, elegancia, función y forma, ecologismo y vanguardia fueron conceptos que de forma experimental se desarrollaron en arquitectura entre los años 20 y 60 del pasado siglo y que proyectan a la humanidad hacia los confines del espacio y del tiempo.

Cuando uno lee a Asimov, Herbert, Huxley o a Bradbury, es casi imposible no visualizar la arquitectura de Oscar Niemeyer y Lucio Costa en Brasilia, la Villa Saboya de Le Corbusier o la terminal de la TWA de Eero Saarinen. Desde la máxima del “menos es más” se diseñaron ciudades futuribles en las que formas puras conviven con la naturaleza y en las que la escala de lo humano se asienta en el plano de la función en perfecta armonía con la majestuosidad de la composición a escala urbana. El contraste con los futuros hipertecnificados y de ciudad máquina imaginados por los autores del periodo anterior e influenciado por la revolución industrial tardía, el desarrollo de la arquitectura del hierro, el ferrocarril o los inicios de la aviación es más que notable.

Tal vez una de las claves del éxito en la ambientación de este efervescente periodo de creación literaria en la ciencia ficción es el carácter atemporal de la arquitectura del movimiento moderno, que fundamenta sus principios en la búsqueda de una pureza ajena a los artificios.

Un buen ejemplo de esta atemporalidad lo podemos encontrar en la película Gattaca. Una distopía transhumanista ambientada en un ecléctico futuro rodada en edificios de Frank Lloyd Wright. La paz y la serenidad de su ambientación podría situarse en cualquier momento de un futuro más o menos lejano.

Una intimidad abierta

Una intimidad abierta

“Al igual que las personas, la arquitectura puede ser abierta y cerrada al mismo tiempo

Siempre he pensado que el día de mañana me encantaría proyectar y construir mi propia casa. Imagino que no soy ningún caso aislado. Esta idea de levantar nuestra propia vivienda subyace en gran parte de la población mundial. Desde aquellos que  reforman y habilitan poco a poco una furgoneta para vivir en ella, a aquellos que ahorran como la hormiga en invierno y con la ilusión de un niño, hasta encontrar la parcela de sus sueños donde colocar definitivamente el huevo.

Me gustaría que esa casa fuese acogedora, íntima, agradable. Me encantaría gozar de la suficiente paz en su interior, a la vez que disfrutar de unos exteriores abiertos pero privados. Solo con la mera elección de una casa unifamiliar como forma de vida, queda evidente una clara actitud intimista respecto al hogar. ¿Quién no sueña con disfrutar de una terraza, unos bellos jardines en planta baja, o incluso una piscina al aire libre, pero sin sufrir el continuo hostigamiento de vecinos y viandantes?

El emplazamiento es el punto de partida para diseñar cualquier obra arquitectónica, pero no debemos olvidar que toda expresión del sentimiento puede emerger en cualquier lugar. Solo hay que tocar las teclas adecuadas del piano. Una casa puede transmitir paz y serenidad aunque no tenga paredes, a la vez que puede ser abierta y pública aunque esté totalmente flanqueada por muros de seis metros de altura. Todo es cuestión de la percepción del espacio a tu alrededor. La famosa Casa Farnsworth se podría resumir en dos planos horizontales rodeados por paredes de vidrio en todas sus direcciones, pero sin embargo es íntima y solitaria por su singular ubicación en mitad de un bosque en Illinois y a orillas de un pequeño río.

Se vuelve fundamental explorar las posibilidades que el lugar nos ofrece para diseñar espacios acorde a la forma de vida buscada. Pero no debemos olvidar que, adaptando la estrategia arquitectónica, se puede conseguir cualquier fin en casi cualquier medio. Al igual que las personas, la arquitectura puede ser abierta y cerrada al mismo tiempo. Así como alguien puede ser guapo y feo según los ojos que lo miran. No se debería estigmatizar cualquier obra con algún adjetivo absoluto, todo depende de quien lo perciba. Al igual que las diferentes emociones que un cuadro de Goya o una canción de Nirvana pueden llegar a producir en cada uno de nosotros. Desde el amor al miedo en apenas unos acordes o unas pinceladas muy bien ejecutadas.

El secreto de la pirámide

El secreto de la pirámide

“Una nueva excusa para atizarse y una nueva mina para los medios que viven del maná del enfrentamiento

Estos días ha estado en boca de muchos copando las redes sociales un asunto que bien sea por su faceta cultural y escenográfica, bien por su carácter de instalación arquitectónica, tiene cabida en esta sección.

Y como es ya costumbre, la polémica que tiene encendida a la comunidad de tuiteros de trinchera trasciende el hecho en si mismo para simplemente avivar las llamas de la hoguera de la trifulca de la polarización política.

Resumiendo y simplificando; según se puede leer en los titulares, el músico y productor Nacho Cano va a edificar una pirámide Azteca en un solar público del barrio de Hortaleza de Madrid. Según sea el corte o pelaje del medio en cuestión, se dan o no detalles acerca de si se trata de una cesión de uso temporal; de si conlleva un canon económico dicha cesión, de si el promotor es amiguete de Ayuso, o si el “mamotreto de cartón piedra” será una horterada, si por el contrario será un revulsivo cultural y generador de empleo, será desmontado al final del periodo de cuatro años de concesión, o de si el proyecto se desarrolla en un suelo semiabandonado para el que solo son compatibles este tipo de intervenciones.

Al final se trata de eso. Ni más ni menos. Una nueva excusa para atizarse y una nueva mina para los medios que viven del maná del enfrentamiento de plano bajo que tanto rédito genera en un sistema que se sostiene en los pilares de las redes sociales y el consumismo.

No me veo capaz de pronunciarme al respecto de su calidad urbana, pues del susodicho proyecto solo ha trascendido un fotomontaje con muy mala leche de lo que parece ser una pirámide Azteca sobre el fondo de las torres de Chamartín. Vaya usted a saber que habrá de cierto en ello, pero vamos, que si semejante horterada la firmase “La fura del Baus”, estaríamos hablando de “Kultura” y vanguardia de primer nivel.

Al parecer, se trata de un proyecto de iniciativa privada sin inversión de dinero público. Los que se rasgan ahora las vestiduras debían de estar de vacaciones cuando se gestó el faraónico proyecto de “La ciudad del circo” de Alcorcón, en donde se enterraron para mayor gloria de su alcalde más de 120 millones de euros de dinero público… Suerte que en el 2008 Twitter estaba en pañales.

Veremos en qué acaba quedando todo esto, pero quiero recordar que hace unos 130 años un loco plantó una horterada temporal con la promesa de desarmarla pasados unos años de concesión para amortizar la inversión… el año pasado subí hasta su cúspide para hacer unas fotos de Paris.

El ojo tras la lente

El ojo tras la lente

“Aquellas fotografías antiguas de verdaderos artistas que se pensaban cada foto como si fueran la última

Recuerdo con cierta nostalgia los primeros veranos que salía del nido siendo apenas un niño, los campamentos de verano y sus excursiones a la montaña o a la granja escuela. Siempre le pedía a mis padres que me comprasen una cámara de usar y tirar tan habituales en aquella época. Me parecía increíble poder inmortalizar aquellos momentos para luego, tras varios meses, ir a una tienda de revelado y poder tener en mis manos fotografías a todo color y en ese papel rectangular donde se quedaban las huellas de los dedos si no lo cogías por los bordes. Hacer fotos era un privilegio de muy pocos y poder visualizar la instantánea en el mismo momento de disparar era toda una utopía. Por ese motivo, cada fotografía tenía un valor especial y antes de apretar el botón, te pensabas mucho donde ponerte o por donde viene el sol y te asegurabas que todos tus amigos entraban dentro del recuadro a la hora de poner el ojo en la mira.

Sin embargo, hoy en día vivimos un momento increíble en el que todo el mundo tiene siempre en su bolsillo una cámara de fotos y además de una calidad impresionante. Si yo tenía que esperar cuatro veranos para juntar más de 50 fotografías, ahora puedes echarlas en menos de 2 minutos. Y acto seguido puedes verlas, retocarlas o incluso compartirlas con el mundo entero. Realmente esto ha generado que consumamos una gran cantidad de información gráfica día tras día, minuto tras minuto, y a pesar de ello, muy pocas imágenes valen realmente la pena. Tenemos que echar 200 fotos a nuestros hijos para rescatar alguna que medianamente cumpla nuestras expectativas.

A pesar de todo, hoy en día seguimos admirando aquellas fotografías antiguas de verdaderos artistas que se pensaban cada foto como si fuera la última. Carlos Pérez Siquier realizó un gran número de fotografías y cada una de ellas goza de una armonía en su composición que cuando la ves realmente te transmite verdadera emoción. Siempre sientes algo, te transporta a ese momento, a ese breve instante en el que disparó. Consigues ponerte en su lugar y en cierta manera compartir su ojo. Es en ese momento en el que el artista consigue llegar al corazón del receptor, no sólo viendo un paisaje bonito o una casa impresionante, sino sintiendo algo más. No sabes por qué, pero te quedas embobado mirando sus obras y sabiendo que te están contando una historia. Que esa imagen es más que una casa blanca en el Cabo de Gata o una niña en la puerta de su casa de la Chanca. Esa imagen es arte.

13 Rue del Percebe

Rue 13 del Percebe

“Las revista pasaban de hermanos a primos hasta que las hojas se deshacían de tanto pasarlas.

No podía faltar en esta sección de “La cuarta Pared”, un guiño o pequeño homenaje a esta genial serie de historietas en la que precisamente se rompe esa famosa “cuarta pared”. Se rompe hasta el extremo de que literalmente desaparece, quedando al descubierto las tripas de un edificio de comunidad en el que los personajes y sus devenires diarios se exponen en absoluto diálogo con el espectador.

Como casi todos los de mi generación, crecí devorando los Tebeos e historietas de Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, Zipi y Zape o Super López por mencionar algunos de los más exitosos de la época. Pero sin duda, de todos ellos, 13 Rue del Percebe era mi favorito con diferencia.

Tal vez fuese su simplicidad repetitiva. Tal vez que las historias ocupasen solo una página, o el hecho de que pudiese ser leído de forma desordenada con una aparente independencia de cada viñeta o vivienda con respecto a las demás. Solo aparente, pues en el fondo siempre había algo más para esa segunda y tercera pasada. Eran otros tiempos, en los que las cosas no eran tan efímeras. Las revistas se heredaban y pasaban de hermanos a primos hasta que las hojas se deshacían de tanto pasarlas.

El maestro Francisco Ibáñez, con su ibérico y genial sello personal era capaz de hacer magia con unos muy limitados recursos llevados al extremo del minimalismo en esta tira cómica que transcendió fronteras, siendo un gran éxito en Alemania bajo el impronunciable “Ausgeflippt – Fischstrasse 13 – irre Typen, heisse Sprüche”. Me imagino a José María Carrascal leyendo este título y ya no me parece tan impronunciable.

Siempre me ha apasionado el humor gráfico, y me puedo pasar horas mirando viñetas de Uderzo, Mordillo, o Quino. Tal vez estas algo más “adultas” y “serias” que las socarronas e infantiles “filemonadas” de Ibáñez. Pero desde muy pequeño, esa forzada perspectiva de un solo punto de fuga lateral en la que se ve en primer término una habitación de cada casa, y¡ en la que se atisba lo que parece pasar dentro, con su imposible escalera entorno al hueco del ascensor, despertaron en mi la curiosidad por los edificios y las ganas de dibujar sus tripas. Algún que otro “14 Calle de la Cococha” habrá en algún cajón de la casa de mis padres.

Hoy, cuando intervengo en obras de reforma en viviendas de edificios, en la fase de demolición es inevitable que se me escape alguna sonrisa cuando cae algún tabique dejando al descubierto esa habitación que tantas veces he recreado en mi infancia de viñetas.

Jose Moreno  y  Javier Peña

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