Guerra Mundial Z

“Y en ese momento crítico descubren que su capacidad para firmar cheques es inútil frente a un tornillo pasado de rosca”

Hay una escena en la novela «Guerra Mundial Z», de Max Brooks, que debería ser lectura obligatoria en cualquier escuela de arquitectura y, por qué no, en cualquier reunión de vecinos. En los primeros días del colapso, mientras los muertos vivientes empiezan a reclamar las calles, el autor nos lleva a las urbanizaciones de lujo. Allí, en esos templos de mármol y domótica, ocurre una tragedia silenciosa: los propietarios mueren no por falta de armas, sino por falta de herramientas. O mejor dicho, por no saber qué hacer con ellas.

Es una reflexión brillante sobre el analfabetismo del hábitat. Esos dueños de mansiones, acostumbrados a externalizar hasta el cambio de una bombilla, se encuentran de repente con una puerta que cede o una ventana que no cierra. Y en ese momento crítico, descubren que su capacidad para firmar cheques es inútil frente a un tornillo pasado de rosca. Han vivido en sus casas como quien viaja en un crucero: disfrutando de las vistas pero sin tener la menor idea de dónde está la sala de máquinas.

Poco a poco, hemos ido delegando nuestra autosuficiencia en el altar de la comodidad. Es un proceso histórico, casi evolutivo. Dejamos de frotar piedras porque inventamos el mechero; dejamos de ejercitar la memoria porque Google la guarda por nosotros; y ahora, la Inteligencia Artificial empieza a masticarnos procesos que antes nos hacían sudar. Pero hay algo totalmente distinto a la hora de mantener nuestro propio refugio. Saber cómo funciona el desagüe de tu fregadero o cómo reforzar el marco de una puerta no es una cuestión de bricolaje dominical; es la base de nuestra relación con el mundo físico.

La arquitectura moderna ha contribuido a este divorcio. Hemos pasado de casas que se podían leer —donde veías la viga, el ladrillo y la bajante— a viviendas que son cajas blancas impecables donde todo lo «sucio» queda oculto tras una perfecta placa de cartón-yeso. El resultado es un usuario que trata su casa como un iPhone: si se rompe, se tira o se llama al servicio técnico. El problema es que, cuando el sistema falla (sea por un apocalipsis zombie o por una crisis energética), nos damos cuenta de que somos inquilinos de nuestra propia ignorancia.

Ser autosuficiente no significa que todos debamos ser albañiles o fontaneros, pero sí implica recuperar una cierta «sinceridad» con nuestro entorno. Entender por dónde entra el agua, cómo se distribuye el calor y qué es lo que mantiene el muro en pie. La pérdida de este conocimiento básico nos vuelve frágiles. Nos convierte en habitantes de cristal en un mundo de piedra. En el libro de Brooks, los que sobreviven no son los que tienen el salón más grande, sino los que saben que un tablón y cuatro clavos bien puestos valen más que un sistema de seguridad sin electricidad.

Quizás el futuro no consista en hacer casas más inteligentes, sino en no volvernos nosotros más estúpidos. La tecnología debería ser una capa de ayuda, no un sustituto de nuestra capacidad para intervenir en nuestro propio refugio. Porque, al final del día, cuando la luz se apaga y el ruido en la puerta no es precisamente el del repartidor de Amazon, lo único que se interpone entre nosotros y el caos es nuestro conocimiento sobre las cuatro paredes que nos rodean.

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