La Cuarta Pared

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El ojo tras la lente

El ojo tras la lente

“Aquellas fotografías antiguas de verdaderos artistas que se pensaban cada foto como si fueran la última

Recuerdo con cierta nostalgia los primeros veranos que salía del nido siendo apenas un niño, los campamentos de verano y sus excursiones a la montaña o a la granja escuela. Siempre le pedía a mis padres que me comprasen una cámara de usar y tirar tan habituales en aquella época. Me parecía increíble poder inmortalizar aquellos momentos para luego, tras varios meses, ir a una tienda de revelado y poder tener en mis manos fotografías a todo color y en ese papel rectangular donde se quedaban las huellas de los dedos si no lo cogías por los bordes. Hacer fotos era un privilegio de muy pocos y poder visualizar la instantánea en el mismo momento de disparar era toda una utopía. Por ese motivo, cada fotografía tenía un valor especial y antes de apretar el botón, te pensabas mucho donde ponerte o por donde viene el sol y te asegurabas que todos tus amigos entraban dentro del recuadro a la hora de poner el ojo en la mira.

Sin embargo, hoy en día vivimos un momento increíble en el que todo el mundo tiene siempre en su bolsillo una cámara de fotos y además de una calidad impresionante. Si yo tenía que esperar cuatro veranos para juntar más de 50 fotografías, ahora puedes echarlas en menos de 2 minutos. Y acto seguido puedes verlas, retocarlas o incluso compartirlas con el mundo entero. Realmente esto ha generado que consumamos una gran cantidad de información gráfica día tras día, minuto tras minuto, y a pesar de ello, muy pocas imágenes valen realmente la pena. Tenemos que echar 200 fotos a nuestros hijos para rescatar alguna que medianamente cumpla nuestras expectativas.

A pesar de todo, hoy en día seguimos admirando aquellas fotografías antiguas de verdaderos artistas que se pensaban cada foto como si fuera la última. Carlos Pérez Siquier realizó un gran número de fotografías y cada una de ellas goza de una armonía en su composición que cuando la ves realmente te transmite verdadera emoción. Siempre sientes algo, te transporta a ese momento, a ese breve instante en el que disparó. Consigues ponerte en su lugar y en cierta manera compartir su ojo. Es en ese momento en el que el artista consigue llegar al corazón del receptor, no sólo viendo un paisaje bonito o una casa impresionante, sino sintiendo algo más. No sabes por qué, pero te quedas embobado mirando sus obras y sabiendo que te están contando una historia. Que esa imagen es más que una casa blanca en el Cabo de Gata o una niña en la puerta de su casa de la Chanca. Esa imagen es arte.

13 Rue del Percebe

Rue 13 del Percebe

“Las revista pasaban de hermanos a primos hasta que las hojas se deshacían de tanto pasarlas.

No podía faltar en esta sección de “La cuarta Pared”, un guiño o pequeño homenaje a esta genial serie de historietas en la que precisamente se rompe esa famosa “cuarta pared”. Se rompe hasta el extremo de que literalmente desaparece, quedando al descubierto las tripas de un edificio de comunidad en el que los personajes y sus devenires diarios se exponen en absoluto diálogo con el espectador.

Como casi todos los de mi generación, crecí devorando los Tebeos e historietas de Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, Zipi y Zape o Super López por mencionar algunos de los más exitosos de la época. Pero sin duda, de todos ellos, 13 Rue del Percebe era mi favorito con diferencia.

Tal vez fuese su simplicidad repetitiva. Tal vez que las historias ocupasen solo una página, o el hecho de que pudiese ser leído de forma desordenada con una aparente independencia de cada viñeta o vivienda con respecto a las demás. Solo aparente, pues en el fondo siempre había algo más para esa segunda y tercera pasada. Eran otros tiempos, en los que las cosas no eran tan efímeras. Las revistas se heredaban y pasaban de hermanos a primos hasta que las hojas se deshacían de tanto pasarlas.

El maestro Francisco Ibáñez, con su ibérico y genial sello personal era capaz de hacer magia con unos muy limitados recursos llevados al extremo del minimalismo en esta tira cómica que transcendió fronteras, siendo un gran éxito en Alemania bajo el impronunciable “Ausgeflippt – Fischstrasse 13 – irre Typen, heisse Sprüche”. Me imagino a José María Carrascal leyendo este título y ya no me parece tan impronunciable.

Siempre me ha apasionado el humor gráfico, y me puedo pasar horas mirando viñetas de Uderzo, Mordillo, o Quino. Tal vez estas algo más “adultas” y “serias” que las socarronas e infantiles “filemonadas” de Ibáñez. Pero desde muy pequeño, esa forzada perspectiva de un solo punto de fuga lateral en la que se ve en primer término una habitación de cada casa, y¡ en la que se atisba lo que parece pasar dentro, con su imposible escalera entorno al hueco del ascensor, despertaron en mi la curiosidad por los edificios y las ganas de dibujar sus tripas. Algún que otro “14 Calle de la Cococha” habrá en algún cajón de la casa de mis padres.

Hoy, cuando intervengo en obras de reforma en viviendas de edificios, en la fase de demolición es inevitable que se me escape alguna sonrisa cuando cae algún tabique dejando al descubierto esa habitación que tantas veces he recreado en mi infancia de viñetas.

Un hotel y una casa

Un hotel y una casa

“Está todo recogido y limpio, la luz natural entra por el fondo de la estancia, tamizada por unas cortinas claras y finas

Muchos de vosotros habréis experimentado alguna vez esa curiosa sensación de entrar a la habitación de un hotel por primera vez, bueno, no de cualquier hotel, sino ese que cuesta algo más de 20€ la noche. Se trata de un lugar, en el que inexplicablemente, estás más cómodo que en tu propio salón. Te sientes como en casa, acabas de entrar en una habitación que no habías visto jamás y sin apenas haber soltado las maletas en el suelo, ya es tu hogar.

Está todo recogido y limpio, la luz natural entra por el fondo de la estancia, tamizada por unas cortinas claras y finas. El suelo es tan agradable que estás deseando quitarte los zapatos y poder sentir el frescor del pavimento en verano o la comodidad de la moqueta en invierno. Entras y lo desordenas todo en cuestión de minutos, pero no te preocupa del todo porque sabes que con acumular todas tus cosas en una esquina, al día siguiente habrán hecho la habitación y volverá a estar como nueva. Es curioso pensar que una estancia tan impersonal como la habitación de un hotel pueda llegar a ser tan agradable. A los dos días tendrás que hacer el check-out antes de las 12 de la mañana y automáticamente le darán la habitación al siguiente. Que casualmente volverá a sentirla como suya.

Existen una serie de elementos que inconscientemente producen esa sensación de absoluta comodidad y por lo tanto, de felicidad. El frescor en el ambiente, ver cada cosa en su sitio bajo un estricto orden, aunque estemos deseando perpetrarlo, o incluso un olor agradable, y no precisamente a ningún ambientador artificial. Cada uno tenemos nuestros propios gustos, pero todos somos humanos y nos sentamos juntos por igual alrededor de un fuego cuando hace frío. Las sensaciones de comodidad y bienestar son muy comunes entre todos nosotros y por eso mismo yo sentí que estaba en un hogar cuando visité la casa estudio de Luis Barragán en Tacubaya, México.

Una serie de espacios concatenados hacen del recorrido por el interior de la casa un espectáculo donde uno a uno iba imaginándome cómo sería vivir allí. Sentía que era mi casa, que se construyó precisamente para mí, para resolver mis necesidades, y sin embargo Luis Barragán no me conoce, es más, construyó esa casa 44 años antes de que yo naciera. Pero la diseñó pensando en sí mismo, en levantar el lugar donde él se sintiese cómodo durante muchos años, y seguramente cumplió su objetivo, ya que no la abandonó hasta su muerte.

Fundación e Imperio

Fundación e Imperio

“Es el germen de un género del que han bebido los míticos universo de Star Wars, Star Trek, Dune o Galáctica

Se nos va agosto. Mes vacacional por excelencia y antesala del mes de los coleccionables del quiosco, los Corticoles y cómo no, de ir buscando alguna serie de televisión nueva que nos haga menos dura la vuelta a la por otra parte, tan sana y deseada rutina.

Andaba yo ayer enredando en mis cosas, cuando de pasada vi anunciado en una de las famosas plataformas de TV de pago el inminente estreno de una serie que llevaba años soñando con que alguien produjese: Fundación. Reconozco que tal vez mi afán por esta mítica Space Ópera del prolijo Isaac Asimov me haga crear demasiadas expectativas y acabe por derivar en frustración y decepción. No obstante, trataré de abrir la mente y comprender que las licencias del productor, los medios tecnológicos actuales, y las imposiciones sociales, comerciales y morales de nuestro tiempo habrán dado lugar a un resultado que diferirá del universo descrito por el autor y del posteriormente figurado e idealizado por mí tras releer varias veces la saga completa. Para empezar, al ver el tráiler (espectacular por supuesto), me pareció entender que Gaal Dornick, discípulo de Hari Seldon, ocupa un papel central y cómo no, ahora es mujer… y negra. Las cuotas son las cuotas y ya estamos acostumbrados, pero ¿De verdad es necesario cuando en la propia historia hay personajes medulares y trascendentales del género femenino como son Dors Venabili, Wanda Seldon o Arcadia Darrell?

Para los que no conozcan esta saga o serie de novelas (iniciada en los primeros años 50 del pasado siglo con la trilogía original), podríamos decir que son el germen de un género del que han bebido los míticos universos de Star Wars, Star Trek, Dune o Galáctica por mencionar los más conocidos. Ciencia, tecnología, sociología, misticismo, robots y política se amalgaman en un universo en el que la humanidad se ha expandido por la galaxia, con una ambientación que combina lo medieval con el clasicismo griego, y que de forma atemporal nos hace reflexionar sobre los grandes problemas de la humanidad.

Especialmente interesante me resulta el concepto de mundo ciudad (Trantor en Fundación). Mundo cupulado en el que solo queda libre un pequeño jardín en el centro del cual se sitúa el palacio imperial. Veremos cómo han recreado este decadente complejo administrativo desde el que se gestiona el imperio, y si como en el caso del género de los personajes, las cuotas también han migrado el urbanismo de Asimov a lo políticamente correcto.

Una vida tranquila

Una vida tranquila

“Puedes tener la mejor vista del mundo, pero si no puedes tocarla, no tienes nada. Solo una pegatina en la pared.

La casa que construyó Utzon en Mallorca es una oda al mar, al horizonte y a la forma de vida inundada en paz. Está construida en lo alto de un acantilado frente al Mar Mediterráneo y con una distribución en planta que evoca en cierta manera a la Acrópolis griega, con varias piezas macladas entre sí y algo giradas pero sin perder la omnipresente vista al infinito. Sin lugar a dudas, la casa no sería de la misma manera en otro lugar y es el entorno natural el que determina y ensalza los aciertos de este proyecto. Sin embargo, ¿por qué nadie conoce a sus casas vecinas? En ese mismo acantilado y en casi todo el perímetro de la isla existen viviendas y cada una de ellas con sus inquietudes formales y particularidades constructivas.

Ninguna es como Can Lis, llamada así en honor a la mujer de Utzon. En ella, la luz y la sombra dan carácter a los espacios y la piedra, ubicua en prácticamente todos los lugares posibles. Nos recuerda a la propia isla. Pese a ser tan particular en tantos sentidos, lo que realmente caracteriza esta vivienda es su forma de ser vivida. Todas las piezas o zonas están literalmente separadas entre sí, lo que obliga a salir a la intemperie para recorrerla, haciendo partícipe a la naturaleza en el día a día de sus ocupantes. El sol, los árboles, las nubes o incluso la lluvia son parte de la experiencia de vida y sentirlos en tu piel, en tu propia casa, te conecta aún más con tu entorno que abrir un gran ventanal de vidrio a la playa.

Todos hemos soñado alguna vez con vivir frente al mar, o en una casita en la montaña, pero muy pocas personas se paran a pensar como debería ser esa casa. Damos por hecho que será una casa grande, ya que puestos a soñar, cuanto más, mejor. Con grandes espacios, salones, dobles alturas, grandes paños de vidrio con impresionantes vistas en todas las direcciones. Aire acondicionado en cada estancia y a ser posible, suelo radiante en toda la casa para mantener los pies calentitos en invierno.

Al final, lo que nos encontramos en la mayoría de viviendas contemporáneas es una edificación compacta que podría funcionar igual de bien en primera línea de playa en Mojácar o entre medianeras en un pueblo de Cáceres. Lo que importa no es cómo se viva, sino el impresionante y ultramoderno diseño de nuestra casa en el “paraíso”. Puedes tener la mejor vista del mundo, pero si no puedes tocarla, no tienes nada. Solo una pegatina en la pared.

El abismo de Helm (II)

El abismo de Helm (II)

“Es el máximo representante de una casta de servidores de un sistema que se sirve a si mismo.

Estoy intentando cerrar el artículo en esta segunda parte, pero me temo que tengo material para XXVII capítulos como poco. Estoy por cambiarle el título por el de “Doctor Who”. Pero vamos a hacer el esfuerzo de rematar en las pocas líneas que tenemos.

Hace un par de semanas, disparé en modo ráfaga contra la burocratización deshumanizada de nuestra queridísima estructura de la administración pública. Hoy voy a tratar un pequeño ejemplo de los muchos que he vivido en primera persona.

Hace unos años me encontraba terminado las obras de un pequeño proyecto de dos viviendas unifamiliares de dos plantas en la popular zona conocida por todos como “La Vega de Acá”. La parcela se encuentra rodeada de edificios plurifamiliares de más de 7 plantas y a escasos metros de las fastuosas Torres de la Térmica.

Como es perceptivo, por ridículo que parezca, se tramitó la correspondiente autorización a aviación civil por encontrarnos dentro del cono de aproximación de la pista 08 del aeropuerto de Almería (aun estando rodeado de edificios de 6 a 10 alturas más). Todo correcto. Se aportó la documentación con la sección del edificio, y en unos 4 meses llegó de Madrid el tan ansiado “favorable”. A construir.

Al terminar la obra e ir a solicitar la licencia de ocupación, el técnico municipal detecta en los planos de final de obra que el edificio “ha crecido en altura” 15 centímetros. Todo correcto, dentro de norma y ordenanza. Pero… A su criterio procede tramitar nuevamente autorización de altura a la agencia estatal de seguridad aérea, no sea que algún despistado piloto se tropiece en la aproximación. No hubo forma de convencerlo de lo contrario, y otros 3 meses de paralización. Huelga decir que hice lo indecible por evitarlo. Incluso conseguí hablar con los ingenieros de AESA que no salían de su estupor ante semejante patochada, a la que dieron curso “procurando agilizar el trámite dadas las circunstancias”. Dicho por un compañero suyo de licencias, mi error fue no falsear la sección de final de obra.

El ilustre técnico municipal, hoy ya felizmente jubilado, se pasea con su gorra por la ciudad. Hoy le dedico a él este artículo con inmenso cariño, pues han sido muchas como esta a lo largo de nuestro devenir profesional. Él es el máximo representante de una casta de servidores de un sistema que se sirve a sí mismo. Puede dormir tranquilo, y los pasajeros del CRJ-1000 de Airnostrum que a diario sobrevuelan los 15 centímetros de la discordia, también.

Una visita activa

Una visita activa

“Un viaje puede cambiar tu percepción del mundo o puede pasar sin pena ni gloria por tu mes de agosto.

En 1931, el arquitecto Le Corbusier, junto con su primo L’Enfant, visitó por tercera vez España. En este caso no sería un viaje rápido para dar una conferencia, sino que habían organizado una ruta por orillas del Mediterráneo, desde los Pirineos hasta Argelia. Montados en su flamante Voisin recorrieron toda la costa española con la velocidad propia de los vehículos a motor de la época, es decir, extremadamente rápidos para las carreteras de burros y los paisajes estáticos, ardientes y místicos de España, como él mismo los describía.

Durante ese tiempo dibujó en su pequeña libreta una gran cantidad de croquis a modo de apuntes de los paisajes que más le atraían, de pequeñas edificaciones vernáculas o incluso de sus lugareños realizando acciones de lo más cotidianas. Esto refleja una consciente preocupación por el aprendizaje. Dibujar y reflexionar sobre el lugar conlleva una comprensión del mismo más allá de la simple mirada. Dibujar un paisaje es entenderlo, saber donde está el río, dónde están las montañas y qué tamaño tienen en relación con el pueblo. Refleja una enorme implicación con el viaje. Pese a que muchos de esos dibujos los realizase sin ni siquiera bajarse del coche, como el croquis de la tradicional venta Almeriense, podemos afirmar que estaba siempre atento a cualquier estímulo para rápidamente sacar un lápiz y reflejarlo en un papel.

Y es que el turismo que vivimos hoy en día poco tiene que ver con el origen moderno del mismo, cuando a principios del siglo XIX, unos jóvenes británicos adinerados viajaban en verano a Roma y Atenas para conocer el origen de su cultura. Una motivación bastante distinta a la actual de pasar tiempo libre o descansar de nuestra ajetreada vida. El turismo nació para enriquecer nuestra alma. Y en la mayoría de los casos, lo sigue haciendo.

Un viaje puede cambiar tu percepción del mundo o puede pasar sin pena ni gloria por tu mes de agosto. Cuando Luis Barragán volvió a México tras su viaje por Andalucía, su arquitectura empezó a asentarse sobre unas premisas racionales que son la base de todo el desarrollo arquitectónico mejicano que tanto ha influido a varias generaciones. Mantener los cinco sentidos alerta y una estancia activa y conscientemente temporal pueden cambiar el curso de cualquier arte en cualquier tiempo, solamente tienen que alinearse lo astros para que ese aprendizaje extranjero te sirva de algo en tu vida real.

El abismo de Helm (I)

El abismo de Helm (I)

“La vocación de servicio público, salvo honrosas excepciones es una fantasía.

Y es que como en la trilogía del señor de los anillos, este artículo va a tener que fragmentarse en varios capítulos. El abismo de Helm, es la distancia que separa la administración pública del ciudadano en este país. Y como sucede en la mítica novela de elfos, orcos y magos, la batalla que se desarrolla en dicho abismo tiene dimensiones épicas.

En un sistema hiper burocratizado, con varias administraciones públicas que se reparten y solapan competencias, acometer un proyecto por pequeño que este sea, se convierte en una auténtica carrera de obstáculos. En el camino, nos encontramos con barreras de distinto calado. Algunas, normativas obsoletas y absurdas con más de 40 años en algunos casos. Otras, procedimientos administrativos farragosos por los que hay que pasar si o si, aun cuando carecen de sentido (los famosos y perceptivos informes sectoriales ). Pero en mi opinión el peor grupo de obstáculos lo constituyen “las personas”. Vaya por delante ante todo que esto no es generalizable, pero dado que el camino es tan largo y tiene tantos pasos, con algún elemento especial siempre se acaba topando uno.

Siempre pensé que el funcionario era un servidor público, y que entre otras cosas como son el garantizar el cumplimiento de las leyes y las normas, o la defensa de los intereses de la administración, se encontraba el ayudar al ciudadano en su relación con la administración. Esta vocación de servicio, salvo honrosas excepciones es más una fantasía y una ilusión que una realidad… al menos en la escala técnica, que es en la que yo me muevo.

Desgraciadamente, las personas que supervisan y controlan los proyectos, viven en un castillo de papel, enrocados en su refugio de normativas y separados de la realidad exterior.

Es del todo intolerable que para cambiarle el techo a un gallinero, si se quieren hacer las cosas bien, se necesiten de 8 a 12 meses (con suerte) de duro transitar por administraciones y despachos de técnicos, muy preocupados de que se disponga del permiso de medio ambiente, de aguas, de carreteras, de aviación civil, de género y de su puta madre…. Cuando a la hora de la verdad, les importa un comino si el gallinero existe, si es un palomar, si el techo se cae o si se construye en otro lugar distinto al solicitado. Solo hay que ver la anarquía absoluta de los hechos consumados que nos rodea, y la dejación y connivencia de una administración llena de individuos preocupados de que “los papeles” que ellos firman estén inmaculados, no sea que alguien les meta en el trullo.

¿Qué es el Sol?

¿Qué es el Sol?

“En estos primeros compases de la vida, el aprendizaje es el único recorrido que cualquier ser humano experimenta.

Mis padres me contaban, como una hazaña del pasado, cómo memorizaba el nombre de todas las capitales de los países europeos y las repetía sin parar una y otra vez. Apenas tendría 3 años de edad, pero eran más que suficientes para aprender cosas y disfrutar de ellas. A decir verdad, esos primeros años de vida nos los pasamos aprendiendo sin apenas darnos cuenta, realmente no sabemos nada, venimos del interior de una barriga sin contacto con el mundo exterior. Somos como aquellas personas  encerradas en la caverna de Platón, pero que al nacer y salir de la cueva nos damos de bruces con el mundo real en el que solo podemos aprender cómo funciona. Queda reservada para más adelante la intensa tarea de aportar o influir en él. En estos primeros compases de la vida, el aprendizaje es el único recorrido que cualquier ser humano experimenta.

Lo más común es que en estos primeros años no seas apenas consciente de que realmente cualquier interacción que tengamos con el mundo es puro aprendizaje. Desde abrir la tapa de un yogurt hasta imitar las expresiones coloquiales que escuchamos a nuestros padres y familiares. Casi todo se basa en la repetición inconsciente de la realidad que percibimos. Hasta que llega ese primer día en el que nos surge por nosotros mismos nuestra primera cuestión, que en mi caso fue: ¿por que hay una bola amarilla en el cielo? ¿Y por qué por la noche hay una bola gris? Ese primer momento en el que por ti mismo surge una duda, vas corriendo a quien tengas al lado y se lo preguntas. Entonces te responde y te explica qué es el Sol y qué es la Luna. Y tú ahí fascinado, pensando en la magnitud de esa bola de fuego y de cómo puede brillar tanto cada noche una bola gris que no emite luz. En ese preciso instante eres consciente de tu aprendizaje y sientes una enorme y sincera felicidad que es difícilmente comparable a cualquier otra, pero no por su grado de intensidad, sino por su singular naturaleza.

Este disfrute intelectual evoluciona a medida que vamos creciendo hasta que normalmente pasa a estar en un segundo plano ya que suele dejar de ser una opción para convertirse en una obligación. Tenemos que levantarnos todos los días a las 8 de la mañana para ir al colegio a aprender cosas, y es entonces cuando dejamos de interesarnos por ellas. Tendremos que esperar a que vuelva a nacer por nosotros mismos esa cuestión que nos remueva por dentro y nos enganche a seguir aprendiendo.

Y sin embargo, se cae

Y sin embargo, se cae

“Como decía mi abuelo, hasta la cal de los tabiques aporta su resistencia

El pasado jueves 17 de junio, tuvo lugar el derrumbe parcial de un edificio de viviendas de 12 plantas en la ciudad de Miami. La noticia es de máximo impacto, tanto por el número de víctimas como por las espectaculares imágenes del suceso grabadas por cámaras de seguridad. A los ya no tan jóvenes irremediablemente habrá traído a su memoria el dramático colapso del edificio Azorín. El 15 de setiembre de 1970 se produjo el desplome completo de un edificio en construcción de 10 plantas, llevándose por delante la vida de 15 personas. Eran otros tiempos. Sin cámaras de seguridad, ni WhatsApp o Facebook para retransmitir a tiempo real el dramatismo de la situación, pero el paralelismo es incuestionable.

Estos días, he oído comentarios del tipo, “Pero ¿cómo construyen los edificios en Estados Unidos?” o “¿Cómo se puede caer de la noche a la mañana y sin avisar un edificio?”. Y para estas preguntas las respuestas se me antojan inmediatas. A la primera, mi respuesta sería, “pues más o menos igual que aquí”, y a la segunda, “pues cayéndose. Ni más ni menos”

Afortunadamente, el suceso es una singularidad en sí misma, y no ha de entenderse como un patrón o tipo representativo de la generalidad ¿Cuantos edificios hay en Estados Unidos? ¿100 millones?, ¿Cuántos edificios se caen sin avisar al año? Y lo que pasa en EE. UU. es extrapolable al resto del mundo. Al menos al civilizado.

Por suerte, los edificios tienden a no caerse, y a veces cuesta hasta entender por qué no lo hacen más a menudo. Décadas de uso sin buen mantenimiento, situaciones sobrevenidas como puedan ser terremotos, inundaciones, explosiones de gas, incendios, vicios ocultos por errores y fallos durante la ejecución, obras de reforma temerarias, o sobrecargas no contempladas en el diseño por cambios de uso… Y aun así, cuesta encontrar noticias de colapsos fatales. Me vienen a la memoria el derrumbe del edificio de la calle Princesa o el del salón de actos del colegio Sagrado Corazón, ambos en Madrid, pero me he tenido que remontar a los años 2001 y 2007.

Cuando se diseña y se construye, se hace a conciencia. Se emplean coeficientes de seguridad. Se minoran las resistencias y se mayoran las cargas. Se emplean sistemas redundantes, se controlan los procesos, y como decía mi abuelo, hasta la cal de los tabiques aguanta aportando su resistencia. Por eso el 99,9999% de los edificios no se cae. Lo que pasa, es que cuando cae ese 0,0001%, retumban los cimientos de todos los demás.

Jose Moreno  y  Javier Peña

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