La Cuarta Pared

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La casa de Frodo

La casa de Frodo

“Cuando enfocamos cualquier cosa, desenfocamos el resto. Y ese desenfoque es el que realmente te hace saber y sentir dónde estás 

Frodo Bolsón tiene una casa muy peculiar. Gracias a la “Comunidad del Anillo” podemos verla por dentro como espectadores. Entramos en su hogar lleno de cachivaches y cosas. Nos sumergimos en su interior sutilmente influenciado por el movimiento Arts and Crafts, que hace de los detalles y grabados su seña de identidad. Gracias a un magnífico guión, nuestros ojos apenas se paran un segundo para enfocar los muebles, la cubertería o las vasijas. Pero sin embargo, nuestra visión periférica le da un sentido a todo y consigue trasmitirnos cómo es su casa, qué objetos tiene, incluso intuimos la cotidiana forma de vida de un hobbit. Todo gracias a una magnífica ambientación a la que no se le dedica ni un segundo, no hace falta. No necesitamos una cámara lenta de un vaso volando. Oír hablar a Gandalf e intuir de fondo como es la ventana, es lo que realmente nos aporta información.

Las emociones son menos tangibles incluso de lo que ya las consideramos, piensas que es la voz de tu cantante favorito lo que te gusta de una canción pero realmente hay un violonchelo detrás de todos los sonidos y es justo el que, sin ni siquiera saberlo, llega a tu corazón. 

Esta manera háptica de percibir el entorno es parte inalienable de nosotros mismos. Y es extrapolable a nuestra forma de pensar, al mundo de las ideas. Es aquí por donde se mueve nuestro pensamiento creativo que normalmente no está enfocado, es sólo una nube de puntos en nuestra mente que no podemos agarrar, ni siquiera podemos llegar apenas a identificar. Un conjunto de ideas, de referencias, de símbolos y condicionantes que navegan por nuestro cerebro como una mosca que sobrevuela el cristal de una ventana pero que nunca abandona la casa hasta que le pegas un manotazo y la echas a volar a la calle. A veces necesitamos ese manotazo pero a veces no está mal permanecer un poco más en esa indefinición. Ya que nos proporciona ambigüedad, nos mantiene con todos los sentidos alerta, permanecemos abiertos a incorporar o desechar ideas tan rápido como pestañeamos. Cuando enfocamos cualquier cosa, desenfocamos el resto. Y ese desenfoque es el que realmente te hace saber y sentir dónde estás.

¿El edificio tiene forma de huevo o de cohete? ¿La estructura de hormigón o de acero? ¿Por qué no de madera? Tienes que tomar decisiones, tienes que distribuir la casa, elegir el color de las paredes, tienes que definir donde va la ventana, a que altura, de qué tamaño, ¿es necesario una ventana? Decide, decide, decide. Si ponemos el techo como estás pensando, lo tienes que decidir ahora mismo, que me cierran la ferretería. Decisiones de obra, decisiones de diseño, decisiones de los fundamentos en los que se asientan todo esto. 

La toma de decisiones puede cegar a veces el proceso creativo, no saber lo que estás pensando es lo que te hace tener ideas, si marcas invariablemente el camino, sólo podrás recorrerlo o salirte, pero si dibujas el camino mientras lo recorres, todos son válidos.

Póngame cuarto y mitad de modernez, por favor

Póngame cuarto y mitad de modernez, por favor

“El diseño moderno por descontado, es la seña de identidad del estilo característico y propio de las ruedas de prensa provincianas”

“…El complejo tendrá un diseño muy moderno…” Este entrecomillado está extractado de unas recientes declaraciones de un político, pero podría pertenecer a una miríada de tantas otras que oímos a regidores, consejeros y ministros cada vez que tienen ocasión de plantarse frente a los medios a vender en primicia algún futuro proyecto de calado para el barrio o la ciudad. Y tiene gracia la cosa, pues el tiempo verbal empleado (futuro simple del indicativo), denota que el complejo aún está por gestarse y que la modernura dicho con ternura, es una premisa de partida para quien acabe siendo responsable de su materialización. Hazlo, pero que sea bien moderno.

Ha llovido ya desde aquellos tiempos gloriosos en los que pueblos, ciudades o aldeas del país se empeñaron con tesón y ahínco en la competición de las rotondas, pugnando por dar el grito más alto, para mayor gloria de sus promotores y deleite de sus ciudadanos. Una suerte de pintorescas escenas high tech, esculturas memorables en acero cortén, guitarras o morteros gigantes, marmóreos arcos del triunfo y puertas de Brandemburgo con iluminación multicolor tachonaron la piel de toro dejándola como el mapa de la típica película en la que los agentes del FBI marcan con chinchetas los lugares por los que el asesino en serie va dejando su reguero de sangre… salvo por el hecho de que no hay un patrón que conduzca a la resolución del caso. No caben ya mas chinchetas en el tablero y parece que no aprendemos.

Y es que el “diseño moderno por descontado” es la seña de identidad de este ecléctico estilo tan característico y propio de las ruedas de prensa provincianas, que se renueva y refuerza por cuatrienios. A fin de cuentas, lo moderno se acaba asociando inconscientemente con una costosa inversión, y eso siempre vende.

Las obras públicas, los equipamientos, los parques y jardines y la ciudad en última instancia han de obedecer a meditados criterios de necesidad, función y estética, y sus diseños podrán ser modernos, pero también vernáculos, integradores, modestos, silenciosos, transgresores o sostenibles en función de cada caso concreto. Buenos ejemplos de ello tenemos por el mundo con intervenciones ponderadas que no siempre han de ir acompañadas de fastuosos fuegos de artificio, de acero inoxidable o cristal alabeado. Dar por sentado que la ciudadanía solo va a ser capaz de comprar el último modelo, o el último grito, es algo que empieza a tufar a rancio.

Necesito una terraza

Necesito una terraza

“Sus premisas de partida no eran el olor de las paredes ni el sabor de los pilares, sino más bien resolver los problemas del día a día.

Llevo una semana preparando un texto continuista con “Mind the gap”, hablando sobre la visión desenfocada, las percepciones de los receptores en el mundo del arte y de cómo los sentidos, más allá de la vista, afectan a la hora de percibir un espacio, mirar un cuadro o escuchar una canción. Dando por hecho que la transmisión de emociones es lo más importante, que una canción es buena cuando nos hace sentir y que un cuadro necesita ser percibido hasta con la palma de la mano para entender qué quería decirnos el autor. 

Llevo una semana borrando textos y escribiendo encima, llevo una semana liándome con mis propios pensamientos. 

Sin embargo hoy salta la noticia del fallo del jurado del premio Pritzker, el comúnmente conocido como Nobel de la arquitectura, en favor de Lacaton & Vassal, una pareja de arquitectos consagrados con más de tres décadas de profesión. Anne Lacaton, francesa de nacimiento y Jean-Philippe Vassal, francés de procedencia marroquí, acaban de poner sobre la mesa lo que realmente importa. Resolver problemas. 

Al conocer la noticia, automáticamente volvió a mi mente el proyecto de reforma de las viviendas sociales que realizaron en Burdeos en 2016. Donde el objetivo no era otro que mejorar, en la medida de lo posible, las condiciones de vida de los ocupantes. No estoy en sus cabezas, pero estoy seguro que sus premisas de partida no eran el olor de las paredes ni el sabor de los pilares, sino más bien resolver los problemas del día a día. Esas viviendas eran muy pequeñas y apenas gozaban de una buena luz y ventilación natural. Tras su intervención en el mastodóntico y racionalista bloque de apartamentos, cada hogar goza de una estancia extra ubicada en la fachada que hace las funciones de terraza interior debido a sus grandes ventanales de suelo a techo. Inevitablemente la estética de la fachada cambió por completo, acercándose queriendo o sin querer, a una línea estética fácilmente identificable con el resto de sus obras. También cambiaron los espacios, acabados y texturas interiores y por lo tanto, seguro que también cambió la transmisión de emociones entre edificio y usuario. Pero no es más que una consecuencia inevitable al resolver correctamente un problema determinado.

El uso de materiales modestos, la inteligente estrategia de cambiar sólo lo que no funciona o poner en primer orden de prioridades el confort y bienestar de la vida de los habitantes son solo tres lecciones que estos maestros pueden ofrecernos.  

El valor de lo intangible

El valor de lo intangible

“Detrás de una obra hay una gran cantidad de intangibles y de esfuerzos ocultos que comienzan desde el mismo momento en el que se recibe el encargo

Hay una anécdota que mi padre, también arquitecto, cuenta y que siempre me ha hecho mucha gracia. Siendo yo pequeño, jugando en el suelo, una de las visitas que esa tarde había por casa se me digirió y me preguntó, ¿Tu qué, de mayor vas a hacer casas como tu papá? A ello al parecer contesté con lacónica naturalidad, No, mi padre no hace casas. Mi padre dibuja en papeles grandes.

Y no me faltaba razón. Recuerdo con añoranza deambular por el estudio de mi padre. Un lugar colmatado de estanterías con carpetas y largos tubos llenos de papeles enrollados, y una gran sala alargada con tableros inclinados, donde un grupo de señores muy simpáticos que manejaban unos utensilios la mar de apetecibles para los ojos de un niño se afanaban en materializar un sinfín de complejos “mapas” a lápiz y luego a tinta en unas enormes sábanas transparentes. El día que conseguía escamotear un portaminas y un par de plantillas de dibujo me sentía el rey del mundo. Los cromados y ultra tecnológicos compases y bigoteras, o los “Rotring” eran algo que sabía que no podía ni soñar con tocar.

Y es que tras esa inocente respuesta propia de un niño, se esconde una importante idea que me ha hecho reflexionar en no pocas ocasiones. El valor de lo intangible.

El fin último del arquitecto es materializar y construir lo que proyecta, siendo el proyecto y todo lo que tras ello se esconde, el medio para alcanzarlo. Y en el fondo, el proyecto en si mismo, no deja de ser un tremendo intangible, que si bien en ocasiones alcanza un valor en si mismo pues hay auténticos documentos de proyecto que son verdaderas obras de arte gráficas, en comparación con el resultado de la obra una vez construida, no pasa de ser un mero documento técnico y que a ojos de muchos se encasilla en el paquete de “los papeles”. Ese conjunto de imperativos legales necesarios para ir pasando los filtros burocráticos que el sistema nos impone para culminar el proceso.

Detrás de una obra hay una gran cantidad de intangibles y de esfuerzos ocultos que comienzan desde el mismo momento en el que se recibe el encargo. Desde el análisis previo sobre las pretensiones y requerimientos del encargante, pasando por la adecuación de estos deseos con las posibilidades presupuestarias y las limitaciones de la normativa urbanística. Largas horas de esfuerzo y reflexión para armar el puzzle que será el germen de lo que al final para bien o para mal quedará en forma de ladrillos y hormigón.

Mind the gap

Mind the gap

“…sin darme cuenta estaba sintiendo la atmósfera del lugar hasta por el bello del antebrazo»

Londres fue uno de los primeros viajes que realicé sin mi familia, iba únicamente con un amigo. Tan niño como yo, o más. Nos veíamos muy jóvenes para viajar solos pero lo suficientemente adultos como para ir de discotecas.

Recordaba vagamente algún viaje por Italia y por supuesto mi escapada infantil a Disneyland con apenas 10 años, pero nunca había sentido esa sensación de extrañeza al pisar una ciudad tan ajena a mi entorno hasta entonces conocido. Tras bajar del avión y coger el típico bus que te lleva al centro urbano, comencé una de las pocas caminatas que recuerdo casi a la perfección y no precisamente por su dificultad, por su bello paisaje o por el largo paseo con una maleta de ruedas en un camino empedrado de horas, minutos y segundos, sino más bien por el desconcierto que sentí. No saber explicar mis sensaciones al respecto es lo que precisamente me ha llevado a recordarlas.

Ciertamente sentía que estaba en otro mundo, pero no sabía por qué; había calles, coches y personas, nada distinto a lo que solía ver al pasear por mi ciudad, pero había algo, sentía que algo era distinto y no sabía el qué.

Notaba que estaba percibiendo muchos estímulos por todos mis sentidos, pero no conseguía identificar ninguno en concreto. Miraba el suelo para no caerme y al mismo tiempo sentía como cruzaba la acera un señor con gabardina y sombrero en la otra esquina de la manzana. Creo que siempre he tenido esta visión periférica, pero por primera vez no era un señor con bermudas y chanclas, y eso llamó mi atención. Me asombré al darme cuenta del potencial de mis ojos, aunque tras unos minutos dejó de centrarse en la vista y atravesó al resto de sentidos, sin darme cuenta estaba sintiendo la atmósfera del lugar hasta por el bello del antebrazo.

Cuando visitamos una ciudad por primera vez, percibimos de manera inconsciente ciertas señales que nos indican cómo son las cosas por allí. De manera intangible y a través de todos los sentidos, tanto los físicos como los más arraigados a la memoria y los recuerdos, conseguimos analizar ciertas pautas que nos aportan información general del lugar. Realmente no sabemos nada en concreto, no nos ha dado tiempo a analizar ningún aspecto de la misma, pero sin embargo, entendemos el espacio, el ruido, el clima, el idioma o la velocidad de movimiento de las personas, máquinas o animales que la habitan. Realmente, sólo percibimos un ambiente, sabemos cosas del lugar sin llegar a saber nada de él.

Adiós maestro

Adiós maestro

“…La vida ha sido un edificio en obras

con el viento en lo alto del andamio,

siempre cara al vacío.”

En estos tiempos duros que vivimos en los que desayunamos cada mañana con el pandémico contador de 3 cifras de almas que abandonan de forma anónima la terrenal existencia, nos vamos haciendo poco a poco impermeables al dramático dolor que supone la pérdida de vidas distantes. Es natural, es lo que toca. Es ya la rutina diaria. A pesar de ello, hay días en los que se va una de esas personas que hacen grande lo que somos, y eso nos toca el alma.

El pasado 16 de febrero, nos dejaba a causa de un cáncer linfático diagnosticado hace casi un año Joan Margarit, “el Arquitecto de la Palabra”. A sus 82 años, con una energía creativa y vital que le impulsó a seguir edificando versos hasta que su luz se fue apagando a causa del cruel avance de la enfermedad y de su agresivo tratamiento. En breve verá la luz su póstuma obra, escrita durante sus últimos meses.

A este polifacético arquitecto, el reconocimiento le llegó en la más absoluta madurez. El Premio Nacional de Poesía en 2008 o el reciente Premio Cervantes en su edición de 2019, son solo dos de sus múltiples reconocimientos. La actual coyuntura, impidió que el tradicional acto de entrega del galardón pudiese llevarse a cabo en abril y los reyes visitaron en diciembre al poeta a escasos meses de su fallecimiento.

Arquitecto de formación, Catedrático de Estructuras en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona, y responsable de grandes proyectos de construcción como el anillo olímpico y el estadio de Montjuic entre otros, a finales de los años sesenta su poesía empezó a hacerse hueco, y poco a poco las letras, y los versos fueron ganándole terreno a los momentos flectores y a las armaduras del hormigón. Pero a pesar de que las letras empezaron a convertirse en sus más importantes ladrillos, su formación técnica definió su concepción poética:

“Pienso que no es una coincidencia baladí que el Cálculo trate de lograr la máxima resistencia y estabilidad con el mínimo de material (en general acero u hormigón) y que la poesía trate de decir el máximo con el mínimo de palabras: al igual que las matemáticas son las más exactas de las ciencias, la poesía es la más exacta de las letras.”

Y aunque ahora nos toca despedirnos de este gran bardo con el amargo vacío emocional que su ausencia provoca en lo inmediato, su obra permanecerá cimentada con solidez, elegancia y precisión regalándonos a nosotros y al tiempo su eterna inmortalidad. Adiós maestro.

Tiempo y Espacio

Tiempo y Espacio

“La percepción de tu entorno te hace ser como eres y sentir como sientes. Y es aquí donde la arquitectura adquiere un valor significativo»

La arquitectura, al igual que el resto de las artes, es prisionera de un tiempo y un espacio determinado. Picasso no hubiera sido el máximo exponente del cubismo si hubiera nacido en 1504 y viviese en Roma, sus manos serían las mismas, sus cuadros no.

Curiosamente los incas utilizaban la misma palabra: “pacha”, para definir tanto el espacio como el tiempo, expresando directamente con su lenguaje que estos dos conceptos están íntimamente relacionados. Tanto es así, que desde la teoría de la relatividad de Einstein, la expresión espacio-tiempo es parte fundamental de la física moderna, tratando estos dos conceptos como inseparables y entendiendo que el tiempo no se puede desligar de las otras tres dimensiones ya que este depende también del estado de movimiento del observador.

En lo relativo al espacio, podemos concluir que al igual que una casa en Noruega requiere de ciertas características que resuelvan los temas ligados con el clima y la cultura del país, una casa a orillas del Mediterráneo requiere de otras. El animal que va a habitar ambas es de la misma especie, sin embargo, cada uno requiere de unas necesidades distintas, a pesar de que ambos coman, duerman y se duchen por las mañanas. Al reducir la distancia sucede exactamente lo mismo, no deben de ser iguales una casa de cara al mar que una que esté de espaldas. Seguramente sí que coincidan en lo relativo al sentimiento de pertenencia-identidad, ya que ambas se encuentran en el mismo lugar, pero no en el mismo entorno.

En cuanto al tiempo, tanto las condiciones del presente como las del pasado tienen gran influencia en la forma de entender la arquitectura, cómo percibo el mundo que he vivido y cómo me imagino que será el mundo que viene por vivir. En cierto modo, sólo somos la continuación de algo más grande, una gota de agua en el cauce de un río que nunca se seca.

El sonido de los pájaros al despertarte en casa de tus abuelos las mañanas de verano, el olor que desprendían las paredes, paredes que al tocarlas transmitían la misma sensación que al olerlas. La percepción de tu entorno te hace ser como eres y sentir como sientes. Y es aquí donde la arquitectura adquiere un valor significativo, donde dejan de ser mera construcciones para refugiarse y empieza a ser algo más. Se trata del diseño del mundo que nos rodea; de nuestras ciudades, nuestras casas, nuestros dormitorios, nuestra cama. En cierta manera, tu entorno te da forma.

Dibuja tu casa

Dibuja tu casa

“Lo más complicado del proceso creativo es romper y poner en cuestión la impronta de las preexistencias grabadas a cincel en nuestra mente abstracta”

Hay un ejercicio trivial y recurrente durante las primeras etapas de la infancia, que consiste en pedirle a un niño o niña que dibuje su casa. Curiosamente, la práctica totalidad de ellos, salvo excepciones, acaba esbozando una imagen en alzado de una casa de una o dos plantas, con una puerta central, una ventana generalmente cuadrada, y una cubierta a dos aguas con chimenea de la que además sale humo… y un arcoíris, si se le da suficiente tiempo para ello. Obviamente como digo hay excepciones y alguno trata de plasmar en un alarde de abstracción impropia de su edad un esquema en planta a modo de mapa en el que se concatenan las distintas habitaciones de su hogar. Pero quedémonos en lo que la mayoría dibuja. La arquetípica casa que todos en el fondo tenemos en mente.

Y es que esto, es el fiel reflejo del peso que el conocimiento adquirido y asumido tiene sobre nuestro pensamiento abstracto y sobre nuestra capacidad creativa. En el fondo, es más que probable que bastantes de esos niños no vivan en una casa como la que dibujan, pero a lo largo del tiempo de forma casi subliminal a través de su experiencia con los libros infantiles, los dibujos animados, y de la observación de modelos idealizados, acabarán asociando el concepto abstracto de la representación de “casa” con esa imagen paradigmática.

Es tal vez lo más complicado en el proceso creativo. Romper y poner en cuestión la impronta de las preexistencias grabadas a cincel en nuestra mente abstracta. Nuestro trayecto vital por la vía del tiempo nos hace percibir y asumir como funciona el mundo que nos rodea, fruto de la acción empírica de las distintas generaciones que nos han precedido, y que como es lógico acaban resultando en soluciones optimizadas y asentadas. No obstante, el ser humano está ávido de sensaciones y emociones que trascienden la mera satisfacción de las objetivas necesidades materiales.

Es ese el medio en el que el arquitecto se sumerge día a día, tratando de poner en cuestión las ideas preconcebidas, lo asumido, lo incuestionable. Mirando los problemas a través de distintos prismas, que den como resultado una idea innovadora que eleve al campo de las emociones el resultado de su intervención. Es un proceso de lucha interna que tiene momentos de frustración y de satisfacción a partes iguales, y que son la esencia misma de acción creativa.

Ahora, coja un lápiz y un papel y dibuje su casa.

Los muebles de Pablo

Los muebles de Pablo

“Recurrir a lo material para devolvernos los recuerdos de sus actos se convierte en el medio más directo de la memoria”

Cuando estamos son nuestros actos los que nos definen. Como nos relacionamos con los demás o como nos expresamos, andamos o nos vestimos. Como afrontamos nuestros éxitos y nuestros fracasos. La gran mayoría de la población mundial vive en sociedad, porque en cierta manera nos necesitamos. Las relaciones entre las personas son el germen de nuestra evolución. Y cada cual como individuo expresa continuamente, queriendo o sin querer, su personalidad, su forma de ser o de pensar, bien sea de una manera sutil, explícita, mediante el engaño o mediante la más pura sinceridad.

Ahora bien, cuando no estamos, no son nuestros actos los que nos definen, sino lo que queda de nosotros; el recuerdo romántico del ambiente que se generaba cuando contaba un chiste polémico o la imagen en nuestro cerebro de cualquier acto tan costumbrista como colocarse el pelo detrás de las orejas. Reconstrucciones en nuestra mente que al principio son nítidas como las piedras en la orilla de un rio transparente pero que con el tiempo se van difuminando hasta transformarse en ambientes, en escenas borrosas, y a la vez tan reales como lo pueden ser un sueño o la construcción mental de una realidad al leer una novela.

En cierta manera, no solo nuestros actos nos definen, también lo hacen nuestras pertenencias, nuestras cosas. No sucede de una manera tan evidente cuando seguimos vinculados a ellas, ya que nuestros actos siempre van un paso por delante haciendo sombra a lo material. Pero al separarse la persona y el objeto, el inexorable paso del tiempo hace que recurrir a lo material para devolvernos los recuerdos de sus actos se convierte en el medio más directo de la memoria.

Incluso podemos llegar a asociar directamente cosas físicas a sensaciones emocionales: un casco con cuernos de vikingo y una guitarra eléctrica de Paul Stanley colgada en la pared son diversión y emoción. Unos tenis son tu día a día, y tu sofá y tu mesa son tu tarde y tu noche. Las cosas pueden definir a las personas, y efectivamente lo hacen. Todo lo que hay a tu alrededor; el color de la funda de tu móvil, la decoración de tu estantería o incluso la letra a mano en tus apuntes del colegio. A fin de cuentas vivimos en contenedores cerrados por un suelo, un techo y cuatro paredes. Como vivas ese espacio y como decidas llenarlo de objetos va a definir no solo tu forma de vida en esos momentos, sino a ti mismo cuando ya no estés.

La cuarta pared

La Cuarta Pared

“Es ya casi un tópico un tanto irónico, que el arquitecto vive en su mundo de las ideas e ideales”

Hoy arrancamos con un cierto vértigo esta sección que el Diario de Almería nos brinda para reflexionar y transmitir nuestras inquietudes e ideas a cerca de aquello que ha acabado convirtiéndose en el centro de nuestra actividad profesional y de nuestra vida. Cualquier cinéfilo que se haya acercado a la columna atraído por el rotundo título, de entrada puede pensar que hablaremos de Buñuel, de los planos secuencia, de simetría, de la estructura de la trama o de la luz como material en escena… y lo cierto es que no va del todo desencaminado. Nuestro hilo conductor pretende ser la arquitectura y esperemos no haberlos decepcionado ya en el primer párrafo.

A nadie se le escapa que el cine es tal vez uno de los nobles artes más íntimamente relacionados y hermanados con la arquitectura. A parte de las más que evidentes conexiones de tipo técnico en el diseño de escenografía o del uso de espacios construidos inmortalizados en el celuloide, o del hecho de que grandes cineastas han sido y son arquitectos, la arquitectura puede ser entendida como el arte de crear ambientes y el cine necesita crearlos para poder contar historias.

Es ya casi un tópico un tanto irónico, que el arquitecto vive en su mundo de las ideas e ideales, del cual necesita salir para materializar lo que proyecta rompiendo esa cuarta pared que conecta la realidad introspectiva con el mundo que lo rodea. Hay muchas formas de atravesar ese plano imaginario, y como sucede en el cine, no existe una única manera perfecta o universal de hacerlo, o dicho de otra forma, cada proyecto busca su propio camino para atravesarla, bien sea diluyéndola de forma sutil e imperceptible, o bien sea echándola abajo de forma ruidosa y provocativa.

A lo largo de esta sección pretendemos hablar de arquitectura y de su relación con otras disciplinas, de espacio, de texturas, de ciudad, de técnica, de la escala, de lo humano, de lo social y de todo aquello que en el fondo nos apasiona y nos motiva, desde una privilegiada tribuna inserta en una pequeña ciudad con grandes ejemplos y potencialidades ciertamente interesantes.

Esperamos humildemente ser capaces de atravesar esta cuarta pared, no solo con nuestros proyectos sino con nuestra escritura, transmitiendo lo que nos apasiona y nos motiva, provocando una mínima inquietud y curiosidad para acercar la arquitectura a la ciudadanía a través una mirada distinta. El tiempo lo dirá.

Jose Moreno  y  Javier Peña

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