El edificio más bonito del mundo
“Todo arquitecto lleva dentro un edificio que no le pertenece y un proyecto que nunca llegó a ser del todo lo que prometía”
Si en una cena de arquitectos alguien lanza la pregunta, ¿cuál es el edificio más bonito del mundo?, lo más probable es que la velada acabe mal. No por falta de respuestas, sino por exceso. Cada uno tiene la suya, construida durante años de visitas, de libros, de esa tarde concreta en que algo hizo clic delante de una fachada y uno entendió, por fin, por qué había elegido este oficio. Y ninguna respuesta coincide con la del de al lado. Porque el edificio más bonito del mundo es siempre, en el fondo, una autobiografía.
Los hay que lo tienen claro desde primero de carrera. La Alhambra, con esa geometría que parece improvisada y que es pura matemática contenida. El Panteón de Roma, que lleva dos mil años resolviendo con un agujero en el techo lo que la arquitectura contemporánea intenta resolver con cristal, aluminio y software de simulación lumínica. El Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe, que uno visita en peregrinación laica esperando la epifanía y que, curiosamente, casi siempre la produce. Son edificios que funcionan como vacunas: te inoculan un criterio que ya no te abandona.
Otros lo descubren más tarde, por accidente. En un viaje que no tenía nada que ver con la arquitectura, doblando una esquina sin expectativas. El Guggenheim de Bilbao fue así para una generación entera: nadie esperaba que un museo en una ciudad industrial reconvirtiéndose a sí misma fuera a cambiar la manera en que el mundo entendía la arquitectura española. Y sin embargo ocurrió, con sus curvas de titanio y su descaro formal, recordándonos que a veces un edificio solo necesita el valor de no parecerse a nada anterior.
Pero la pregunta tiene trampa. Porque junto al edificio favorito ajeno, todo arquitecto arrastra también el propio: ese proyecto que un día fue la respuesta a todo y que el tiempo, el cliente, el presupuesto o la mala suerte fueron desdibujando hasta convertirlo en otra cosa. El cajón de los no construidos es el inventario más honesto del oficio. Concursos que se perdieron por un punto, propuestas que llegaron demasiado pronto para el gusto del jurado, ideas que sobre el papel eran perfectas y que la realidad habría destrozado de todos modos. Uno aprende a convivir con esos fantasmas. Algunos incluso los prefieren así: intactos, sin la posibilidad de que la obra los decepcione.
Y luego están los que sí se construyeron, pero que nunca terminan de ser lo que prometían. La obra eterna. Ese edificio que lleva años en construcción, que ha cambiado de promotor, de presupuesto y de criterio estético, y que cuando por fin abre sus puertas ya no se parece del todo al proyecto original. En Almería tenemos un caso paradigmático, aunque de naturaleza distinta: la antigua estación de ferrocarril.
Construida en 1893 con trazas que deben algo (mucho, según algunos) a la escuela de Eiffel, la estación es una de esas piezas de arquitectura del hierro que uno no espera encontrar en el sur de España y que, precisamente por eso, sorprende con una elegancia desproporcionada para su contexto. Hierro, cristal y una ligereza estructural que habla de una época en que la ingeniería y la arquitectura todavía no habían decidido divorciarse. Durante décadas ha sido el umbral de la ciudad, el primer edificio que veía quien llegaba en tren. Y durante décadas también ha sido la excusa y el obstáculo: el nudo que impedía coser la ciudad con el mar, el argumento permanente del soterramiento que siempre estaba a punto de empezar.
Ahora el soterramiento avanza, el AVE se acerca y la vieja estación ha quedado en tierra de nadie. Cerrada, expectante, sin saber todavía qué será de ella cuando las vías desaparezcan bajo tierra y el suelo que ocupaban se convierta en otra cosa. Hay quien quiere conservarla, quien propone reconvertirla, quien simplemente la ignora porque lleva tanto tiempo siendo un problema que ya nadie recuerda que también es una joya. Es el destino de algunos edificios extraordinarios: volverse invisibles de tanto estar.
Ahí es donde “el arquitecto” debería intervenir. No necesariamente con un proyecto, sino con una mirada. Con la misma atención que dedicamos a los iconos lejanos, a los peregrinajes a Barcelona o a Bilbao, merece la pena detenerse delante de lo que tenemos cerca antes de que alguien decida su futuro sin haberlo mirado del todo.
El edificio más bonito del mundo a veces no está en los catálogos. A veces está a diez minutos de casa, cerrado, esperando que alguien se tome la molestia de preguntar qué fue, qué es y qué podría llegar a ser.
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