Los premios Dundies
“Una magnñifica combinación de cotidianidad con un elenco de personajes complejos a la vez que absurdos.”
Probablemente, haya que ser un poco friki, infantil y tener un toque de inmadurez para reírse con cierto tipo de chorradas. Me temo que soy culpable de estos tres «pecados». Y por ello, me toca aguantar las miradas de mis hijos adolescentes y de mi mujer cuando me pongo a ver «The Office» en esos ratos muertos en los que consigo hacerme con el mando de la tele. No lo entienden. Y me gustaría decir que los comprendo, pero me temo que no.
Para los que no conozcan esta sitcom americana, (remake de su homónima serie británica, la cual no he visto), se puede resumir en una serie que narra las desventuras de un grupo de trabajadores de oficina, a modo de falso documental, en un pueblo perdido de Pensilvania. Es un grupo anodino de personas normales, en una anodina empresa de venta de papel de oficina, situada en un anodino edificio, de un anodino extrarradio, de un anodino pueblo. Y con estos a priori poco emocionantes ingredientes, se ha construido una de las más exitosas series con más de 200 episodios a sus espaldas.
La clave, en mi opinión, está en una magnífica combinación de cotidianidad con un elenco de personajes muy complejos que generan multitud de situaciones absurdas, histriónicas y surrealistas, tal vez no aptas para todos los públicos. Hoy día, sin ir más lejos, sería impensable reproducir los gags y situaciones cómicas en las que se basa la práctica totalidad de las subtramas, pues casi todos los chistes se cimientan en el racismo, la homosexualidad o la sexualización de los personajes femeninos. El protagonista principal, Michael Scott (Steve Carell), es una suerte de zoquete, bocazas y payaso incorregible que dirige su oficina como si de un ala del frenopático se tratase. Todos los años organiza la gala de entrega de los “Premios Dundies”. Una cena en la que obliga a cada empleado a pagar su cubierto, reparte premios que abarcan desde el premio a las zapatillas más blancas, hasta el premio al mejor jefe, que recurrentemente gana él.
Como digo, todo es anodino y normal. Ni los protagonistas son especialmente guapos o atractivos, ni las localizaciones son idílicas, ni la propia oficina situada sobre el almacén de carga (auténtico personaje principal) presenta un aspecto singular o moderno.
Y siendo así, la serie te atrapa, y logra hacerte sentir como parte de ella. Tras verla, casi sientes haber estado media vida trabajando en esa oficina.
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