Lo bueno, si dura, dos veces bueno

“Los premios ARCO a la permanencia vienen a recordarnos algo incómodo: que el tiempo es el único crítico verdaderamente honesto”

Hay edificios que envejecen como el pan de ayer duros, olvidados, destinados a desaparecer de la conversacióny otros que, con el paso del tiempo, se asientan y se vuelven más necesarios y precisos. Como si la arquitectura, en lugar de desgastarse, encontrara su verdadera forma. Quizá por eso tienen algo de justicia poética los premios ARCO a la permanencia del Colegio Oficial de Arquitectos de Almería: porque no celebran lo nuevo, sino lo que resiste. Y resistir, en arquitectura, no es poca cosa.

Vivimos en una época obsesionada con lo inmediato, donde lo recién inaugurado acapara titulares mientras lo cotidiano se vuelve invisible. Sin embargo, basta detenerse un segundo o perder un autobús, que también sirvepara darse cuenta de que la verdadera arquitectura es la que permanece cuando ya nadie la está mirando.

La Universidad Laboral, proyectada por Julio Cano Lasso y con la ayuda de los jóvenes Campo Baeza, Martin Escanciano y Más-Guindal, es uno de esos lugares que muchos almerienses han recorrido sin ser del todo conscientes de su dimensión. Como quien pasa cada día por delante de una catedral y la confunde con parte del paisaje. Pero basta entrar, recorrer sus patios, dejarse envolver por su escala serena, para entender que ahí hay algo más que un edificio: hay una forma de pensar el mundo.

Algo parecido ocurre con la Rambla. Esta macrointervención urbana de Antonio Góngora, Eduardo Blanes, Miguel Centellas, Luis Góngora y Dionisio Martinez no es solo un lugar de paso, es un escenario de vidas superpuestas: niños que aprenden a montar en bicicleta, jubilados que repiten trayectos como un ritual, adolescentes que descubren el amor o al menos lo intentanen un banco cualquiera. La arquitectura, cuando funciona, deja de ser objeto para convertirse en soporte. Y eso, aunque no salga en las fotos, es probablemente su mayor logro.

Recuerdo una vez, siendo estudiante, escuchar a alguien decir que la buena arquitectura es la que no se nota. En aquel momento me pareció una exageración. Hoy empiezo a sospechar que tenía razón. Porque lo difícil no es llamar la atención, sino seguir siendo útil, digno y generoso veinte años después.

Los premios ARCO a la permanencia vienen a recordarnos algo incómodo: que el tiempo es el único crítico verdaderamente honesto. No entiende de modas, ni de renders, ni de discursos grandilocuentes. El tiempo pone a cada edificio en su sitio, y a cada arquitecto también.

Y, sin embargo, hay algo profundamente optimista en todo esto. Porque estas obras premiadas no solo han resistido, han mejorado la vida de quienes las habitan. Han demostrado que la arquitectura puede transformar una ciudad no desde el gesto espectacular, sino desde la constancia, desde la capacidad de integrarse en lo cotidiano.

Quizá ahí esté la clave. No en hacer arquitectura para ser recordada, sino para ser vivida. Aunque, paradójicamente, sea precisamente eso lo que la hace inolvidable.

Al final, los edificios, como las personas, no son lo que prometen ser el primer día, sino lo que consiguen mantener con el paso del tiempo. Y en eso, estas obras y estos premiosnos dan una lección que convendría no olvidar demasiado rápido.

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