El banco de ladrillos
“No hay deliberación conceptual ni búsqueda de esplendor, sino una respuesta inmediata al problema que la práctica impone.”
En toda obra —esa ciudad en gestación donde el polvo y las rendijas de luz cambian de sitio a cada hora— aparecen artefactos que no figuran en ningún plano, ni en la memoria del proyecto ni en la intención del proyectista, pero que, sin embargo, sostienen la cotidianeidad del propio proceso de construir. Un banco improvisado para comer el bocadillo, un taburete de ladrillos y tablas donde descansar un rato, o un simple clavo a la altura del abrigo que sostiene los chalecos amarillos. Estas construcciones auxiliares —que los albañiles y operarios montan sin licencia arquitectónica, sin reconocimiento ni firma en los apuntes del estudio— son pequeñas arquitecturas efímeras con una lógica tan clara como un tiro de escuadra bien trazado.
Su temporalidad no es un defecto, sino una virtud: están hechas para durar lo justo, para servir a un uso inmediato como la pértiga que sostiene una tela o el soporte que obliga al foco a alumbrar donde se desvela un muro. En su materialidad conviven la prisa con la sabiduría artesanal, ese saber que no se escribe, sino que se acumula en los dedos curtidos de quien posa el cincel y sopesa la tabla. Y es curioso: justo ahora, en Madrid, la exposición “En la obra. Sobre objetos, muebles y acondicionamientos realizados por trabajadores de la construcción” —comisariada por Curro Claret y Burr— recoge y revisa estos hallazgos cotidianos, esos instrumentos nacidos sin título de diseño, pero con una coherencia constructiva rotunda. La muestra documenta soluciones —colgadores, bancos, mesas, protecciones provisionales— que, aunque invisibles para el proyecto formal, están cargadas de lógica y de uso.
Pienso en ello y en la noción de arquitectura efímera, esa disciplina que engloba construcciones proyectadas para durar lo que dura un acto, una función o un rito. En su historia hay desde ceremonias barrocas hasta pabellones de ferias universales: estructuras que no aspiran a la permanencia sino a integrar significado y uso con el tiempo medido en horas o días.
Lo que ocurre en obra es, en cierto modo, la versión más cruda y sincera de esa efímera: no hay deliberación conceptual ni búsqueda de esplendor, sino una respuesta inmediata ―y a menudo elegante― al problema que la práctica impone. En esa economía de medios aparece una estética involuntaria, una dignidad callada que surge cuando la materia se organiza con precisión para servir a un gesto cotidiano. El andamio se convierte en soporte múltiple sin dejar de ser andamio; el clavo, en umbral mínimo entre el desorden y el cuidado. Son operaciones elementales, casi invisibles, que revelan una inteligencia constructiva directa, desprovista de retórica, pero cargada de sentido. Arquitectura sin glosa, sin grandilocuencia, pero tan ligada al cuerpo y al tiempo como cualquier obra premiada.
Quizá ahí radica su fuerza: mientras muchas veces la arquitectura contemporánea debate sobre autoría, forma o significado simbólico, estas pequeñas piezas anónimas nos recuerdan que el espacio más fundamental no siempre es el que manifiesta la idea del proyecto, sino el que sostiene el acto de habitar. Esas soluciones pragmáticas son poemas sin rima ni firma; gestos de inteligencia material que emergen de la urgencia y de la necesidad. Y en su honestidad están más cerca de la esencia de la arquitectura que muchos de los discursos que ocupan las páginas de muchos libros académicos.
Tal vez por eso, cuando al final de la obra los obreros se van y desaparecen esos bancos y esos percheros precarios, queda un vacío que manifiesta que lo que pasa en las Vegas, se queda en las Vegas; a la vez que un recordatorio de que la arquitectura no siempre se escribe en el gran gesto o la forma memorable; a veces, se construye en una esquina humilde bien iluminada o en el bloque de hormigón en el suelo que sostuvo el peso de una pausa para el bocadillo.
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