Baja a la despensa
“Dime cómo tienes la despensa (si es que la tienes) y te diré cómo vives.”
Hay un espacio doméstico que ha sobrevivido a imperios, guerras, pestes y crisis del ladrillo, pero que no ha podido con el minimalismo escandinavo ni con la cocina abierta al salón. La despensa. Ese cuarto oscuro, fresco y ligeramente desordenado donde convivían la ristra de ajos del pueblo, el aceite en garrafa, los botes de tomate de la última cosecha y aquella lata de mejillones que nadie sabe cuándo entró pero que siempre está ahí, como un miembro silencioso de la familia.
Durante siglos, la despensa fue un argumento de seriedad doméstica. Tenerla bien provista era señal de previsión, de orden, de que en esa casa se sabía vivir. Los tratados de arquitectura doméstica del siglo XIX la contemplaban como pieza fundamental de la vivienda burguesa, con orientación norte, paredes gruesas y ventilación cruzada. En Almería, donde el verano no pregunta antes de entrar, la despensa bien orientada, y soterrada si era posible, era casi el único lugar de la casa donde en agosto hacía algo parecido al fresco. Vamos, que la abuela tiraba de rebequita para ir a por unos pimientos secos.
Entonces llegó el siglo XX con sus ideas y lo estropeó todo.
Mies van der Rohe proclamó que menos es más, y le tomamos la palabra de una manera que probablemente él no esperaba. Le Corbusier diseñó la máquina de habitar y se olvidó de que las máquinas también necesitan un almacén de repuestos. El funcionalismo, que en teoría debería haber defendido la despensa como el espacio más funcional de todos, la fue reduciendo hasta hacerla desaparecer. Los metros cuadrados eran caros, los planos debían ser limpios, y la despensa olía demasiado a vida real como para encajar en una axonometría elegante.
El golpe de gracia llegó con la cocina abierta. Ese invento que prometía amplitud, luz y sociabilidad, y que en la práctica significaba que el olor a fritanga llegaba al sofá, compitiendo con el Ambipur de 3 esencias. La pared cayó, la despensa desapareció con ella, y en su lugar apareció una isla de Silestone blanco que en el render quedaba espectacular y en la vida real acumula migas con una eficiencia pasmosa. Los armarios de la cocina, insuficientes por definición, pasaron a albergar todo lo que antes tenía su sitio: las conservas, los cereales, las bolsas de plástico que nos ahorran 15 céntimos en el super, y esa colección de frasquitos de especias que compramos para hacer un tikka masala un domingo y que nunca volvimos a usar.
El resultado es que hoy, en la mayoría de las viviendas nuevas, la despensa no existe. O existe en versión reducida: un armario estrecho junto a la nevera al que los interioristas llaman office con la misma alegría con que los promotores llaman suite a cualquier habitación que tenga baño propio. El fondo de armario alimentario de media España vive hacinado entre la tabla de planchar y el aspirador, en un equilibrio precario que se derrumba cada vez que alguien abre la puerta sin suficiente cautela.
Y sin embargo, la despensa vuelve. Como todo lo que se reprime demasiado tiempo, ha regresado con otro nombre y más pretensiones. Ahora se llama pantry, se reviste de madera de roble, tiene iluminación led cálida regulable y protagoniza reportajes en revistas de interiorismo con titulares del tipo «el nuevo corazón del hogar». La misma función de siempre, las mismas lentejas de siempre, pero ahora con baldas de diseño y un presupuesto que habría alimentado a una familia durante un invierno entero. El minimalismo ha dado paso al minimalismo de lujo, que es exactamente lo mismo pero con etiqueta de precio.
Aquí es donde el arquitecto debería hacer autocrítica, y lo digo en primera persona del plural, pues cuando me hice mi casa, eliminé la despensa en favor de un espacio menos constreñido y rígido. Durante demasiado tiempo diseñamos viviendas para el habitante ideal: ese ser aséptico, ordenado y fotogénico que aparece en las revistas de decoración con ropa de lino y una taza de café en la mano. Un habitante que no acumula, no cocina en cantidad, no guarda las bolsas del supermercado y cuya nevera solo contiene una botella de agua mineral y dos piezas de fruta. Un habitante que, en definitiva, no necesita despensa porque no tiene vida doméstica real, solo estética.
La despensa es, en el fondo, la medida de honestidad de un proyecto residencial. El espacio donde la arquitectura admite que quien va a vivir ahí come, guarda, acumula y necesita sitio para todo eso. Proyectar sin ella es diseñar para la foto, no para la vida. Y las casas, a diferencia de los posados de revista, hay que habitarlas todos los días, incluidos los lunes por la mañana cuando no queda nada en la nevera pero en la despensa todavía hay un paquete de galletas a punto de caducar.
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