Sin red
“Hay un instante, justo antes de que la mano se mueva, en que tanto el artquitecto como el escritor son exactamente lo mismo: alguiqen que no sabe por dónde empezar.”
Escribir es un ejercicio interesante. Y hay muchas formas de hacerlo. A veces se hace por necesidad, otras por placer y en ocasiones por obligación. Que se lo digan a los pequeños escolares que pelean con sus manitas conduciendo su bolígrafo sobre el papel pautado, contando los renglones que le quedan al dictado… o a los sufridos articulistas del periódico que se enfrentan a la titánica tarea enfrentarse al papel en blanco sin saber siquiera si serán capaces de plasmar el batiburrillo desordenado de ideas que flotan en su sopa mental.
Y este ejercicio, más allá de las estrictas cuestiones mecánicas, como puedan ser hacer bien redondita la “o”, o aporrear con acierto un teclado con algunas letras ya borradas del desgaste, es interesante en un sentido más profundo. Al menos en mi caso, cuando me enfrento al folio en blanco, ya sea para redactar un artículo, ya se trate de un dictamen técnico, o de resolver el encaje de una vivienda, tengo siempre la misma sensación. Una mezcla de bloqueo estructural, miedo a arrancar con la primera frase, y una necesidad de estructurar un esqueleto que se esboza veladamente en mi cabeza.
Al final escribir es un acto creativo propio del lenguaje, pero que a diferencia del verbal, sufre de un decalaje o retardo temporal por el simple hecho de que nuestros dedos son mucho más lentos que nuestra lengua.
Y sin embargo, hay un momento preciso en que ese retardo desaparece. Un instante en que la mano deja de ir por detrás del pensamiento y empieza a ir a su lado, casi a empujones, como si hubiera encontrado por fin el paso. En escritura ocurre cuando la primera frase buena aparece de la nada y arrastra a las siguientes. En arquitectura ocurre cuando el primer trazo sobre el papel de croquis, ese trazo que no compromete nada y que sin embargo lo decide todo, encuentra su sitio en la hoja. A partir de ahí, el proceso se acelera solo.
Ese primer trazo es, probablemente, la operación más compleja del proyecto. No porque sea técnicamente difícil, sino porque es la única que se hace sin red. Antes de él no hay nada: ni escala, ni orientación, ni programa resuelto. Solo la certeza vaga de que algo tiene que empezar por algún lado. Los grandes del oficio lo saben bien y aprendieron a no temerle demasiado. Álvaro Siza, que dibuja de manera compulsiva sobre cualquier superficie disponible, explicó alguna vez que sus croquis no son el resultado de pensar, sino la forma misma de pensar. El trazo no representa la idea: la produce. Y eso cambia completamente la relación con el folio en blanco.
Pero antes del trazo, casi siempre hacen falta anclajes. En escritura son el esquema, el titular, esa frase suelta que uno apunta en el margen de un papel y que será el eje de todo aunque todavía no lo sepa. En arquitectura son el programa, la topografía, la orientación solar, las preexistencias del lugar. Y la dificultad no está en conseguirlos, sino en calibrarlos. Un solar entre medianeras con orientación fija, programa detallado y presupuesto ajustado puede parecer el peor punto de partida posible. Y sin embargo, a veces es el más fértil: la restricción obliga a pensar donde la libertad habría permitido divagar. El arquitecto que lleva años en el oficio sabe que un encargo sin condiciones no es un regalo, es una trampa. Como el articulista al que le dicen «escribe lo que quieras sobre lo que quieras»: la página en blanco más blanca de todas. Sin ellos el bloqueo es absoluto: la hoja vacía se convierte en una acusación. Con demasiados, la creatividad se asfixia bajo el peso de las condiciones y el proyecto nace ya viejo, resuelto antes de haber sido pensado. El arte está en encontrar el número justo de anclajes: los suficientes para no perderse, los mínimos para no atarse.
Al final, tanto el proyecto como el texto tienen ese momento temido en que hay que entregar, publicar, construir. Cuando la obra sale de las manos de quien la hizo y empieza a tener vida propia, con sus imperfecciones a la vista y sin posibilidad de corrección. El arquitecto lo sabe cuando firma los planos. El articulista es consciente cuando pulsa enviar. Y los dos se quedan un momento mirando el resultado con esa mezcla peculiar de alivio y sospecha, preguntándose si han terminado de verdad o simplemente han dejado de corregir.
Que, a efectos prácticos, viene a ser lo mismo.
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