Hielo en el desierto

“Pura inteligencia climática ancestral. Sin un solo cable. Sin contratos con Iberdrola. Trucos de magia física que hacína habitable lo imposible.”

Hay una secuencia en Lawrence de Arabia en la que el desierto deja de ser un paisaje para convertirse en una prueba de carácter. Tras atravesar el Nefud, Lawrence contempla el horizonte abrasado con la arrogancia de quien cree haber conquistado la naturaleza. Pero el desierto nunca se conquista; apenas se negocia con él. Quizá por eso las civilizaciones más inteligentes no intentaron vencer al clima, sino comprenderlo. Nosotros, en cambio, llevamos décadas construyendo ciudades como si el sol fuera un error de diseño y el aire acondicionado una especie de derecho divino.

Me ha caído en las manos el último libro de Francisco Colom, Cómo hacer hielo en el desierto, y confieso que me ha tocado la fibra. El título evoca los Yakhchal persas, unas estructuras cónicas de barro que lograban congelar agua en mitad del páramo mediante inercia térmica y enfriamiento radiativo nocturno. Pura inteligencia climática ancestral. Sin un solo cable. Sin contratos con Iberdrola. Trucos de magia física que hacían habitable lo imposible.

Hoy, sin embargo, contemplamos el desierto desde el bando del delirio. Hemos convertido nuestras ciudades en un decorado de hormigón y cristal para luego escandalizarnos porque en julio hace calor. ¿La solución de la modernidad? El termostato. Hemos creado una suerte de «sostenibilidad de catálogo» que pretende salvar el ecosistema añadiendo capas infinitas de poliestireno, sensores inteligentes y máquinas de renovación de aire en el falso techo que zumban con el mismo ritmo descorazonador que el motor de un frigorífico viejo. Hemos encerrado al ser humano en burbujas hipertecnológicas, tan estancas y perfectas que aíslan al habitante de la lluvia, del viento y, por extensión, de sus vecinos. Colom apunta algo brillante: este control térmico obsesivo está íntimamente ligado a la epidemia de soledad contemporánea. Al suprimir el imprevisto climático, destruimos el porche, el patio y el zaguán; es decir, liquidamos el espacio donde la gente se cruza y se ve obligada a hablar de lo único que nos une a todos: el tiempo que hace.

Frente a la fragilidad de la máquina, que al menor apagón convierte un ático de lujo en un invernadero para tomates, urge reivindicar una arquitectura antifrágil. La verdadera vanguardia no es domar el clima a base de talonario y potencia frigorífica; es aliarse con él. Es entender que la sombra es el material de construcción más barato y efectivo del Mediterráneo, aunque ningún fabricante de domótica pueda ponerle un logo brillante.

Cuando proyectamos Casas Costacabana en el litoral almeriense, la obsesión en el estudio no era buscar el aparato de climatización con más pegatinas de colores de eficiencia energética. Nuestro objetivo se centraba en pensar cómo orientar el muro del patio para atrapar el poniente, cómo estirar un porche para domesticar la luz cegadora de nuestra costa o cómo diseñar espacios intermedios que no pertenecen del todo al interior ni al exterior. Arquitectura que funciona con la gravedad, la materia y el sentido común, no con pantallas táctiles.

Si los persas eran capaces de fabricar hielo en la arena con un poco de barro y el cielo de la noche, nosotros deberíamos ser capaces de proyectar una vivienda fresca sin condenar al cliente a pagar un peaje eterno a las compañías eléctricas o depender de cortes de luz sorpresivos. Menos catálogos de aislamiento milagroso y más lecciones del desierto. Al fin y al cabo, el éxito de una casa no se mide en kilovatios por hora, sino en la cantidad de tardes que puedes pasar en el porche, con una cerveza fría, viendo cómo el mundo gira ahí fuera sin necesidad de encender el aire acondicionado.

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