Arquitectura bajo palio
“Una vez al año, Almería recuerda que sus procesiones son más antiguas que su plan de movilidad. Solo cirios, músicoa y cuatro siglos de costumbre.”
Hay una semana al año en que la ciudad decide que ella no manda. Que las calles no son para los coches, ni para los patinetes eléctricos, ni para el carril bici recién pintado con dinero europeo. Que el plan de movilidad sostenible, el peatón empoderado y la señalización inteligente tendrán que esperar, porque viene el paso del Perdón y necesita todo el ancho de la calle, incluido el carril reservado al autobús híbrido.
Y así, durante unos días, la ciudad moderna hace lo que pocas veces se permite: quitarse de en medio.
La Semana Santa es, entre otras muchas cosas, un prodigio urbanístico involuntario. En ninguna reunión de participación ciudadana, en ningún concurso de ideas, en ningún plan general de ordenación urbana se ha conseguido lo que logra una cofradía a las diez de la noche: vaciar aceras, concentrar a miles de personas en silencio (relativo) y convertir cualquier calle en una catedral provisional. Los arquitectos llevamos décadas intentando diseñar espacios que generen eso: esa tensión entre lo íntimo y lo colectivo, y no acabamos de dar con la tecla. Ellos, con cirios, tambores y cuatro siglos de práctica, lo resuelven en quince minutos.
El arquitecto que mira todo esto con ojos profesionales, y que reconoce con algo de vergüenza, que también lo mira con los ojos de cualquier vecino, no puede evitar cierta fascinación ante la escala de la operación. Los pasos barrocos son, en su género, piezas de arquitectura efímera de una ambición que haría palidecer a más de una instalación de la Bienal de Venecia. Madera, plata, flores y velas organizadas con una geometría que no necesita BIM ni render fotorrealista. Funciona sola, como siempre ha funcionado. El peso de la tradición tiene esas ventajas. No necesita actualizarse.
Pero la ciudad moderna sigue ahí debajo, y la convivencia no siempre es cómoda. En muchas urbes españolas, la procesión discurre entre bolardos anti aparcamiento, señales de calle en catalán y en castellano, cartelería de VTC y una pantalla LED que anuncia el precio del menú del restaurante de fusión de la esquina. El paso de palio lleva trescientos años cruzando la misma plaza. El aparcamiento de bicicletas lleva tres meses. Alguien debería hacer una tesis sobre esa negociación silenciosa del espacio público.
Y luego está el público. Hablar del público de la Semana Santa con demasiada solemnidad sería un error. Porque el público es, también, parte del espectáculo. Están los que lloran con autenticidad y emoción genuina. Los turistas que fotografían todo con el palo selfi inclinado a cuarenta y cinco grados. Y los que, instalados en las gradas de alquiler que ha convertido el itinerario procesional en algo muy parecido a un sambódromo, consumen pipas con una parsimonia que no tiene nada de irreverente, sino de costumbre antigua, de los que siempre estuvieron ahí de pie, sin asiento, con bolsa de papel y todo.
Las gradas, precisamente, son un síntoma interesante. Instaladas semanas antes sobre el flamante adoquín rosado del Paseo en construcción con fondos de desarrollo urbano, ocupan exactamente el espacio que el concejal de movilidad había reservado para ampliar la zona peatonal… y los tan denostados parterres menguantes. Aquí nadie protesta. Hay cosas que la ciudad acepta sin concurso público ni período de alegaciones, y la llegada de la Semana Santa es una de ellas. Que el plan director de espacios libres espere: viene la Macarena.
No es una crítica. O no solo. Es una constatación de algo que los urbanistas, en su afán por racionalizar el espacio público, a veces olvidan: que la ciudad no es solo infraestructura, sino también rito. Que hay usos que no se planifican porque llevan demasiado tiempo siendo anteriores al planeamiento. Que la calle puede ser, en martes, carril bici; en miércoles, mercado; y en jueves santo, nave de catedral al aire libre donde caben simultáneamente la devoción, la curiosidad y las pipas.
La arquitectura moderna lleva décadas persiguiendo la idea de espacio flexible, de programa múltiple, de uso compartido. Zaha Hadid lo intentó con curvas. Rem Koolhaas con secciones imposibles. Y aquí, en cualquier ciudad andaluza de tamaño mediano, una cofradía con cuatrocientos años de rodaje lo resuelve cada primavera con una organización voluntaria, velones de cera y una banda de música que sabe perfectamente cuándo callarse.
Eso sí, al lunes siguiente, el carril bici vuelve. Y el plan de movilidad sostenible y las obras del Paseo retoman su curso, algo resignadas, como si acabaran de perder un pulso que en realidad nunca se planteó ganar.
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