La casa que ya no cabe en sí misma

“La Casa Blanca siempre jugó a ese truco tan notrteamericano de ser enorme sin parecerlo; el problema es que los edificios envejecen, pero las ganas de dejar huella, no.”

La Casa Blanca siempre jugó a ese truco tan norteamericano de ser enorme sin parecerlo. Un palacete neoclásico relativamente contenido que, a fuerza de ampliaciones y alas añadidas, se convirtió en un complejo que ocupa más suelo del que deja ver la postal. Desde el principio, su arquitectura quiso decir algo muy concreto. Somos una república, pero tranquila, con columnas como las de Roma, solo que pintadas de blanco para parecer más honestas. El mensaje era sobriedad con pedigrí clásico y un punto doméstico. Casi como si el poder fuera un invitado más en el salón de la democracia.

El problema de la arquitectura gubernamental es que los edificios envejecen, pero las ganas de dejar huella, no. Cada generación de gobernantes mira la planta del conjunto y piensa lo mismo que algunos clientes frente a su adosado. Aquí falta algo.

La nueva ampliación en marcha alrededor de la Casa Blanca se materializa, entre otras cosas, en un enorme salón de baile de unos dos mil metros cuadrados y capacidad para mil almas convenientemente engalanadas para la ocasión, insertado como pieza estrella de una renovación del ala este. No deja de tener su ironía que, después de siglo y medio, la gran prioridad funcional sea por fin disponer de un espacio digno para cócteles, cenas de gala y discursos con aplauso garantizado. El proyecto, financiado mayoritariamente por el propio presidente y donantes afines, ronda los 200 millones de dólares, lo que sitúa cada canapé en una escala presupuestaria difícil de traducir a euros por metro cuadrado.

Todo esto se hace, además, en un edificio que goza de una conveniente exención histórica. La Casa Blanca, como otros inmuebles gubernamentales, está parcialmente al margen de ciertas obligaciones de protección patrimonial que sí recaen sobre cualquier otro ciudadano cuando quiere abrir una ventana en su fachada. Que nos lo digan a los que tenemos que tramitar la famosa solicitud de “informe previo” cuando intervenimos en una simple reforma de local en el centro de la ciudad. Que el principal símbolo del poder ejecutivo pueda reconfigurarse con menos cortapisas que un portal de barrio tiene su aquel jurídico, pero sobre todo arquitectónico.

En la presentación ante la comisión de planificación federal, el discurso oficial hablaba de mejorar la logística, centralizar servicios, racionalizar entradas y salidas, reforzar la seguridad, modernizar cocinas y zonas de servicio. Nada que objetar. Cualquier arquitecto (yo el primero) ha vendido alguna vez un cuarto de instalaciones disfrazado de “mejora de la experiencia de usuario”. Pero aquí el núcleo emocional del proyecto no está en el sótano técnico, sino arriba, en el gran salón representativo, con su cornisa alineada con la altura del edificio histórico para que parezca que todo ha estado ahí desde siempre.

La narrativa oficial habla de continuidad, de respeto al carácter neoclásico, de uso de materiales y proporciones compatibles con el edificio original. El resultado final, si los planes e información que estos días hemos ido viendo en los medios se cumplen, será un conjunto todavía más grande, más simétrico y menos modesto, en el que el truco de “parecer pequeño” será cada vez más difícil de sostener desde la valla. Como en esas películas en las que la saga se alarga tanto que el decorado inicial queda enterrado bajo capas de secuelas, precuelas y universos extendidos.

Tal vez, dentro de unos años, cuando se apaguen los focos de esta reforma y llegue otra administración con nuevas urgencias escenográficas, alguien mire los planos de conjunto y se haga la misma pregunta que en cualquier ático sobrecargado de reformas: ¿en qué momento dejamos de ampliar la casa y empezamos a agrandar nuestro ego? Mientras tanto, la arquitectura gubernamental seguirá levantando su propia tramoya, confiando en que, desde el patio de butacas, la fachada siga pareciendo lo de siempre: una república razonable, con columnas blancas y un salón que, eso sí, ya es digno de un final épico de trilogía galáctica.

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