La nevera sin imanes

“La arquitectura era, y sigue siendo, una forma de organizar el mundo material para hacerlo habitable, bello y digno.”

Mientras esta semana se celebra en todo el país la tradicional Semana de la Arquitectura ,como cada octubre —con infinidad de visitas guiadas a edificios emblemáticos, actos de entrega de placas del Docomomo Ibérico a viejas glorias construidas que siguen en pie y alguna que otra conferencia dirigida por y para los arquitectos—, un edificio se desploma en el centro de la capital y acaba con la vida de cuatro personas. El contraste resulta tan brutal como revelador: nuestro oficio se sigue jugando en el barro, entre el polvo de las obras, el sol de las cuatro de la tarde y los bocadillos de chóped sentados sobre una termoarcilla.

Entre la celebración y la tragedia se abre una grieta que simboliza una distancia más profunda: la que separa lo que los arquitectos entendemos por arquitectura, lo que la sociedad percibe que es y lo que, en esencia, debería ser. Para unos, la arquitectura es ese conjunto de iconos reconocibles que aparecen en las revistas, los premios o las redes sociales: la decoración del comedor de un millonario, una disciplina convertida en espectáculo, donde el gesto pesa más que la técnica y la imagen más que el proceso. Para otros —quizá la mayoría—, no es más que un trámite burocrático, una firma obligatoria para poder construir, un personaje accesorio que ni promotores ni constructores terminan de respetar. Entre ambos extremos, el arquitecto se ha ido diluyendo, atrapado entre la representación y la utilidad, entre el mármol y el barro.

Pero la arquitectura, en su sentido más profundo, siempre fue mucho más que eso. Desde sus orígenes, fue un acto de servicio, una respuesta técnica y cultural a una necesidad colectiva. Los primeros arquitectos no dibujaban para destacar, sino para proteger, ordenar y simbolizar. Sus obras no se medían por su originalidad, sino por su permanencia. La arquitectura era —y sigue siendo— una forma de organizar el mundo material para hacerlo habitable, seguro, bello y digno. Detrás de cada muro, de cada estructura, hay una cadena de decisiones técnicas, éticas y humanas que raras veces se cuentan, pero que sostienen nuestra vida cotidiana.

Mientras se multiplican los discursos sobre sostenibilidad, innovación y belleza, en demasiadas obras se recortan medidas de seguridad, se ignoran normativas o se delega la responsabilidad técnica en la improvisación. Se confía más en la intuición del constructor que en el criterio del arquitecto. Y cuando la tragedia ocurre —como en el derrumbe de Madrid—, el arquitecto vuelve a ser el rostro visible de un sistema que lleva años descomponiéndose.

No se trata de reivindicar una figura perdida, sino de repensar colectivamente qué entendemos por arquitectura. Porque reducirla a una cuestión estética es tan injusto como reducir la odontología a la colocación de carillas dentales. La arquitectura implica técnica, oficio, ética y compromiso social. Requiere tanto de cálculo como de sensibilidad, tanto de ciencia como de empatía.

Quizá ha llegado el momento de reconciliar esas dos caras de la moneda: la que brilla en las exposiciones de La Casa de la Arquitectura y la que suda en la obra. De recordar que la arquitectura no sucede en los museos ni en los hashtags, sino en la realidad de lo construido: en esa esquina donde alguien espera el autobús, en el muro que sostiene una vida o en la sombra que protege un patio del sol.

Celebrar la Semana de la Arquitectura debería servirnos para mirar más allá de los edificios emblemáticos y preguntarnos si seguimos construyendo con el mismo sentido de responsabilidad con el que se colocó la primera piedra del Partenón. Porque la arquitectura, en el fondo, siempre se ha levantado sobre un mismo equilibrio: la belleza del mármol y el peso del barro.

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