Luego lo arreglamos

“Son espacios demasiado pequeños para ser plaza y demasiado importantes como para seguir siendo ignorados.”

Hay espacios de la ciudad que no figuran en las postales. No son plazas, tampoco calles, ni parques en sentido estricto. Son ensanchamientos extraños de acera, encuentros mal resueltos entre edificios, solares que nunca llegaron a ser nada y rincones donde el planeamiento se encoge de hombros. Lugares donde uno se detiene un segundo, no porque sean agradables, sino porque obligan a decidir por dónde seguir. Esos espacios existen en todas las ciudades, pero pocas se toman la molestia de mirarlos de frente.

Durante años hemos aprendido a pensar la ciudad a través de grandes gestos: avenidas, plazas mayores, parques emblemáticos, operaciones urbanas con nombre propio. La arquitectura se siente cómoda en lo que se puede explicar con una axonometría limpia y una memoria de proyecto con épica. Lo pequeño, lo ambiguo, lo que no alcanza la categoría de “espacio representativo”, suele despacharse con una frase tranquilizadora: luego lo arreglamos. Y ese luego, como casi siempre en urbanismo, acaba siendo nunca.

Álvaro Siza ha repetido muchas veces que el arquitecto no inventa nada, que solo ordena lo que ya está ahí. Su obra está llena de pequeños gestos. Un banco, un quiebro de muro o una sombra bien colocada, convierten espacios aparentemente insignificantes en lugares memorables. No hay grandes proclamas urbanas, pero sí una atención obsesiva por lo cotidiano. Por esos espacios que no aspiran a ser plaza, pero que terminan funcionando como tal porque alguien decidió mirarlos con cuidado.

Estos pequeños espacios residuales tienen una virtud incómoda: son demasiado importantes para ignorarlos y demasiado modestos para protagonizar un proyecto. No justifican una inauguración ni una placa conmemorativa, pero condicionan la experiencia diaria de miles de personas. Son los lugares por los que se pasa de camino al colegio, donde se espera a alguien cinco minutos, donde se decide si sentarse o seguir andando. Y cuando están mal tratados, la ciudad se vuelve áspera sin que sepamos muy bien por qué.

El problema no suele ser económico. No hablamos de grandes inversiones ni de soluciones tecnológicamente complejas. Hablamos de sombra, de continuidad, de bancos bien colocados, de pavimentos que no parezcan provisionales durante treinta años. Hablamos, en definitiva, de intención. Porque muchos de estos espacios no están mal diseñados; simplemente no están diseñados en absoluto. Son el resultado de una suma de decisiones correctas a gran escala que, vistas de cerca, no encajan.

Aquí los arquitectos tenemos parte de responsabilidad. Nos formaron para pensar en edificios, en objetos y en límites claros. El espacio intermedio, ese que no es ni interior ni exterior del todo, siempre ha sido territorio difuso. Lo resolvemos con una trama verde y una etiqueta en el plano de emplazamiento que dice, por ejemplo, “espacio libre de uso público”. Confiamos en que el tiempo, o alguien después, lo ordene. Pero la ciudad no funciona por acumulación de buenas intenciones aplazadas.

En Almería, esta cuestión se vuelve especialmente visible. Es una ciudad llena de pequeños espacios maltratados que no llegan a ser plaza, pero tampoco calle. Encuentros entre barrios que se resuelven con solares vallados durante décadas. Ensanches de acera sin sombra en una ciudad donde la sombra no es un lujo, sino una infraestructura básica. Vacíos urbanos que nadie siente como propios porque nunca se les concedió esa oportunidad, auténticos maceteros elevados, contorneados por un bordillo de piedra artificial, a los que solo acceden los gatos para contemplar las medianerías.

Almería no carece de espacios públicos; carece, en muchos casos, de la decisión de tratarlos como tales. El resultado es una ciudad fragmentada, donde cada pieza parece esperar a que la siguiente se complete para empezar a funcionar. Pero esa siguiente pieza casi nunca llega. Y mientras tanto, la vida cotidiana se adapta como puede: se improvisan recorridos, se evitan lugares, se normaliza lo incómodo.

La paradoja es que esos espacios pequeños son, precisamente, los que más capacidad tienen para transformar la percepción urbana. No necesitan grandes discursos ni concursos internacionales. Necesitan cuidado, continuidad y una cierta humildad proyectual. Aceptar que hacer ciudad no siempre consiste en añadir, sino en ajustar; no en destacar, sino en conectar.

Y reconozco que en los últimos tiempos, Almería se ha puesto las pilas. Junto con las faraónicas intervenciones en marcha, en especial la peatonalización del Paseo o el tan ansiado soterramiento, se han empezado a mimar algunos de esos patitos feos que jalonan el callejero, en los márgenes de lo irrelevante.

Conviene no olvidar que la ciudad se construye también en esos márgenes. En esos que nadie reclama como propios, pero todos usan. En eso que no sale en las fotos, pero aparece cada día en la rutina. Seguir diciendo luego lo arreglamos es aceptar que la vida urbana puede esperar. Y la vida urbana, como sabemos, nunca espera.

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