Casas extrañas

“La vivienda deja de ser un refugio para convertirse en un dispositivo narrativo, casi en un personaje.”

En Casas extrañas, el manga japonés de Uketsu, la arquitectura no es un simple telón de fondo: es el enigma. Plantas aparentemente anodinas esconden pasillos sin sentido, habitaciones sin ventanas y espacios tapiados sin utilidad aparente. La casa, ese lugar que asociamos a refugio y cotidianidad, se convierte en un artefacto inquietante. Y, sin embargo, la pregunta que sobrevuela toda la historia es profundamente arquitectónica: ¿por qué alguien viviría así?

En esta historia no hay sustos ni violencia explícita; el suspense nace de la observación. El lector es invitado a mirar un plano y a hacerse preguntas, igual que haría un arquitecto frente a una vivienda mal resuelta. ¿Por qué alguien aceptaría vivir así? ¿Qué necesidad justifica esa anomalía?

Uketsu juega además con una idea incómoda: la casa como cómplice. Las distribuciones no son casuales, sino que encubren rutinas, miedos o incluso delitos. Hay estancias pensadas para no ser vistas, recorridos que evitan encuentros, espacios diseñados para controlar o aislar. La vivienda deja de ser un refugio para convertirse en dispositivo narrativo, casi en un personaje. Y lo hace sin recurrir a arquitecturas imposibles, sino manipulando lo cotidiano.

Acostumbrados a pensar la vivienda como un ejercicio de optimización —máxima luz, mínima circulación, programa claro—, el manga nos recuerda que la casa no siempre responde a la lógica del manual. Cada distribución es una toma de posición. Cada decisión espacial, incluso la más absurda en apariencia, habla de quien la habita. En Casas extrañas, las anomalías no son errores: son huellas que ofrecen pistas de la forma de vida de sus habitantes.

La arquitectura doméstica ha sido históricamente un reflejo de los modos de vida. El salón central burgués como espacio de representación, la cocina segregada como reflejo de roles, el dormitorio mínimo como síntoma de una vida hacia fuera. Cambian los tiempos y cambian las plantas. Hoy proliferan viviendas híbridas, sin jerarquías claras, donde trabajar, dormir y vivir se superponen. Frente a esa tendencia, las casas del manga parecen ir en dirección contraria: fragmentan, esconden e incomodan.

Pero quizá no sean tan extrañas. Todos conocemos viviendas que no funcionan” según los criterios habituales y, aun así, encajan perfectamente con quien las ocupa; habitaciones sin uso definido porque la vida tampoco lo está, espacios residuales que no se explican desde el programa, pero sí al conocer la historia de los inquilinos.

El manga exagera estos mecanismos hasta convertirlos en suspense, pero el trasfondo es real: no existe una única manera correcta de habitar. La distribución no es neutral. Condiciona movimientos, encuentros y silencios. Puede fomentar la convivencia o el aislamiento, la transparencia o el secreto. Y, a la inversa, nuestros miedos, obsesiones y rutinas acaban modelando la casa, aunque no siempre seamos conscientes de ello.

Tal vez por eso Casas extrañas incomoda tanto a arquitectos y lectores por igual. Porque nos obliga a aceptar que la vivienda ideal no existe, y que detrás de cada planta rara” hay una lógica íntima, a veces perturbadora, pero siempre humana. Y no hay nada más inquietante que un plano que, sin decirlo, nos está contando una vida.

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