La tramoya
“Durante un par de horas, el cine nos permite habitar mundos que no existen… y aprender, sin darnos cuenta, cómo se construye la ilusión.”
¡Qué grande es el cine! Y no lo digo por Garci y su magnífico tributo cultureta a las grandes glorias del séptimo arte. Qué gran programa, por cierto, de una época en la que la televisión todavía reservaba espacios dignos en la parrilla para algo que no fuera salseo, reality o superficialidad y gresca de bajo perfil. Informe Semanal, La Clave, Versión Española, El loco de la colina o Redes son solo algunos ejemplos de una televisión que hoy recordamos con cierta nostalgia, quizá idealizada, pero sin duda más ambiciosa.
Sería injusto no reconocer que algo queda aún de ese espíritu en La 2 de Televisión Española, o que nuevas formas de creación de contenido han venido a suplir ese vacío, como los podcasts temáticos o los canales especializados. Pero no dejan de ser nichos, espacios para convencidos, lejos de aquel escaparate popular en el que la cultura se colaba en los salones casi sin pedir permiso.
Pero no me quiero quedar ahí, que yo a lo que iba era a la grandeza del cine en su sentido más literal; es un arte total. Porque tras esa pantalla inmensa no solo se despliega una historia con banda sonora. Se construye un espacio. Un espacio pensado, diseñado, iluminado y recorrido. El cine no es solo narración, es arquitectura. Arquitectura fingida, prestada o exagerada, pero arquitectura al fin y al cabo.
Cada plano define un lugar. Cada encuadre establece límites, proporciones y jerarquías. El cine sitúa al espectador en un espacio concreto y lo obliga a habitarlo durante un tiempo determinado. Y como en cualquier arquitectura, ese espacio condiciona lo que ocurre dentro. No se cuenta igual una conversación en una cocina estrecha que en una sala de techos altos. Un pasillo alargado genera tensión. Una escalera anuncia conflicto. Un umbral siempre es una invitación a avanzar.
Ahí entra en juego la cuarta pared. Ese límite invisible que separa al espectador del mundo representado. En el teatro es una convención clara, casi física. En el cine, sin embargo, se vuelve mucho más compleja y sugerente. La cámara atraviesa muros, perfora fachadas, se cuela por ventanas imposibles. Nos convierte en observadores omnipresentes, en visitantes silenciosos de espacios ajenos. Miramos sin ser vistos. Habitamos sin ser invitados.
Y luego está la tramoya. Ese mundo oculto que sostiene la ilusión. Fachadas sin trasera, calles que no llevan a ninguna parte, interiores que no encajan con los exteriores. Arquitecturas imposibles que solo funcionan desde un punto de vista concreto: el de la cámara. Pura escenografía. Pero tremendamente eficaz. Porque el cine no necesita verdad constructiva, sino verdad emocional. No importa que una puerta no conduzca a ningún sitio si al abrirla sentimos que algo va a ocurrir. Y de esto en Almería y Tabernas algo sabemos, ¿verdad?
Almería ha sido durante décadas un territorio donde la arquitectura ha aceptado, sin complejos, su condición de decorado. Un lugar en el que fachadas, calles y paisajes han aprendido a ser otra cosa: México, el Lejano Oeste, el norte de África o ciudades que nunca han existido. Aquí el trampantojo no se oculta, convive con el territorio y lo transforma, aunque sea de manera efímera. Y por eso mirar estos escenarios nos ha enseñado a entender el espacio no solo por lo que es, sino por lo que puede llegar a representar.
Que gran laboratorio de ideas puede llegar a ser el cine para la arquitectura. Un espacio inmenso donde experimentar sin normativas, sin gravedad y sin presupuestos reales. Donde la escala se manipula y el tiempo se construye. Donde las ciudades pueden ser eternamente nocturnas, lluviosas o perfectas. Un territorio de prueba que permite mirar la arquitectura sin el peso de la realidad, despojada de obligaciones, y donde el espacio se construye únicamente para ser vivido, aunque sea durante unos minutos.
Tal vez por eso el cine nos sigue pareciendo grande. No solo por la pantalla, ni por la técnica, ni siquiera por las historias. Sino porque durante un par de horas nos permite habitar otros espacios, otras arquitecturas, otras formas de estar en el mundo. Y cuando se encienden las luces y la cuarta pared vuelve a levantarse, regresamos a nuestra ciudad con la incómoda sensación de que, por un instante, también nosotros hemos formado parte de la película.
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