De Vitrubios y Palladios

“El orden, la proporción y la escalabilidad del sistema define desde la parte más pequeña hasta lo más grande»

Hay un invariante en el entorno urbano que todos somos capaces de reconocer con independencia del conocimiento que se tenga de arte, arquitectura o historia. Los elementos clásicos de la arquitectura adintelada procedentes de las civilizaciones clásicas Griega y Romana, que pasaron un periodo de abandono y olvido durante la edad media, fueron redescubiertos por los arquitectos renacentistas, los cuales estudiaron y reinterpretaron sus elementos compositivos, fijando las bases de lo que sería el orden en la arquitectura y el urbanismo hasta nuestros días.

Y es que, es el orden, la proporción y la escalabilidad del sistema que define desde la parte más pequeña de una moldura hasta lo más grande como pueda ser la proporción entre espesor de una columna y la altura total de un edificio, han cautivado a los arquitectos a través de los tiempos.

Marco Vitrubio, en el siglo I A.C. recogió, en su tratado de arquitectura, entre otras muchas cuestiones, lo que hoy conocemos como órdenes clásicos, y que sirvió de base para que los renacentistas como Andrea Palladio redefinieran las bases de todo lo que ha venido detrás.

Durante los primeros años del periodo de formación en la escuela de arquitectura, se estudian las proporciones pitagóricas y áureas, así como los órdenes clásicos (Toscano, Dórico, Jónico y Corintio esencialmente), dibujando hasta la saciedad, plantas de templos, columnas, molduras, metopas y capiteles. Y es que esa práctica impuesta por el método de aprendizaje, que llega a resultar en algo casi obsesivo, persigue que se adquieran los hábitos de encajar con rigor cuando se diseña, ya sea un taburete o una terminal portuaria.

Probablemente, influido por esa obsesión,  en el año 1964, el arquitecto Javier Peña Peña, tuvo la genial idea de iniciar una singular colección. Cada vez que coincidía con algún colega de profesión, le pedía que le dibujase un capitel en una octavilla. A bote pronto, y generalmente sobre la marcha, sin casi tiempo para pensar. De forma continua y hasta su muerte en 1976 mantuvo esta práctica, y hoy se conservan algo más de 500 originales de dibujos, entre los que se encuentran prácticamente todos los grandes arquitectos de la época como Oiza, De la Sota, o Bohigas por mencionar solo algunos.

En esos trazos tan personales y espontáneos, en los que se obligaba casi que a traición al arquitecto a reinterpretar todo lo aprendido en su formación clásica, se aprecian las señas de identidad y genialidad de los grandes maestros.

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