El ojo tras la lente

“Aquellas fotografías antiguas de verdaderos artistas que se pensaban cada foto como si fueran la última

Recuerdo con cierta nostalgia los primeros veranos que salía del nido siendo apenas un niño, los campamentos de verano y sus excursiones a la montaña o a la granja escuela. Siempre le pedía a mis padres que me comprasen una cámara de usar y tirar tan habituales en aquella época. Me parecía increíble poder inmortalizar aquellos momentos para luego, tras varios meses, ir a una tienda de revelado y poder tener en mis manos fotografías a todo color y en ese papel rectangular donde se quedaban las huellas de los dedos si no lo cogías por los bordes. Hacer fotos era un privilegio de muy pocos y poder visualizar la instantánea en el mismo momento de disparar era toda una utopía. Por ese motivo, cada fotografía tenía un valor especial y antes de apretar el botón, te pensabas mucho donde ponerte o por donde viene el sol y te asegurabas que todos tus amigos entraban dentro del recuadro a la hora de poner el ojo en la mira.

Sin embargo, hoy en día vivimos un momento increíble en el que todo el mundo tiene siempre en su bolsillo una cámara de fotos y además de una calidad impresionante. Si yo tenía que esperar cuatro veranos para juntar más de 50 fotografías, ahora puedes echarlas en menos de 2 minutos. Y acto seguido puedes verlas, retocarlas o incluso compartirlas con el mundo entero. Realmente esto ha generado que consumamos una gran cantidad de información gráfica día tras día, minuto tras minuto, y a pesar de ello, muy pocas imágenes valen realmente la pena. Tenemos que echar 200 fotos a nuestros hijos para rescatar alguna que medianamente cumpla nuestras expectativas.

A pesar de todo, hoy en día seguimos admirando aquellas fotografías antiguas de verdaderos artistas que se pensaban cada foto como si fuera la última. Carlos Pérez Siquier realizó un gran número de fotografías y cada una de ellas goza de una armonía en su composición que cuando la ves realmente te transmite verdadera emoción. Siempre sientes algo, te transporta a ese momento, a ese breve instante en el que disparó. Consigues ponerte en su lugar y en cierta manera compartir su ojo. Es en ese momento en el que el artista consigue llegar al corazón del receptor, no sólo viendo un paisaje bonito o una casa impresionante, sino sintiendo algo más. No sabes por qué, pero te quedas embobado mirando sus obras y sabiendo que te están contando una historia. Que esa imagen es más que una casa blanca en el Cabo de Gata o una niña en la puerta de su casa de la Chanca. Esa imagen es arte.

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