El pabellón de invitados

El albañil levantaba muros, y ejecutaba según lo acordado hasta la siguiente visita sin saber muy bien qué estaba haciendo exactamente

Un proyecto es algo vivo. No se cierra en el momento en el que se encarpetan los planos y se envían a visado o se entregan al cliente. Y esto a pesar de que uno se esfuerce hasta lo impensable en el trabajo para dejarlo pensado, resuelto,  y bien atado. 

Cuando uno comienza su andadura profesional está cargado de suficiencia y convencido de haber llegado al escenario con la batuta de director dispuesto a reformarlo todo, siempre claro está, desde una posición de falsa humildad. Se está en el pleno convencimiento de que uno lo puede controlar y prever todo, para como no puede ser de otra manera, a través de un proyecto perfecto, obtener ese resultado impecable.

Pero cuando llega la hora de materializar ese proyecto perfecto, se tarda poco en comprender que uno está en un profundo error. El castillo comienza a temblar desde los cimientos y más pronto que tarde será necesario tragarse el orgullo y pedir ayuda para salvar los muebles. Tal vez este relato sea un tanto dramático, pero estoy convencido que salvo uno o dos iluminados, que de todo tiene que haber,  casi todos los que nos dedicamos a proyectar, hemos pasado por ello.

Aún recuerdo una clase magistral del afamado arquitecto Carlos Ferrater, en el que nos contaba como había diseñado y construido un pequeño pabellón de invitados en su vivienda de Menorca. Todo sin un solo plano o dibujo. Hacía visitas cada quince días a la casa y en ese día le daba las instrucciones exactas al albañil de la labor que tenía que construir esa quincena. Ni un detalle, ni un comentario más. El albañil levantaba muros, y ejecutaba según lo acordado los tajos hasta la siguiente visita sin saber muy bien que estaba haciendo exactamente y cuál sería el resultado final. En aquella clase nos contaba que ni él tenía del todo claro a donde acabaría llegando exactamente, más allá del concepto global. Y esto en cierto modo es el caso extremo de proyecto vivo hasta sus últimas consecuencias. El resultado, huelga decir que es espectacular.

La obra forma parte del proyecto y eso es bueno para el resultado. Con un buen control la ejecución sirve al proyecto, lo mejora y lo enriquece, pues abre el campo al contacto con la realidad y se nutre de las experiencias de los que intervienen en el proceso. La experiencia te engrasa y te prepara para moldear las ideas que de partida se muestran rígidas e inflexibles. El proyecto madura y se completa. Nunca se cierra. 

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