Esta vez sí que sí…

“Hay una fecha de entrega al final del túnel. El problem es que el túnel lo exacvas tú, solo, y a mano.”

Existe un estado mental que la medicina no ha catalogado aún, pero que cualquier arquitecto reconoce sin necesidad de diagnóstico: esa mezcla peculiar de euforia, agotamiento, fe ciega y resignación estoica que se instala en el cuerpo durante las semanas previas a la entrega de un concurso de ideas. No es estrés, aunque lo contenga. No es ilusión, aunque la precise. Es algo más difícil de definir y bastante más difícil de curar. Podría llamarse síndrome del último día, pero la realidad es que empieza mucho antes del último día. Empieza el mismo momento en que decides presentarte.

Porque un concurso de arquitectura no comienza con la descarga del pliego de las bases. Comienza con una conversación de pasillo. Con un «¿Has visto la circular del colegio de arquitectos? ¡Concurso de ideas!” con ese instante preciso en el que algo en el cerebro, que debería saber mejor que nadie lo que viene después, decide que esta vez sí, que esta vez la propuesta es buena, el equipo es sólido y el plazo es razonable. Mentiras que nos contamos con admirable convicción, una detrás de otra, como quien instala falsos techos para no ver la viga que descuelga.

El plazo nunca es razonable. O más exactamente: el plazo es suficiente para el arquitecto imaginario que duerme ocho horas, no tiene otros proyectos en curso y tiene a alguien que le cocine. Para el arquitecto real, el plazo es siempre un acuerdo tácito entre la administración y la ley de Murphy. Treinta días sobre el papel. Veinte si descuentas los primeros diez de análisis, dudas e indecisión creativa que se disfraza de proceso. Y al final, los últimos cuatro en los que se condensa, con la intensidad de un agujero negro, todo lo que no se hizo antes. Dormir en esos cuatro días es una actividad recreativa, casi excéntrica.

Lo curioso es que la épica existe. No es una invención nostálgica de los que ya la superaron. Hay algo genuinamente cinematográfico en esas noches de despacho, con el café frío sobre la mesa de dibujo, las láminas a medio montar, el ordenador con cuatro programas abiertos que compiten por la RAM como urbanistas rivales disputándose suelo. La lámpara de trabajo proyecta una luz cálida y absurda sobre el caos. Uno mira el reloj, maldice en voz baja y vuelve a la pantalla. Es extenuante. Es ridículo. Y, sin embargo, tiene algo de ritual que no se encuentra en ningún otro tipo de encargo. Habrá quien lo compare con la madrugada de un examen universitario, pero eso es quedarse corto. En la universidad no ponías tu nombre en una portada con la esperanza de que alguien, al otro lado del jurado, lo reconociera como algo valioso.

Porque esa es la otra cara del asunto: el concurso de ideas es, antes que nada, un acto de fe. Fe en que la propuesta importa. Fe en que el jurado tendrá criterio. Fe en que el esfuerzo y la calidad son variables que cuentan en la ecuación final. Una fe que se cultiva en la primera semana, se tambalea en la tercera y se reconstituye, con cierta desesperación, en las últimas horas, cuando ya no hay tiempo para dudar y solo queda ejecutar. Entonces, paradójicamente, el proyecto mejora. Las decisiones se toman con una precisión que no tienen cuando hay tiempo de sobra. La presión hace lo que la reflexión a veces no puede: elimina lo superfluo y deja solo lo que de verdad tiene que estar.

El fallo del jurado llega semanas después, cuando uno ya ha rehecho su vida emocional y casi ha olvidado aquellas noches. En el mejor de los casos, una mención: palmadita institucional que reconoce el esfuerzo sin pagarlo. En el peor, silencio administrativo y la propuesta disuelta en algún archivo que nadie volverá a abrir. Y aun así, uno se vuelve a presentar. No solo por visibilidad o cartera, sino por algo más irracional: la necesidad de medir la propia arquitectura contra algo que no sea el cliente con presupuesto ajustado y preferencias heredadas del catálogo. Por esa fracción de segundo, cuando el pliego ya está descargado y todavía no ha pasado nada, en que todo es posible.

Tal vez sea eso lo que distingue a los que se presentan de los que no: no una mayor habilidad ni un mayor optimismo, sino una cierta disposición a vivir en ese espacio intermedio entre la idea y el resultado. Un espacio incómodo, exigente y a veces ingrato, pero que, cuando funciona, cuando el proyecto sale como uno lo imaginó y la propuesta llega a manos del jurado con algo de verdad dentro, justifica con creces las horas perdidas, el café frío y los dos tornillos que siempre sobran al final del montaje.

Y la próxima vez que salga una convocatoria interesante, uno volverá a descargar el pliego. Porque en el fondo, sabemos perfectamente cómo acabará esto.

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