Habitar el tiempo

“Nuestra casa no son las cuatro paredes que cierran el salón, son las horas que pasamos sentados en sofá

A pesar de poder tensarse y comprimirse, deformándose como una tela estirada al caerle una canica, el tiempo es una magnitud que el ser humano percibe de una manera prácticamente constante y lineal. Antes, durante y después. El tiempo se acelera o se ralentiza en función de la masa pero, ¿qué más da si en este planeta apenas somos capaces de percibirlo? Se trata de un proceso continuo, ininterrumpido, que marca una constante. El sol sale, el sol avanza, el sol se pone. Una y otra vez. 

El tiempo es la base de la repetición, cuestión clave de la costumbre ya que nos brinda la suficiente tranquilidad y seguridad mental para afrontar un día más sabiendo, más o menos, cómo se van a desarrollar las cosas. Por lo tanto, realizar tareas repetitivas o simplemente gozar de una rutina diaria, nos ayuda a establecer unas reglas del juego con las que poder bailar con la vida. Y de esta forma, a base de repetir procesos, poder anticiparnos para actuar al respecto o simplemente para sufrir por adelantado.

Las costumbres marcan hábitos y, ¿cómo no? Como su propia palabra indica, nuestros hábitos definen nuestro hábitat, es decir, nuestro espacio personal, nuestra vivienda. Aunque a priori parezca una afirmación retorcida, nuestra casa no viene definida por el espacio, sino por el tiempo. Nuestra casa no son las cuatro paredes que cierran el salón, son las horas que pasamos sentados en el sofá.

Habitamos el tiempo, no el espacio. Nos movemos en la autovía de las horas para recorrer la vida de principio a fin, del nacimiento a la muerte. Ocupando diferentes lugares que tienen una luz por la mañana y otra muy distinta por la tarde. Así que, aunque muchos arquitectos mencionen a la luz como el material de construcción más barato y abundante, podríamos decir que este depende en última instancia de su jefe, el tiempo.

La vivienda constituye el espacio principal y de mayor intimidad de cada uno de nosotros, pero no sería absolutamente nada sin el paso del tiempo, solo una amalgama de ladrillos, tierra, cemento y arena. Una construcción sin ningún tipo de valor más allá de lo puramente económico. Su relación con nuestras experiencias vitales es la clave para convertir una edificación en un hogar y eso solo es posible a través de la paciencia, la madre de todas las ciencias, el tiempo.

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