Hacia rutas salvajes

“Cuando legaban a un buen territorio, montaban sus tipis en un abrir y cerrar de ojos. 

Antes de que el ser humano integrara de lleno la agricultura en la sociedad de su tiempo, la forma de vida nómada era el estándar entre cualquier tribu. La gente se movía de acá para allá en busca de oportunidades, de alimento y de buen clima. Se trasladaban andando o apoyados por algún animal de carga y cuando llegaban a un buen territorio, montaban sus tipis en un abrir y cerrar de ojos para establecerse allí por algún tiempo.

Eran totalmente conocedores de cuales eran los bienes útiles y los superfluos. Se movían únicamente con lo imprescindible, porque cuando tu forma de vida se basa en el movimiento y tienes que cargar con tus pertenencias cada día, es cuando realmente valoras qué es necesario para el desarrollo de tu vida. Qué cosas son un mero capricho, cuáles son simbólicas, cuáles emocionales y cuales indispensables para sobrevivir en tu día a día.

Sin embargo, cuando conseguimos establecernos en algún lugar, la cosa cambia. Curiosamente, los almacenes son el corazón de las viviendas en las zonas insulares o de difícil acceso. Es allí donde se guardan las pertenencias que tanto trabajo nos han llevado conseguir y que necesitaremos a diario para desarrollar nuestro trabajo, nuestro disfrute o nuestras necesidades más animales. Lo mismo sucede con los graneros o los silos de cualquier granja por todo el mundo, o incluso con el vestidor de un apartamento en el centro de la ciudad.

El ser humano tiende a acumular siempre que tiene la posibilidad y el espacio para hacerlo. Desde coleccionistas de sellos hasta amantes de las zapatillas Jordan, almacenar es un leitmotiv en nuestra vida moderna. Quizás por ello vemos como un renegado de la sociedad a aquel que vive con dos camisetas y cazo para cocinar, sumergido en su pequeña caravana o su barquito de vela y que se desplaza a diario hasta encontrar un buen lugar donde pasar la noche. Se trata de personas que han vuelto a los instintos más primarios de cualquier ser vivo: la supervivencia, la relación con el entorno y el contacto con la naturaleza. Es un sentimiento difícilmente entendible por el resto, maravillo en su plenitud y peligroso a partes iguales, y si no, que se lo pregunten a Christopher McCandless que murió totalmente solo en Alaska por inanición, posiblemente causada por envenenamiento al ingerir alguna sustancia desconocida. Su forma de vida fue arriesgada y aventurada, pero seguro que alcanzó la plena felicidad como se narra en su libro y película homónima: Hacia rutas salvajes.

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