La piel que habito

“De igual forma que no se puede aprender de los errores de los demás, hasta que no habitas un espacio, no asimilas los elementos que lo cierran

A pesar de tratarse del primer rascacielos cerrado totalmente de vidrio, cuando conocí en persona el famoso edificio Seagram de Nueva York,  no conseguí apreciar dicha proeza técnica. Quedó totalmente eclipsada por la fenomenal idea de retranquear el proyecto en favor de ofrecer una maravillosa plaza pública a las estrechas calles de la ciudad, custodiadas siempre por enormes edificios que no permiten ser vislumbrados en su totalidad, sin partirte el cuello en el intento.

La piel del edificio es un término recurrente en las escuelas de arquitectura para explicar innumerables conceptos, tanto de diseño, como constructivos e incluso estructurales. Sin embargo, siempre me ha parecido una terminología muy curiosa. Es un concepto que, pese al evidente símil que mantiene con el cuerpo humano, siempre me ha costado interiorizar. Los edificios no tienen pieles, tienen fachadas, algunas perforadas por ventanas, otras continuas, orgánicas y con formas de lo más extravagantes, pero todas ellas son solo un elemento constructivo que cierra un espacio a la vez que dota a la edificación de una expresiva imagen exterior.

Al observar una persona desnuda simplemente vemos un cuerpo opaco, desconocemos a priori el grosor de su piel y las múltiples capas que la componen. Sin embargo, si pudiéramos separarla del resto del cuerpo, además de ser un proceso altamente desagradable, lograríamos entender a la perfección su funcionalidad y autonomía. Lo mismo sucede con la arquitectura, siempre he pensado que la mejor manera de entender este concepto es mediante las famosas dobles fachadas, como el precioso edificio Castelar de Madrid. En cambio, de igual forma que no se puede aprender de los errores de los demás, hasta que no habitas un espacio, no asimilas los elementos que lo cierran. Pues bien, al fin llegó el momento de, no solo entender las pieles de los edificios, sino quedar sobrecogido ante lo que pueden llegar a transmitir. La Caja Mágica de Madrid, de Dominique Perrault, continúa explorando este concepto que lleva reproduciendo a lo largo de toda su carrera, proyectando y construyendo obras de una sensibilidad extraordinaria. Una delgada celosía metálica hace las veces de fachada y elemento climático que tamiza la luz y dota al espacio de los aledaños de la pista deportiva de un ambiente sobrecogedor que, consigue transmitir paz frente al bullicio de las miles de personas que lo transitan al unísono en los días de partido.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *