La silla y la taza

“Como el diseño que pasa desapercibido, como la clásica forma de una taza de café, que es cómoda, sincera, fácil de fabricar y encima bonita..

Por lo general, somos nosotros, los arquitectos, los que solemos presentar nuestros proyectos a los clientes. Concretamente, desde nuestro estudio, siempre preparamos una presentación a base de diapositivas que proyectamos en una pantalla, donde una serie de esquemas intentan explicar cómo hemos llegado hasta la solución final elegida, acompañados rápidamente por unos planos y algunas imágenes en 3D para entender mejor la volumetría general del edificio.

Siempre que acabamos alguna de estas presentaciones me pregunto cómo ha interpretado el diseño nuestro cliente. Evidentemente existe cierto feedback y siempre comentamos las impresiones, los puntos fuertes y las cosas a mejorar. Sin embargo, el otro día, fuimos nosotros los que asistimos atónitos a la presentación de un proyecto. Presentado por una muy competente arquitecta, escuchamos absortos la sencillez de su explicación, la lógica aplastante de sus decisiones a la hora de abordar la idea general del proyecto y el coherente resultado final en la distribución en planta y las infografías fotorealistas.

Comprendí a la perfección sus ideas y su forma de transformarlas en un edificio. Consiguió que interiorizase al vuelo sus inquietudes formales, espaciales y  sobre todo funcionales. Y pensé que no existiría ninguna otra forma de resolver ese programa en esa parcela. Me transmitió, de una manera muy orgánica, que esa era la mejor opción. Como el diseño que pasa desapercibido, como la clásica forma de una taza de café que es cómoda, sincera, fácil de fabricar y además, bonita.

Normalmente, el diseño más sencillo es el más eficiente y normalmente tenemos la sensación de que siempre ha sido así, que una silla siempre ha tenido cuatro patas y un respaldo. Pero simplemente se debe a que es la solución idónea para el problema a resolver. En algún momento alguien tuvo que idearlo y construirlo, alguien diseñó por primera vez una silla, al igual que una cabaña. Hartos de vivir en una cueva, aquellos primeros nómadas recogieron palos de madera para apilarlos en forma de cono y construyeron el espacio. Seguramente fue un acto intuitivo y natural, nada excepcional, pero sí eterno.

No sé si nosotros, en alguna ocasión, conseguimos transmitir a nuestros clientes que nuestro diseño es el más racional, el más bonito o el más económico, lo que sí sé es que los buenos diseños, al igual que la buena arquitectura no hace falta explicarlos.

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