Mind the gap

“…sin darme cuenta estaba sintiendo la atmósfera del lugar hasta por el bello del antebrazo»

Londres fue uno de los primeros viajes que realicé sin mi familia, iba únicamente con un amigo. Tan niño como yo, o más. Nos veíamos muy jóvenes para viajar solos pero lo suficientemente adultos como para ir de discotecas.

Recordaba vagamente algún viaje por Italia y por supuesto mi escapada infantil a Disneyland con apenas 10 años, pero nunca había sentido esa sensación de extrañeza al pisar una ciudad tan ajena a mi entorno hasta entonces conocido. Tras bajar del avión y coger el típico bus que te lleva al centro urbano, comencé una de las pocas caminatas que recuerdo casi a la perfección y no precisamente por su dificultad, por su bello paisaje o por el largo paseo con una maleta de ruedas en un camino empedrado de horas, minutos y segundos, sino más bien por el desconcierto que sentí. No saber explicar mis sensaciones al respecto es lo que precisamente me ha llevado a recordarlas.

Ciertamente sentía que estaba en otro mundo, pero no sabía por qué; había calles, coches y personas, nada distinto a lo que solía ver al pasear por mi ciudad, pero había algo, sentía que algo era distinto y no sabía el qué.

Notaba que estaba percibiendo muchos estímulos por todos mis sentidos, pero no conseguía identificar ninguno en concreto. Miraba el suelo para no caerme y al mismo tiempo sentía como cruzaba la acera un señor con gabardina y sombrero en la otra esquina de la manzana. Creo que siempre he tenido esta visión periférica, pero por primera vez no era un señor con bermudas y chanclas, y eso llamó mi atención. Me asombré al darme cuenta del potencial de mis ojos, aunque tras unos minutos dejó de centrarse en la vista y atravesó al resto de sentidos, sin darme cuenta estaba sintiendo la atmósfera del lugar hasta por el bello del antebrazo.

Cuando visitamos una ciudad por primera vez, percibimos de manera inconsciente ciertas señales que nos indican cómo son las cosas por allí. De manera intangible y a través de todos los sentidos, tanto los físicos como los más arraigados a la memoria y los recuerdos, conseguimos analizar ciertas pautas que nos aportan información general del lugar. Realmente no sabemos nada en concreto, no nos ha dado tiempo a analizar ningún aspecto de la misma, pero sin embargo, entendemos el espacio, el ruido, el clima, el idioma o la velocidad de movimiento de las personas, máquinas o animales que la habitan. Realmente, sólo percibimos un ambiente, sabemos cosas del lugar sin llegar a saber nada de él.

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