Nos vemos en casa de los abuelos

“Cuartos con colchones por el suelo para acoger alguna noche a toda la patulea de mocosos que improvisaba de forma unilateral e innegociable una noche de pijamas

Hay un momento en la vida que es tal vez de los más tristes que uno llega a experimentar. Ese preciso instante en el que se cierra la puerta de la casa de los abuelos por última vez.

Cuando somos niños, nuestra experiencia vital está vinculada de forma casi indivisible a los lugares en los que uno se siente seguro. La propia casa o el colegio son esos edificios en los que más tiempo uno pasa, pero si había un refugio especial de entre todos ellos, ese era “la casa de los abuelos”.

Solía ser un inmueble modesto y desfasado. Colmatado de cosas raras que huelen de forma muy particular, y con algún que otro “intocable” al que siempre se anhelaba echar mano en un momento en el que nadie mirase. La casa de los abuelos, era ese lugar de reunión, lleno de primos desperdigados correteando entre cómodas y mesas bajas llenas de portafotos y jarrones, que a duras penan conseguían sobrevivir (los que lo lograban) durante décadas de estar al borde del abismo.

Sitio incómodo donde los hubiera, con mesas supletorias montadas sobre caballetes y sillas recopiladas de la cocina y dormitorios para montar una cena de navidad en la que todos cabían. Cuartos con colchones por el suelo para acoger por la noche a toda la patulea de mocosos que improvisaba de forma unilateral e innegociable una noche de pijamas. Armarios llenos de ropas de otra época, altillos llenos de maletas. Librerías apretadas de todo tipo de empolvados volúmenes.

Pero nada de eso importaba, porque en aquella época y con esa edad, el tono del color de la pintura de la pared o si la encimera de la cocina era de granito… o si hacia calor o frio era algo del todo irrelevante. Era un sitio especial, seguro y mágico.

Pero el tiempo pasa, y llega ese día. Día en el que te plantas casi sin reparar en él. La casa cierra sus puertas por última vez dejando una ausencia y un vacío difícil de describir. Ya nada vuelve a ser igual. A pesar de que ya no tienes ni la edad ni las rodillas para meterte debajo de las camas, recuerdas con añoranza esos tiempos sencillos en los que ir a casa de los abuelos era el mejor regalo que se podía recibir.

En un año como el que hemos pasado, tan duro para los auténticos protagonistas de este artículo, se han cerrado de forma prematura y cruel muchas de esas puertas. Algunas para no volver a abrirse. Otras sin embargo, ya están preparadas de nuevo con renovada energía para volver a regalar vida y experiencia. Vaya por todos ellos.

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