Teléfono, mi casa

“Corría el verano del año 1982 cuando ET aterrizó en nuestras vidas, en una de las peliculas más emotivas de la historia del cine

Se cumplen 40 años del estreno de una película que a muchos de mi generación nos cambió la vida. Corría el verano del año 1982 cuando ET aterrizó entre nosotros, en una de las películas más emotivas de la historia del cine. Con una banda sonora que roza lo glorioso, Steven Spielberg logró conmover a millones de corazones con una temática a priori alejada de la ternura de su historia. Ya en Encuentros en la Tercera Fase de 1977 se anticipaba ese genio capaz de romper moldes con historias humanas que se alejan de lo convencional.

Yo vi ET un par de años más tarde en un cine de verano en La Granja de San Ildefonso, Segovia. Aún recuerdo emocionado lo que sentí al ver la película con 8 o 9 años. Indescriptible. Y no hace mucho tiempo, tuve la suerte de poder llevar a mis hijos a ver la película al teatro Cervantes gracias a una estupenda iniciativa de Kuver Producciones dentro de un ciclo llamado “Cine a 500 pesetas”. Es una pena que no se hagan más este tipo de proyecciones en la gran pantalla de clásicos del cine.

De las muchas cosas que me resultan interesantes y mágicas de esta película, me voy a centrar en sus localizaciones y concretamente en la casa de Elliot. A priori, la casa del protagonista no es más que una típica vivienda unifamiliar americana que no llama demasiado la atención, dentro de un característico suburbio estadounidense en una zona más bien árida y montañosa. Gran parte de la trama se desarrolla en su interior, y a base de revisionar la película he podido comprobar que los interiores se corresponden con la vivienda real no tratándose de un trabajo en decorado o estudio. Se nota que en el momento del rodaje la casa llevaba poco tiempo edificada a la vista de la escasa vegetación que la rodeaba. Localizada la vivienda, esta se sitúa en un barrio de los Ángeles conocido como Tujunga, y hoy en día sigue en pie y sorprendentemente muy poco transformada.

Su gran armario ropero situado entre las dos habitaciones de los niños, con sendas puertas venecianas de madera y en la que ET se camufla entre los muñecos de Gertie, la inmensa cocina incorporada al salón con su original mesa triangular, la estructura de volúmenes con cubiertas abuhardilladas escalonadas, su atmósfera de penumbra y de luz tamizada, o su jardín trasero con acceso al cobertizo siempre me cautivaron. Si tengo ocasión de viajar a Los Ángeles, mucho me temo que no podré evitar pasar a saludar y a dejar un indalo en la puerta.

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