Un hotel y una casa

“Está todo recogido y limpio, la luz natural entra por el fondo de la estancia, tamizada por unas cortinas claras y finas

Muchos de vosotros habréis experimentado alguna vez esa curiosa sensación de entrar a la habitación de un hotel por primera vez, bueno, no de cualquier hotel, sino ese que cuesta algo más de 20€ la noche. Se trata de un lugar, en el que inexplicablemente, estás más cómodo que en tu propio salón. Te sientes como en casa, acabas de entrar en una habitación que no habías visto jamás y sin apenas haber soltado las maletas en el suelo, ya es tu hogar.

Está todo recogido y limpio, la luz natural entra por el fondo de la estancia, tamizada por unas cortinas claras y finas. El suelo es tan agradable que estás deseando quitarte los zapatos y poder sentir el frescor del pavimento en verano o la comodidad de la moqueta en invierno. Entras y lo desordenas todo en cuestión de minutos, pero no te preocupa del todo porque sabes que con acumular todas tus cosas en una esquina, al día siguiente habrán hecho la habitación y volverá a estar como nueva. Es curioso pensar que una estancia tan impersonal como la habitación de un hotel pueda llegar a ser tan agradable. A los dos días tendrás que hacer el check-out antes de las 12 de la mañana y automáticamente le darán la habitación al siguiente. Que casualmente volverá a sentirla como suya.

Existen una serie de elementos que inconscientemente producen esa sensación de absoluta comodidad y por lo tanto, de felicidad. El frescor en el ambiente, ver cada cosa en su sitio bajo un estricto orden, aunque estemos deseando perpetrarlo, o incluso un olor agradable, y no precisamente a ningún ambientador artificial. Cada uno tenemos nuestros propios gustos, pero todos somos humanos y nos sentamos juntos por igual alrededor de un fuego cuando hace frío. Las sensaciones de comodidad y bienestar son muy comunes entre todos nosotros y por eso mismo yo sentí que estaba en un hogar cuando visité la casa estudio de Luis Barragán en Tacubaya, México.

Una serie de espacios concatenados hacen del recorrido por el interior de la casa un espectáculo donde uno a uno iba imaginándome cómo sería vivir allí. Sentía que era mi casa, que se construyó precisamente para mí, para resolver mis necesidades, y sin embargo Luis Barragán no me conoce, es más, construyó esa casa 44 años antes de que yo naciera. Pero la diseñó pensando en sí mismo, en levantar el lugar donde él se sintiese cómodo durante muchos años, y seguramente cumplió su objetivo, ya que no la abandonó hasta su muerte.

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