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“Un hombre asciende, con la calma de quien sube las escaleras de su casa, por la fachada de uno de los rascacielos más altos del mundo. Sin cuerda, paracaídas ni margen de error.”
La imagen es tan sencilla como inquietante: un hombre asciende, con la calma de quien sube las escaleras de su casa, por la fachada de uno de los rascacielos más altos del mundo. No hay cuerda, no hay red ni paracaídas y, por lo tanto, tampoco margen de error. Alex Hornnold —sí, ese mismo que convirtió la escalada sin protección en un espectáculo íntimo y casi místico— ha vuelto a recordarnos algo realmente incómodo: la altura no es solo una cuestión numérica, sino que hay algo más irracional y subjetivo en todo esto.
El Taipei 101, con sus 508 metros, fue durante algunos años el edificio más alto del planeta. Un tótem de acero y vidrio erigido para tocar el cielo en una ciudad sísmica, húmeda y densamente poblada. Un prodigio de la ingeniería, calculado hasta el último tornillo y capaz de resistir tifones y terremotos gracias a una gigantesca masa oscilante escondida en su interior que consigue compensar los movimientos sísmicos. Todo perfectamente controlado. Todo, salvo ese cuerpo humano que decide recorrerlo por fuera, como si la fachada fuera una montaña y el edificio, de pronto, dejara de ser arquitectura para convertirse en paisaje.
La arquitectura siempre ha tenido una relación ambigua con la altura. Construimos alto para ver más lejos, para dominar, para diferenciarnos. Las catedrales góticas elevaron sus bóvedas para acercarse a Dios; los rascacielos modernos lo hacen para acercarse al capital. Cambian los dioses, pero no la pulsión. En el fondo, seguimos levantando torres para confirmar que seguimos aquí, que aún somos capaces de desafiar algo tan elemental como la gravedad. Aunque luego pongamos barandillas, normativas y seguros a todo riesgo para tampoco sentir demasiado el desafío.
Honnold, en cambio, elimina cualquier mediación. Donde el arquitecto coloca un ascensor panorámico, él solo coloca su mano inundada de magnesio. Donde nosotros proyectamos un mirador protegido con grandes paneles de vidrio laminado, él apoya la punta de sus pies de gato. Su gesto convierte el rascacielos en una pared de roca artificial, y deja en evidencia algo realmente incómodo: que la altura, sin ningún tipo de protección, vuelve a ser peligrosa. Se trata de un instinto animal que nos vuelve a poner en nuestro sitio, y quizás por eso nos fascina tanto.
Porque la altura no es solo una condición vertical, se trata de una promesa. La promesa de llegar arriba, de conquistar la cima, de mirar hacia abajo con una mezcla de orgullo y pánico. Da igual si se trata del Everest, del campanario de tu pueblo o de un edificio corporativo de Asia: el sueño es el mismo. Y lo curioso es que, mientras Honnold arriesga su vida para subir, la mayoría de nosotros solo queremos llegar arriba sin darnos cuenta. Pulsar el botón del ascensor, revisar el móvil y aparecer, mágicamente, en la planta 89. La épica, por favor, que la haga otro.
Tal vez por eso este tipo de hazañas nos incomodan y nos atraen por partes iguales. Nos recuerdan que la arquitectura nació como refugio pero que siempre termina adquiriendo todo tipo de significados. La carrera por alcanzar el rascacielos de 1 km, a través del dinero y la ingeniería, no deja de ser una cuestión de ego del propio ser humano en su afán de trascender en el tiempo. Así que es curioso cómo alguien decide escalarlos como si simplemente fuera una broma privada entre el ser humano y la gravedad.
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