Lo bueno, si dura, dos veces bueno
Lo bueno, si dura, dos veces bueno
“Los premios ARCO a la permanencia vienen a recordarnos algo incómodo: que el tiempo es el único crítico verdaderamente honesto”
Hay edificios que envejecen como el pan de ayer —duros, olvidados, destinados a desaparecer de la conversación— y otros que, con el paso del tiempo, se asientan y se vuelven más necesarios y precisos. Como si la arquitectura, en lugar de desgastarse, encontrara su verdadera forma. Quizá por eso tienen algo de justicia poética los premios ARCO a la permanencia del Colegio Oficial de Arquitectos de Almería: porque no celebran lo nuevo, sino lo que resiste. Y resistir, en arquitectura, no es poca cosa.
Vivimos en una época obsesionada con lo inmediato, donde lo recién inaugurado acapara titulares mientras lo cotidiano se vuelve invisible. Sin embargo, basta detenerse un segundo —o perder un autobús, que también sirve— para darse cuenta de que la verdadera arquitectura es la que permanece cuando ya nadie la está mirando.
La Universidad Laboral, proyectada por Julio Cano Lasso y con la ayuda de los jóvenes Campo Baeza, Martin Escanciano y Más-Guindal, es uno de esos lugares que muchos almerienses han recorrido sin ser del todo conscientes de su dimensión. Como quien pasa cada día por delante de una catedral y la confunde con parte del paisaje. Pero basta entrar, recorrer sus patios, dejarse envolver por su escala serena, para entender que ahí hay algo más que un edificio: hay una forma de pensar el mundo.
Algo parecido ocurre con la Rambla. Esta macrointervención urbana de Antonio Góngora, Eduardo Blanes, Miguel Centellas, Luis Góngora y Dionisio Martinez no es solo un lugar de paso, es un escenario de vidas superpuestas: niños que aprenden a montar en bicicleta, jubilados que repiten trayectos como un ritual, adolescentes que descubren el amor —o al menos lo intentan— en un banco cualquiera. La arquitectura, cuando funciona, deja de ser objeto para convertirse en soporte. Y eso, aunque no salga en las fotos, es probablemente su mayor logro.
Recuerdo una vez, siendo estudiante, escuchar a alguien decir que la buena arquitectura es la que no se nota. En aquel momento me pareció una exageración. Hoy empiezo a sospechar que tenía razón. Porque lo difícil no es llamar la atención, sino seguir siendo útil, digno y generoso veinte años después.
Los premios ARCO a la permanencia vienen a recordarnos algo incómodo: que el tiempo es el único crítico verdaderamente honesto. No entiende de modas, ni de renders, ni de discursos grandilocuentes. El tiempo pone a cada edificio en su sitio, y a cada arquitecto también.
Y, sin embargo, hay algo profundamente optimista en todo esto. Porque estas obras premiadas no solo han resistido, han mejorado la vida de quienes las habitan. Han demostrado que la arquitectura puede transformar una ciudad no desde el gesto espectacular, sino desde la constancia, desde la capacidad de integrarse en lo cotidiano.
Quizá ahí esté la clave. No en hacer arquitectura para ser recordada, sino para ser vivida. Aunque, paradójicamente, sea precisamente eso lo que la hace inolvidable.
Al final, los edificios, como las personas, no son lo que prometen ser el primer día, sino lo que consiguen mantener con el paso del tiempo. Y en eso, estas obras —y estos premios— nos dan una lección que convendría no olvidar demasiado rápido.
El hombre en el castillo
El hombre en el castillo
“¿Y si Roma hubiera perdido? No un partido, sino la final. La que lo cambió todo”
Hay un ejercicio mental que los historiadores llaman ucronía y que los arquitectos deberíamos practicar con más frecuencia como terapia de humildad. Consiste, simplemente, en preguntarse qué habría pasado si. Y si el Imperio Romano hubiera sido aplastado, definitivamente y sin vuelta atrás, por las tribus germánicas que llevaban siglos empujando desde el norte. Y si Arminio, tras la batalla del bosque de Teutoburgo en el año 9 de nuestra era, no se hubiera quedado quieto contemplando los tres escudos clavados en los árboles, sino que hubiera seguido avanzando. Y si Roma hubiera caído antes de que su arquitectura tuviera tiempo de contaminar el mundo.
Philip K. Dick se planteó algo parecido, aunque en otro contexto igualmente inquietante. En “El hombre en el castillo”, su magistral ucronía de 1962, imaginó un mundo en el que el Eje gana la Segunda Guerra Mundial y los Estados Unidos quedan repartidos entre Alemania y Japón. Un escenario donde los objetos cotidianos americanos se convierten en reliquias de una civilización vencida. Donde la historia real, la que realmente ocurrió, se filtraba como una ficción clandestina, casi como una herejía. Dick entendió algo fundamental: cambiar el pasado no es solo cambiar los nombres del poder. Es cambiar lo que uno construye, cómo lo habita y qué entiende por belleza.
Traslademos ese vértigo a la arquitectura. Imaginemos que los germanos ganan, y ganan de verdad. Pero no una batalla, sino la guerra. Que Roma no tiene tiempo de exportar sus termas, sus acueductos, su Panteón, ni su obsesión por el arco de medio punto. Que Vitruvio escribe sus diez libros en un endemoniado idioma que nadie conservará. Que el hormigón romano, esa mezcla casi milagrosa de cal, ceniza volcánica y voluntad imperial, queda enterrada bajo siglos de madera y barro. ¿Qué construiría Europa? ¿Qué construiríamos nosotros?
La respuesta honesta es que no lo sabemos. Pero sospechamos que sería radicalmente distinto. Las tribus germánicas construían en madera, efímeramente, con una relación con el territorio marcada por el movimiento y la adaptación. No tenían foros, ni basílicas, ni ese impulso casi patológico de hacer que las cosas durasen mil años. Sus asentamientos eran funcionales, orgánicos, profundamente ligados al bosque y al clima. Una arquitectura sin pretensiones de eternidad. Sin columnas que venerar, sin proporciones que calcular, sin la obsesión mediterránea por la simetría y la luz controlada. Una arquitectura, en definitiva, que no habría generado el Renacimiento. Porque el Renacimiento no fue otra cosa que Europa mirándose en el espejo de Roma y decidiendo, con la arrogancia propia del siglo XV, que aquello era lo que quería ser de mayor.
Sin ese espejo, no hay Brunelleschi soñando la cúpula de Santa Maria del Fiore. No hay Palladio midiendo ruinas con una cuerda y un listón. No hay tratados de arquitectura con los cinco órdenes, esos que durante siglos funcionaron como el sistema operativo universal del oficio. Sin Roma, probablemente tampoco habría Clasicismo, ni Barroco, ni Neoclásico, ni esa larga cadena de revivals que atraviesa la historia como un pasillo de columnas sin fin. La modernidad arquitectónica del siglo XX se construyó, en buena medida, contra ese legado. Pero para rebelarse contra algo, primero hay que haberlo heredado. Sin herencia, no hay ruptura. Y sin ruptura, no hay arquitectura moderna tal como la conocemos.
Sería injusto, no obstante, romantizar en exceso la alternativa. Una Europa sin Roma no habría sido necesariamente peor. Habría sido, simplemente, otra. Tal vez más cercana a las tradiciones constructivas del norte, donde la madera no es un recurso provisional sino una poética. Los países escandinavos, con sus stavkyrkje medievales y sus casas de turba, llevan siglos demostrando que se puede hacer arquitectura extraordinaria sin recurrir al entablamento. El Japón que Dick imagina en su novela, produce objetos de una belleza austera e impecable, sin necesitar para ello ninguna columna corintia. La belleza, al parecer, es capaz de encontrar su propio camino incluso cuando le cambian el guion.
Y, sin embargo, uno no puede evitar sentir un pequeño vértigo ante la magnitud de lo que se habría perdido. El Panteón de Roma, ese edificio que lleva dos mil años resolviendo con una cúpula perforada lo que la arquitectura contemporánea sigue intentando hacer con cristal, aluminio y algoritmos. Las termas de Caracalla, que son básicamente un polideportivo de lujo con dieciocho siglos de antelación. O el simple hecho del arco, esa curva que los romanos convirtieron en lenguaje universal y que todavía hoy, cuando aparece en una fachada, genera en el transeúnte algo parecido a la paz.
La próxima vez que paséis bajo un arco, dadle las gracias a Arminio por quedarse quieto aquella mañana de otoño en el bosque de Teutoburgo. Él no lo sabe, pero probablemente salvó el Renacimiento.
La ciudad suspendida
La ciudad suspendida
“La altura redefine la intimidad de la calle: lo que antes era cotidiano se vuelve extraordinario, y lo que estaba vedado se hace visible, aunque no necesariamente habitable.”
Imagina caminar a 70 metros sobre el asfalto de Manhattan. No desde la cornisa de un rascacielos ni desde la ventana de un apartamento, sino a pie, recorriendo la ciudad como un puente que conecta alturas. La sensación sería curiosa: familiar y extraña al mismo tiempo. Conoces la ciudad, pero desde un lugar que hasta ahora solo las aves podían permitirse.
Desde esa altura, la cuadrícula se convierte en tejido; las avenidas, en hilos tensos que cruzan un tapiz vibrante. Los taxis son hormigas amarillas, los peatones, manchas móviles entre parterres y semáforos. Los rascacielos, esos monumentos a la opulencia, revelan su secreto: ventanas oscuras, balcones vacíos, la ausencia de vida detrás de la fachada de cristal. La ciudad parece latir y, a la vez, dormir.
Caminar así transforma Manhattan en un escenario casi absurdo. Las torres fantasmagóricas, esas “propiedades trofeo”, se muestran tal como son: paisaje del lujo y de la ausencia. La densidad urbana no siempre implica ocupación. Muchas ventanas permanecen cerradas, muchos apartamentos permanecen sin uso real. Y desde la pasarela, eso se ve de manera inmediata.
Pero también hay descubrimiento. Los parques se recortan en el horizonte, los puentes conectan distritos como hilos visibles, los patios ocultos entre manzanas se revelan. Cada pasarela elevada es una línea que enlaza barrios y descubre relaciones invisibles. Proyectos como The Golden Loop de Rica Studio juegan con esta idea de caminar sobre la ciudad, ofreciendo una perspectiva crítica y poética sobre lo que pertenece a la élite y lo que pertenece a todos. El urbanismo deja de ser solo calles y edificios: se convierte en la perspectiva desde la que lo recorremos.
Desde arriba, Manhattan pierde su verticalidad intimidante y gana en coherencia visual. Se pueden imaginar recorridos imposibles desde la calle, enlazando edificios como si fueran piezas de un puzzle abierto. Y mientras caminas, descubres que la ciudad es simultáneamente accesible y excluyente: accesible a la mirada que puede elevarse, excluyente para quienes no pueden pagar la altura. La ironía no es menor: estas pasarelas suspendidas permiten caminar por espacios que, en teoría, están destinados a unos pocos, convirtiendo el lujo en experiencia pública.
La arquitectura, entonces, deja de ser solo soporte de vivienda y se convierte en escenario de percepción. La ciudad se vuelve narrativa, y cada paseo suspendido una historia que combina abundancia, ausencia y descubrimiento. La altura redefine la intimidad de la calle: lo que antes era cotidiano se vuelve extraordinario, y lo que estaba vedado se hace visible, aunque no necesariamente habitable.
Quizá lo más fascinante de esta perspectiva es que no solo altera la forma en que vemos Manhattan, sino también cómo la sentimos. En la ciudad, desde cierta altura, los límites entre la privacidad y lo público se disuelven y este tipo de planteamientos nos recuerda que, a veces, basta con un simple cambio de perspectiva para redescubrir cosas que ya pensábamos conocer.
Entre la casa y la calle
Entre la casa y la calle
“La ciudad no es solo una colección de edificios. Es la red de relaciones que se producen entre ellos. Y ahí, en ese espacio intermedio, la arquitectura todavía tiene mucho que decir.”
Hay edificios que cumplen programa. Y hay otros que, casi sin proponérselo, terminan construyendo ciudad. La diferencia no suele estar en el presupuesto ni en el número de viviendas, sino en algo más difícil de medir: la voluntad de que cada decisión tenga consecuencias más allá del perímetro de la parcela.
En plena conversación —porque ya es conversación de barra de bar, de sobremesa y de titular urgente— sobre la crisis de la vivienda, hablamos mucho de cifras. Del precio por metro cuadrado, del esfuerzo salarial, de promociones que se agotan antes de colocar el cartel de obra. La vivienda se ha convertido en gráfico ascendente y en simulador hipotecario. Pero menos frecuente es la pregunta incómoda: ¿qué tipo de barrios estamos levantando?
Una promoción residencial puede limitarse a ocupar su solar con precisión administrativa: alineación correcta, patios reglamentarios, eficiencia optimizada hasta el último centímetro. Todo en orden. Y, sin embargo, también puede decidir ensanchar ligeramente la acera, ofrecer un soportal donde resguardarse del sol o de la lluvia, colocar un banco corrido que no estaba en el programa, pero sí en la lógica de la vida cotidiana.
En el sur, la sombra es infraestructura. No es retórica climática: es supervivencia urbana. Un soportal bien orientado puede cambiar la manera en que se usa una calle en agosto. Una planta baja permeable puede convertir un trayecto apresurado en una pausa. Son gestos pequeños que no suelen aparecer en los renders idílicos —donde siempre es primavera y nadie suda—, pero que determinan la experiencia real del barrio.
Pienso en escenas concretas. Una vecina mayor que se detiene unos minutos bajo la galería antes de subir a casa. Dos niños que improvisan una portería entre pilares mientras alguien los observa desde arriba. Un cruce de miradas en la escalera iluminada naturalmente, sin fluorescentes temblorosos ni sensación de sótano vertical. No es romanticismo comunitario: es la posibilidad de que el espacio favorezca el encuentro.
Durante demasiado tiempo, la vivienda de protección oficial se entendió como una versión reducida de algo mejor. Como si la dignidad espacial fuera un suplemento opcional. Y no lo es. La ventilación cruzada no es lujo; es salud. La luz natural no es capricho; es bienestar. La flexibilidad de una estancia no es diseño “cool”; es permitir que la vida —que nunca es exactamente como en el plano— pueda cambiar sin pedir permiso.
En realidad, muchas de las cuestiones arquitectónicas que definen nuestras ciudades ocurren entre las viviendas. En esos espacios comunes que solemos proyectar como simples pasillos de tránsito rápido. Ahí es donde un edificio puede elegir ser frontera o catalizador. Puede encapsular la vida tras una verja y una cámara —esa obsesión contemporánea por la seguridad como argumento de venta— o puede confiar en una porosidad medida, en una relación más abierta con la calle.
Cuando un edificio decide ser opaco, se convierte en frontera. Cuando es excesivamente exhibicionista, en espectáculo. Entre ambos extremos existe un territorio fértil donde la arquitectura puede proteger la intimidad y, al mismo tiempo, ofrecer ciudad. Esa porosidad medida es la que transforma un edificio en un pequeño catalizador urbano.
Construir barrio no es una competencia exclusiva de los grandes planes estratégicos. Es la suma de decisiones aparentemente menores en cada edificio residencial. Decisiones que afectan a cómo se camina, dónde se espera, dónde se conversa y dónde se juega. Porque al final la ciudad no es solo una colección de edificios. Es la red de relaciones que se producen entre ellos. Y ahí, en ese espacio intermedio, la arquitectura todavía tiene mucho que decir.
Esta vez sí que sí…
Esta vez sí que sí…
“Hay una fecha de entrega al final del túnel. El problem es que el túnel lo exacvas tú, solo, y a mano.”
Existe un estado mental que la medicina no ha catalogado aún, pero que cualquier arquitecto reconoce sin necesidad de diagnóstico: esa mezcla peculiar de euforia, agotamiento, fe ciega y resignación estoica que se instala en el cuerpo durante las semanas previas a la entrega de un concurso de ideas. No es estrés, aunque lo contenga. No es ilusión, aunque la precise. Es algo más difícil de definir y bastante más difícil de curar. Podría llamarse síndrome del último día, pero la realidad es que empieza mucho antes del último día. Empieza el mismo momento en que decides presentarte.
Porque un concurso de arquitectura no comienza con la descarga del pliego de las bases. Comienza con una conversación de pasillo. Con un «¿Has visto la circular del colegio de arquitectos? ¡Concurso de ideas!” con ese instante preciso en el que algo en el cerebro, que debería saber mejor que nadie lo que viene después, decide que esta vez sí, que esta vez la propuesta es buena, el equipo es sólido y el plazo es razonable. Mentiras que nos contamos con admirable convicción, una detrás de otra, como quien instala falsos techos para no ver la viga que descuelga.
El plazo nunca es razonable. O más exactamente: el plazo es suficiente para el arquitecto imaginario que duerme ocho horas, no tiene otros proyectos en curso y tiene a alguien que le cocine. Para el arquitecto real, el plazo es siempre un acuerdo tácito entre la administración y la ley de Murphy. Treinta días sobre el papel. Veinte si descuentas los primeros diez de análisis, dudas e indecisión creativa que se disfraza de proceso. Y al final, los últimos cuatro en los que se condensa, con la intensidad de un agujero negro, todo lo que no se hizo antes. Dormir en esos cuatro días es una actividad recreativa, casi excéntrica.
Lo curioso es que la épica existe. No es una invención nostálgica de los que ya la superaron. Hay algo genuinamente cinematográfico en esas noches de despacho, con el café frío sobre la mesa de dibujo, las láminas a medio montar, el ordenador con cuatro programas abiertos que compiten por la RAM como urbanistas rivales disputándose suelo. La lámpara de trabajo proyecta una luz cálida y absurda sobre el caos. Uno mira el reloj, maldice en voz baja y vuelve a la pantalla. Es extenuante. Es ridículo. Y, sin embargo, tiene algo de ritual que no se encuentra en ningún otro tipo de encargo. Habrá quien lo compare con la madrugada de un examen universitario, pero eso es quedarse corto. En la universidad no ponías tu nombre en una portada con la esperanza de que alguien, al otro lado del jurado, lo reconociera como algo valioso.
Porque esa es la otra cara del asunto: el concurso de ideas es, antes que nada, un acto de fe. Fe en que la propuesta importa. Fe en que el jurado tendrá criterio. Fe en que el esfuerzo y la calidad son variables que cuentan en la ecuación final. Una fe que se cultiva en la primera semana, se tambalea en la tercera y se reconstituye, con cierta desesperación, en las últimas horas, cuando ya no hay tiempo para dudar y solo queda ejecutar. Entonces, paradójicamente, el proyecto mejora. Las decisiones se toman con una precisión que no tienen cuando hay tiempo de sobra. La presión hace lo que la reflexión a veces no puede: elimina lo superfluo y deja solo lo que de verdad tiene que estar.
El fallo del jurado llega semanas después, cuando uno ya ha rehecho su vida emocional y casi ha olvidado aquellas noches. En el mejor de los casos, una mención: palmadita institucional que reconoce el esfuerzo sin pagarlo. En el peor, silencio administrativo y la propuesta disuelta en algún archivo que nadie volverá a abrir. Y aun así, uno se vuelve a presentar. No solo por visibilidad o cartera, sino por algo más irracional: la necesidad de medir la propia arquitectura contra algo que no sea el cliente con presupuesto ajustado y preferencias heredadas del catálogo. Por esa fracción de segundo, cuando el pliego ya está descargado y todavía no ha pasado nada, en que todo es posible.
Tal vez sea eso lo que distingue a los que se presentan de los que no: no una mayor habilidad ni un mayor optimismo, sino una cierta disposición a vivir en ese espacio intermedio entre la idea y el resultado. Un espacio incómodo, exigente y a veces ingrato, pero que, cuando funciona, cuando el proyecto sale como uno lo imaginó y la propuesta llega a manos del jurado con algo de verdad dentro, justifica con creces las horas perdidas, el café frío y los dos tornillos que siempre sobran al final del montaje.
Y la próxima vez que salga una convocatoria interesante, uno volverá a descargar el pliego. Porque en el fondo, sabemos perfectamente cómo acabará esto.
El banco de ladrillos
El banco de ladrillos
“No hay deliberación conceptual ni búsqueda de esplendor, sino una respuesta inmediata al problema que la práctica impone.”
En toda obra —esa ciudad en gestación donde el polvo y las rendijas de luz cambian de sitio a cada hora— aparecen artefactos que no figuran en ningún plano, ni en la memoria del proyecto ni en la intención del proyectista, pero que, sin embargo, sostienen la cotidianeidad del propio proceso de construir. Un banco improvisado para comer el bocadillo, un taburete de ladrillos y tablas donde descansar un rato, o un simple clavo a la altura del abrigo que sostiene los chalecos amarillos. Estas construcciones auxiliares —que los albañiles y operarios montan sin licencia arquitectónica, sin reconocimiento ni firma en los apuntes del estudio— son pequeñas arquitecturas efímeras con una lógica tan clara como un tiro de escuadra bien trazado.
Su temporalidad no es un defecto, sino una virtud: están hechas para durar lo justo, para servir a un uso inmediato como la pértiga que sostiene una tela o el soporte que obliga al foco a alumbrar donde se desvela un muro. En su materialidad conviven la prisa con la sabiduría artesanal, ese saber que no se escribe, sino que se acumula en los dedos curtidos de quien posa el cincel y sopesa la tabla. Y es curioso: justo ahora, en Madrid, la exposición “En la obra. Sobre objetos, muebles y acondicionamientos realizados por trabajadores de la construcción” —comisariada por Curro Claret y Burr— recoge y revisa estos hallazgos cotidianos, esos instrumentos nacidos sin título de diseño, pero con una coherencia constructiva rotunda. La muestra documenta soluciones —colgadores, bancos, mesas, protecciones provisionales— que, aunque invisibles para el proyecto formal, están cargadas de lógica y de uso.
Pienso en ello y en la noción de arquitectura efímera, esa disciplina que engloba construcciones proyectadas para durar lo que dura un acto, una función o un rito. En su historia hay desde ceremonias barrocas hasta pabellones de ferias universales: estructuras que no aspiran a la permanencia sino a integrar significado y uso con el tiempo medido en horas o días.
Lo que ocurre en obra es, en cierto modo, la versión más cruda y sincera de esa efímera: no hay deliberación conceptual ni búsqueda de esplendor, sino una respuesta inmediata ―y a menudo elegante― al problema que la práctica impone. En esa economía de medios aparece una estética involuntaria, una dignidad callada que surge cuando la materia se organiza con precisión para servir a un gesto cotidiano. El andamio se convierte en soporte múltiple sin dejar de ser andamio; el clavo, en umbral mínimo entre el desorden y el cuidado. Son operaciones elementales, casi invisibles, que revelan una inteligencia constructiva directa, desprovista de retórica, pero cargada de sentido. Arquitectura sin glosa, sin grandilocuencia, pero tan ligada al cuerpo y al tiempo como cualquier obra premiada.
Quizá ahí radica su fuerza: mientras muchas veces la arquitectura contemporánea debate sobre autoría, forma o significado simbólico, estas pequeñas piezas anónimas nos recuerdan que el espacio más fundamental no siempre es el que manifiesta la idea del proyecto, sino el que sostiene el acto de habitar. Esas soluciones pragmáticas son poemas sin rima ni firma; gestos de inteligencia material que emergen de la urgencia y de la necesidad. Y en su honestidad están más cerca de la esencia de la arquitectura que muchos de los discursos que ocupan las páginas de muchos libros académicos.
Tal vez por eso, cuando al final de la obra los obreros se van y desaparecen esos bancos y esos percheros precarios, queda un vacío que manifiesta que lo que pasa en las Vegas, se queda en las Vegas; a la vez que un recordatorio de que la arquitectura no siempre se escribe en el gran gesto o la forma memorable; a veces, se construye en una esquina humilde bien iluminada o en el bloque de hormigón en el suelo que sostuvo el peso de una pausa para el bocadillo.
La casa que ya no cabe en sí misma
La casa que ya no cabe en sí misma
“La Casa Blanca siempre jugó a ese truco tan notrteamericano de ser enorme sin parecerlo; el problema es que los edificios envejecen, pero las ganas de dejar huella, no.”
La Casa Blanca siempre jugó a ese truco tan norteamericano de ser enorme sin parecerlo. Un palacete neoclásico relativamente contenido que, a fuerza de ampliaciones y alas añadidas, se convirtió en un complejo que ocupa más suelo del que deja ver la postal. Desde el principio, su arquitectura quiso decir algo muy concreto. Somos una república, pero tranquila, con columnas como las de Roma, solo que pintadas de blanco para parecer más honestas. El mensaje era sobriedad con pedigrí clásico y un punto doméstico. Casi como si el poder fuera un invitado más en el salón de la democracia.
El problema de la arquitectura gubernamental es que los edificios envejecen, pero las ganas de dejar huella, no. Cada generación de gobernantes mira la planta del conjunto y piensa lo mismo que algunos clientes frente a su adosado. Aquí falta algo.
La nueva ampliación en marcha alrededor de la Casa Blanca se materializa, entre otras cosas, en un enorme salón de baile de unos dos mil metros cuadrados y capacidad para mil almas convenientemente engalanadas para la ocasión, insertado como pieza estrella de una renovación del ala este. No deja de tener su ironía que, después de siglo y medio, la gran prioridad funcional sea por fin disponer de un espacio digno para cócteles, cenas de gala y discursos con aplauso garantizado. El proyecto, financiado mayoritariamente por el propio presidente y donantes afines, ronda los 200 millones de dólares, lo que sitúa cada canapé en una escala presupuestaria difícil de traducir a euros por metro cuadrado.
Todo esto se hace, además, en un edificio que goza de una conveniente exención histórica. La Casa Blanca, como otros inmuebles gubernamentales, está parcialmente al margen de ciertas obligaciones de protección patrimonial que sí recaen sobre cualquier otro ciudadano cuando quiere abrir una ventana en su fachada. Que nos lo digan a los que tenemos que tramitar la famosa solicitud de “informe previo” cuando intervenimos en una simple reforma de local en el centro de la ciudad. Que el principal símbolo del poder ejecutivo pueda reconfigurarse con menos cortapisas que un portal de barrio tiene su aquel jurídico, pero sobre todo arquitectónico.
En la presentación ante la comisión de planificación federal, el discurso oficial hablaba de mejorar la logística, centralizar servicios, racionalizar entradas y salidas, reforzar la seguridad, modernizar cocinas y zonas de servicio. Nada que objetar. Cualquier arquitecto (yo el primero) ha vendido alguna vez un cuarto de instalaciones disfrazado de “mejora de la experiencia de usuario”. Pero aquí el núcleo emocional del proyecto no está en el sótano técnico, sino arriba, en el gran salón representativo, con su cornisa alineada con la altura del edificio histórico para que parezca que todo ha estado ahí desde siempre.
La narrativa oficial habla de continuidad, de respeto al carácter neoclásico, de uso de materiales y proporciones compatibles con el edificio original. El resultado final, si los planes e información que estos días hemos ido viendo en los medios se cumplen, será un conjunto todavía más grande, más simétrico y menos modesto, en el que el truco de “parecer pequeño” será cada vez más difícil de sostener desde la valla. Como en esas películas en las que la saga se alarga tanto que el decorado inicial queda enterrado bajo capas de secuelas, precuelas y universos extendidos.
Tal vez, dentro de unos años, cuando se apaguen los focos de esta reforma y llegue otra administración con nuevas urgencias escenográficas, alguien mire los planos de conjunto y se haga la misma pregunta que en cualquier ático sobrecargado de reformas: ¿en qué momento dejamos de ampliar la casa y empezamos a agrandar nuestro ego? Mientras tanto, la arquitectura gubernamental seguirá levantando su propia tramoya, confiando en que, desde el patio de butacas, la fachada siga pareciendo lo de siempre: una república razonable, con columnas blancas y un salón que, eso sí, ya es digno de un final épico de trilogía galáctica.
Free Solo
Free Solo
“Un hombre asciende, con la calma de quien sube las escaleras de su casa, por la fachada de uno de los rascacielos más altos del mundo. Sin cuerda, paracaídas ni margen de error.”
La imagen es tan sencilla como inquietante: un hombre asciende, con la calma de quien sube las escaleras de su casa, por la fachada de uno de los rascacielos más altos del mundo. No hay cuerda, no hay red ni paracaídas y, por lo tanto, tampoco margen de error. Alex Hornnold —sí, ese mismo que convirtió la escalada sin protección en un espectáculo íntimo y casi místico— ha vuelto a recordarnos algo realmente incómodo: la altura no es solo una cuestión numérica, sino que hay algo más irracional y subjetivo en todo esto.
El Taipei 101, con sus 508 metros, fue durante algunos años el edificio más alto del planeta. Un tótem de acero y vidrio erigido para tocar el cielo en una ciudad sísmica, húmeda y densamente poblada. Un prodigio de la ingeniería, calculado hasta el último tornillo y capaz de resistir tifones y terremotos gracias a una gigantesca masa oscilante escondida en su interior que consigue compensar los movimientos sísmicos. Todo perfectamente controlado. Todo, salvo ese cuerpo humano que decide recorrerlo por fuera, como si la fachada fuera una montaña y el edificio, de pronto, dejara de ser arquitectura para convertirse en paisaje.
La arquitectura siempre ha tenido una relación ambigua con la altura. Construimos alto para ver más lejos, para dominar, para diferenciarnos. Las catedrales góticas elevaron sus bóvedas para acercarse a Dios; los rascacielos modernos lo hacen para acercarse al capital. Cambian los dioses, pero no la pulsión. En el fondo, seguimos levantando torres para confirmar que seguimos aquí, que aún somos capaces de desafiar algo tan elemental como la gravedad. Aunque luego pongamos barandillas, normativas y seguros a todo riesgo para tampoco sentir demasiado el desafío.
Honnold, en cambio, elimina cualquier mediación. Donde el arquitecto coloca un ascensor panorámico, él solo coloca su mano inundada de magnesio. Donde nosotros proyectamos un mirador protegido con grandes paneles de vidrio laminado, él apoya la punta de sus pies de gato. Su gesto convierte el rascacielos en una pared de roca artificial, y deja en evidencia algo realmente incómodo: que la altura, sin ningún tipo de protección, vuelve a ser peligrosa. Se trata de un instinto animal que nos vuelve a poner en nuestro sitio, y quizás por eso nos fascina tanto.
Porque la altura no es solo una condición vertical, se trata de una promesa. La promesa de llegar arriba, de conquistar la cima, de mirar hacia abajo con una mezcla de orgullo y pánico. Da igual si se trata del Everest, del campanario de tu pueblo o de un edificio corporativo de Asia: el sueño es el mismo. Y lo curioso es que, mientras Honnold arriesga su vida para subir, la mayoría de nosotros solo queremos llegar arriba sin darnos cuenta. Pulsar el botón del ascensor, revisar el móvil y aparecer, mágicamente, en la planta 89. La épica, por favor, que la haga otro.
Tal vez por eso este tipo de hazañas nos incomodan y nos atraen por partes iguales. Nos recuerdan que la arquitectura nació como refugio pero que siempre termina adquiriendo todo tipo de significados. La carrera por alcanzar el rascacielos de 1 km, a través del dinero y la ingeniería, no deja de ser una cuestión de ego del propio ser humano en su afán de trascender en el tiempo. Así que es curioso cómo alguien decide escalarlos como si simplemente fuera una broma privada entre el ser humano y la gravedad.
A la deriva
A la deriva
“Asumir que una balsa inflable será tu único refugio durante setenta y seis días resulta casi incocebible.”
Cuatro paredes, un techo, tal vez chimenea y una buena puerta que me separe y proteja del exterior. Eso es lo mínimo que necesito para considerar que algo es un hogar o un refugio. ¿Estoy siendo excesivamente minimalista en el planteamiento? En una primera aproximación puede parecer que sí, pero después de haber terminado de leer A la deriva, de Steven Callahan, creo que incluso me he excedido en detalles innecesarios.
Cabe preguntarse qué es un hogar, o un refugio, desde un punto de vista arquitectónico, para fijar los límites de esta cuestión. Cuando pensamos en una morada, de entrada le atribuimos cualidades de solidez, permanencia, confort o estabilidad, además de un claro anclaje a un lugar concreto. Pero esto no siempre ha sido así. Basta pensar en los tipis, las caravanas o en un velero, vivienda y morada de no pocas personas a lo largo de la geografía y del tiempo que alcanza nuestra memoria.
En A la deriva, una sobrecogedora historia real de supervivencia llevada al límite, un náufrago acaba convirtiendo en su hogar, durante setenta y seis interminables días, una balsa inflable tras el hundimiento de su minúsculo velero, con el que se disponía a cruzar en solitario el Atlántico. Si ya es difícil aceptar que tu pequeño barco de seis metros vaya a ser tu casa durante unos meses, asumir que una balsa inflable, poco más que un perímetro de lona y aire será tu único refugio durante setenta y seis días resulta casi inconcebible. Y, sin embargo, Callahan lo logra. No solo sobrevive, sino que habita ese espacio mínimo con una disciplina casi arquitectónica: organiza, ordena, adapta y cuida su entorno inmediato como si de ello dependiera algo más que la vida. Porque, en realidad, depende exactamente de eso.
La balsa carece de paredes rígidas, no tiene techo ni puerta en el sentido convencional, pero cumple con una condición esencial del refugio: establece un dentro y un fuera. Un límite, por frágil que sea, frente a un exterior hostil e ilimitado. En medio del océano, ese perímetro mínimo se convierte en mundo. Todo lo que queda dentro es vida posible; todo lo que queda fuera es amenaza, incertidumbre, deriva. La arquitectura, llevada a su expresión más desnuda, aparece así no como forma, sino como frontera.
No es una idea nueva. Desde los primeros refugios humanos, la necesidad de delimitar un espacio seguro ha precedido a cualquier consideración estética o técnica. Las chozas, los tipis, los iglús o las viviendas nómadas no aspiraban a durar, sino a proteger. Eran arquitecturas de emergencia convertidas en tradición, soluciones mínimas que entendían el habitar como una relación dinámica con el entorno, no como una conquista definitiva del territorio. Frente a ellas, nuestra idea contemporánea de vivienda permanente parece casi un exceso.
En el caso de Callahan, ese límite no lo dibuja un arquitecto, sino la necesidad. La balsa se convierte en dormitorio, cocina, taller, mirador y confesionario. Cada gesto tiene consecuencias espaciales. Cada objeto cuenta. El refugio mínimo no admite redundancias ni despistes. Y esa es quizá la mayor distancia con nuestra forma actual de habitar: hemos confundido confort con acumulación y seguridad con exceso de espacio. Hemos llenado las casas de habitaciones sin uso, de trasteros que esconden lo que no sabemos tirar, de metros cuadrados que funcionan más como símbolo de estatus que como refugio.
La arquitectura del refugio mínimo nos obliga a preguntarnos qué es realmente necesario. No desde una perspectiva moral o económica, sino existencial. ¿Qué necesita un cuerpo para sentirse a salvo? ¿Cuánto espacio requiere una vida digna? En contextos extremos, como el de A la deriva, la respuesta es brutalmente clara. Pero incluso en nuestras ciudades, lejos del océano y del naufragio, la pregunta sigue siendo pertinente. Tal vez por eso nos atraen tanto las cabañas, las tiny houses o las arquitecturas de emergencia: no por su tamaño, sino por su honestidad.
En situaciones límite, el refugio no promete comodidad, promete continuidad. Permite dormir, resguardarse, recomponerse. Es un paréntesis frente al caos. En ese sentido, una balsa inflable en mitad del Atlántico cumple mejor su función que muchas viviendas contemporáneas saturadas de tecnología, ruido y estímulos constantes. Allí, el espacio no distrae, sostiene. No compite con la vida, la acompaña.
Después de leer A la deriva, uno entiende que un hogar no es tanto una cuestión de metros cuadrados como de límites claros. Un espacio donde el exterior queda, aunque sea simbólicamente, a raya. Donde el cuerpo puede bajar la guardia. Tal vez cuatro paredes, un techo y una buena puerta sigan siendo una definición válida. O tal vez baste, en determinadas circunstancias, con algo aún más frágil: una balsa, un perímetro, la certeza de estar, por un tiempo, a salvo.
Casas extrañas
Casas extrañas
“La vivienda deja de ser un refugio para convertirse en un dispositivo narrativo, casi en un personaje.”
En Casas extrañas, el manga japonés de Uketsu, la arquitectura no es un simple telón de fondo: es el enigma. Plantas aparentemente anodinas esconden pasillos sin sentido, habitaciones sin ventanas y espacios tapiados sin utilidad aparente. La casa, ese lugar que asociamos a refugio y cotidianidad, se convierte en un artefacto inquietante. Y, sin embargo, la pregunta que sobrevuela toda la historia es profundamente arquitectónica: ¿por qué alguien viviría así?
En esta historia no hay sustos ni violencia explícita; el suspense nace de la observación. El lector es invitado a mirar un plano y a hacerse preguntas, igual que haría un arquitecto frente a una vivienda mal resuelta. ¿Por qué alguien aceptaría vivir así? ¿Qué necesidad justifica esa anomalía?
Uketsu juega además con una idea incómoda: la casa como cómplice. Las distribuciones no son casuales, sino que encubren rutinas, miedos o incluso delitos. Hay estancias pensadas para no ser vistas, recorridos que evitan encuentros, espacios diseñados para controlar o aislar. La vivienda deja de ser un refugio para convertirse en dispositivo narrativo, casi en un personaje. Y lo hace sin recurrir a arquitecturas imposibles, sino manipulando lo cotidiano.
Acostumbrados a pensar la vivienda como un ejercicio de optimización —máxima luz, mínima circulación, programa claro—, el manga nos recuerda que la casa no siempre responde a la lógica del manual. Cada distribución es una toma de posición. Cada decisión espacial, incluso la más absurda en apariencia, habla de quien la habita. En Casas extrañas, las anomalías no son errores: son huellas que ofrecen pistas de la forma de vida de sus habitantes.
La arquitectura doméstica ha sido históricamente un reflejo de los modos de vida. El salón central burgués como espacio de representación, la cocina segregada como reflejo de roles, el dormitorio mínimo como síntoma de una vida hacia fuera. Cambian los tiempos y cambian las plantas. Hoy proliferan viviendas híbridas, sin jerarquías claras, donde trabajar, dormir y vivir se superponen. Frente a esa tendencia, las casas del manga parecen ir en dirección contraria: fragmentan, esconden e incomodan.
Pero quizá no sean tan extrañas. Todos conocemos viviendas que “no funcionan” según los criterios habituales y, aun así, encajan perfectamente con quien las ocupa; habitaciones sin uso definido porque la vida tampoco lo está, espacios residuales que no se explican desde el programa, pero sí al conocer la historia de los inquilinos.
El manga exagera estos mecanismos hasta convertirlos en suspense, pero el trasfondo es real: no existe una única manera correcta de habitar. La distribución no es neutral. Condiciona movimientos, encuentros y silencios. Puede fomentar la convivencia o el aislamiento, la transparencia o el secreto. Y, a la inversa, nuestros miedos, obsesiones y rutinas acaban modelando la casa, aunque no siempre seamos conscientes de ello.
Tal vez por eso Casas extrañas incomoda tanto a arquitectos y lectores por igual. Porque nos obliga a aceptar que la vivienda ideal no existe, y que detrás de cada planta “rara” hay una lógica íntima, a veces perturbadora, pero siempre humana. Y no hay nada más inquietante que un plano que, sin decirlo, nos está contando una vida.
Luego lo arreglamos
Luego lo arreglamos
“Son espacios demasiado pequeños para ser plaza y demasiado importantes como para seguir siendo ignorados.”
Hay espacios de la ciudad que no figuran en las postales. No son plazas, tampoco calles, ni parques en sentido estricto. Son ensanchamientos extraños de acera, encuentros mal resueltos entre edificios, solares que nunca llegaron a ser nada y rincones donde el planeamiento se encoge de hombros. Lugares donde uno se detiene un segundo, no porque sean agradables, sino porque obligan a decidir por dónde seguir. Esos espacios existen en todas las ciudades, pero pocas se toman la molestia de mirarlos de frente.
Durante años hemos aprendido a pensar la ciudad a través de grandes gestos: avenidas, plazas mayores, parques emblemáticos, operaciones urbanas con nombre propio. La arquitectura se siente cómoda en lo que se puede explicar con una axonometría limpia y una memoria de proyecto con épica. Lo pequeño, lo ambiguo, lo que no alcanza la categoría de “espacio representativo”, suele despacharse con una frase tranquilizadora: luego lo arreglamos. Y ese luego, como casi siempre en urbanismo, acaba siendo nunca.
Álvaro Siza ha repetido muchas veces que el arquitecto no inventa nada, que solo ordena lo que ya está ahí. Su obra está llena de pequeños gestos. Un banco, un quiebro de muro o una sombra bien colocada, convierten espacios aparentemente insignificantes en lugares memorables. No hay grandes proclamas urbanas, pero sí una atención obsesiva por lo cotidiano. Por esos espacios que no aspiran a ser plaza, pero que terminan funcionando como tal porque alguien decidió mirarlos con cuidado.
Estos pequeños espacios residuales tienen una virtud incómoda: son demasiado importantes para ignorarlos y demasiado modestos para protagonizar un proyecto. No justifican una inauguración ni una placa conmemorativa, pero condicionan la experiencia diaria de miles de personas. Son los lugares por los que se pasa de camino al colegio, donde se espera a alguien cinco minutos, donde se decide si sentarse o seguir andando. Y cuando están mal tratados, la ciudad se vuelve áspera sin que sepamos muy bien por qué.
El problema no suele ser económico. No hablamos de grandes inversiones ni de soluciones tecnológicamente complejas. Hablamos de sombra, de continuidad, de bancos bien colocados, de pavimentos que no parezcan provisionales durante treinta años. Hablamos, en definitiva, de intención. Porque muchos de estos espacios no están mal diseñados; simplemente no están diseñados en absoluto. Son el resultado de una suma de decisiones correctas a gran escala que, vistas de cerca, no encajan.
Aquí los arquitectos tenemos parte de responsabilidad. Nos formaron para pensar en edificios, en objetos y en límites claros. El espacio intermedio, ese que no es ni interior ni exterior del todo, siempre ha sido territorio difuso. Lo resolvemos con una trama verde y una etiqueta en el plano de emplazamiento que dice, por ejemplo, “espacio libre de uso público”. Confiamos en que el tiempo, o alguien después, lo ordene. Pero la ciudad no funciona por acumulación de buenas intenciones aplazadas.
En Almería, esta cuestión se vuelve especialmente visible. Es una ciudad llena de pequeños espacios maltratados que no llegan a ser plaza, pero tampoco calle. Encuentros entre barrios que se resuelven con solares vallados durante décadas. Ensanches de acera sin sombra en una ciudad donde la sombra no es un lujo, sino una infraestructura básica. Vacíos urbanos que nadie siente como propios porque nunca se les concedió esa oportunidad, auténticos maceteros elevados, contorneados por un bordillo de piedra artificial, a los que solo acceden los gatos para contemplar las medianerías.
Almería no carece de espacios públicos; carece, en muchos casos, de la decisión de tratarlos como tales. El resultado es una ciudad fragmentada, donde cada pieza parece esperar a que la siguiente se complete para empezar a funcionar. Pero esa siguiente pieza casi nunca llega. Y mientras tanto, la vida cotidiana se adapta como puede: se improvisan recorridos, se evitan lugares, se normaliza lo incómodo.
La paradoja es que esos espacios pequeños son, precisamente, los que más capacidad tienen para transformar la percepción urbana. No necesitan grandes discursos ni concursos internacionales. Necesitan cuidado, continuidad y una cierta humildad proyectual. Aceptar que hacer ciudad no siempre consiste en añadir, sino en ajustar; no en destacar, sino en conectar.
Y reconozco que en los últimos tiempos, Almería se ha puesto las pilas. Junto con las faraónicas intervenciones en marcha, en especial la peatonalización del Paseo o el tan ansiado soterramiento, se han empezado a mimar algunos de esos patitos feos que jalonan el callejero, en los márgenes de lo irrelevante.
Conviene no olvidar que la ciudad se construye también en esos márgenes. En esos que nadie reclama como propios, pero todos usan. En eso que no sale en las fotos, pero aparece cada día en la rutina. Seguir diciendo luego lo arreglamos es aceptar que la vida urbana puede esperar. Y la vida urbana, como sabemos, nunca espera.
La matrix residencial
La matrix residencial
“Cuando se piensa en escala, luz y convivencia, la arquitectura puede ser innovadora, humana y rica en experiencias.”
España sigue sufriendo un problema de vivienda que ya parece crónico: precios inalcanzables, escasez de oferta y la sensación de que todos habitamos el mismo fotograma urbano repetido hasta el bostezo. Las promociones de las grandes promotoras parecen construidas con un mismo molde: fachadas que imitan un tablero de ajedrez, balcones alineados como libros idénticos en una estantería de Ikea y ese inconfundible aire de “bloque cebra” que uno podría confundir con un patrón de Lego sin imaginación. Nada contra las cebras —su elegancia es indiscutible—, pero uno querría algo más que su geometría perfecta al mirar por la ventana cada mañana.
Pensemos en ejemplos recientes que muestran otra manera de hacer ciudad. En SFJ6, un conjunto de 102 viviendas sociales en Puente de Vallecas (Madrid), el edificio se pliega para adaptarse a la trama existente, introduciendo patios interiores que generan microclimas y espacios de encuentro, y nuevas calles peatonales que integran la vivienda social en la ciudad. En Barcelona, Greenhouse, con 140 viviendas sociales en el 22@, organiza los programas habitacionales alrededor de patios y un gran atrio bioclimático, con circulaciones que funcionan como “calles elevadas” y rellanos que fomentan la sociabilidad, incorporando espacios colectivos como lavanderías, huertos y solárium. Ambos proyectos muestran que, cuando se piensa en escala, luz y convivencia, la arquitectura puede ser innovadora, humana y rica en experiencias.
¿Por qué existe esta diferencia con los grandes residenciales privados? Muy sencillo: cuando un arquitecto cuenta con margen de libertad, aunque el presupuesto sea limitado, puede reflexionar y decidir cada detalle: orientación de balcones, escala de ventanas, textura de la fachada. En cambio, en los grandes desarrollos privados, la lógica dominante es otra: repetición, eficiencia y previsibilidad económica. El pensamiento crítico, la sensibilidad urbana o el capricho elegante quedan fuera del contrato.
No es romanticismo. La idea no es que todos los arquitectos deban escribir poesía con ladrillos. Se trata de constatar que, cuando se deja espacio para reflexionar, los resultados suelen ser mejores: edificios más integrados, cercanos a la ciudadanía y capaces de dialogar con la ciudad. Lo curioso es que los proyectos con presupuestos limitados a veces logran mayor calidad arquitectónica que los grandes desarrollos privados, justamente porque la inquietud y el interés de los arquitectos marcan la diferencia.
En definitiva, la arquitectura no nace del dinero ni de la presión del mercado; nace de la atención al detalle y del respeto por quienes habitan los edificios. La vivienda no debería ser un copia y pega que se reconoce a kilómetros; debería sorprendernos, protegernos y recordarnos que la ciudad puede ser un espacio lleno de imaginación. Cuando los arquitectos pueden trabajar con cierta libertad, la ciudad termina ganando. Y si un edificio consigue hacer sentir algo al transeúnte, o al menos no parece un sudoku urbano, eso ya es un triunfo que ninguna plantilla de Excel podría replicar.
La tramoya
La tramoya
“Durante un par de horas, el cine nos permite habitar mundos que no existen… y aprender, sin darnos cuenta, cómo se construye la ilusión.”
¡Qué grande es el cine! Y no lo digo por Garci y su magnífico tributo cultureta a las grandes glorias del séptimo arte. Qué gran programa, por cierto, de una época en la que la televisión todavía reservaba espacios dignos en la parrilla para algo que no fuera salseo, reality o superficialidad y gresca de bajo perfil. Informe Semanal, La Clave, Versión Española, El loco de la colina o Redes son solo algunos ejemplos de una televisión que hoy recordamos con cierta nostalgia, quizá idealizada, pero sin duda más ambiciosa.
Sería injusto no reconocer que algo queda aún de ese espíritu en La 2 de Televisión Española, o que nuevas formas de creación de contenido han venido a suplir ese vacío, como los podcasts temáticos o los canales especializados. Pero no dejan de ser nichos, espacios para convencidos, lejos de aquel escaparate popular en el que la cultura se colaba en los salones casi sin pedir permiso.
Pero no me quiero quedar ahí, que yo a lo que iba era a la grandeza del cine en su sentido más literal; es un arte total. Porque tras esa pantalla inmensa no solo se despliega una historia con banda sonora. Se construye un espacio. Un espacio pensado, diseñado, iluminado y recorrido. El cine no es solo narración, es arquitectura. Arquitectura fingida, prestada o exagerada, pero arquitectura al fin y al cabo.
Cada plano define un lugar. Cada encuadre establece límites, proporciones y jerarquías. El cine sitúa al espectador en un espacio concreto y lo obliga a habitarlo durante un tiempo determinado. Y como en cualquier arquitectura, ese espacio condiciona lo que ocurre dentro. No se cuenta igual una conversación en una cocina estrecha que en una sala de techos altos. Un pasillo alargado genera tensión. Una escalera anuncia conflicto. Un umbral siempre es una invitación a avanzar.
Ahí entra en juego la cuarta pared. Ese límite invisible que separa al espectador del mundo representado. En el teatro es una convención clara, casi física. En el cine, sin embargo, se vuelve mucho más compleja y sugerente. La cámara atraviesa muros, perfora fachadas, se cuela por ventanas imposibles. Nos convierte en observadores omnipresentes, en visitantes silenciosos de espacios ajenos. Miramos sin ser vistos. Habitamos sin ser invitados.
Y luego está la tramoya. Ese mundo oculto que sostiene la ilusión. Fachadas sin trasera, calles que no llevan a ninguna parte, interiores que no encajan con los exteriores. Arquitecturas imposibles que solo funcionan desde un punto de vista concreto: el de la cámara. Pura escenografía. Pero tremendamente eficaz. Porque el cine no necesita verdad constructiva, sino verdad emocional. No importa que una puerta no conduzca a ningún sitio si al abrirla sentimos que algo va a ocurrir. Y de esto en Almería y Tabernas algo sabemos, ¿verdad?
Almería ha sido durante décadas un territorio donde la arquitectura ha aceptado, sin complejos, su condición de decorado. Un lugar en el que fachadas, calles y paisajes han aprendido a ser otra cosa: México, el Lejano Oeste, el norte de África o ciudades que nunca han existido. Aquí el trampantojo no se oculta, convive con el territorio y lo transforma, aunque sea de manera efímera. Y por eso mirar estos escenarios nos ha enseñado a entender el espacio no solo por lo que es, sino por lo que puede llegar a representar.
Que gran laboratorio de ideas puede llegar a ser el cine para la arquitectura. Un espacio inmenso donde experimentar sin normativas, sin gravedad y sin presupuestos reales. Donde la escala se manipula y el tiempo se construye. Donde las ciudades pueden ser eternamente nocturnas, lluviosas o perfectas. Un territorio de prueba que permite mirar la arquitectura sin el peso de la realidad, despojada de obligaciones, y donde el espacio se construye únicamente para ser vivido, aunque sea durante unos minutos.
Tal vez por eso el cine nos sigue pareciendo grande. No solo por la pantalla, ni por la técnica, ni siquiera por las historias. Sino porque durante un par de horas nos permite habitar otros espacios, otras arquitecturas, otras formas de estar en el mundo. Y cuando se encienden las luces y la cuarta pared vuelve a levantarse, regresamos a nuestra ciudad con la incómoda sensación de que, por un instante, también nosotros hemos formado parte de la película.
Cuatro aguas
Cuatro aguas
“Hay gente que salta en paracaídas. Otros escalan montañas. Y luego están los que se enamoran de una casa y cambian de vida por ella.”
Llegaron al despacho con una carpeta bajo el brazo, escrituras recién firmadas y esa mirada que mezcla ilusión con vértigo. Se enamoraron de una casita de planta baja con tejado a cuatro aguas, la compraron con los ahorros de media vida y hasta cambiaron de ciudad por ella. Han dejado atrás trabajos, rutinas y un piso perfectamente funcional en la capital. Todo por esa casa que vieron una tarde de domingo y que no pudieron quitarse de la cabeza. Una de esas construcciones modestas, ecléctica y hasta disonante con el entorno, y que, en el fondo, podría estar casi que en cualquier parte. Pero era esa y solo esa. Fue un flechazo.
Y ahora están aquí, frente a mí, dispuestos a embarcarse en la aventura más temeraria de su vida: ampliarla y adaptarla a sus necesidades. Quieren más metros, más luz, y más vida, pero también quieren que siga siendo “esa casa”. Y yo me siento como si fuera Virgilio a punto de guiarles por los círculos del infierno constructivo.
Como arquitecto, uno pronto aprende que diseñar la ampliación de una casa tan especial es como dirigir la secuela de una película de culto. Tienes que respetar el original, pero también aportar algo nuevo. Y ellos lo tienen claro: quieren mantener la esencia de la casita, ese tejado a cuatro aguas del que se quedaron prendados y que les evoca tardes de verano y domingos familiares, pero al mismo tiempo sueñan con algo contemporáneo, luminoso, que no parezca un pegote. Quieren tradición y modernidad en el mismo volumen. Ahí es nada.
Toca navegar entre las expectativas y la física con la delicadeza de un funambulista. Porque ese tejado a cuatro aguas tan encantador es también una pesadilla estructural cuando quieres subir una planta, y la normativa urbanística aparece como un invitado incómodo a quien nadie llamó, pero que tiene derecho a veto. Se inicia una fase compleja en la que toca decirles con crudeza que Papá Noel no existe, pero que no hay que rendirse.
Al principio es pura épica: “Vamos a hacerlo, esta será nuestra casa”. Luego llega la fase de las dudas: “¿Y si perdemos el encanto de la casita original?”. Más tarde, el debate interno: “¿Queremos terrazas o un segundo dormitorio?” Y se discute sobre tejas, sobre ventanas y sobre ese bendito alero que a uno le parece imprescindible y al otro le sobra. Pero al final, si todo sale bien, llega la redención: el día que entran por primera vez en su casa ampliada y descubren que, contra todo pronóstico, ha merecido la pena.
Hay algo de western en todo esto. Como en La leyenda de la ciudad sin nombre, donde un grupo de pioneros levanta un poblado en medio de la nada con más voluntad que pericia. Aquí también hay pioneros: gente que se lanza a lo desconocido armada con un préstamo hipotecario y una fe inquebrantable en que «no puede ser tan difícil». Y mientras construyen, van descubriendo que sí. Que sí puede ser tan difícil. Que elegir entre mantener la cubierta original o modernizarla es más complicado que un duelo al sol, que subir una planta implica molestar a unos cimientos que llevan décadas en paz, y que los albañiles hablan en su propio idioma.
Y en medio de ese rodaje caótico, aparecerán los extras no deseados. Ese cuñado que entiende de obras porque una vez cambió un grifo; el vecino que opinará sobre la fachada como si fuera un jurado del Pritzker, o ese amigo arquitecto que pasará por allí y soltará con aire condescendiente un “yo no lo habría resuelto así…”. Qué fácil es ser valiente con el sueño de otro.
Al final del camino descubrirán que ampliar una casa es, en el fondo, un acto de fe. Fe en que las cosas saldrán bien y en que el esfuerzo valdrá la pena. Conseguirán crear un lugar propio, imperfecto y único, donde convivirá la memoria de lo que fue y la promesa de lo que será. Con su tejado a cuatro aguas (original o reinterpretado, ya se verá), con sus errores y sus aciertos y con esa grieta en la esquina que siempre les recordará que lo hecho a mano nunca es perfecto.
Y eso, al final, es lo que queda cuando se apagan las luces del despacho y el arquitecto cierra la carpeta del proyecto: la certeza de haber acompañado a alguien en su particular salto al vacío. Un salto que, contra todo pronóstico, casi siempre termina bien.
Un cuarto de kilo
Un cuarto de kilo
“Volver etéreo a lo sólido pintando un muro de blanco o haciendo desaparecer una cabaña en el bosque al revestirla de espejos”
Hay arquitecturas que pesan un cuarto de kilo y otras que parecen cargar con toda la gravedad del planeta. Y, sin embargo, ambas pueden ocupar exactamente los mismos metros cúbicos. El peso en arquitectura — o mejor dicho, la sensación de peso— es uno de esos engaños sofisticados que manejamos sin darnos cuenta, una ilusión compartida entre materiales, geometría y ojos entrenados (o no). Porque, aunque parezca mentira, un muro puede pesar varias toneladas y aún así hacerte sentir que vuela.
Están, por ejemplo, las arquitecturas que se asumen pesadas por vocación, casi orgullosas. El Museo de Arte Romano de Mérida, de Rafael Moneo, es una catedral de ladrillo que parece agarrarse al suelo como si hubiera brotado de él. O las viviendas de Peter Zumthor en Haldenstein, rocas domesticadas que reivindican el peso como dignidad, como arraigo. Son edificios que no necesitan aparentar ligereza porque su verdad está en la masa, en presencia profunda, en el espesor que no pide perdón sino que reivindica su sitio.
En el extremo contrario están las obras que deciden coquetear con la idea de flotar como el Pabellón de Barcelona de Mies van Der Rohe que, con un techo prácticamente ingrávido demuestra que la gravedad puede ser negociable si se trabaja con una precisión casi quirúrgica. O las burbujas de Sanaa que nos evocan la sutileza de la arquitectura tectónica a la vez que nos recuerdan a nuestros hijos haciendo pompas de jabón.
Y luego están los proyectos que juegan a confundirnos, edificios que, aun siendo un amasijo de hormigón y ladrillo, juegan al despiste para generar contradicciones. El ejemplo más perturbador, a la vez que evidente — y por supuesto, más fotografiado en excursiones de escuela de arquitectura— es la Casa da Música de OMA en Oporto: un poliedro gigante, mastodóntico y que parece haber salido de una película de Star Wars que da la sensación de que acaba de caer del cielo, posándose ligeramente justo antes de aplastar la plaza. Es curioso cómo un elemento tan masivo puede llegar a desprenderse de su condición de pesadez con gestos tan concretos como elevar su entrada principal para obligar a acceder a él mediante unas escaleras. Nuestro cerebro, de manera casi inmediata, lo conecta con experiencias pasadas similares como subir a un avión (otro elemento pesado que parece flotar por arte de magia).
¿Cómo se consigue este ilusionismo arquitectónico? Pues con una gran cantidad de herramientas más sutiles de lo que parece. Aunque evidentemente las ideas y conceptos de partida ya pueden orientar el pensamiento hacia una pretensión determinada, cuestiones tan tangibles como el color o la materialidad, pueden conseguir volver etéreo a lo sólido simplemente pintando un muro de blanco o haciendo desaparecer una cabaña en el bosque al revestirla de espejos. Pero, sin lugar a dudas, la perspectiva es la madre de todas estas trampas, puede llegar a adelgazar un edificio o hacerlo monumental. A veces basta con esconder un apoyo o girar un plano para que el cerebro haga el resto.
La arquitectura, al final, siempre negocia con la gravedad, igual que nuestro cuerpo lidia con nuestro peso cada día. Hay edificios que son un pedazo de plomo y otros que parecen una nube pero, en la arquitectura, igual que en la vida, lo importante no es cuánto pesa algo, sino cómo te hace sentir tu propio peso.
Burgos. La ciudad que no vi venir
Burgos. La ciudad que no vi venir
“Creí que venía a ver una catedral… y descubrí una ciudad.”
Hay viajes que empiezan antes de hacer la maleta. Uno desembarca en la ciudad con una imagen preconcebida a base de prejuicios fáciles y geografía difusa. Y en mi cabeza, lo confieso, Burgos era una especie de Albacete con gárgolas… enorme catedral, frío respetable y poco más en el mapa emocional. Pero la realidad es especialista en ridiculizar a los arquitectos confiados.
Mi visita tenía un propósito que tampoco daba pie al entusiasmo: un congreso sobre la justicia del siglo XXI. Medios alternativos de resolución de conflictos (si, con sus siglas y su solemnidad), ejecuciones polémicas de sentencias no menos polémicas, planes generales anulados y la siempre delicada cuestión de las demoliciones urbanas. Nada que prometiera poesía, pero si mucha IA jurisprudencial. Aunque siendo justos, si hay una ciudad donde hablar de justicia histórica, es en aquella que guarda las reliquias del Cid. Ya sabéis, ese caballero que no necesitaba jueces porque con Charlton Heston al mando, el veredicto estaba cantado.
Al llegar, me alojé en uno de los grandes hoteles de la villa. Un antiguo monasterio del siglo XV rehabilitado con gusto, con un claustro inesperado y una medianera que se apoya en una iglesia tan espectacular que resulta me difícil conciliar el sueño sin sentir que un arcángel está juzgando el diseño de la planta de mi suite. Eso sí: despierto, abro la ventana y no hay render que compita con esas vistas.
Pero fue caminando cuando Burgos empezó a desmontar mis malas suposiciones. La Catedral, esa que creía el único argumento de venta de la ciudad, resultó ser solo el aperitivo. Una obra que parece diseñada por artesanos con delirio de grandeza y un arquitecto jefe que dijo, “¿Y si lo subimos un poco más?”. Gótica como ella sola, pero rodeada de vida. Plazas que respiran, calles que se suceden una tras otra sin pretensión y espacios donde la historia no aplasta; acompaña.
Y entonces, la sorpresa continúa subiendo hacia el Museo de la Evolución Humana. Una pieza de arquitectura contemporánea que podría haber aterrizado en cualquier capital europea, pero que aquí hace ciudad. Dentro, nuestros antepasados; fuera, un urbanismo que demuestra que Burgos no se quedó en el medievo aunque el Cid siga vigilando desde todas las tiendas de souvenirs.
La ribera del Arlanzón fue mi mayor reconciliación con la idea del río como elemento urbano funcional. Vivo en Almería, donde el río es más bien una metáfora, una idea platónica. Aquí el agua corre, la gente pasea y los árboles cumplen la promesa de la sombra. Todo muy siglo XXI, sin necesidad de una “smart city” que te recuerde por altavoz que debes hidratarte.
Mientras tanto, en el congreso se hablaba de mediación, conflictos, Inteligencia Artificial y sostenibilidad jurídica en urbanismo. Y la ironía máxima fue darme cuenta de que fuera del auditorio, Burgos estaba resolviendo su propio conflicto entre patrimonio y contemporaneidad con bastante más elegancia que muchas sentencias firmes.
Incluso el clima ayuda al relato: el frío burgalés no es molestia; es carácter. Te obliga a entrar a los bares, donde el calor humano es tan parte del patrimonio como su morcilla. Sin entrar en detalles gastronómicos, diré que ciertos pinchos son motivo suficiente para solicitar la ejecución inmediata de una repetición.
Quizá lo más admirable de Burgos sea su falta de presunción. No hay alardes. No hay delirios de grandeza contemporáneos. La ciudad se sabe valiosa sin ponerse filtros. El pasado no es mercancía, es vecindario. Y el presente no es ensayo, es habitabilidad.
Yo creí que venía a tachar una catedral de mi lista de monumentos… que equivocado estaba. Descubrí una ciudad que se vive, que se camina, que se respira.
Una ciudad donde la historia no es un museo, sino un acuerdo tácito con el tiempo.
Arquitectura Viva
Arquitectura Viva
“¿Qué sucedería si una vivienda tuviera la capacidad de cambiar la temperatura o la disposición de los muebles según nuestro estado de ánimo?”
La arquitectura, tradicionalmente concebida como un refugio donde el ser humano se adapta al espacio, está a las puertas de una posible revolución. Aunque hoy en día, las viviendas domotiizadas nos ofrecen ciertas comodidades que no van mucho más allá del control remoto de las persianas, luces o electrodomésticos, lo que muchos imaginan para el futuro de las viviendas puede llegar a ser notablemente más complejo: casas que no solo responden a nuestras necesidades físicas, sino que también sean capaces de interactuar de manera emocional con nosotros.
La idea de viviendas adaptativas, capaces de ajustar el ambiente en función de nuestro estado de ánimo o de nuestras propias emociones, puede parecer una visión de ciencia ficción, pero a medida que avanzan la tecnología y la inteligencia artificial, se puede ir convirtiendo en una posibilidad real.
Imaginemos por un momento un futuro en el que nuestras casas sean capaces de analizar constantemente nuestros estados emocionales, adaptando el entorno en función de lo que perciben. ¿Qué sucedería si una vivienda tuviera la capacidad de cambiar la iluminación, la temperatura o la disposición de los muebles según nuestro estado de ánimo? Si bien esto suena atractivo como una mejora en la calidad de vida, surgen preguntas inquietantes sobre los límites de esta autonomía. En este escenario, la vivienda ya no sería un simple espacio funcional, sino un “ser” con la capacidad de modificar nuestra experiencia diaria.
Para entender esta visión, podemos pensar en obras contemporáneas que ya comenzaron a explorar la relación entre el espacio y el usuario de maneras inusuales. Proyectos como el Museo Judío de Daniel Libeskind en Berlín, nos muestran cómo la forma y el espacio pueden estar íntimamente conectados con la experiencia humana, respondiendo a necesidades funcionales y emocionales. Sin embargo, estos ejemplos no responden a un comportamiento autónomo de los edificios, sino que subrayan la capacidad de la arquitectura para evocar reacciones emocionales e incluso fisiológicas. La diferencia que plantean las posibles viviendas adaptativas del futuro sería que los edificios, gracias a sus sistemas inteligentes, tomarían el control sobre esas reacciones.
En todo caso, el concepto de viviendas adaptativas no es completamente nuevo. Se remonta a teorías de arquitectos como Archigram, que ya en los años 60 promovieron la idea de la arquitectura como un organismo móvil y flexible, en constante cambio para responder a las necesidades de sus habitantes. En aquellos tiempos, la idea de edificios con capacidades autónomas parecía una fantasía, pero los avances actuales en tecnología de sensores, bit data e inteligencia artificial nos han acercado mucho más a hacer de esa fantasía una realidad.
Lo que está claro es que la arquitectura del futuro podría llegar a ser un entorno donde las emociones y las decisiones humanas ya no sean completamente autónomas. En este futuro, las casas no solo responderían a nuestros movimientos físicos, sino que tomarían decisiones de cómo vivir, cómo organizar el espacio y cómo influir para intentar mejorar nuestra vida. Y aunque este tipo de arquitectura adaptativa todavía parece my lejana, los avances que estamos viendo en la domótica y en la integración de la inteligencia artificial nos están llevando, paso a paso, hacia esa realidad. Sin dudas, un futuro donde los límites entre el usuario y su entorno se desdibujen plantea más preguntas que respuestas, y la gran interrogante será si estamos dispuestos a ceder parte de nuestra autonomía a la arquitectura que habitamos.
Vértigo (de altura y de precio)
Vértigo (de altura y precio)
“El ático: ese lugar donde la claraboya cuesta más que la hipoteca de tus padres…”
Hay una escena en El apartamento de Billy Wilder donde Jack Lemmon sube interminables escaleras hasta su modesto piso. Era 1960 y vivir arriba del todo significaba, básicamente, que no había ascensor y que tus gemelos iban a estar en forma. Hoy, medio siglo después, esa misma ubicación se vende como privilegio exclusivo, se anuncia con fotos de terrazas imposibles donde nunca llueve y se remata con la palabra mágica: ático. Como si añadir una sílaba justificara añadir tres ceros al precio.
Porque el ático es, ante todo, un triunfo del marketing inmobiliario sobre la lógica constructiva. Durante décadas, los últimos pisos fueron el patito feo de los edificios: calor infernal en verano, filtraciones en cuanto llovía y ese encanto especial de escuchar cada pisada de la vecina del quinto como si estuviera en tu salón. Pero entonces alguien, probablemente un comercial visionario o un arquitecto con remordimientos, descubrió que si le ponías una terraza, una barandilla de diseño y lo fotografiabas al atardecer con una copa de vino estratégicamente colocada, podías vender el mismo espacio por el triple.
Y funcionó. Vaya si funcionó. El ático se convirtió en aspiración urbanita, en símbolo de éxito para treintañeros que aún no saben que mantener una terraza en condiciones requiere más dedicación que un bonsái y más presupuesto que un coche de segunda mano. Revistas de decoración los pueblan de tumbonas escandinavas y macetas minimalistas; series de televisión los usan como escenario de éxito profesional dudoso; e influencers los alquilan por horas para simular una vida que no pueden permitirse en vertical.
La ironía es que hemos romantizado justo lo que antes despreciábamos. Esas vigas vistas que ahora se anuncian como «estilo loft industrial» eran, simplemente, el forjado sin terminar porque no merecía la pena invertir en falso techo. Esos techos inclinados que «aportan carácter» son en realidad la cubierta inclinada que te obliga a calcular trayectorias como si fueras ingeniero de la NASA cada vez que cruzas la habitación. Y ese «acceso a azotea privada» es, en muchos casos, un descampado de grava con vistas a antenas parabólicas y extractores de vecinos que fríen pescado los domingos.
Pero claro, nosotros, los arquitectos, tampoco salimos bien parados en esta historia. Hemos sido cómplices entusiastas de la gentrificación vertical. Diseñamos áticos con cristaleras que convierten el salón en invernadero, terrazas sin toldos porque «rompen la estética» y pérgolas bioclimáticas que cuestan más que un máster. Creamos espacios fotogénicos que funcionan estupendamente… en el render. Luego llega el cliente real, con su vida real, y descubre que las plantas se mueren, que el suelo de madera se comba con el sol y que esa cocina abierta al salón huele a cebolla hasta en sueños.
Y sin embargo, el ático persiste como fantasía colectiva. Tal vez porque vivir arriba del todo sigue teniendo algo de simbólico: la ilusión de elevarse, de escapar del ruido de la calle, de estar literalmente por encima. Es el mismo impulso que llevó a James Stewart a espiar por la ventana en La ventana indiscreta: la necesidad de mirar desde arriba, de tener perspectiva, aunque sea falsa. Hitchcock ya sabía que la altura no te salva del tedio ni de los problemas; solo te da mejor ángulo para verlos llegar.
Al final del día, cuando el sol se pone sobre esa terraza que usas tres veces al año, cuando subes las bolsas de la compra maldiciendo al arquitecto que no previó un montacargas, quizá descubras que el ático no era el destino, sino solo otro espacio más. Uno caro, eso sí, con vistas privilegiadas y goteras ocasionales. Pero un hogar al fin y al cabo. Porque por muchos metros de terraza que tengas, por mucha altura que ganes, seguirás necesitando lo mismo que Jack Lemmon en su modesto cuarto piso: un lugar donde cerrar la puerta, quitarte los zapatos y recordar que, al final, todos vivimos en el mismo edificio.
Máquinas de curar
Máquina de curar
“En los hospitales, la arquitectura no se mide en metros cuadrados, sino en segundos ganados al sufrimiento, en pasos ahorrados, en silencios que alivian.”
Hay edificios que se viven de manera tan intensa que parecen tener alma propia. Los hospitales, por ejemplo, laten. Respiran. Se mueven al ritmo de sus pasillos, de las camillas que van y vienen, de las puertas automáticas que se abren como párpados cansados. Son verdaderas máquinas de curar, engranajes arquitectónicos donde el tiempo, el cuerpo y la esperanza conviven bajo un mismo techo.
Pocas arquitecturas son tan precisas como la de un hospital. Su diseño no admite el error. Todo —desde la anchura de un pasillo hasta la ubicación de una sala de espera— responde a una lógica de funcionamiento tan meticulosa que podría compararse con la de un reloj suizo. Cada pieza tiene su razón de ser: las circulaciones se entrelazan como arterias, las zonas estériles se aíslan como órganos vitales, los accesos se jerarquizan para que el flujo de personas, materiales y emociones no se interrumpa jamás.
Pero detrás de esa eficiencia casi quirúrgica, los hospitales esconden una humanidad abrumadora. Son lugares donde miles de historias se cruzan sin apenas rozarse. El celador que empuja una camilla a las tres de la mañana, el técnico que calibra una máquina de rayos X, la enfermera que aprende de memoria el nombre de cada paciente de su planta. Y también, el familiar que espera con las manos entrelazadas en una sala blanca, mirando sin ver el reloj de pared. Todos habitan el mismo edificio, aunque cada uno lo perciba de un modo distinto.
Porque la arquitectura del hospital es, ante todo, una arquitectura de percepciones. Para el cirujano que entra cada mañana, el espacio es un lugar de trabajo; conoce sus pasillos como el camarote de un barco, sabe a qué hora la luz se refleja en el cristal del quirófano o cuándo la cafetería empieza a oler a tostadas. En cambio, para el paciente que llega por primera vez, el hospital es un territorio ajeno, casi hostil. Los techos altos amplifican el eco de las voces, las luces frías marcan la distancia emocional, y los pasillos interminables parecen diseñados para poner a prueba la paciencia del miedo.
Y sin embargo, la arquitectura debe lograr que ambos se sientan cómodos. Que el profesional encuentre eficacia en el espacio y el enfermo, consuelo. Que el orden técnico no anule la empatía. Que el recorrido del visitante, aunque esté perdido, tenga siempre una salida clara, una señal luminosa que guíe sus pasos. En los hospitales, la arquitectura no se mide en metros cuadrados, sino en segundos ganados al sufrimiento, en pasos ahorrados, en silencios que alivian.
Quizá por eso los hospitales son edificios que nunca se terminan del todo. Se amplían, se reforman, se adaptan. Como organismos vivos, crecen según las necesidades de quienes los habitan. Su piel cambia, pero su esencia permanece: ser refugio y herramienta, espacio de tránsito y de permanencia.
Caminar por un hospital es recorrer una ciudad condensada. Hay calles, plazas, cruces, viviendas temporales. Hay rutinas, encuentros, despedidas. Bajo sus cubiertas coexisten el nacimiento y la muerte, el alivio y la espera, lo técnico y lo espiritual. Y todo sucede en silencio, sostenido por una arquitectura que, sin hacer ruido, mantiene la vida en movimiento.
Al final, la arquitectura hospitalaria nos recuerda que curar no es solo sanar el cuerpo, sino también acompañar. Que el espacio puede ser una medicina invisible pero esencial. Y que quizás, en el fondo, los hospitales son la versión más sincera de aquello que Le Corbusier llamó máquinas de habitar: máquinas que, además de dar cobijo, son esperanzas construidas.
Modo avión
Modo avión
“Vivimos tan conectados que necesitamos un sótano, un túnel o un ascensor para recordar cómo suena el silencio.”
Hay un instante que es casi místico. Cuando el ascensor se cierra y el teléfono pierde cobertura. La pantalla, súbitamente muda, deja de vibrar, de pedir, de avisar, de importunar. Un silencio de otra época se cuela entre los pisos como una rendija de tiempo suspendido. Son apenas unos segundos… un minuto a lo sumo, pero algo en ese lapso se parece a una revelación: la certeza de que el mundo sigue girando aunque nadie nos escriba.
No es casual que muchos de esos lugares sin señal, sótanos, pasajes, túneles o viejos muros de hormigón armado, se parezcan tanto a refugios. La arquitectura, que durante siglos se esforzó por protegernos del clima, parece como si ahora intentase protegernos del ruido invisible, aun en contra de nuestra propia voluntad. Empiezan a aflorar cafeterías que se anuncian “sin Wi-Fi, hablen entre ustedes”, hoteles que presumen de desconexión digital, o urbanizaciones que prometen “retiros offline” con el mismo entusiasmo con el que antes se vendían vistas al mar. Hemos convertido el modo avión en una experiencia de lujo, un producto más dentro del mercado de la atención agotada.
La paradoja es que en el fondo, nadie desconecta del todo. Decididos, guardamos el móvil en el cajón, para comprobarlo diez minutos después, no sea que el universo haya decidido cambiar de rumbo sin avisarnos. Queremos silencio, pero con botón de pausa; aislamiento, pero reversible. Y cuando por fin lo logramos, cuando el ascensor baja y la señal desaparece, sentimos un doble impulso: el alivio de la tregua y el vértigo de sabernos fuera del mapa. La soledad asusta y el valor flaquea.
Quizá sea porque nuestras casas ya no saben estar calladas. Los altavoces inteligentes nos escuchan, los relojes nos vigilan, las persianas obedecen órdenes que no hemos dado. La domótica, ese eufemismo amable del control, ha colonizado la intimidad con sensores, algoritmos y notificaciones que miden incluso el descanso. Hemos pasado del hogar como refugio al hogar como interfaz. Un escenario donde el ruido digital nunca duerme.
En Her, el protagonista se enamora de una voz artificial que le susurra al oído todo lo que el mundo real ha olvidado decirle. Tal vez por eso la película resulta tan perturbadoramente actual: no habla de tecnología, sino de la nostalgia de una conversación cercana, humana y sincera. Y aunque en la película está llevado a un extremo, cada vez menos inverosímil, nosotros también caminamos por la vida con auriculares y asistentes virtuales, buscando compañía en un murmullo que solo confirma nuestra desconexión. Mientras tanto, los espacios públicos se vacían. Ya nadie mira alrededor, solo la versión aumentada de la realidad que cabe en la pantalla.
La hiperconexión, pensada para acercarnos, ha terminado por disolver la frontera entre dentro y fuera, y en el fondo por alejarnos más y más de nosotros mismos. El trabajo se cuela en el salón, las redes en la cocina, las alertas en el dormitorio. Todo es flujo continuo de un presente perpetuo. Por eso, cuando una pared gruesa o un túnel subterráneo interrumpe la señal, se produce un pequeño milagro: el regreso de la frontera. De pronto, el espacio recupera su peso, el tiempo su espesor, y el mutismo vuelve a tener forma. Son solo unos instantes de ingrávida sensación de vértigo y falta de asideros a nuestro mundo de seguridad conectada, pero lo suficiente como para hacernos “clic” en esa consciencia en la que no reparamos cuando estamos conectados.
Quizá la desconexión no consista en apagar nada, sino en volver a mirar lo que tenemos delante. En redescubrir el sonido del tráfico lejano, la sombra que avanza por la pared o en reparar en por qué las salas de estar solían tener sofás y tresillos de dos más tres plazas. El modo avión, al final, no es un botón: es una grieta por donde se cuela la realidad. Y tal vez ahí, en ese aislante conducto entre forjados, descubramos que seguir conectados no era lo mismo que seguir vivos.
La realidad irreal
La realidad irreal
“En los nuevos laboratorios digitales, el proyectista ya no dibuja ni construye: programa atmósferas. Ajusta brillos, calibra reflejos y modula luces que no existen”
Imaginemos un futuro no tan lejano en el que la arquitectura ya no se proyecta sobre el papel ni se recorre con el cuerpo, sino que se habita a través de una interfaz. Gafas, visores o lentes ligeras nos permitirán entrar en un edificio inexistente y movernos por él sin que nuestros pies toquen el suelo. Será posible sentir que estamos allí, aunque no haya ni aire, ni textura, ni peso. En ese horizonte que ya anuncian dispositivos como las Vision Pro o las gafas de Meta, la experiencia arquitectónica podría reducirse a un acto puramente visual.
Durante siglos, el arquitecto ha imaginado espacios para ser caminados, atravesados, ocupados. La arquitectura siempre se ha comprendido con los ojos, sí, pero también con las manos, con la piel, con la temperatura del aire. Sin embargo, la realidad aumentada y los entornos inmersivos amenazan con disolver esa dimensión física en favor de una experiencia completamente mediada por la vista. En los nuevos laboratorios digitales, el proyectista ya no dibuja ni construye: programa atmósferas. Ajusta brillos, calibra reflejos y modula luces que no existen.
La consecuencia de este desplazamiento es sutil pero profunda. Si el proceso de diseño se desarrolla en entornos virtuales, el arquitecto corre el riesgo de olvidar la resistencia de los materiales, el peso del hormigón, el sonido del eco. La arquitectura se convierte en una simulación perfecta, donde no hay errores, ni desgaste, ni tiempo. Todo está iluminado de manera homogénea, todo permanece limpio, suspendido en una eternidad sin rozaduras. Pero precisamente en esas imperfecciones —en una sombra que se mueve, en una puerta que cruje, en un suelo que cede un poco bajo el paso— habita la emoción de lo arquitectónico.
Quizá el mayor peligro de esta nueva era no sea la pérdida de lo real, sino la pérdida del asombro. Cuando todo puede visualizarse antes de existir, ¿qué lugar queda para la sorpresa de entrar por primera vez en un espacio desconocido? Si los recorridos se sustituyen por experiencias preprogramadas, el cuerpo deja de participar en la comprensión del lugar. Ver se vuelve suficiente, y con ello la arquitectura se transforma en una sucesión de imágenes navegables, pero no habitables.
No se trata de oponerse a la tecnología. Las herramientas de visualización son hoy parte inseparable del proceso de proyecto, y su capacidad para anticipar decisiones o comunicar ideas resulta incuestionable. El riesgo está en confundir el modelo con la realidad, en dejar que la representación sustituya a la experiencia. El espacio virtual puede ser una extensión del pensamiento arquitectónico, pero nunca su reemplazo.
Quizá el futuro exija precisamente un nuevo equilibrio: reaprender a mirar con el cuerpo, a proyectar con los sentidos, a no olvidar que la arquitectura, más que un conjunto de imágenes, es una forma de estar en el mundo. Porque cuando todo se ve pero nada se toca, el espacio deja de ser un lugar y se convierte en una ilusión. Y entonces, lo que desaparece no es solo la materia, sino también la emoción que da sentido a la arquitectura.
Cinco minutos más…
Cinco minutos más…
“Todo el día por delante, ideas claras y un destornillador. La tormenta perfecta.”
Hay días en los que todo sale mal. Y no sé muy bien por qué pasa, pero al despuntar el alba siento una sensación cuasi premonitoria contra la que inútilmente trato de resistirme, pero que acaba confirmando en el ocaso, que hubiera sido mejor no haberse levantado. En serio, es algo que habrá de ser estudiado en las facultades de ciencias físicas, pues tiene que ser la Piedra Rosetta de la cuántica, y probablemente quien lo descifre gobernará las leyes del universo.
Murphy, con su famosa ley, ya lo desarrolló filosóficamente: si algo puede salir mal, saldrá mal. Y tal vez su pesimista y conformista conclusión al postulado sea la forma más pragmática y positiva de enfrentarse a la dura realidad que supone transitar por el devenir del tiempo. Hoy lo llaman resiliencia, que es una forma más “mindfulness” y moderna de referirse a la abnegación o a la resignación de otras épocas, pero vamos, que viene a ser lo mismo. Eso sí, revestido de una maravillosa aura de positivismo. “Tranquilo, los problemas no son debilidades, sino oportunidades para descubrir tus nuevas fortalezas. ¿Algo no ha salido como querías? Tranquilo, toma distancia y aprovecha esta oportunidad para aprender a gestionar tu ira con mecanismos de autocontrol…”
Y aquí ando yo, con una ampolla en la yema del dedo índice provocada por una quemadura con el soldador de estaño, una placa base chamuscada y humeante, dos tornillos atascados con la rosca pasada —que jamás podrán salir de su orificio—, un destornillador doblado y unas ganas inmensas de ahorcar al gurú supremo del yoga y de defecarme en sus chakras, desde el coxis hasta la coronilla. Be water, my friend… ¡Los cojones!
Pero no acaba ahí la cosa, no… El día no puede rematarse así sin más, con dos gritos al cielo para liberar algo de presión de la caldera. Junto con los desastres encadenados —y de gravedad creciente— hasta el momento en que se detiene toda acción, viene siempre incluido en el pack el oportuno comentario condescendiente del pobre incauto que pasa por allí. La tormenta perfecta. “Tranquilo, hombre, no pasa nada. No es tan grave. Si es que te pones muy nervioso. Anda, déjame ver a mí, en mis tiempos yo era un manitas…”
Lo que esa persona no sabe es que, en ese instante, ha cruzado la delgada línea que separa la amable empatía del suicidio asistido. Porque el bricolaje casero no admite testigos ni consejos; es un ritual íntimo, casi arquitectónico. Uno parte con un plano mental, calcula, ajusta… y luego la realidad se encarga de recordarle que las leyes de la estática y de la lógica no aplican en su cocina. Es el síndrome del arquitecto de sofá: creer que, por haber visto tres tutoriales en internet, uno puede levantar una catedral gótica con un taladro inalámbrico y cinta americana.
A estas alturas del día, mi taller improvisado parece el despacho de un proyectista moderno después de un concurso fallido. Me consuelo pensando que incluso Le Corbusier, si hubiera intentado cambiar un enchufe en casa, habría acabado jurando en varios idiomas y rediseñando la instalación eléctrica desde cero.
Y claro, mientras recojo los restos del naufragio doméstico, me miro en el reflejo del horno y me descubro convertido en una especie de Inspector Clouseau de la fontanería: torpe pero decidido, arrasando con la serenidad del entorno mientras mantengo una absurda dignidad. Falta la música de Henry Mancini y una cámara lenta que me acompañe cuando el destornillador cae al suelo como si fuera la última esperanza de la jornada.
Al final del día, mientras guardo el soldador como quien entierra a un enemigo temporal, me viene a la cabeza la frase con la que empezó todo. Sí, hay días en los que todo sale mal. Y aunque me prometo que mañana no tocaré un solo cable, sé perfectamente que volveré a intentarlo. Porque, en el fondo, uno no deja de ser arquitecto de su propio desastre.
El derrumbe
La nevera sin imanes
“La arquitectura era, y sigue siendo, una forma de organizar el mundo material para hacerlo habitable, bello y digno.”
Mientras esta semana se celebra en todo el país la tradicional Semana de la Arquitectura ,como cada octubre —con infinidad de visitas guiadas a edificios emblemáticos, actos de entrega de placas del Docomomo Ibérico a viejas glorias construidas que siguen en pie y alguna que otra conferencia dirigida por y para los arquitectos—, un edificio se desploma en el centro de la capital y acaba con la vida de cuatro personas. El contraste resulta tan brutal como revelador: nuestro oficio se sigue jugando en el barro, entre el polvo de las obras, el sol de las cuatro de la tarde y los bocadillos de chóped sentados sobre una termoarcilla.
Entre la celebración y la tragedia se abre una grieta que simboliza una distancia más profunda: la que separa lo que los arquitectos entendemos por arquitectura, lo que la sociedad percibe que es y lo que, en esencia, debería ser. Para unos, la arquitectura es ese conjunto de iconos reconocibles que aparecen en las revistas, los premios o las redes sociales: la decoración del comedor de un millonario, una disciplina convertida en espectáculo, donde el gesto pesa más que la técnica y la imagen más que el proceso. Para otros —quizá la mayoría—, no es más que un trámite burocrático, una firma obligatoria para poder construir, un personaje accesorio que ni promotores ni constructores terminan de respetar. Entre ambos extremos, el arquitecto se ha ido diluyendo, atrapado entre la representación y la utilidad, entre el mármol y el barro.
Pero la arquitectura, en su sentido más profundo, siempre fue mucho más que eso. Desde sus orígenes, fue un acto de servicio, una respuesta técnica y cultural a una necesidad colectiva. Los primeros arquitectos no dibujaban para destacar, sino para proteger, ordenar y simbolizar. Sus obras no se medían por su originalidad, sino por su permanencia. La arquitectura era —y sigue siendo— una forma de organizar el mundo material para hacerlo habitable, seguro, bello y digno. Detrás de cada muro, de cada estructura, hay una cadena de decisiones técnicas, éticas y humanas que raras veces se cuentan, pero que sostienen nuestra vida cotidiana.
Mientras se multiplican los discursos sobre sostenibilidad, innovación y belleza, en demasiadas obras se recortan medidas de seguridad, se ignoran normativas o se delega la responsabilidad técnica en la improvisación. Se confía más en la intuición del constructor que en el criterio del arquitecto. Y cuando la tragedia ocurre —como en el derrumbe de Madrid—, el arquitecto vuelve a ser el rostro visible de un sistema que lleva años descomponiéndose.
No se trata de reivindicar una figura perdida, sino de repensar colectivamente qué entendemos por arquitectura. Porque reducirla a una cuestión estética es tan injusto como reducir la odontología a la colocación de carillas dentales. La arquitectura implica técnica, oficio, ética y compromiso social. Requiere tanto de cálculo como de sensibilidad, tanto de ciencia como de empatía.
Quizá ha llegado el momento de reconciliar esas dos caras de la moneda: la que brilla en las exposiciones de La Casa de la Arquitectura y la que suda en la obra. De recordar que la arquitectura no sucede en los museos ni en los hashtags, sino en la realidad de lo construido: en esa esquina donde alguien espera el autobús, en el muro que sostiene una vida o en la sombra que protege un patio del sol.
Celebrar la Semana de la Arquitectura debería servirnos para mirar más allá de los edificios emblemáticos y preguntarnos si seguimos construyendo con el mismo sentido de responsabilidad con el que se colocó la primera piedra del Partenón. Porque la arquitectura, en el fondo, siempre se ha levantado sobre un mismo equilibrio: la belleza del mármol y el peso del barro.
La nevera sin imanes
La nevera sin imanes
“Antes se heredaban muebles; hoy se heredan hipotecas y cuentas de Netflix.”
Durante décadas, hablar de vivienda era hablar de ladrillo, de metros cuadrados y de esa épica modesta que consistía en tener un techo propio, aunque fuera con goteras. La familia nuclear, con su sofá de tres plazas, su mesa extensible para visitas y un televisor que presidía como tótem la vida cotidiana, marcaba el estándar. Hoy, en cambio, el modelo de habitar ya no es unívoco: la casa se ha convertido en escenario de múltiples biografías fragmentadas, con contratos de alquiler temporales y decoraciones que oscilan entre el minimalismo escandinavo y el maximalismo kitsch. Hay que reconocerlo: Ikea lo vio venir.
El viejo ideal del hogar como patrimonio familiar ha mutado en la lógica del “espacio como servicio”. Plataformas que alquilan habitaciones por días con cajitas con cerradura con combinación en la puerta para albergar la llave, pisos que se transforman en coworkings por la mañana y en local para fiestas privadas por la noche o urbanizaciones que parecen resorts con gimnasio comunitario. La vivienda se ha convertido en un híbrido entre hotel, oficina y plató para influencers amateur.
La paradoja es que, en plena era de la hiperconexión, la intimidad se diluye. Donde antes había fotos familiares clavadas con chinchetas en el corcho, hoy hay luces LED programables que cambian de color según el estado de ánimo que tenga Alexa, que es quien en el fondo gobierna el espacio. Los salones ya no se diseñan para recibir visitas físicas, sino para tener un ángulo decente de cámara y un fondo que no arruine la videollamada. La cocina, antaño espacio de encuentro, se ha convertido en escenario para tutoriales de recetas con pretensiones de ser trending topic.
El cambio no es solo espacial, sino vital. La clásica pareja con hijos y perro ha dejado paso a una constelación de modelos familiares: hogares monoparentales, pisos compartidos entre treintañeros que no pueden (o no quieren) comprar, mayores que rehúyen la soledad en cooperativas de cohousing, y hasta nómadas digitales con pinganillo que convierten el salón en una terminal aeroportuaria permanente. Series como Friends o Aquí no hay quien viva ya anticiparon, a su manera, esa convivencia improbable de gente unida más por la renta que por la sangre.
Las estadísticas de mercado lo confirman: los metros cuadrados se encarecen, pero lo que de verdad sube es la lista de extras. Piscina comunitaria infinity, sala gamer 7G, gimnasio conectado y en algunos países, hasta dog parks integrados en la urbanización. Lo irónico es que muchas de estas comodidades se pagan a precio de oro sin que nadie tenga tiempo real de disfrutarlas.
Y, sin embargo, entre tanta mutación, la vivienda sigue siendo el espejo de nuestras aspiraciones y miedos. El auge de los micro apartamentos, esas cápsulas donde cabe una cama, una pantalla y poco más, revela una generación resignada a habitar más en lo digital que en lo físico. Mientras tanto, las casas suburbanas con jardín, modelo de éxito de los años 80, sobreviven como escenario de series nostálgicas más que como aspiración real para muchos jóvenes.
Quizá lo más inquietante es que, al sofisticar la vivienda, corremos el riesgo de perder lo esencial. La casa convertida en algoritmo de confort (termostato inteligente, persianas automáticas o altavoz que escucha tus secretos) es también una máquina de control que mide consumos, hábitos y rutinas. Hemos pasado del refugio al panel de macrodatos. Y en esa transición, el azar, la imperfección y hasta el desorden han quedado relegados a fallos del sistema… con lo bonito que era encontrase una nevera tapizada de imanes de viajes y facturas de compra.
Tal vez por eso, lo más valioso de una casa siga siendo lo mismo de siempre: un sofá gastado donde echar la siesta, una mesa que acumula migas, una ventana que deja entrar una corriente inesperada de aire. Lo que resiste, incluso entre tanta innovación, es la experiencia mínima de habitar: sentir que un lugar, por precario, provisional o incómodo que sea, es ese espacio donde poder cerrar la puerta, bajar el filtro y, aunque solo sea por un rato, habitar sin espectadores.
Una moto en el salón
Una moto en el salón
“La arquitectura, como escenario, tiene la capacidad de transformar el significado de las cosas”
Hay algo inquietante en ver una moto aparcada en mitad de un salón. No me refiero a una imagen publicitaria cuidada ni a una instalación artística preparada para la ocasión, sino a esa irrupción accidental, inesperada, de un objeto que sentimos fuera de lugar y que puede dejar una mancha de aceite en el suelo. La sorpresa, en realidad, no proviene tanto de la moto por sí misma, sino del cambio de contexto: de pronto, se convierte en una escultura, en reliquia, en algo extraño y casi absurdo. El objeto no ha cambiado, pero nuestra percepción sí.
La arquitectura, como escenario, tiene la capacidad de transformar el significado de las cosas. Pensemos en el momento de entrar en un museo de ciencias naturales y levantar la vista hacia el esqueleto suspendido de un dinosaurio. Ese animal nunca voló; y sin embargo ahí lo tenemos, flotando sobre nuestras cabezas. La escala colosal, la suspensión imposible y el entorno inmaculado del museo lo convierten en un objeto casi sagrado, despojado de su condición de ser vivo.
Aunque parezca mentira, hoy en día podemos ver un deportivo aparcado en el piso 23 de un rascacielos de Miami. Solo a los millonarios se les ocurre subir estás máquinas en ascensores especiales para exhibirlas ante sus amigos, logrando un efecto de descontextualización parecido al de los esqueletos suspendidos de aquellos seres que dominaron la Tierra hace 65 millones de años. Un coche, en la calle, es puro transporte; en el salón, elevado sobre la ciudad, se convierte en un tótem. Su escala, desmesurada en un espacio doméstico, rompe la rutina y obliga al espectador a mirarlo con otros ojos.
Tendemos a asociar los elementos con entornos concretos: una mesa en el comedor, un coche en el garaje o una jirafa en la sabana. Cuando algo sale de ese guión, lo objetivamos, lo sacamos de su función utilitaria y racional para convertirlo en otra cosa: un artefacto, un símbolo, una pieza de museo. Es el poder del cambio de medio, pero sobre todo de la escala: la relación entre el tamaño del objeto y el lugar que lo contiene.
La arquitectura juega constantemente con esa tensión. Recordemos el pabellón de Mies van Der Rohe en Barcelona, donde una simple escultura de mármol se convierte en el centro absoluto del espacio gracias a su colocación estratégica y su proporción. O el Guggenheim de Bilbao, donde una araña gigante de Louise Bourgeois, plantada junto al río, altera nuestra percepción del entorno: no vemos solo un puente y un museo, sino un escenario habitado por presencias desproporcionadas.
La emoción que generan estos desajustes es, en el fondo, la materia prima de la que se nutre la arquitectura. El asombro de lo inesperado, la intensidad de lo incongruente. Una moto en el salón no es solo un error práctico, también es un elemento plástico. Un recordatorio de que los espacios no son neutros y de que las cosas pueden resignificarse.
Quizás por eso la escala es una de las cuestiones centrales de nuestro oficio: porque no se trata únicamente de medir, sino de emocionar. Una puerta demasiado alta nos hace sentir pequeños; un techo bajo nos obliga a agachar la cabeza; un objeto fuera de lugar nos saca de la costumbre. En ese juego de proporciones y escenarios, descubrimos que la arquitectura no solo construye espacios, sino también percepciones.
Al final, todo depende de dónde coloquemos la moto.
Like, luego existo
Likes, luego existo
“En el futuro, la arquitectura no se medirá en metros cuadrados, sino en likes por minuto”
Al asomarnos al escaparate digital del presente, no es difícil intuir cómo será la arquitectura en unas décadas: un híbrido improbable entre catálogo de mobiliario escandinavo, episodio de Black Mirror y anuncio de gafas de realidad aumentada. Ya no bastará con levantar edificios; habrá que diseñar escenarios listos para la foto, el vídeo, el holograma y la visita virtual del turista que nunca llegará a pisar el suelo. La arquitectura será, antes que nada, interfaz.
No es ciencia ficción: ya está pasando. Basta con mirar a los nuevos barrios donde el render importa más que el proyecto construido, o a esos pabellones que acumulan más visitas en Instagram que en su acceso real. Si en el siglo XX la consigna era “menos es más”, en el XXI será “mejor con filtro”. Lo importante no será la ventilación cruzada ni la orientación solar, sino la capacidad de proyectar un atardecer infinito en la pantalla de tu casco de realidad aumentada.
Las administraciones, por supuesto, aplaudirán. Igual que celebraron en su día el desarrollismo playero y los polígonos milagrosos, ahora competirán por inaugurar “distritos inmersivos” con promesas de convivencia digital. Ayuntamientos dispuestos a recortar en servicios básicos, pero con fondos europeos Next Generation para levantar plazas que solo existen al ponerte unas gafas de 500 euros. Serán las nuevas ágoras: espacios donde nadie hable en voz alta porque el ruido del dron municipal cubrirá cualquier conversación.
Habrá, por supuesto, arquitecturas audaces. Torres transparentes para oficinas que no se llenarán nunca, auditorios diseñados para eventos en streaming, parques con sensores que simularán estaciones eternas: primavera perpetua para influencers, otoño permanente para catálogos de moda. La audacia ya no consistirá en desafiar la gravedad, sino en engañar al algoritmo.
Y también habrá arquitecturas pausadas, pero camufladas. Viviendas discretas donde lo único optimizado será la conexión a internet; bibliotecas que existirán como edificios de hormigón, pero cuya colección real vivirá en servidores a mil kilómetros de distancia. Espacios que se parecerán a los decorados de una serie distópica: funcionales, silenciosos, diseñados para sobrevivir más en la nube que en la calle.
El ciudadano del futuro no preguntará por la memoria de calidades, sino por la compatibilidad de su salón con la versión 9.0 de la realidad aumentada. Los arquitectos, resignados, se convertirán en community managers espaciales: expertos en generar entornos que se vean bien con cualquier filtro. Y las escuelas de arquitectura acabarán impartiendo asignaturas como “Diseño para scroll infinito” o “Urbanismo de videojuegos”.
Vivir sin nada
Vivir sin nada
“Un colchón cómodo, un cuenco para comer y una ventana por la que entre el sol pueden bastar para que la vida suceda.”
Hay algo profundamente inquietante en la imagen de una habitación vacía. Ese eco que se prolonga cuando damos un paso, la luz que se derrama sin obstáculos, la ausencia de cualquier referencia que nos devuelva la escala. Una estancia sin muebles, sin objetos ni ornamentos, nos invita a pararnos a respirar hondo y pensar. De hecho, se convierte de pronto en un espejo incómodo donde solo nos vemos a nosotros mismos. El vacío nos enfrenta a lo esencial y nos obliga a mirarnos sin distracciones.
Las casas japonesas de apenas unos metros cuadrados, los monasterios que eliminan todo lo superfluo o los refugios alpinos donde solo cabe lo imprescindible, son testimonios de una pregunta recurrente: ¿Cuánto necesitamos realmente para vivir? El espacio vacío no tiene por qué ser algo incompleto, puede ser un recurso.
El estilo de vida minimalista que muchos orientales practican en esos pequeños apartamentos de apenas cuatro paredes y un tatami es un ejemplo extremo de esta tendencia a vivir con menos y cuestionar la idea de que bienestar equivale a posesión. En España, sin embargo, esta realidad se impone no tanto por elección, sino porque las diminutas viviendas que algunos promotores venden como modernas —solo por tener ventanas color antracita— obligan a muchos jóvenes a dejar en casa de sus padres sus viejas colecciones de cómics.
El siglo XX nos dejó ejemplos brillantes de esta pulsión racional por lo mínimo. Las Case Study Houses en California, concebidas tras la Segunda Guerra Mundial como una alternativa industrializada a la vivienda tradicional, exploraban cómo la casa podía reducir su esencia sin perder dignidad, confort, ni el viejo estilo de vida norteamericano. Del mismo modo, algunas premisas del movimiento moderno, con Mies van der Rohe a la cabeza, nos legó aquella máxima “menos es más” que hoy resuena con una claridad inesperada en la vorágine de la saturación contemporánea del consumismo extremo.
Resulta curioso cómo los objetos, acumulados con paciencia durante años, acaban ocupando no sólo nuestras casas, sino también nuestra atención y, en cierta medida, nuestra libertad. Una estantería repleta, un armario que desborda o una mesa cubierta de cosas, parecen darnos seguridad, pero también nos atan. El minimalismo radical, en cambio, propone todo lo contrario: reducir, dejar ir y desprenderse. Y al hacerlo, descubrir un nuevo tipo de riqueza, más silenciosa y discreta.
Vivir sin nada no significa necesariamente vivir en la indigencia ni renunciar a las comodidades básicas. Significa entender que el espacio, la luz, y la relación de nuestro cuerpo con los paramentos que envuelven la arquitectura, pueden ser suficientes para vivir en paz. Que un colchón cómodo, un cuenco para comer y una ventana por la que entre el sol pueden bastar para que la vida suceda. Quizás el verdadero lujo consista en tener menos cosas y más tiempo. Menos objetos y más experiencias.
Quizás se trate de un acto de resistencia. Una manera de poner en cuestión un sistema que nos invita a consumir sin descanso. Una forma de recordar que somos más que lo que poseemos. Al final, la verdadera pregunta no es si podríamos vivir sin nada, sino si seríamos capaces de aceptar el silencio que eso conlleva. Porque ese vacío, tan temido, puede ser también un lugar fértil. Un espacio donde, por fin, poder escuchar lo que llevamos dentro.
Volver a empezar
Volver a empezar
“La ciudad no espera. Solo cambia de piel mientras tú vuelves con la arena aún pegada a las pestañas”
Hay un instante preciso, casi cruel, que marca el fin del verano: el momento en que la maleta se vacía en la misma habitación donde hace un mes te prometiste no volver a vivir con prisas. La ropa huele todavía a crema solar, el cuerpo arrastra un tempo más lento y la cabeza, ingenua, se resiste a admitir que el horizonte ya no es azul marino, sino gris hormigón.
Volvemos a la ciudad. A ese escenario que, después de semanas de pueblos somnolientos, playas kilométricas o terrazas con siestas incluidas, parece un decorado demasiado cargado. Todo es ruido, semáforo y prisa. Y sin embargo, lo aceptamos. Porque esta vuelta no es solo geográfica. Es existencial. Pasamos de la arquitectura del sosiego —porches, balcones y toldos— a la geometría implacable de la rutina: fachadas alineadas, calles que convergen sobre sí mismas y persianas que suben al ritmo de una agenda que no admite sorpresas.
Lo más curioso es que, en verano, la ciudad no se detiene. Mientras tú jugabas a vivir como en una película italiana de los 60, ella mudaba su piel. Las obras avanzaron sin tu permiso. Aquel puente mastodóntico que partía la ciudad ha desaparecido, las tiendas han mutado sus escaparates y hasta los pasos de peatones parecen más blancos mientras la peatonalización de la arteria principal de la ciudad avanza a ritmo de time-lapse. La ciudad, como una amante fría, no te extraña, no te espera. Solo cambia de piel mientras tú vuelves con la arena aún pegada en las pestañas, sabedora de que acabarás irremediablemente atrapado en ella como otras tantas veces.
Y ahí te encuentras tú, otra vez reaprendiendo a mirar fachadas después de un mes mirando horizontes. Descubriendo que el azul intenso del mar se ha convertido en el reflejo azulado de un ventanal de oficinas. Que las olas que antes golpeaban tu oído son ahora el zumbido sordo de la barredora de Piquersa. Que los atardeceres en Technicolor han dado paso al naranja vapor de sodio de las farolas. Si en agosto la arquitectura era piel desnuda y luz cruda, en septiembre vuelve a ser armadura: vidrio, metal y hormigón conteniendo nuestras urgencias.
Y como si el verano se resistiera a irse del todo, septiembre nos regala su extraño ritual de lluvia roja. Esa mezcla improbable de barro y melancolía que empapa fachadas y deja coches cubiertos de polvo africano, recordándonos que hasta en la ciudad hay desiertos que nos rozan. Los toldos manchados parecen lienzos y el asfalto se tiñe de ocre, como si alguien hubiera querido darle un filtro nostálgico al escenario urbano, pero sin la entidad suficiente como para que apetezca hacer migas.
Hay algo casi cinematográfico en este retorno. Como en Lost in Translation, pero sin Tokio ni Scarlett Johansson: tú, frente al cruce abarrotado de otros tantos infelices viendo pasar coches que llegan tarde a algún lugar, intentando recordar que tenía de fascinante este caos.
La ciudad, en el fondo, también es un espectáculo. Un decorado que cambia de guion con cada estación. En verano nos parece inhóspita, pero en cuanto empieza a refrescar, recupera cierta épica: las luces tempranas encendiendo ventanas, el olor a plancha del bar de la esquina, o la piel del asfalto recién baldeado brillando como si Scorsese hubiera decidido rodar en tu calle.
Al final, regresar no es solo volver al trabajo: es reconciliarse con la densidad. Con ese tejido urbano que, aunque nos agobie, también nos sostiene. Y quizá ahí esté la enseñanza oculta: que necesitamos el vacío para apreciar la trama. Que sin el silencio del pueblo y el campo, la ciudad no hablaría tan alto.
Así que desempolva las gafas de sol (no por glamur, sino por los reflejos de los ventanales), ajusta el paso y acepta el cambio de escenario. Porque la vuelta a la ciudad, con todos sus ángulos y aristas, también es parte de la película. Y, quién sabe, puede que en algún plano fugaz la arquitectura te regale un instante de belleza capaz de competir con el horizonte infinito del mar.
Casa nueva
Casa nueva
“Hacen falta varios días para encender y apagar la luz a la primera sin equivocarse de interruptor”
Los primeros días en una casa nueva se viven como si uno habitara la vida de otro. Todo está limpio, sí, pero no es nuestro. La luz entra distinta, los sonidos rebotan raro en las paredes aún vacías, y el eco de los pasos recuerda constantemente que no hay alfombra, ni cuadros, ni siquiera una historia. Uno se sienta en el sofá y mira a su alrededor con una mezcla de emoción y extrañeza, como si el espacio todavía no nos reconociera. Todo está por estrenar, incluso nosotros mismos, que de repente caminamos más despacio y sentimos que cualquier gesto desentona en una casa impoluta y casi vacía que aún no ha aprendido nuestro ritmo ni nuestras rutinas.
Mudarse es, en el fondo, un pequeño duelo y una pequeña conquista. Se deja atrás un lugar lleno de hábitos y certezas, para empezar de cero en un entorno que aún no nos entiende. Las casas, al igual que las personas, necesitan tiempo para conocerse. Se trata de una relación bidireccional: tú te adaptas a la casa y ella se adapta a ti. Hacen falta varios días para encender y apagar la luz a la primera sin equivocarse de interruptor. El váter suena distinto y el frigorífico cierra con otra fuerza. Por mucho que habitemos el espacio, uno no vive realmente en un sitio hasta que sabe cómo esquivar esa esquina de la mesa baja sin golpearse el muslo. Y eso, claro, lleva tiempo.
Al principio vivimos rodeados de silencios. No de un silencio absoluto, sino uno construido a partir de ruidos desconocidos: una cañería que se queja, un vecino que arrastra muebles a medianoche, el crujido de la madera al enfriarse… Desde un primer momento parecen intrusos, como si recordaran a cada instante que todavía no pertenecemos del todo a ese lugar. Nos obligan a escuchar con atención, a imaginar historias detrás de cada golpe. Pero esos sonidos, que al principio incomodan, con el tiempo terminan volviéndose familiares, casi tranquilizadores. Pasan de ser señales de extrañeza a convertirse en el telón de fondo de nuestra rutina, hasta el punto de que un día, si no se oyen, los echamos de menos.
Los primeros días se vive en piloto automático. Se duerme ligero, se desayuna de pie y se abren por costumbre las puertas de la cocina equivocadas buscando el vaso que ya no está donde solía. Pero poco a poco, sin apenas darnos cuenta y de manera totalmente natural, comenzamos a colonizar el espacio. Las cosas —esas que arrastramos de mudanza en mudanza, con cariño y obstinación— empiezan a ocupar su sitio. Una lámpara sobre la mesita, una foto en la estantería, una manta raída en el sofá: objetos que actúan como anclas emocionales, capaces de domesticar el espacio más hostil con su mera presencia.
Porque habitar es eso: una acumulación de gestos, de ritos cotidianos que transforman lo ajeno en propio. El hogar no lo hace el pavimento laminado color roble colocado en espiga, ni los metros cuadrados del dormitorio. Lo hacen las mañanas con café, las discusiones de pareja sobre dónde poner la mesa del comedor, los calcetines perdidos y los platos sin lavar. Esas pequeñas escenas van sedimentando, como capas invisibles de tiempo, hasta que un día uno se da cuenta de que, sin saber cómo, ya vive allí. Y entonces la casa deja de ser nueva. Y empieza a ser hogar.
Arquitectura sin planchar
Arquitectura sin planchar
“Dura tres días y cuesta tres becarios, pero deja treinta gigas de fotos con filtro cálido. Arquitectura de temporada.”
La arquitectura efímera tiene algo de sueño de una noche de verano y mucho de foto para el Instagram. Estructuras ligeras, textiles tensados, carpas con nombre en alemán (aunque las haya diseñado un becario en Albacete) y esa fascinación por lo desmontable que parece una oda al desapego… pero en realidad es puro espectáculo. Porque si algo no se cae y, además, queda bonito en el render, ya se considera intervención urbana.
En los últimos años hemos visto cómo la arquitectura textil ha conquistado plazas, festivales, exposiciones y concursos con presupuestos minúsculos y ambiciones cósmicas. Ahí están los pabellones de las Serpentine Galleries en Londres, donde cada verano alguien reinterpreta la gravedad con lona, acero y mucha teoría. O las instalaciones de Frei Otto rescatadas en forma de nostalgia con patrón parametrizado. Por no mencionar la miríada de tenderetes culturales de verano que parecen diseñados por un genio a medio camino entre el ingeniero estructural y el escaparatista zen, que brotan como champiñones en parques centroeuropeos y en los que ciudadanos de la generación Montessori retozan descalzos y con sonrisas utópicas.
Pero no basta con tensar una lona; hay que tensar también el discurso. Porque lo efímero, para ser tomado en serio, necesita una justificación crítica. Ya no se trata de proteger del sol, sino de “crear una experiencia permeable al tránsito emocional del usuario”. Es un toldo, sí, pero con relato. Un refugio contra el sol y, de paso, contra la banalidad…¡si es que me tengo que reír!
Lo curioso es que esta arquitectura, pensada para desaparecer, es la que más obsesivamente se documenta. Vídeos, drones, making-of, tesis doctorales, noticias de telediario estival. Dura tres días, pero deja treinta gigas de legado. Como si lo importante no fuera el espacio vivido, sino el archivo que lo justifica. Porque, al fin y al cabo, ¿qué sentido tiene hacer algo efímero si no se convierte luego en página de revista?
Al final, la gran contradicción es querer pasar a la posteridad con una obra diseñada para caducar. El ego del arquitecto se disfraza de humildad efímera, pero en realidad sueña con eternizarse en publicaciones académicas y con ocupar espacios en exposiciones bienales de arquitectura internacional. No hay mayor paradoja que levantar un escenario temporal con la secreta esperanza de ser recordado para siempre.
Y sin embargo, incluso entre tanto postureo conceptual, hay momentos que escapan al cinismo. Instantes en los que una tela bien orientada consigue domesticar la luz mejor que mil lamas de catálogo. O en los que una estructura mínima, armada con tubos de andamio y bridas negras, logra reunir a desconocidos bajo una sombra común. Porque entre la pirotecnia teórica y la sobreactuación estética, a veces se cuela (casi sin querer) un gesto honesto, útil, fugaz y sin pretensiones. Y ese es el que queda.
Tal vez, después de todo, esa sea la enseñanza silenciosa de lo efímero: recordarnos que la arquitectura también puede ser un paréntesis. Un paréntesis ligero, desmontable y sin garantías, pero capaz de intensificar la experiencia urbana durante un instante. Y a lo mejor ahí, en esa brevedad irrepetible, reside su valor más perdurable.
Piscina con casa
Piscina con casa
“La casa gira entorno al agua, se construye con ella, por debajo, por encima, al lado, contra ella.”
En España, tener piscina es casi un símbolo patrio. Muchas veces ni siquiera importa que vivas a 300 metros del mar o que oigas las olas desde la cama: si te lo puedes permitir, querrás una piscina. Porque más que una necesidad, muchas veces, la piscina parece ser una aspiración. Una marca de clase, una postal de éxito, un hito doméstico.
Pero al mismo tiempo, en muchos lugares del país, la piscina, lejos de ser un capricho, puede convertirse en algo casi imprescindible. En pueblos del interior, donde los termómetros alcanzan cifras inhumanas en julio y agosto, el agua es más que un lujo, es un refugio. En sitios como Orcera (Jaén), la piscina pública no es solo una infraestructura deportiva: es el centro de la vida social, el único lugar donde se aguanta el verano, donde se charla, se liga, se juega y se sobrevive. Una especie de plaza pública líquida.
Por otro lado, en las grandes urbes, muchas comunidades de vecinos se organizan como microestados balnearios: normas, horarios, sombrillas y piscinas compartidas como nuevo foro romano. Y en los suburbios o en el campo, las viviendas unifamiliares lucen sus láminas azules como prueba tangible de su independencia para el refresco.
Pero hay quienes van más allá. En el proyecto Piscina con Casa, de los arquitectos Serrano y Baquero en La Zubia (Granada), la piscina no es un objeto añadido, sino el origen de todo. El punto de partida. La casa gira en torno al agua, se construye con ella, por debajo, por encima, al lado, contra ella. Hay espacios sumergidos, otros suspendidos, otros apenas rozados por el agua. Rincones donde esta solo cubre los tobillos, y otros donde parece que el agua está a punto de desbordarlo todo.
En este proyecto, el agua no es decoración ni consuelo. Es atmósfera, es estructura, es relato. Está en cada transición, en cada sombra y en cada reflejo. Se convierte en un material más de proyecto, moldeando los espacios según su temperatura, su profundidad y su sonido. Puede llegar a parecer incluso una reinterpretación libre de la casa patio porque al final todo gira al rededor de la piscina.
El ser humano no solo necesita el agua para vivir, sino para imaginar. Nos calma, nos conecta, nos devuelve algo muy antiguo, Quizás por eso seguimos queriendo piscinas incluso frente al mar, o fuentes con agua en movimiento en patios interiores. El agua, al igual que el fuego, adquiere una cuestión hipnótica que nos transporta a nuestro yo más primitivo.
El ladrillo invisible
El ladrillo invisible
“Casas que fueron de abuelas, de marineros, de familias numerosas y a la par, sueños diminitos.”
Hay casas que no salen en las guías. Que no tienen placa, ni autor, ni salen en Instagram. Viviendas con fachada herrumbrosa, persianas combadas y una portilla de aluminio que tiembla cuando sopla el levante. Es la arquitectura sin épica. La que nadie fotografió en su inauguración porque, sencillamente, nunca la tuvo. Y sin embargo, ahí están. Resistiendo.
Basta con perderse por cualquier centro histórico, pongamos por caso Almería, que lo tiene todo: mar, sol y desconchones, para toparse con una callejuela donde los balcones se inclinan por el peso de las buganvillas y los años. Casas que fueron de abuelas, de marineros, de familias numerosas y a la par fueron sueños diminutos. Algunas parecen salidas de un plano secuencia de Los santos inocentes si lo hubiese dirigido Hamaguchi. Una mezcla entre decadencia y dignidad, entre mugre y memoria.
Y uno se pregunta por qué esta arquitectura tan modesta nos conmueve. Quizá porque está libre de artificio. Porque no presume. No fue pensada para ganar premios ni ilustrar artículos. Fue hecha para habitar, punto. Para hacer migas cuando llueve, tender sábanas al sol y discutir en bata con la vecina del tercero.
A veces nos deslumbra el gesto del gran maestro, la vivienda unifamiliar en pendiente con forjado volado visto y ventanales en triple altura. Pero rara vez nos paramos ante una casa encalada y partida, con su zócalo de azulejos horteras y su buzón torcido, como si la pobreza también fuera un fallo estético. Y no. Esa vivienda lleva décadas diciendo: aquí se ha vivido. Con goteras, con cariño, con arreglo de fontanería hecho por el cuñado…si, pero se ha vivido.
La ciudad, como el cine, necesita secundarios. No todo puede ser decorado principal ni gran plano general. Hace falta también el fondo, el contexto, el personaje mudo que sostiene la escena. Esa casa que no dice nada y lo dice todo. Que en su silencio nos recuerda que la historia no solo la escriben los arquitectos, sino también los albañiles sin planos, los yeseros poetas y los inquilinos con imaginación.
En Almería, muchas de estas viviendas esperan su segunda vida. Algunas serán rehabilitadas con esmero mientras otras serán arrasadas con entusiasmo por el siguiente pelotazo inmobiliario. Las más afortunadas acabarán siendo Airbnb de «encanto auténtico», donde el visitante nórdico alucinara con los suelos hidráulicos originales mientras ignora que, hace solo quince años, esa cocina olía a cocido y humedad.
La cebra arquitectónica
La cebra arquitectónica
“Las cebras podrían aterrrizar en cualquier lugar del mundo sin apenas despeinarse…”
Basta con levantar un poco la cabeza al pasear por cualquier nuevo ensanche de nuestras ciudades para darse de bruces con la estampida. Las cebras están por todas partes: bloques residenciales mimetizados entre sí mediante una estética similar de franjas horizontales blancas y negras, carpinterías color antracita, terrazas acristaladas y algún remate en color madera para “dar calidez”. Una fórmula que, lejos de ser accidental, parece haber sido aceptada por promotores y arquitectos como el nuevo patrón de la modernidad.
El problema no es solo la repetición, sino la indiferenciación. Porque, a pesar de su vocación de vanguardia, esta arquitectura resulta tan intercambiable como una carcasa de móvil. Parece que poco importa que el edificio se sitúe en Galicia o en Andalucía. Da exactamente igual. La cebra podría aterrizar en cualquier lugar del mundo sin apenas despeinarse, como si sus ocupantes no necesitasen más contexto que una cocina abierta al salón y doble acristalamiento.
Podríamos pensar que esta estética de franjas monocromáticas es heredera de cierto espíritu moderno: aquel anhelo internacionalista del Movimiento Moderno que abogaba por una arquitectura desligada de ornamentos, fronteras y estilos locales. Pero, sin embargo, mientras aquellos pioneros perseguían resolver de manera eficiente los problemas de su tiempo, la cebra contemporánea parece obedecer más a una estética de catálogo. Donde Le Corbusier soñaba con máquinas de habitar, hoy nos conformamos con renders para comercializar.
El mercado inmobiliario, por supuesto, tiene parte de culpa. Se diseña para vender, no para vivir. Y el render vende más si brilla en blanco y negro. La homogeneización, al fin y al cabo, reduce riesgos: lo que funciona en un barrio funciona en otro, y los usuarios, temerosos de nuevas estridencias, tienden a buscar aquellas estéticas que le sean familiares para elegir su hogar. Pero lo que se gana en eficacia, se pierde en identidad.
La arquitectura no debería ser neutral. Cada lugar tiene sus vientos, su historia, su luz y sus sombras. Que una promoción residencial en el norte lluvioso sea idéntica a una en el seco sureste español no es modernidad, es pereza. Una vivienda no es solo un contenedor con imagen de paso de peatones, es una respuesta a unas necesidades concretas. Porque la buena arquitectura no nace de una moda, sino de una conversación sincera con su entorno. Y esa conversación rara vez es en blanco y negro.
Tiempos (de entrega) modernos
Tiempos (de entrega) modernos
“Entre el cálcul estructural y la angstia existencial, el estudiante de arquitectura vive en sección, duerme en alzado y sueña en perspectiva”
Hubo un tiempo en el que estudiar arquitectura era casi como pertenecer a una orden religiosa. Diez cursos (lo que se solía tardar), diez mandamientos, un dogma: dibujar bien, sufrir más, dormir poco. Hoy, los años se han reducido, el sufrimiento se ha diversificado, pero la esencia sigue intacta. A los estudiantes se les pide que dominen estructuras, instalaciones, normativa, cálculo… y de paso, que piensen como Le Corbusier, escriban como Álvaro Siza y representen como Pixar. Todo a la vez, y en plazos imposibles.
La enseñanza en arquitectura siempre ha sido un arte de equilibrio inestable. Una mezcla entre técnica y poesía, entre Excel y delirio. Se habla de proyectos, pero también de personas; de muros portantes y de emociones. Porque un arquitecto no solo construye, también interpreta. Es ingeniero de día, filósofo de noche y, si queda tiempo, diseñador de escaleras con alma.
Hace cien años se enseñaba desde el trazo: líneas a lápiz, sombras al carboncillo y un respeto reverencial por la escuadra y el compás. Hoy, el estudiante navega entre renders, software, y videotutoriales. Se ha ganado en herramientas, pero ¿hemos perdido la pausa? ¿el error? ¿el sentido? Antes se corregía un plano; ahora se rectifica una nube de puntos.
Y como si no fuera suficiente, el estudiante de arquitectura arrastra la incomprensión como quien carga con un ladrillo mojado. Para los ingenieros, es un artista confuso con pretensiones. Para los de Bellas Artes, un técnico sin alma. Y para su familia, alguien que «dibuja casas». Ni una cosa ni la otra. El arquitecto en formación ocupa un limbo incómodo donde todos opinan, pero pocos entienden. Vive entre el desdén de los tecnócratas y la condescendencia de los poetas.
La escuela ya no es un templo, sino un campo de batalla. El profesor a veces oráculo, a veces enemigo. El alumno, un equilibrista entre entregas y existencialismos. Y el proyecto final de carrera, ese rito de paso que debería ser celebración de lo aprendido, acaba pareciendo un exorcismo con planos.
Pero aún hay belleza. A veces, entre las maquetas de cartón pluma y las horas sin dormir, aparece la magia. Un gesto. Una idea. Una línea que no estaba en ninguna norma y que, sin embargo, lo explica todo.
La arquitectura no se enseña. Se contagia. Y mientras haya alguien dispuesto a quedarse un poco más tarde para corregir una cubierta absurda o a llorar frente a una sección mal acotada, seguiremos creyendo que esto, de algún modo, tiene sentido.
El enchufe de la tele
El enchufe de la tele
“una sensación agridulce recorrió mi cuerpo desde las botas de obras hasta el casco blanco”
Hace un tiempo realicé una visita de obra a una vivienda en venta en Málaga, con la peculiaridad de que, tras resolver algunas cuestiones propias de la fase tan avanzada en la que nos encontramos, apareció una pareja con cierto interés en comprar la vivienda. La primera pregunta que escuché pronunciar hacia el promotor, incluso antes de que entraran en la casa, fue si los dormitorios tenían toma de internet por cable.
Desde ese momento, la situación despertó mi curiosidad profesional. Siempre es interesante observar las opiniones de alguien totalmente ajeno al proyecto. Me interesaba conocer su punto de vista, sus inquietudes y su parecer acerca de cualquier cuestión de la vivienda. Así que, ni corto ni perezoso, me ofrecí a acompañarles para poder resolver cualquier duda, mientras en realidad, les observaba como un fotógrafo de National Geographic graba a las cebras bebiendo en un riachuelo, esperando a ver si un cocodrilo les ataca.
La visita se desarrolló con cierta normalidad: planta por planta, la pareja merodeaba por las estancias cuchicheando entre ellos y sin hacer muchas consideraciones. Eso sí, una vez llegados al dormitorio principal, la chica preguntó por la posibilidad de colocar los enchufes ubicados frente a la cama a una altura superior para poder colgar la televisión en la pared. Cuestión que, sin mucho problema, el promotor aceptó. “No estamos para desaprovechar una venta por un enchufe”, pensaría.
El resto de la visita transcurrió sin más demandas, opiniones, ni tan siquiera valoraciones acerca de lo que para mí era lo realmente importante, como la entrada de luz, las vistas o la percepción espacial de las estancias. La única otra cuestión reseñable fue la preocupación por la posibilidad de instalar un WC japonés con chorritos de agua caliente ya que los cuartos de baño no contaban con bidé.
Por una parte, me sentí relativamente aliviado al no escuchar ningún comentario negativo del proyecto. Pero, por otro lado, una sensación agridulce recorrió mi cuerpo desde las botas de obra hasta el casco blanco. Resulta curioso cómo, tras meses y meses ingeniando y desarrollando una idea; un par de años dándole forma con cemento, ladrillo y agua… Muchas de las cuestiones que a mi parecer deberían ser determinantes a la hora de elegir el lugar donde pasar tus días, quedan reducidas a la altura del enchufe de la tele. Y nosotros empeñados aún en hablarle luz, proporción y silencio…
Stargate
Stargate
“¿Qué hubiera pasado si los egipcios hubieran conocido el hormigón? Pirámides moldeadas como un pastel, sin esfuerzo, sin misterio…”
Se suele decir que los antiguos lo hicieron todo con cuerdas, palancas y Fe. Que las pirámides se levantaron a base de sudor de esclavo, geometría sagrada y mucha piedra cortada a mano. Pero ¿Y si no? ¿Y si los antiguos hubieran tenido acceso al hormigón? Ese material moderno, casi vulgar, que hoy usamos para todo: desde autopistas hasta parques temáticos. Piedra líquida, le dicen algunos con cierta poesía. Pero piedra al fin y al cabo.
Imaginemos por un momento que los egipcios hubieran descubierto cómo mezclar cal, ceniza y secretos hidráulicos. Que en lugar de arrastrar bloques de varias toneladas por el desierto, hubieran vertido su pirámide en encofrados de madera y cañas. Qué decepción para los alienígenas de Stargate, llegar en su nave piramidal, listos para ser adorados por una civilización tecnológicamente rudimentaria, y encontrarse con una obra civil perfectamente encofrada, con juntas de dilatación y acabados lisos. Imagina a Ra, el Dios-Faraón, haciendo la inspección final con casco de obra y planillo bajo el brazo.
¿Dónde quedaría el misterio? ¿La épica? ¿La música dramática de las conspiraciones de Cuarto Milenio? Todo arruinado por un amasado bien proporcionado y un vibrado a conciencia. Porque el hormigón no permite leyendas: o fragua, o no fragua. No admite interpretaciones esotéricas. Es tan terrenal como el tiempo que lo cuartea.
Y sin embargo, qué fascinante pensar que quizás las pirámides serían hoy incluso más lisas, altas y perfectas. O más aburridas. Porque el hormigón, con toda su versatilidad, no pesa igual en la imaginación. No inspira relatos de esclavos bajo el sol ni planos imposibles alineados con Orión. Inspira, como mucho, normativa técnica y brutalismo posmoderno.
Y aun así, da vértigo imaginar lo que habrían sido capaces de hacer con unas plantas bien acotadas y un par de hormigoneras. La Gran Pirámide con alzados en CAD. Abu Simbel con hormigón postensado. La Esfinge fundida en una sola pieza, sin nariz… pero con junta constructiva. Quizás hasta los jeroglíficos habrían sido prefabricados y anclados a fachada. ¡El mito fundacional del Antiguo Egipto convertido en una promoción llave en mano!
La grandeza de los antiguos no estaba solo en lo que hacían, sino en cómo lo hacían. Su eternidad se construía, piedra a piedra, con una paciencia que hoy sería considerada ineficiente. Doblegaron la roca con manos y cincel sin saber que algún día, con algo de magia, agua y química, todo sería mucho más fácil.
Dormir tapado
Dormir tapado
“Un refugio dentro del refugio, como el cuarto dentro de la casa, como la cama dentro de ese cuarto.”
Existe un gesto que prácticamente todos repetimos cada noche, casi sin pensar: el de arroparnos. Nos cubrimos con una sábana, con una manta, con lo que haya a mano, aunque sea pleno agosto, vivas en Almería y el calor sea insoportable. Porque dormir destapado, por algún motivo que no es solo térmico, nos inquieta. Es como si el cuerpo necesitara no solo reposo, sino también un refugio simbólico, una piel extra que lo aísle del mundo.
Esa piel que nos acompaña cada noche no está tan lejos de las pieles arquitectónicas que envuelven nuestros edificios. Fachadas ventiladas, celosías o falsas fachadas que no solo nos protegen del clima, sino que también añaden profundidad, textura y significado. Así como una sábana no es solo un tejido, sino una promesa de cobijo, muchas paredes no son solo elementos constructivos, sino emocionales. Ambas construyen intimidad y abrigo; ambas median entre un interior vulnerable y un exterior imprevisible.
Observo a mi hijo, aún incapaz de pronunciar palabras, y que no sabes si llora porque tiene un eructo o porque le pica la pierna pero, al acostarle, uno siente la necesidad casi instintiva de taparlo. No por frío, sino como un acto reflejo de empatía. Como si ese fino saco contuviera cierto grado de protección que te gustaría que él también sintiera. Porque muchas veces, el acto de tapar o de proteger no se dirige al cuerpo, sino al alma. Y es precisamente esa misma pulsión la que invita a la arquitectura a envolver, a cuidar, a generar condiciones de sosiego.
Dormir tapado es una forma de ensayar cada noche nuestra relación con el espacio íntimo. Envolvernos para descansar es como delimitar un pequeño refugio dentro del refugio. Como el cuarto dentro de la casa, como la cama dentro de ese cuarto. Podríamos afirmar que algunas casas favorecen más el descanso que otras. Algunas te invitan a bajar la guardia, mientras que otras te mantienen alerta sin saber muy bien por qué. El material de sus muros nos transmite emociones como lo hacen las fibras de tu manta de Ikea. Las texturas no solo se perciben por la piel, también las sentimos con su mera presencia.
Dormir tapado es, en el fondo, un acto profundamente humano. Un ritual sencillo, cotidiano, casi invisible, pero cargado de sentido. Una arquitectura sin medidas que repetimos cada noche y que, tal vez sin saberlo, nos enseña lo que de verdad significa habitar.
El curioso caso de Benjamin Button
El curioso caso de Benjamin Button
“Madurar un proyecto es aceptar que entre la idea y la obra hay una historia de renuncias, burocracia, ocurrencias y, a veces, cierta belleza imprevista»
“El proyecto ha madurado”, dicen. Como si se tratara de un queso. Y puede que lo sea. Uno empieza con una idea fresca, vibrante… casi inocente. Un croquis que flota en las páginas de un cuaderno o en la brillante pantalla de una tablet. Pura intención, pura magia. Pero ¡ay, amigo!, luego viene la bofetada de realidad. La vida tiene normativas, informes sectoriales, aviación civil, comisión de cultura, técnicos municipales que subrayan en rojo y promotores que descubren súbitamente que les apasiona la cerámica beige; y si es en porcelánico de gran formato como el de la página 83 del catálogo de saldos, mejor.
El proyecto entra entonces en su particular adolescencia: rebelde, contradictorio y plagado de revisiones que torpedean la inocencia. El que una vez soñó con volar, ahora aprende a justificar radios de rampas de accesibilidad y retranqueos de tres metros. Aparece la primera memoria justificativa. Ese género literario que podría competir con la novela negra por la cantidad de muertos conceptuales que arrastra, pero que, con digna valentía, se coloca como primer documento del proyecto, a la espera de aguantar estocadas.
Pero lo más curioso es que uno se acostumbra, se adapta y aprende a querer a esa versión de su criatura que ya no es suya del todo. Porque hay una belleza extraña en ver cómo el proyecto se mancha de realidad: con hormigón, con dudas, con imprevistos. En obra, el plano sufre, pero también respira. La geometría se ajusta a una zanja mal excavada o a una idea feliz de última hora que nadie se atreve a discutir.
Y cuando por fin se termina, cuando las llaves tintinean y el cliente sonríe, o al menos no frunce el ceño, uno mira el resultado y se pregunta: ¿es esto lo que pensé? ¿es peor? ¿es… otra cosa?
Pero esto no siempre es así. A veces suceden los milagros y ocurre lo contrario: que el proyecto, en lugar de madurar, rejuvenece. Como Benjamin Button. Nace viejo, serio, sobrio, lleno de justificaciones normativas y cálculos, pero termina ligero, limpio y amable. Más sencillo de lo que uno imaginó. Como si la obra supiera quitarse años de encima conforme avanza. O como si los arquitectos, ya agotados, fuéramos soltando peso.
Y entonces ocurre el milagro: un proyecto que parecía vencido por la burocracia acaba siendo algo vivo. No como lo soñamos, sino como lo permite el tiempo. Un auténtico cisne negro. Y cuando ese día llega, se es consciente de que el proyecto, a veces, puede ser solo el inicio de un camino emocionante.
Internalities
Internalities
“Internalities pone el foco en el origen del material, desde el impacto de su extracción hasta el oficio que lo transforma.”
Cuando se habla de sostenibilidad en arquitectura, se suele pensar en paneles solares, etiquetas verdes y certificaciones que justifican la conciencia. Sin embargo, bajo el título Internalities, el Pabellón de España en la Bienal de Venecia de 2025, comisariado por Roi Salgueiro y Manuel Bouzas, propone una mirada algo más profunda. Hacia lo que está antes de la forma, antes del gesto y por supuesto, antes de los sistemas activos de eficiencia energética. Internalities pone el foco en el origen del material, desde el impacto de su extracción hasta el oficio que lo transforma.
La utilización de materiales como la madera, la tierra, la piedra o cualquier tipo de material reciclado exigen tiempo, técnica y confianza mutua entre arquitecto, promotor y constructor para poder llevar cualquier proyecto de arquitectura a buen puerto. Quienes trabajamos en estudios pequeños sabemos que cada obra es una lucha entre lo que uno quiere hacer y lo que uno puede hacer. Entre la sostenibilidad que se proclama y la que se llega a ejecutar en obra realmente. Entre lo deseable y lo posible.
Lo que termina abundando al final suele ser el ladrillo, el hormigón armado y el acero, es decir, materiales con los que el constructor de turno siempre se siente cómodo trabajando, rápido y eficaz. Los presupuestos ajustados, el poco interés de innovación, la falta de implicación o los plazos de obra, acaban imponiendo un camino aparentemente más fácil y cómodo. Lo conocido, lo rápido y lo barato, acaba siendo lo más contaminante. Al igual que en la alimentación, comer bien es complicado y caro, mientras que el menú ahorro del Burger King está al alcance de cualquiera.
Internalities pone el foco donde más duele: en la contradicción entre nuestros discursos como arquitectos y nuestras acciones. No se trata solo de reducir las emisiones, sino de desenterrar saberes, oficios y formas de habitar que fueron descartadas en nombre del progreso, pero que en realidad, serán las que nos permitan seguir creciendo de forma sostenible durante más tiempo. Los muros encalados en blanco en el mediterráneo o las estructuras tectónicas de madera en el norte de España, son el pasado e inevitablemente tendrán que ser el futuro. Porque al final, descarbonizar la arquitectura no será una cuestión de estilos, sino de valores. Un hacer consciente que nos permita seguir viviendo de forma racional.
Dune 2.0
Dune 2.0
“En pleno siglo XXI, el futuro se diseña con espejos, algoritmos y aire acondicionado. Sin embargo, algo no encaja en esta postal del porvenir.”
Hubo un tiempo en que los desiertos eran lugares de retiro espiritual, de iluminación ascética y silencio sagrado. Hoy, el desierto se ha convertido en un render. Un render en 8K, con música épica de fondo y drones sobrevolando maquetas de cristal imposibles. Arabia Saudita, otrora reino de la arena y el petróleo, ha decidido reescribir su relato con tipografías futuristas y arquitecturas verticales que desafían el sentido común, la física y, de paso, la sombra. El proyecto Neom, por ejemplo, al que ya dediqué un artículo. Un nombre que suena a medicamento experimental o a nuevo Dios digital. La ciudad lineal a modo de serpiente de acero y espejos de 170 kilómetros, que se desliza por el desierto como una promesa sin arrugas. Se vende como una utopía ecológica, aunque para construirla haya que arrancarle las entrañas a una geografía milenaria. En Neom no habrá coches, ni calles, ni historia. Solo algoritmos, velocidad y paredes reflectantes.
También me fascina el proyecto The Mukaab. Un cubo titánico de 400 metros de arista que aspira a contener dentro de sí mismo un mundo entero. Si la arquitectura es reflejo de sus promotores, entonces este cubo es una declaración de intenciones: grande, cerrado y brillante por fuera; hermético por dentro. Se dice que contendrá un “universo inmersivo” completo. La distopía ya no llega disfrazada de ruinas, sino de centro comercial.
No se trata de negar la ambición. El mundo necesita visión, necesita impulso, necesita arquitectura que mire hacia adelante. Pero también necesita memoria, escala humana, complejidad y contradicción. Lo que preocupa no es la magnitud de los proyectos, sino esa simplificación brutal del futuro: una mezcla de Disneylandia, Silicon Valley y catálogo de mobiliario brillante.
Tal vez la mayor ironía sea que, en su intento por huir del desierto, estos megaproyectos lo reproducen. Son desiertos verticales, desiertos climáticos, desiertos sin grietas, sin errores, sin azar. Y ya sabemos que donde no hay azar, no hay ciudad.
¿Y si el verdadero milagro saudí fuera construir algo imperfecto? Algo que envejezca, que se deteriore con gracia, que permita la vida sin programarla. Algo que no aspire a parecer un futuro de ciencia ficción, sino un presente digno de ser habitado. Un zoco con wifi, quizá. Una plaza con sombra de verdad.
Podemos seguir proyectando utopías de espejo, o empezar a construir lugares donde quedarse sin tener esa sensación de estorbar o de estropear el decorado.
El Eternauta
El Eternauta
“La casa de los protagonistas se convierte en trinchera. Se precintan puertas y ventanas. En el exterior solo espera la muerte.”
Un extraño manto blanco cubre Buenos Aires por completo. No es nieve: es una bruma tóxica que te mata al instante. El mundo exterior se ha vuelto inhabitable y la única salvación posible parece encontrarse en cualquier espacio cubierto. Así comienza El Eternauta, el mítico cómic de Oesterheld y Solano López, y también la reciente serie de Netflix que lo adapta. Desde un primer momento se presenta una fuerte tensión entre la dualidad del adentro y el afuera, entre lo doméstico y lo desconocido, lo seguro y lo hostil. Se trata de una de las cuestiones que atraviesa toda la historia de la humanidad y, por lo tanto, toda la historia de la arquitectura.
La casa de los protagonistas se convierte en trinchera. Se precintan puertas y ventanas. En el exterior solo espera la muerte, así que la arquitectura deja de ser el fondo de la historia para volverse protagonista. La vivienda ya no es solo un escenario neutro, sino un sistema vital de defensa: el escudo que protege de los ataques de los enemigos, cada cerramiento es sinónimo, no solo de cobijo, sino también de resistencia.
En un mundo dominado por lo desconocido, lo doméstico adquiere multiplicidad de significados. Habitar no es simplemente ocupar un espacio, sino dotarlo de significado. Una mesa puede ser el punto de encuentro y los sofás del salón, una asamblea improvisada. En ese sentido, El Eternauta no solo nos expone el refugio como defensa, sino el hogar como posibilidad de reconstrucción. Nuestro hábitat se convierte en el corazón de nuestra existencia, como ya nos tocó vivir fuera de la ficción en la pandemia del 2020. Estar encerrado en un espacio concreto te obliga a repensarlo, valorando aún más lo cotidiano y entendiendo la ciudad como una sumatoria de interiores, no como un decorado con luces navideñas.
Lo interesante de la premisa de la serie es que, la arquitectura no hay por qué medirla en metros cuadrados, ni por la calidad de sus acabados, sino mediante sus grados de protección. Los filtros o capas que separan el interior del exterior aportan la seguridad que todos necesitamos, bien sea frente al repartidor de Amazon o frente a una nevada tóxica asesina. Tal vez, en un mundo cada vez más hostil, necesitemos volver a mirar nuestras casas, no como bienes inmuebles de rentabilidad variable, sino como envolventes de humanidad. Como la última frontera ante la tormenta, que nos permite sobrevivir mientras seguimos tirados en el sofá viendo series de ficción.
Cónclave
Cónclave
“la arquitectura del Vaticano no habla. Declama. Todo en él está diseñado para durar más que los hombres.”
Mira que me propuse cuando empezamos esta aventura de la cuarta pared, alejarme de la actualidad, y tratar temas atemporales. Sin oportunismos. pero hoy voy a pecar… ¡mea culpa!
Por motivos evidentes, la semana pasada revisité la película Cónclave, y no pude evitar pensar en que pocas instituciones manejan tan bien el simbolismo espacial como la Iglesia católica. El Vaticano no solo es sede del poder eclesiástico; es un gran escenario abierto al mundo. Una coreografía de mármol, columnas, órdenes, bóvedas y frescos diseñada para que todo huela a eternidad. Pero cuando un papa muere, envuelto en un aura de dignidad de quien sabe que ya lo ha dicho todo, la escenografía adquiere su máximo protagonismo, eclipsando la efímera humanidad del representante de Dios en la tierra. Y la película lo refleja muy bien.
La arquitectura del Vaticano no habla. Declama. Su barroco no es decoro, es dogma. Cada espacio, desde la Capilla Sixtina hasta los pasillos donde se cruzan cardenales y secretos, está construido para recordarnos que el tiempo del mundo es irrelevante frente al tiempo de Dios. Todo en él está diseñado para durar más que los hombres. Por eso impresiona tanto ver ese decorado enfrentarse al vacío. Un trono sin figura. Una mitra sin cabeza. El humo que no se decide entre negro o blanco.
En Cónclave, el Vaticano no es fondo. Es forma. Es la caja cerrada donde se destila el poder, y también su prisión. Porque si algo revela la película es, que bajo el oro también hay soledad. Que esos muros sagrados pensados para encerrar misterio también encierran miedo. La fe, por momentos, parece suspendida en un techo de Miguel Ángel, pero los hombres que la sostienen pisan un suelo de dudas, mármol frío y liturgias que pesan como armaduras.
Mientras el papa Francisco —el real, el de carne frágil y mirada lúcida— se ha retirado a su eterno descanso, da la sensación de que esa arquitectura también se prepara para el silencio. Como si el Vaticano supiera que su siguiente acto no dependerá solo de dogmas ni de cardenales. Quizás, también, de cuán humano quiera ser ese lugar que siempre se ha creído eterno.
Porque al final, ni la bóveda más imponente ni el altar más solemne pueden ocultar una verdad simple: la de que toda piedra, por divina que se proclame, está habitada por hombres. Y cuando un hombre se va, incluso en Roma, el eco es tan largo como los pasillos que deja atrás.
El juego del lujo
El juego del lujo
“vivir una experiencia que logre arañarles una chispa de emoción en una vida anestesiada por la abundancia”
Estos días he vuelto a revisar la primera temporada de El juego del calamar, y sus escenarios y planteamientos arquitectónicos me han parecido especialmente reveladores. Y no me refiero a las enrevesadas escaleras coloridas, inspiradas en la Muralla Roja de Ricardo Bofill, que ha terminado por convertirse en un símbolo, no solo de Instagram, sino también de la propia serie de televisión. Si no a sus antagonistas, su cara B.
Me refiero a esas habitaciones oscuras, revestidas de lujo decadente, donde los millonarios de la serie deambulan antes de cada juego, o a las salas de visionado, en las que disfrutan de todo tipo de lujos y manjares con el espectáculo de gente muriendo como protagonista, o mejor dicho, como telón de fondo.
Porque para estas personas lo importante no es el juego ni el drama humano, sino el lujo. No les importa el resultado; lo único relevante es vivir una experiencia que logre arañarles una chispa de emoción en una vida anestesiada por la abundancia.
La serie maneja con precisión ese contraste: los espacios de los jugadores se recorren entre colores vivos, luces casi infantiles y escaleras imposibles que recuerdan a un mundo de fantasía. Frente a ello, los espacios de los VIPs apuestan por la oscuridad, los reflejos dorados, la opacidad del mármol y el brillo del metal.
Más allá de su eficacia narrativa, esta elección estética nos invita a una reflexión incómoda sobre el lujo en el diseño contemporáneo, siempre asociado a materiales nobles, fríos y monocolor. Desde los reservados de las discotecas, hasta los hall de los hoteles de cinco estrellas, la arquitectura del lujo parece regirse por un manual no escrito que repite, una y otra vez, las mismas soluciones.
Y aquí surge la paradoja: si el lujo pretende ser sinónimo de exclusividad, ¿por qué todos los espacios parecen iguales? ¿Por qué seguimos diseñando interiores que, en lugar de sorprender, solo reafirman estereotipos gastados? La búsqueda de una experiencia única ha sido reemplazada por la obsesión por aparentar. Un lujo que ya no emociona, ni conmueve, ni provoca, solo demuestra.
En El juego del calamar, los VIPs buscan una forma de emocionarse a través del sufrimiento humano. Quizá deberían empezar por habitar espacios que realmente fueran capaces de conmoverles. Lugares que les recuerden que el verdadero lujo no es lo que brilla, sino lo que emociona. Que ataquen a sus sentidos de manera singular y no como una copia barata del salón de juegos de tu barrio.
Severance
Severance
“Su brutalismo es puro, casi clínico. Aquí hay más de Orwell que Le Corbusier”
Hubo un tiempo en el que la oficina era un lugar con plantas de plástico, moqueta gris y café recalentado. Un lugar anodino, sí, pero al menos, un lugar reconocible. En Severance, la oficina es otra cosa. Un laberinto de pasillos idénticos, sin ventanas, sin contexto, sin salida. Es un paisaje mental… una distopía corporativa vestida de arquitectura.
El universo de Lumon Industries está hecho de líneas rectas, ángulos muertos y volúmenes que no explican nada. Es la arquitectura del aislamiento, del control y de la desconexión emocional. No hay ornamento, porque no hay lugar para la belleza. No hay luz natural, porque no hay tiempo que contar. Los espacios se repliegan sobre sí mismos y en el centro, una coreografía de cubículos blancos donde los empleados son apenas extensiones de sus terminales y teclados.
Más que un decorado, el edificio de Severance es un personaje que no habla, pero que observa. Que no se mueve, pero encierra. Su brutalismo es puro, casi clínico. Aquí hay más Orwell que Le Corbusier, y cada detalle, desde los pasillos eternos hasta la sala de descanso con iluminación aséptica, está diseñado no para albergar personas, sino para desactivarlas.
Hay algo perversamente brillante en esa representación. Porque mientras muchos edificios reales se esfuerzan por parecer “amables”, con sus fachadas vegetales y sus fotogénicas zonas comunes, en Severance se opta por lo contrario. Se nos recuerda que la arquitectura también puede ser una herramienta de alienación. Que un espacio puede ser tan opresivo como un jefe tóxico, pero más silencioso, y que la estética del control no necesita barrotes, solo moqueta beige y luces fluorescentes sin alma.
Lo irónico es que esta arquitectura de la despersonalización se ha vuelto icónica. Se estudia, se comparte y se celebra en revistas especializadas. Como si estuviéramos fascinados con nuestra propia cárcel. Como si el vacío emocional, cuando se viste de diseño, nos pareciera digno de admiración. Tal vez porque nos resulta familiar. Tal vez porque, en el fondo, todos hemos trabajado alguna vez en un lugar que se le parece demasiado.
Severance no solo propone una crítica a la cultura corporativa. Propone una crítica espacial. Nos recuerda que los lugares que habitamos moldean nuestra mente. Que un entorno puede deshumanizar tanto como una mala política de empresa. Cuando la arquitectura olvida al ser humano, no importa lo bien ejecutada que esté. Solo será un contenedor del olvido.
Olor a coche nuevo
Olor a coche nuevo
“La vista es rápida, pero el olfato es íntimo. No razona: emociona.”
Dicen que la arquitectura nació alrededor del fuego. Antes que el muro, antes que el techo y antes que las paredes, fue la lumbre la que ordenó el espacio. A su alrededor se tejieron los primeros gestos domésticos que, con la premisa de protegerse del frío, empezaron a surgir todo tipo de acciones relacionadas. La más evidente de ellas es, sin duda, el acto de cocinar, quizás se deba que, después de intentar no morirse de frio, es la segunda necesidad básica de cualquiera de nosotros para subsistir. Así que, no es casual que, miles de años después, la cocina siga siendo el corazón de la casa. No solo por lo funcional, sino porque es el lugar donde se cocina la vida.
La cocina es memoria sensorial. Es el olor a cebolla pochándose, a pan caliente, a café de media tarde. Hay casas que huelen a infancia y otras que huelen a domingo. Y no hace falta un plano para reconocerlas. Basta una bocanada de aire. El olor, más que ningún otro sentido, es capaz de atravesar el tiempo. Nos lleva a lugares que ya no existen, a mesas que ya no están puestas, a voces que ya no oímos. Pero que en nuestra memoria resuenan apegadas como una lapa atrapada en una piedra.
Quizás por eso, hablar del olor en arquitectura es hablar de una nostalgia activa. De una forma de habitar más allá del diseño. Porque hay arquitecturas que se reconocen no por su imagen, sino por lo que huelen. El perfume de un portal antiguo con buzones metálicos. La mezcla inconfundible de serrín y humedad en un taller. El aroma punzante del cemento fresco en una obra, como promesa de algo nuevo. E incluso la rareza sintética del «olor a coche nuevo», que no es otra cosa que la emoción del estreno encapsulada en forma de química.
Los espacios, como las personas, también tienen su olor. Y ese olor nos marca. Nos hace sentirnos cómodos o incómodos, nos acoge o nos rechaza. La vista es rápida, pero el olfato es íntimo. No razona: emociona. Y tal vez por eso lo hemos dejado fuera del discurso arquitectónico, más preocupado por lo fotogénico que por lo sensitivo.
Habitamos con los ojos, sí, pero también con la nariz, con la piel, con la memoria. Los olores nos sitúan en el mundo, nos enraízan en los espacios y nos devuelven a nosotros mismos. Por eso, cuando los arqutuitectos proyectamos, deberíamos pensar también en los ambientes generados. Porque quizás, más allá de la forma, sea ese rastro invisible el que verdaderamente nos conecte con los escenarios de nuestra vida.
La ciudad que no necesita montaje
La ciudad que no necesita montaje
“Mientras otras ciudades se reinventan para gustar, Oporto permanece fiel a su alma.”
Hay ciudades que se reinventan y pierden su alma en el proceso. Y hay otras, que logran transformarse sin traicionarse. Oporto no ha tenido que disfrazarse para gustar. No ha tenido que alisarse la piel, ni iluminar sus arrugas. Su belleza, como la de ciertas arquitecturas, reside precisamente en las huellas del tiempo, en la materia que no oculta su edad, en esa mezcla extraña de decadencia y dignidad que tan pocas ciudades saben llevar con elegancia.
Durante años, Oporto fue una ciudad discreta. A la sombra de Lisboa, se mantuvo ajena al ruido turístico y al frenesí inmobiliario. Pero llegó un momento en que fue descubierta —o redescubierta— y, como todo lo que de pronto se vuelve visible, corrió el riesgo de perder su autenticidad. Sin embargo, Oporto ha sabido transformar su tejido urbano sin destruirlo. Ha añadido capas sin borrar las anteriores. Ha crecido sin olvidar de dónde viene.
La Casa da Música, ese cubo irregular que firmó Rem Koolhaas y que irrumpió en la ciudad como un meteorito, es un buen ejemplo de ello. Su geometría fracturada podría haber resultado estridente en otro contexto, pero en Oporto encuentra su sitio como una anomalía coherente. Porque aquí la arquitectura nunca ha sido una cuestión de formas vacías, sino de presencia. Y la Casa da Música, con su brutalismo escenográfico y su interior casi barroco, no compite con la ciudad, la amplifica.
Y luego está Álvaro Siza. El arquitecto que entendió a Oporto no desde el espectáculo, sino desde el silencio. Sus obras no buscan protagonismo, sino pertenencia. El conjunto de viviendas en Bouça, o la escuela de Arquitectura, no se imponen: se integran, se infiltran, casi se disculpan por existir. Siza no dibuja edificios, dibuja pausas. Espacios donde la ciudad puede respirar.
Lo más notable de Oporto es que ha sabido mantener su escala humana en un tiempo donde todo tiende a la hipertrofia. Mientras otras ciudades se obsesionan con la verticalidad o con el “efecto wow”, Oporto sigue confiando en lo cotidiano: en sus callejones empinados, en sus fachadas desconchadas que miran al Duero, en su forma de resistirse al olvido sin caer en el folclore.
Claro que también hay cicatrices. Algunas rehabilitaciones son más fotogénicas que fieles. Algunos hoteles de lujo han sustituido a antiguas casas con alma. Pero incluso en esos casos, la ciudad parece tolerarlo con un cierto escepticismo irónico.
Oporto no necesita parecerse a nada. Ya es. Y eso en el mundo de hoy, es una rareza.
Los patios crean recuerdos
Los patios crean recuerdos
“No se trata solo de una escuela, es una ciudad en miniatura, un laberinto de patios y sombras donde cada rincón parece contar una historia.”
“Creemos que esta Universidad haría un gran servicio si fuera capaz de presentar con novedad y atractivo, y en línea creadora y de progreso, valores auténticos de la arquitectura y urbanismo de la región, que ahora se ven como testimonio de un pasado muerto. Ayudar a ver con ojos nuevos lo que hay de permanente y vivo en la tradición de una gran cultura arquitectónica”.
Estas evocadoras palabras forman parte de la Memoria original del proyecto de la antigua Universidad Laboral de Almería (1973), hoy Instituto Portocarrero. Se trata de una de esas obras que se descubren con el tiempo. Proyectada por Cano Lasso, Campo Baeza, Martín Escanciano y Más-Guindal, esta construcción se ha convertido en un referente que sigue resonando con muchos de los retos actuales que afronta la arquitectura.
El edificio se define por su composición clara y ordenada, la luz y la sombra dibujan los espacios con una precisión casi matemática. Sus patios no son solo vacíos entre volúmenes, sino mecanismos de control climático y los escenarios de la vida cotidiana. Recorrerlos es una lección implícita de cómo el espacio se adapta al clima y a sus usuarios, permitiendo transiciones constantes entre interior y exterior, entre lo privado y lo colectivo.
En su diseño hay una búsqueda de lo esencial. Los patios, con su proporción precisa, generan un juego de luces y sombras que varía a lo largo del día, otorgando dinamismo a los espacios sin necesidad de artificios. El edificio nos muestra que la luz puede esculpir el espacio, que el vacío es tan importante como el lleno y que el orden puede ser libertad. También nos enseña a medir el tiempo en la inclinación de las sombras y a entender el ritmo del día a través de los cambios de color de los muros.
Más allá de su valor arquitectónico, la Universidad Laboral es un espacio cargado de memoria. Aquellos afortunados que estudiaron entre sus blancas paredes se llevan a sus espaldas una mochila de recuerdos de esos que terminan siendo incluso escenarios de sueños nocturnos, aunque hayan pasado 20 años desde entonces. Las conversaciones bajo los pórticos y la sensación de amplitud que les brindaban aquellos corredores no se olvidan fácilmente. La arquitectura, en su mejor versión, es capaz de trascender su materialidad y convertirse en una experiencia. No se trata solo de una escuela, es una ciudad en miniatura, un laberinto de patios y sombras donde cada rincón parece contar una historia.
La (sin)sustancia
La (sin)suntancia
“La modernidad cuando envejece, tiene dos caminos. O bien se asume con dignidad, o bien se disfraza con retoques que buscan la complacencia fácil.”
Hubo un tiempo en el que las Torres de Colón eran un manifiesto estructural. Una proeza técnica que, con su característico coronamiento, desafiaba la gravedad y la lógica constructiva convencional. Diseñadas por el ilustre don Antonio Lamela, estas torres invertidas se sostenían desde arriba. Una idea que, más que una solución arquitectónica, era una declaración de principios. Pero en la eterna lucha entre la arquitectura y la complacencia, la segunda suele llevar las de ganar. Y así hoy, las Torres de Colón han sido ampliadas, despojadas de su esencia y coronadas con una suerte de tiara corporativa que transforma la audacia en obviedad.
El nuevo remate, presentado como una reinterpretación contemporánea, en realidad no es más que una domesticación de lo que antaño fue un ícono de la ingeniería y de la arquitectura made in Spain. Lo que antes era un gesto radical y puro se ha convertido en un volumen anodino; en una suerte de sobrepeso decorativo que, en lugar de dialogar con la estructura original, la silencia. En lugar de reforzar la lógica de las torres, la contradice y las devuelve a un convencionalismo que las hace indistinguibles de cualquier otro edificio de oficinas.
Hay algo trágicamente irónico en el destino de las Torres de Colón. Nacieron como un desafío a la norma y como un ejercicio de audacia estructural que liberaba de soportes su basamento soterrado destinado a garajes, y han acabado con una ampliación que diluye su razón de ser. La arquitectura, cuando se hace con convicción, habla con claridad. Pero cuando se somete a la dictadura del mercado y de la imagen, balbucea formas sin sentido. El resultado: unas torres que antes levitaban con orgullo y que ahora parecen cargar con el peso de su propia renuncia.
Es un destino que han sufrido muchas otras obras del siglo XX. La modernidad, cuando envejece, tiene dos caminos. O bien se asume con dignidad, o bien se disfraza con retoques que intentan hacerla más “actual”. Y en este caso, el disfraz no solo despoja al edificio de su identidad, sino que lo convierte en un pastiche sin sustancia. ¿Se ganó algo con esta intervención? Quizás algunos metros cuadrados más de oficinas y una estética más digerible para el gran público. Pero lo que se perdió es irrecuperable: la coherencia, la osadía y la esencia misma de un edificio que ya no es lo que era. Y lo peor es que, cuando se maquilla la historia, se corre el riesgo de olvidar por qué un día fue lo que hoy ya no es.
El primer hábitat
El primer hábitat
“No quiero saber si fuera llueve, nieva o un meteorito amenaza con el fin de la humanidad”
Al principio todo es tibio. Mi mundo es una cúpula perfecta donde la luz se filtra en destellos difusos, pero no me importa, tampoco necesito demasiada claridad. Todo lo termino haciendo por pura intuición. Estoy tan cómodo que no sé donde acaba mi cuerpo y donde empieza mi entorno. Mi piel se funde con todo lo que me rodea de tal manera que me siento parte de algo más grande. Todo lo que necesito llega a mí sin apenas esfuerzo: no tengo que bajar al Mercadona a por queso en lonchas, no me hace falta. Y, aun así, siempre termino disfrutando de los mejores nutrientes.
Vivo tumbado, agazapado y cómodamente acurrucado en la posición más confortable del mundo. No necesito grandes distracciones para pasar el día y estoy tan ensimismado que ni me entero si el móvil se queda sin batería. Es cierto que soy feliz con poco, pero es que tengo todo para ser feliz. Mi espacio vital se adapta a mi propio cuerpo como el agua adquiere la forma de un jarrón. Estoy tan cómodo que puedo dormir durante un par de horas, despertarme, estirarme un poco, comer algo sano y volver a dormirme. Esta penumbra a veces me hace perder la noción del tiempo, no sé si son las doce de la mañana o las siete de la tarde y, la verdad, ni me importa. No quiero saber si fuera llueve, nieva o un meteorito amenaza acabar con el fin de la humanidad. Este letargo me hace ignorante, pero feliz.
A pesar de sentirme como dueño y señor de mi propio entorno (aunque no haya pagado ni un duro de la hipoteca), no me importa no poder gozar de algunas de las ventajas de la arquitectura moderna, como la maravillosa ventilación cruzada o la infinidad de plataformas de entretenimiento de una Smart TV. Sin embargo, en ciertos momentos experimento algunas sensaciones que me advierten de que quizás no soy el amo de mi propio destino. Creo que tiene que haber algo superior a mí, que se escapa a mi entendimiento y que es propietario de mi suerte. Y no solo desde el punto de vista metafórico o espiritual, sino de una forma tangible, a veces llega a ser tan intrusivo que termina decidiendo si me tumbo de lado o boca arriba. No lo percibo como una forma de dominación, ni mucho menos. Todo lo contrario, confió en que se trate de una protección tan pura que nace de manera orgánica. Sin lugar a dudas, soy parte de algo mayor, algo que me protege y me cuida como una madre cuida a su bebé por encima de todas las cosas.
The Brutalist
The Brutalist
“En un mundo obsesionado con lo superficial, el brutalismo se yergue como una verdad desnuda”
Hay arquitecturas que piden ser admiradas, otras exigen ser entendidas. Y luego está
el brutalismo, que se impone con la misma imperturbabilidad con la que un monolito
desafía la erosión del tiempo. Su hormigón desnudo, sus volúmenes rotundos y su
rechazo a lo ornamental no buscan la complacencia del espectador, sino la reverencia.
Y como todo aquello que desafía lo convencional, ha dado lugar a un culto. Un culto
que, entre la ironía y la devoción, ha encontrado su divinidad en el hormigón: el
movimiento ‘Satán es mi señor’.
Lo que comenzó como una broma en foros y redes sociales terminó por convertirse en
un emblema de resistencia estética. Sus seguidores, autodenominados adoradores del
brutalismo, proclaman la magnificencia de estructuras que para muchos no son más
que vestigios de una era hostil. Ven en los ministerios soviéticos, en las bibliotecas
monolíticas y en las torres de viviendas de posguerra la manifestación de una
arquitectura pura, incorruptible. Si la mayoría de la gente ve en estos edificios la
frialdad de un régimen o el peso de la burocracia, ellos ven templos de hormigón
donde la función y la forma no se doblegan ante la moda ni la complacencia.
La estética brutalista, tantas veces tildada de inhumana, es para este movimiento una
forma de honestidad radical. El hormigón no oculta su naturaleza, no necesita
decoraciones ni concesiones. En un mundo obsesionado con lo superficial, el
brutalismo se yergue como una verdad desnuda. Y si esa verdad incomoda, mejor. De
ahí la figura de Satán: no como una entidad maligna, sino como un símbolo de desafío
a los cánones establecidos, de ruptura con la arquitectura edulcorada y vacía de
significado.
Los apóstoles de este culto se agrupan en comunidades digitales donde comparten
imágenes de sus templos: el Barbican en Londres, el edificio Habitat 67 en Montreal o
el Santuario de Aranzantzazu en Oñate. No es una admiración ingenua, sino una
celebración cargada de ironía. 'Satán es mi señor' es tanto una reivindicación como un
juego, una parodia que se convierte en dogma cuando se dice con la suficiente
convicción. No veneran un diablo, sino la incomprensión que rodea al brutalismo y su
eterna lucha contra el mal gusto.
Porque cada año, en algún rincón del mundo, un edificio brutalista cae bajo la piqueta,
víctima de una sociedad que no ha sabido mirarlo más allá de su apariencia. Pero
donde otros ven ruina, el culto ve martirio. Gloria al maligno ¡SEMS!
White Lotus
White Lotus
“La historia demuestra que el refugio físico no garantiza la tranquilidad emocional”
Tras meses y meses de arduo trabajo y rutina que nos machaca hasta los pensamientos creativos, las vacaciones de verano se vislumbran siempre en el horizonte como una oportunidad para desconectar y volver a conectar. Los hoteles de White Lotus, la aclamada serie de HBO que retrata la tensión latente bajo la apariencia de unas vacaciones idílicas, se muestran al mundo bajo una cortina de lujo, evasión y descanso absoluto. En teoría, el ser humano no debería necesitar más que un entorno paradisíaco, un servicio impecable y la ausencia de responsabilidades para alcanzar la calma. Sin embargo, la serie demuestra que ni el mejor diseño puede garantizar la paz y que el conflicto emerge incluso en los espacios diseñados para la desconexión.
Esta paradoja nos lleva a preguntarnos sobre la relación entre arquitectura y descanso. Los hoteles, desde los grandes resorts hasta los pequeños alojamientos de autor, intentan construir escenarios de confort absoluto. El diseño de estos espacios se articulan siempre ante premisas para hacer sentir bien a los visitantes: unas vistas perfectas, iluminación cuidadosamente calculada, materiales que evocan serenidad, recorridos que evitan cualquier tipo de estrés… Pero, ¿es suficiente? En White Lotus, la arquitectura no consigue contener los conflictos personales, sino que, en algunos casos, incluso los amplifica.
Este fenómeno no es exclusivo del ámbito hotelero. Cualquier tipo de arquitectura aspira, en última instancia, a proporcionar refugio. Desde las primeras cuevas habitadas hasta las viviendas contemporáneas, el objetivo fundamental de la arquitectura ha sido siempre el cobijo: proteger del clima, de los peligros externos y, en cierto modo, de la incertidumbre. Sin embargo, la historia demuestra que el refugio físico no garantiza la tranquilidad emocional. Las casas se convierten en campos de batalla familiares, los templos en espacios de confrontación ideológica y las ciudades en escenarios de lucha social.
La arquitectura del descanso es, por tanto, una promesa frágil. Podemos diseñar el spa perfecto, la mejor habitación insonorizada, una villa con vistas al mar, pero el descanso no es solo un asunto de paredes y techos. Es una cuestión de tiempo, de relaciones y de equilibrio interior. White Lotus nos recuerda que, por más que la arquitectura intente diseñar la paz, los conflictos humanos siempre encuentran la forma de colarse por debajo de la puerta.
El ojo de roma
El ojo de Roma
“Si Roma es la ciudad eterna, el Panteón es su latido inmutable. Santuario de luz y piedra destinado tanto a los dioses como a los hombres.”
El Panteón de Agripa es más que un edificio. Es una epifanía de piedra, un desafío al tiempo que se alza en el corazón de Roma con la misma serenidad con la que ha observado pasar los siglos. Su cúpula, una de las mayores proezas de la antigüedad, no es solo un alarde técnico, sino una metáfora de lo eterno. Como un ojo abierto al infinito, el óculo en su cima deja entrar la luz con la misma solemnidad con la que un templo griego invitaba a sus dioses.
Si Roma es la ciudad eterna, el Panteón es su latido inmutable. No ha sucumbido a los estragos de la historia ni a la voracidad de la modernidad. Su portón de bronce sigue abriéndose con el mismo peso con el que lo hacía hace dos milenios, y sus columnas monolíticas de granito egipcio continúan sosteniendo no solo su frontón, sino la memoria de una civilización. Allí, donde antaño se rendía culto a los dioses paganos, ahora la arquitectura es la única deidad indiscutible.
Construido sobre las ruinas del templo original de Agripa y reconstruido bajo el mandato de Adriano, el Panteón representa la culminación de un ideal arquitectónico: la fusión perfecta entre forma y función, entre armonía y monumentalidad. No hay en su diseño una grieta de indecisión. Cada proporción, cada material, cada vacío y cada lleno parecen responder a un orden superior, como si la geometría tuviera un propósito místico.
Algunas teorías sugieren que, en su origen, el Panteón pudo haber formado parte de un complejo termal. Si bien su función religiosa es indiscutible, la posibilidad de que también sirviera como un espacio de reunión y contemplación dentro de un conjunto más amplio añade una nueva dimensión a su misterio. Tal vez, más que un templo al uso fue un santuario de luz y piedra destinado tanto a los dioses como a los hombres.
Sin embargo, lo que realmente conmueve del Panteón no es solo su perfección, sino su capacidad para dialogar con el presente. La lluvia que atraviesa su óculo cae sobre el mismo suelo que pisaron emperadores y peregrinos. El sol que baña su interior enciende los mismos tonos ocres que deslumbraron a los artistas del Renacimiento. Quien cruza su umbral no solo entra en un edificio, sino en una continuidad, en una respiración profunda que une lo que fue con lo que será.
En un mundo donde la arquitectura a menudo se pliega a la urgencia de lo efímero, el Panteón se alza como un recordatorio de que la verdadera grandeza no reside en lo nuevo, sino en lo atemporal.
El pueblo que atrapa
El pueblo que atrapa
“En este microcosmos forzado, la arquitectura no es un lujo, sino una herramienta de resistencia psicológica.”
Imagínate viajar por carretera y, de repente, encontrarte atrapado en un pueblo del que no hay escapatoria. Un lugar donde cualquier intento de salir conduce siempre al mismo punto de partida y, cuando cae la noche, monstruos acechan entre los árboles. Esa es la premisa de From, una serie que convierte el concepto de hábitat en una cuestión de supervivencia.
Este pueblo parece estar anclado en el tiempo. Calles polvorientas, casas de madera, y una cafetería como punto neurálgico. Su estructura recuerda a los antiguos asentamientos de frontera, donde la comunidad debe funcionar como un organismo colectivo para sobrevivir. No hay grandes edificios, ni trazas de modernidad, solo una arquitectura funcional y austera, pensada para resistir y servir como refugio.
Cada espacio dentro del pueblo tiene un propósito que va más allá de su función aparente. La cafetería no es solo un lugar donde conseguir comida, sino un punto de encuentro donde la convivencia se refuerza y se negocian las normas sociales, las casas son refugios temporales que brindan seguridad cuando cae la noche y la iglesia es un espacio donde debatir.
La arquitectura del pueblo condiciona las emociones y las acciones de sus habitantes. Al estar rodeado por un bosque denso e inexplorado, la sensación de claustrofobia no proviene solo de los límites físicos del asentamiento, sino de la certeza de que más allá solo hay peligro. Este ambiguo límite, entre lo habitable y lo inhóspito, refuerza la idea de que el hogar no es solo un espacio, sino una construcción mental. En este microcosmos forzado, la arquitectura no es un lujo, sino una herramienta de resistencia psicológica, ya que la organización de la comunidad, las reglas impuestas para garantizar la supervivencia y la forma en la que cada espacio es utilizado son respuestas directas a la amenaza exterior. El pueblo no solo los retiene físicamente, sino que también moldea sus miedos, sus relaciones y su manera de entender el hogar.
From nos recuerda que la arquitectura, incluso en su forma más sencilla, tiene el poder de definir nuestra manera de vivir y de percibir el mundo. En este caso, un pueblo que parece sacado de otra época se convierte en el escenario de una lucha existencial, donde los espacios no solo albergan individuos, sino que también contienen miedos, estrategias de supervivencia y la esperanza de encontrar una salida que tal vez no exista.
Tramas torcidas
Tramas torcidas
“Dentro del orden aparente de cada planificación urbana, persiste la imperfección.”
Desde las primeras civilizaciones hasta las metrópolis contemporáneas, el trazado de la ciudad ha sido una manifestación del pensamiento humano y un reflejo de nuestras aspiraciones y necesidades. La trama urbana es algo más que orden, calles y plazas; es la matriz que da forma a la vida cotidiana, al movimiento y a las relaciones humanas. Cada sociedad ha impreso su propia huella en el diseño de sus asentamientos, desde las rígidas cuadrículas de las colonias romanas hasta los laberintos irregulares de las medinas árabes.
Algunas de las tramas urbanas más icónicas han respondido tanto a ideales como a desafíos prácticos. En el siglo XIX, Ildefonso Cerdá concibió su famoso plan para Barcelona con un enfoque casi utópico. Su cuadrícula ortogonal, con manzanas achaflanadas y grandes avenidas, no solo facilitaba la movilidad y la ventilación, sino que también preveía una sociedad más igualitaria, donde el espacio público tenía un papel fundamental.
París, se reinventó bajo la visión de Haussmann. La ciudad medieval de calles estrechas y sinuosas, fue reemplazada por amplios bulevares, plazas majestuosas y una red de ejes que buscaban no solo embellecer la ciudad, sino también modernizarla y facilitar la circulación. Esta intervención supuso la demolición de barrios enteros, pero dio lugar a un París monumental, ordenado y visualmente armonioso.
Al otro lado del Atlántico, el urbanismo tomó un rumbo diferente. En Estados Unidos, el sistema de «acre y lot» organizó las ciudades sobre la base de parcelas individuales con patios y espacios abiertos, en contraste con la compacidad de las urbes europeas. Esta planificación, ligada a la expansión colonizadora, moldeó el carácter de ciudades como Chicago o Los Ángeles, donde la movilidad dependía del automóvil y la trama urbana se expandía sin los límites físicos de los antiguos centros históricos.
Sin embargo, dentro del orden aparente de cada planificación urbana, persiste la imperfección. Las ciudades, como organismos vivos evolucionan de manera impredecible, generando espacios caóticos dentro de la estructura pensada. Calles que se ensanchan o se estrechan sin razón aparente, plazas que nacen del encuentro espontáneo de caminos, barrios que se desarrollan de formas imprevistas. Esta irregularidad es lo que otorga carácter y humanidad a las ciudades, recordándonos que, más allá de la rígida geometría la arruga también puede ser bella.
Vivir en horizontal
Vivir en horizontal
“Estamos diseñados para vivir desde la verticalidad, con la cabeza alta, la mirada al frente y los pies en la tierra.”
Han sido necesarios años y años de evolución para distanciarnos de los lagartos gigantes, levantar nuestras extremidades delanteras y erguirnos poco a poco hasta despegarnos casi por completo del suelo. Solo un par de pies son las únicas piezas de nuestro cuerpo encargadas de transmitir todas las cargas y esfuerzos desde nuestra estructura ósea al terreno. Estamos diseñados para vivir desde la verticalidad, con la cabeza alta, la mirada al frente y los pies en la tierra. Nuestra arquitectura corporal nos empuja inexorablemente a la bipedestación.
Sin embargo, pasamos casi un tercio de nuestra existencia tumbados, entregados al descanso necesario que nos permite seguir en pie día tras día sin morir de agotamiento. Pero no siempre esta horizontalidad es una elección placentera. En muchas ocasiones se vuelve una necesidad imperiosa por cuestiones de salud y, como tal, en un fuerte impedimento para el desarrollo normal de nuestras vidas. Las ciudades, los medios de transporte o nuestras propias viviendas no están diseñadas para la horizontalidad, por lo que tener que vivir acostado se vuelve un verdadero dolor de cabeza, o de espalda…
Desde esta posición, el mundo se percibe de manera distinta, desde lo horizontal, el techo se vuelve el protagonista. La mirada no fija el horizonte, sino que se pierde a través del cielo. No se trata simplemente de una cuestión física, la obligación de permanecer en una postura que nos resta movilidad nos obliga a replantearnos muchas cuestiones personales y sociales. Quizás por eso las grandes ideas suelen surgir tumbados, cuando la mente se libera de la obligación de sostener conscientemente el cuerpo y permite que los pensamientos fluyan con más ligereza.
Es curioso pensar cómo la cama puede ser un refugio o una prisión, un espacio de confort o un territorio de limitaciones capaz de afectar antes a nuestra mente que a nuestro propio cuerpo. Frida Kahlo, por ejemplo, tras varias operaciones de espalda y meses postrada en su cama, decidió instalar un espejo en el techo de su dormitorio para poder pintarse a sí misma. Es fundamental seguir realizando todas aquellas acciones que nos mantienen activos y tener la mente despierta para no acabar desquiciados con nuestro entorno. Porque al final, la arquitectura no solo debe responder a la forma en que nos movemos, sino que también a la forma en que habitamos nuestro propio cuerpo.
Espejo del mar
Espejo del mar
“Un deseo innato por superar los límites, por habitar lo inhóspito y convertirlo en hogar.”
Encaramado sobre un acantilado que parece desafiar la gravedad, un edificio se asoma al abismo. Con más de 50 años a sus espaldas, este valiente de 14 plantas escalonadas y de desarrollo invertido, se descuelga desde una posición privilegiada, abierto a la bahía de Almería con todo el arco diurno desde el orto hasta el ocaso a su merced.
Obra del arquitecto José María García-Valdecasas Salgado, este edificio formaba parte de un macroproyecto más ambicioso que contaba con un edificio casi gemelo a su derecha y otro trasero mucho más grande y de desarrollo lineal. Finalmente, no fue desarrollado el conjunto completo, quedando este Espejo del Mar en una posición de solitario privilegio singular.
Las viviendas que lo conforman son 68 apartamentos tipo dúplex de desarrollo invertido, pues se accede a ellos por su planta superior destinada a dormitorio y baño, contando con el estar comedor-cocina en su nivel inferior abierto a una gran terraza. Asomarse a un ventanal en uno de estos refugios es contemplar el horizonte en su forma más pura, donde el mar y el cielo se funden en una línea etérea.
Todos los apartamentos cuentan con una única fachada acristalada al mar, accediéndose por la trasera a través de pasillos-galería ventilados a través de celosías cerámicas al espacio escalonado que queda entre el edificio y el acantilado. La sensación al caminar por estos angostos e intrincados pasajes, distintos en cada nivel pues se adaptan a la irregular topografía, con la estructura metálica y los cimientos vistos anclados a la roca es ciertamente sobrecogedor.
Y a pesar de sus más de 50 años, de lo agresivo y hostil del entorno, y de las inevitables transformaciones que se le han ido haciendo a los apartamentos, no siempre acertadas, el estado de conservación del edificio es sorprendente. Resiste con estoicismo la erosión, los terremotos y la corrosión que el ambiente salino propicia, gracias al trabajo de mantenimiento que sus propietarios le brindan. Habitar este edificio supone enfrentarse a retos diarios que son también un acto de compromiso con el lugar.
Hay algo profundamente simbólico en esta construcción. Representa ese deseo innato tan humano por superar los límites, por habitar lo inhóspito y convertirlo en hogar. Al mismo tiempo, nos recuerdan nuestra fragilidad ante la fuerza de la naturaleza. Cada edificio suspendido en un acantilado es un acto de equilibro, no solo en términos de física, sino también en la relación que establecemos con el mundo que nos rodea.
Las pestañas del hogar
Las pestañas del hogar
“Pueden ser la capa perfecta para escondernos mientras espiamos al vecino por la ventana.”
Los materiales de cualquier edificación, al igual que sucede con las palabras en una novela, son catalizadores de emociones. Los materiales nos transmiten a través de sus texturas, sus colores, su temperatura o incluso mediante el propio olor que desprenden. La sensación que ofrece un muro de hormigón en nuestro comedor es totalmente opuesta a lo que transmite una pared blanca de gotelé. Y una mesa de madera natural resulta tan cálida que invita a acariciarla como si fuera un pequeño cachorro de labrador, mientras que, por el contrario, una mesa de acero parece pedirnos a gritos que terminemos de comer y llevemos el plato rápidamente a la cocina.
En algunas ocasiones, la mera presencia del material, sin necesidad de tocarlo ni olerlo, ya nos provoca grandes emociones. Podríamos llamarlo prejuicios, aunque tal vez sea simplemente una asociación involuntaria derivada de experiencias pasadas. Los textiles, por ejemplo, suelen generar una percepción muy fuerte de intimidad. Una casa sin cortinas es como un americano sin canela. Tal vez porque nos recuerdan a cuando éramos bebés, arropados por nuestra madre con un arrullo mientras nos sostenía entre sus brazos. Solo con verlas, las cortinas ya nos sentimos como en casa.
Da igual que sean unas cortinas de nueve metros de altura en un edificio de gran escala como las de la Escuela de diseño de Sanaa en Zollverein, o unas cortinas con visillo en el salón de la casa de nuestros abuelos, todas ellas nos evocan cercanía e intimidad.
No solo se trata de uno de los sistemas de protección solar más antiguos del mundo, ni tampoco de simples elementos decorativos que tienen que combinar a la perfección con el color del sofá. Las cortinas son paz, son un velo que convierte la luz en cómplice de nuestros actos diarios. Son las pestañas de la vivienda que nos permiten entreabrir la mirada al exterior pero que siempre están ahí, incluso recogidas. Nunca desaparecen. Siempre forman parte de la mirada.
Tienen la doble condición de protegernos y exponernos, según cómo las utilicemos. Pueden ser la capa perfecta para escondernos mientras espiamos al vecino por la ventana, pero también son lo primero que abrimos por la mañana, mostrándonos tal y como somos. Las cortinas ejemplifican de forma magistral esta conexión íntima entre lo material y lo emocional. Puede que se atasquen de vez en cuando, pero son tan indispensables como el mando de la tele.
(Fotografía: Laurian Guinitoiu)
Tic, tac, tic, tac
Tic, tac, tic, tac
“Cada reparación es un acto de resistencia, una declaración de amor a un espacio que, a pesar de todo, sigue siendo vivible.”
En las ciudades, el paso del tiempo no se mide solo en años, sino en las marcas que este deja en ellas. Los edificios envejecen como lo hacen sus habitantes, con una dignidad propia que transforma cada grieta y cada desconchón en un testimonio de lo vivido. Las fachadas que alguna vez brillaron con colores vivos ahora muestran un cromatismo tenue y desgastado, mientras los patios interiores silenciosos, conservan ecos de voces lejanas de niños jugando y de discretas confidencias .
Los barrios cambian, aunque de manera imperceptible para quienes los recorren a diario. Lo que antes era una ortopedia hoy es un abovedado gastrobar de moda, y las esquinas donde se reunían los vecinos ahora alojan a nuevas generaciones con otros ritmos mirando al suelo sin verlo. Sin embargo, hay algo que permanece: una esencia que se filtra entre ladrillos y aceras, recordando que cada transformación suma capas a la historia colectiva.
El paso del tiempo otorga una pátina de autenticidad cuyo derecho las nuevas construcciones tendrán que ganarse… y no todas lo conseguirán. Perdurar y envejecer no está al alcance de todos. Es en la madera desgastada de una puerta centenaria o en el suelo de baldosas que cruje bajo nuestros pies, donde encontramos una belleza silenciosa que no necesita artificios. Y es en esta huella donde surgen los retos: la necesidad de rehabilitar sin borrar el alma de los lugares, de equilibrar la modernidad con el respeto por el pasado.
Hay algo profundamente humano en la arquitectura que envejece. Nos invita a reflexionar sobre nuestra propia fugacidad y a reconocer que, así como las casas albergan nuestras vidas, también ellas tienen una vida propia. Una vida que se moldea con las manos que las cuidan y con los desafíos que enfrentan: filtraciones, fisuras, el incesante desgaste del viento y la lluvia. Cada reparación es un acto de resistencia, una declaración de amor a un espacio que a pesar de todo, sigue siendo vivible.
En este ciclo de transformación constante, la ciudad entera se convierte en un organismo vivo. Sus barrios respiran al compás de quienes los habitan, y sus edificios, aunque a veces olvidados, sostienen la memoria de generaciones. No se trata solo de preservar lo antiguo por nostalgia, sino de reconocer que en cada piedra hay un pedazo de quienes la colocaron y en cada calle un reflejo de quienes la caminaron. La ciudad, con sus cicatrices y su encanto imperfecto, nos recuerda que el tiempo no solo erosiona, también construye.
Reflejo en el baño rosa
Reflejo en el baño rosa
“La realidad escupida a la cara, sin tapujos, sin trampa ni cartón”
Después de una visita completa al Museo del Realismo Español Contemporáneo (MuReC) de Almería, tras más de dos horas de pie y un inevitable dolor de riñones propios de la edad, me encontré de frente con la exposición temporal de Eduardo Millán. El cansancio desapareció al instante. Nada más entrar en la amplia sala rectangular se podían vislumbrar unos enormes cuadros que parecían representar, a escala real, un apartamento algo viejo y desordenado. Como si de un flechazo de Cupido se tratase, sentí una conexión directa con estas pinturas que no había llegado a percibir con el resto de obras del museo. Los cuadros no solo eran realistas, eran reales. Con solo mirarlos de reojo desde el umbral de la entrada ya se podía percibir la crudeza de lo representado, lo cual hacía conectar de manera instantánea con mi ser más puro, racional e irracional al mismo tiempo.
Al principio, intuí cierta relación con la magnífica obra del pintor y acuarelista Joaquín Ureña, quizás por la temática o por el tamaño y la escala de los cuadros. Ambos artistas representan su realidad más inmediata, plasmando en un gran lienzo su propio entorno, su vivienda y su taller. Consiguen reflejar de manera majestuosa cómo es su día a día y, por lo tanto, logran que el receptor empatice directamente con el autor. Sin embargo, los cuadros de Eduardo Millán, donde aparece un retrato de sí mismo poseen un aura un tanto melancólica. Ver asomado a través de un pequeño espejo la cara del pintor mirando con semblante serio directamente al espectador, hace que se te erice el vello.
Los puntos de vista y las perspectivas son realmente singulares y anodinas. Podemos ver el exterior del estudio a través de un gran ventanal mediante un encuadre de ojo de pez un tanto forzado, o un bodegón de frutas encima de la mesa con un espejo en segundo plano donde vemos al artista reflejado. Sin embargo, ningún cuadro me impactó más que la obra “Reflejo en el baño rosa”, una representación de lo que parece una pared de un viejo cuarto de baño, compuesta por pequeños azulejos cerámicos satinados, donde se puede llegar a intuir el reflejo, un tanto difuminado, de una silueta humana. Seguramente se trate del autor, de pie en su propio baño. Una situación tan coloquial como mundana pero que, al verla pintada con tanta maestría, consigue transmitir un gran impacto emocional. La realidad escupida a la cara, sin tapujos, sin trampa ni cartón.
La piedra líquida
La piedra líquida
“Lo llamaban opus caementicium, y era esa piedra líquida de la que hablaban los sabios en sus sueños.”
¡Ay, si los egipcios hubieran conocido el poder de las cenizas! Si tan solo, en lugar de tallar y arrastrar gigantescas piedras de un lado a otro, hubieran podido ver cómo el polvo, la tierra y el agua se transforman en roca gracias al poder del fuego para dar forma a un material tan sólido como eterno. Si hubieran entendido que, como los romanos siglos después, podían hacer de la piedra un líquido capaz de adaptarse a cualquier molde, el mundo habría sido otro.
En la antigüedad, la piedra era el corazón de la arquitectura. Aunque las pirámides de Egipto siguen siendo un hito de la humanidad y de su fuerza bruta, fueron los romanos quienes realmente transformaron la construcción con el hormigón. Lo llamaban opus caementicium, y era esa piedra líquida de la que hablaban los sabios en sus sueños. Con él, construyeron puentes y edificios que, como el Panteón de Roma, siguen resistiendo el paso de los siglos.
Lo fascinante de la invención romana fue que no solo hicieron de la roca un material flexible, sino que lo mezclaron con un deseo casi místico de crear lo inquebrantable. La mezcla de cal, agua y puzolana, una ceniza volcánica, les permitió levantar estructuras tan complejas como bellas, que no solo eran funcionales, sino que desbordaban de simbolismo.
En el apogeo del imperio romano, la presencia del hormigón era omnipresente. Desde las columnas que se elevaban como árboles en un bosque urbano, hasta los imponentes puentes que cruzaban ríos, uniendo territorios y culturas. Si los romanos pudieron hacer esto con una receta tan simple, uno no puede evitar pensar qué habrían logrado si hubieran tenido las herramientas y los conocimientos de hoy.
Y aquí estamos, siglos después, con una piedra líquida más moderna que nunca. El hormigón sigue dando forma a nuestras ciudades, pero también a nuestras contradicciones. Aunque hemos aprendido a perfeccionarlo, su producción a gran escala es muy dañina para el medio ambiente. Nos enfrentamos al mismo dilema que los romanos, solo que hoy sus daños ya no se notan con el paso de los siglos, sino con la rapidez de los ciclos ecológicos.
Al final, el poder de la roca nunca estuvo en su dureza, sino en su capacidad para transformarse. Quizás, si miramos bien, estamos más cerca de los romanos de lo que creemos. Solo necesitamos recordar que, cuando el agua y el polvo se encuentran, lo efímero se convierte en eterno.
La Virgen Roja
La Virgen Roja
“Los niños dibujan despreocupados, de manera genuina y sin prejuicios.”
Siempre me ha parecido fascinante la facilidad que tienen la mayoría de los niños para producir un sinfín de dibujos de manera desenfadada. Pueden crear tantos como folios encuentren en casa o como paredes blancas tengan a su alcance. Desde la fiel representación de su familia, esbozando unos pequeños monigotes que componen su unidad familiar y por supuesto, la clásica casita con el humo saliendo por la chimenea, hasta abstracciones coloridas de garabatos combinados con circunferencias no muy regulares, queda claro que la espontaneidad es una parte inalienable de su forma de actuar. No solo en cualquier acción creativa como bailar o dibujar, sino en prácticamente cualquier faceta de su vida.
Esas pequeñas mentes todavía no han podido ser condicionadas por la vorágine de dogmas que luego gobernarán sus vidas. Así que, la infancia se convierte en una de las pocas etapas en las que, a pesar del riguroso control parental — tan necesario para que el niño no meta los dedos en el enchufe—, somos más libres como individuos. Los niños dibujan despreocupados, de manera genuina y sin prejuicios, lo que les termina conduciendo a elaborar de un dibujo tras otro y, normalmente, sin llegar a sentir mucho apego por sus creaciones. Tan rápido como terminan su última y favorita obra de arte, son capaces de regalársela al primero que pase, hacerla una bola de papel y tirarla a la papelera o intentar pincharla con una chincheta en la pared. Son igual de libres para crear algo como para destruirlo. Y esto los hace verdaderamente aventurados y valientes.
La espontaneidad y el desapego a nuestras creaciones es fundamental para poder llegar a producir obras sin obsesionarnos con el resultado y, por lo tanto, apreciando más el proceso, que sin duda se trata de la verdadera clave del aprendizaje. Es necesario errar y corregir, romper y reparar para seguir formando nuestras mentes a través de la experiencia. Aunque parezca evidente, es importante recordar que solo experimentando conseguiremos crecer y mejorar cualquier producción artística.
Picasso lo entendió mejor que nadie. A lo largo de su carrera tuvo que dibujar y pintar una ingente cantidad de obras para comprender la dificultad que supone saber pintar como un niño: transmitir más emociones con menos trazos, con la soltura propia de alguien libre que solo intenta crear aquello que le marca su intuición.
Fast and Furious
Fast and Furious
“Hay una infinita cantidad de información al alcance. Tanta que ya no somos capaces ni de distinguir cuál es la que queremos.”
Vivimos tiempos convulsos y efervescentes. Y no lo digo en el sentido más negativo de la manida expresión. Tal vez estemos en uno de esos raros periodos de la historia de la humanidad que destacan por ser, en términos globales, especialmente pacíficos. Aunque nos pueda parecer a veces lo contrario sobre estimulados por las imágenes de las guerras de Ucrania o Palestina, lo cierto es que nunca tanta gente ha vivido tan bien en el mundo. Ya nos resultan tan lejanas y ajenas las grandes guerras en las que los muertos se contaban por decenas de millones, que apenas somos capaces de distinguir emociones entre una escena del desembarco de Normandía o la de una batalla entre Orcos y Elfos en la gran pantalla.
Cuando me refiero a convulso, lo hago en el sentido de dinámico, o agitado en grado extremo, y cuando digo efervescente, lo hago en relación a lo efímero, inmediato y rápido. Estoy leyendo ahora un libro, el cual recomiendo por su lectura asequible y entretenida, que me hace reflexionar sobre esto. Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. En el fondo, es uno de tantos libros de divulgación, que se aproxima a la historia de la ciencia, y que pasa por los grandes hitos de la astronomía, la geología, la física o la biología, lleno de anécdotas y curiosidades de los protagonistas que marcaron un hito en sus respectivas disciplinas y que por ende, cimentaron el avance de los que les siguieron.
En todas estas historias, encuentro un factor común. Por muy productivas que llegasen a ser estas privilegiadas mentes, pasaban años madurando y reflexionando sus ideas. Su conocimiento original e imaginativo requirió de un estudio previo concienzudo y pausado de disciplinas y técnicas ancestrales no siempre fácilmente asequible. Bien fuese para apoyarse en ello, bien para ponerlo en cuestión, el tiempo ocupaba su lugar en el emocionante proceso creativo.
Hoy en cambio, todo es inmediatez y vorágine. Hay una infinita cantidad de información al alcance. Tanta que ya no somos capaces ni de distinguir cual es la que queremos en cada momento. Sentimos la necesidad de satisfacer nuestra curiosidad en segundos, y cuando esto no sucede, perdemos rápido el interés con la frustrante sensación de estar perdiendo el tiempo. Si por algo pasará a la historia nuestra generación, será por la hiperbólica capacidad de hacer scroll con el dedo en la pantalla del teléfono.
Unir la cocina con el salón
Unir la cocina con el salón
“¡He tenido una gran idea! Ya que tenemos una casa muy pequeña, unamos la cocina con el salón.”
“¡He tenido una gran idea! Ahora que tenemos una casa lo suficientemente grande, separemos la zona para cocinar del resto de la casa. Así podremos ganar algo de independencia y los humos y olores de los alimentos no se mezclarán con las demás estancias del hogar.” Parece una idea genial, de hecho, fue una de las panaceas del diseño residencial a principios del siglo XIX, junto con otras preocupaciones relacionadas con la salubridad y la mejora en la calidad de vida de la población en las grandes ciudades. Poco a poco, esta idea de desvincular el fuego del centro de los hogares fue ganando notoriedad, especialmente con la invención e implementación de multitud de herramientas, cachivaches y electrodomésticos propios de la cocina, que han ido reivindicando su lugar en casa y llenando encimeras, cajones y muebles altos, extendiéndose como una auténtica enredadera por cualquier espacio de almacenaje que quedara libre.
Pero, curiosamente, hoy en día hemos llegado al punto contrario: “¡He tenido una gran idea! Ya que tenemos una casa muy pequeña, unamos la cocina con el salón. De esta forma, podremos disfrutar de un espacio más diáfano que se adapte a nuestra forma de vida y, así, esta caja de cerillas a la que llamamos hogar, podrá gozar de algo más de luz natural.”
Lo que antes era un lujo, ahora se ha convertido en un estorbo. Lo que antes era sinónimo de modernidad, ahora es sinónimo de vivir en la casa de tus abuelos.
Da la impresión de que solo existen dos magníficas ideas super innovadoras a la hora de afrontar la reforma de cualquier vivienda: tirar el tabique que separa la cocina del salón y cambiar la bañera por un plato de ducha. A decir verdad, prácticamente todo nuestro parque inmobiliario de obra nueva ya recoge estas demandas del mercado y aprovecha la coyuntura para seguir produciendo viviendas cada vez más pequeñas, pero… ¡ojo! donde podrás cocinar lentejas mientras tu hijo juega a la consola tirado en el sofá.
Es cierto que nuestras viviendas deben resolver eficientemente nuestras necesidades, pero la gran mayoría de ellas se crean y se destruyen tan rápido como sale al mercado una nueva invención como la Airfryer o la televisión con inteligencia artificial. Me pregunto si dentro de 70 años todas las reformas que se lleven a cabo en nuestras actuales construcciones volverán a levantar ese tabique que parece subir y bajar en función de las supuestas necesidades propias de la vida moderna.
La gran evasión
La gran evasión
“Las ciudades subterráneas despiertan una fascinación especial. Nos recuerdan que, bajo la superficie de nuestras modernas urbes, yacen historias ocultas»
Las ciudades subterráneas son un viaje al corazón de la tierra, donde la arquitectura se entrelaza con el instinto de supervivencia y la necesidad de adaptarse a lo imposible. Estos espacios ocultos bajo nuestros pies no son solo cavidades en el suelo, son verdaderos laberintos que cuentan historias de resistencia, ingenio y misterios por desvelar.
En la Anatolia turca, la ciudad subterránea de Derinkuyu emerge como un prodigio de la ingeniería antigua. Excavada en roca volcánica hace miles de años, esta ciudad fue un refugio para miles de personas. Sus niveles descendentes, conectados por angostos pasillos, albergaban viviendas, almacenes, establos, pozos de agua e incluso iglesias. Su diseño no solo protegía contra las invasiones, sino que también garantizaba la autosuficiencia durante largos periodos. En su penumbra, uno puede imaginar el bullicio de una vida que transcurría oculta al calor de las antorchas iluminando muros y galerías.
En contraste, pero con un espíritu similar de protección, los refugios subterráneos de la Guerra Civil en Almería nos remiten a un pasado más reciente. Estas galerías, excavadas a toda prisa bajo la dirección del arquitecto Langle, eran un escudo contra el terror que caía desde el cielo. Allí, en la oscuridad, se mezclaban el miedo y la esperanza. Las paredes, toscas y marcadas por el esfuerzo de manos apresuradas, eran testigos de historias de supervivencia: madres que acunaban a sus hijos, vecinos que compartían el espacio estrecho, silencios rotos solo por el retumbar de las explosiones en la superficie.
Ambos ejemplos nos hablan de la capacidad del ser humano para adaptarse. Derinkuyu, con su complejidad y sofisticación, muestra una planificación que trasciende generaciones, mientras que los refugios almerienses nos enfrentan a la urgencia de construir bajo la amenaza inmediata. En ambos casos, la arquitectura se convierte en un éxodo hacia el interior de la tierra, una vuelta a las entrañas del planeta como último recurso.
Hoy, las ciudades subterráneas despiertan una fascinación especial. Nos recuerdan que, bajo la superficie de nuestras modernas urbes, yacen historias ocultas capaces de cambiar nuestra percepción del tiempo y del espacio. Monumentos de la memoria, espacios donde la historia respira en el eco de sus pasadizos. Estos monumentos ocultos nos invitan a reflexionar sobre la naturaleza humana: siempre buscando luz, incluso en las profundidades más recónditas de la tierra.
Paredes de gotelé
Paredes de gotelé
“Solo consiguen distinguirse de la del vecino en las pulgadas de la televisión.”
Aunque ciertamente parezca que cada vez hay menos oferta de vivienda debido a la desproporcionada demanda habitacional que la sociedad reclama, lo que sí es cierto es que existe una gran diversidad de hogares que colman nuestro mercado inmobiliario. Lo portales de venta de nuestro país están inundados de viviendas de todo tipo, pero en gran medida, esto solo se debe a la heterogeneidad en la fecha de construcción de los inmuebles. Como el caso de los antiguos pisos de cuatro dormitorios, con grandes salones, salitas de estar y una pequeña habitación de servicio dentro de la cocina que compiten con la predominante tipología de viviendas de tres dormitorios, dos cuartos de baño y salón-comedor-cocina diáfano.
Es cierto que cada generación parece tener sus propias preferencias desde el punto de vista programático, funcional o estético. Se antoja natural y lógico que las familias evolucionen en paralelo con las nuevas formas de vida, pero sin embargo, en muy contadas ocasiones, estas transformaciones terminan influyendo realmente en los diseños de nuestros hogares. Existen una gran cantidad de intereses subyacentes de todo tipo que son los que, en realidad, terminan definiendo cómo son nuestras casas, incluso estableciendo cuestiones tan invasivas para nuestro día a día cómo por ejemplo, donde se coloca la vitrocerámica en nuestra cocina o si nuestro cuarto de baño tiene bidé o plato de ducha.
El sector de la construcción, como sucede en otros tantos sectores productivos, es víctima de incontables factores que acaban definiendo hacia donde deriva el mercado. Desde los intereses económicos a la hora del desarrollo del suelo, el aprovechamiento máximo de una parcela, hasta la normativa municipal que establece la relación entre las estancias, nuestras casas terminan siendo un producto uniforme que solo consiguen distinguirse de la del vecino en las pulgadas de la televisión. Así que, uno de los pocos factores que terminan marcando una diferencia sustancial es el año en el que fueron levantados.
Da la sensación de que la arquitectura residencial, sobre todo la colectiva, funciona por tongadas, y que ahora simplemente estamos viviendo el momento de las cocinas abiertas y las carpinterías de PVC en color gris antracita. Queda ya muy lejos aquella época de las paredes con gotelé y los suelos de terrazo. ¿Me pregunto qué será lo siguiente?
El patito feo
El patito feo
“Manzanas de edificios que, aunque diseñados sin grandes pretensiones, crean continuidad.”
En el vasto panorama urbano, es fácil dejarse llevar por la grandilocuencia de los iconos arquitectónicos. Monumentos, rascacielos de autor y edificios estrella que buscan ser retratados en miles de selfies y postales. Sin embargo, en ese constante juego de luces y sombras que define nuestras ciudades, hay una arquitectura que se mueve en silencio, casi invisible. No llena portadas de revistas ni protagoniza premios internacionales, pero sin ella, las ciudades serían un mero escaparate vacío. Es la arquitectura modesta y anónima, la que no presume, pero construye ciudad.
Esta arquitectura pasa desapercibida precisamente porque no busca destacar. Es la vivienda de toda la vida en la esquina de tu calle, la fachada descascarillada que resiste al tiempo, el portal que tantas veces cruzaste sin prestar atención. No lleva firmas famosas ni necesita justificaciones teóricas de alto calibre. Su mayor mérito es su capacidad de formar parte de un todo mayor, de aportar sin reclamar protagonismo.
Pensemos en esas manzanas de edificios que, aunque diseñados sin grandes pretensiones, crean continuidad. En sus ritmos de ventanas, balcones y tejados se entreteje la trama urbana, un lenguaje común que da identidad a los barrios. Frente a la obsesión contemporánea por el espectáculo, estas obras anónimas nos recuerdan que el verdadero lujo es la coherencia, la armonía cotidiana. Porque no todo debe ser un Guggenheim; a veces, lo que necesitamos es una buena plaza donde sentarnos al sol.
Lo paradójico es que, pese a su modestia, esta arquitectura soporta el peso del tiempo mejor que muchos de esos flamantes hitos que envejecen mal. Hay algo profundamente honesto en su sencillez, una lógica funcional que huye del artificio. Cuando los materiales son nobles, las proporciones acertadas y los detalles bien pensados, el resultado es una belleza silenciosa que se mantiene viva, al margen de modas pasajeras o revoluciones tecnológicas.
En un mundo donde la arquitectura tiende a dividirse entre lo espectacular y lo precario, la modesta se alza como un recordatorio de lo que realmente importa. No se trata de impresionar, sino de acoger. De ser el telón de fondo de nuestras vidas, de permitir que la ciudad sea un lugar habitable antes que un escaparate. Porque al final, lo que hace ciudad no es el edificio que todos señalan, sino aquellos que, sin darnos cuenta, habitamos todos los días.
El suelo mojado
El suelo mojado
“El suelo se convierte en un espejo gris que robota la luz y refleja el ritmo de los arcos de las fachadas”
La Plaza de San Marcos de Venecia se sitúa en una posición muy concreta al sur de la ciudad y dando la bienvenida a diario a toda la gente que entra y sale con los famosos Vaporretos del Gran Canal, durante todo el año. Sin embargo, cuando se accede a ella a pie a través de las angostas calles que conforman el barrio de San Marcos, se presenta como una gran apertura, a modo de grieta, que ensancha el espacio urbano de forma espectacular. La plaza parece estar cerrada por dos largas fachadas de los edificios de las Procuradurías, que se extienden aparentemente en paralelo hasta la coronación de la plaza con la Basílica de San Marcos y la Torre del Reloj, dejando el descubrimiento del precioso Palacio Ducal para el final del recorrido, al tiempo que se revela de la gran apertura espacial a la inmersa y horizontal presencia del agua.
Y justo este elemento, el agua, que parece estar presente solo en los perímetros de las islas que conforman la ciudad, en realidad atraviesa, a modo de venas y arterías, la gran mayoría de callejones que quedan repletos de puentes de piedra comunicando todo este laberinto urbano tan singular. Venecia es una isla artificial construida a base de compactar una serie de grandes troncos de madera hincados en una gran laguna al norte de Italia, aparentemente protegida de las grandes mareas por su posición geográfica. Sin embargo, las inundaciones han sido más que recurrentes a lo largo de los siglos, tanto que la ciudad lleva años desarrollando un sistema de diques móviles, llamado proyecto Moisés, para protegerla de la ya famosa Aqcua Alta.
Estas inundaciones afectan casi siempre, en primer lugar, a la expuesta Plaza de San Marcos, bañando todo su pavimento y cubriéndolo con una lámina de agua que transforma el espacio en algo más dramático, si cabe. El suelo se convierte en un espejo gris que rebota la luz y refleja el ritmo de los arcos de las fachadas circundantes. El agua democratiza el espacio, unificándolo y eliminando cualquier distorsión visual que pueda haber. La humedad es abrumadora y omnipresente; el olor a piedra mojada y ver cómo se funde la arquitectura con la naturaleza es un espectáculo que nos deja absortos. El agua, al igual que el fuego, tiene un componente hipnotizador que ataca a lo más profundo de nuestro cerebro y nos impide apartar la mirada. Por eso, cuando la plaza está inundada, los ojos se nos van al suelo y no al cielo.
Todos al desván
Todos al desván
“Viejas cajas de cartón, cofres cerrados con candados oxidados y muebles cubiertos con sábanas blancas.”
Los sótanos y desvanes abandonados son cápsulas del tiempo, envueltas en polvo y misterio. No son simplemente espacios olvidados; testigos mudos de épocas pasadas, de vidas que se deslizan entre las sombras. Bastan unos pasos en la penumbra para que ese olor a humedad y madera vieja nos envuelva, transportándonos a recuerdos difusos, que emergen como espectros en el silencio. Ahí, en cada rincón oscuro, habitan memorias atrapadas, fragmentos de historias que aún esperan ser contadas.
En esos lugares, la curiosidad siempre se mezcla con un ligero temor. Las escaleras, empinadas y crujientes, llevan a sitios donde la luz parece temer entrar. Allí, se amontonan viejas cajas de cartón, cofres cerrados con candados oxidados, y muebles cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas de tiempos mejores. Cada objeto, por insignificante que parezca, encierra secretos: cartas amarillentas, fotografías de desconocidos y herramientas olvidadas que ahora son piezas de un rompecabezas sin solución.
Son espacios que alguna vez tuvieron un propósito; en el sótano se almacenaban las provisiones, en el desván se guardaban las reliquias familiares. Pero, con el tiempo, se transformaron en lugares de sombra y olvido relegados a la soledad. Y sin embargo, hay una especie de ritual al recorrerlos. Abrir un arcón olvidado, descubrir un juguete roto, hojear un cuaderno de anotaciones. En esos momentos, uno se convierte en explorador de una arqueología doméstica, desenterrando fragmentos de vidas anteriores, cual reliquias de un pasado que se resiste a desaparecer.
Observar el contenido de un desván abandonado es también asomarse a una historia familiar detenida. Allí, las huellas de quienes lo ocuparon permanecen: las marcas en el suelo de antiguos baúles que alguna vez guardaron sueños, viejos periódicos que sirvieron de envoltorio, ropa olvidada… vestigios de épocas de modas lejanas. El silencio en estos lugares es distinto, profundo y denso, solo perturbado por el ocasional crujido de la madera o el viento que se cuela por una ventana rota.
Y al final, uno se da cuenta de que estos lugares abandonados guardan no solo objetos, sino también los secretos, miedos y esperanzas que fueron dejando sus habitantes. Son monumentos humildes, casi invisibles, de la memoria, lugares donde el tiempo se ha detenido, y que, como nuestros recuerdos más lejanos, van desmoronándose poco a poco, hasta que un día, tal vez, se conviertan en polvo.
El cuentacuentos
El cuentacuentos
“Una fotografía puede transformar un simple bar en una reinterpretación de una capilla”
Una de las principales razones por las que siempre terminamos viendo, en las carteleras de los cines o en cualquier plataforma digital, una gran cantidad de conceptos refritos, remakes o simplemente nuevas versiones del mismo cuento, es, además del afán de las productoras por crear productos que vendan incluso antes de estrenarse, la gran facilidad que tienen algunos artistas para reinterpretar historias y contarlas de tal manera que logre emocionar al espectador una y otra vez, aunque ya conozca el final.
Muchos guionistas o directores de cine buscan inspiración para su próxima película en novelas, cómics o incluso otras cintas, no solo como referencia para crear algo nuevo, sino para repetir la historia contándola desde su propia perspectiva. Eso sí, se vuelve fundamental saber leer adecuadamente el cuento para poder entenderlo, interiorizarlo y poder explicarlo de nuevo. Cualquier historia, desde “Los tres cerditos” hasta “Blancanieves” puede ser una aventura épica o un gran drama. Así que, el cuentacuentos puede llegar a ser casi tan importante como el propio cuento. Saber narrar es imprescindible para conseguir transmitir emociones y, por supuesto, siempre se trata de eso: de hacer sentir algo al espectador.
La visión del narrador puede transformar drásticamente cualquier obra artística. Los fotógrafos, por ejemplo, son expertos en plasmar una visión propia de la realidad y en contar, a través de instantáneas muy precisas, una infinidad de interpretaciones de una misma verdad. Una fotografía puede transformar un simple bar en la reinterpretación de una capilla y un parking de caravanas en una auténtica feria del color. Todo depende de los ojos de quien lo mire y de la habilidad para transmitir su arte utilizando las herramientas que tenga a su disposición, como podrían ser: la escala, el color, la composición, el tiempo, el espacio o incluso la mismísima luz.
Por lo tanto, a priori parece que construir buena arquitectura puede ser tan importante como saber contarla. Sin embargo, no todo se puede expresar con palabras o imágenes. La sensación que produce estar debajo del óculo del Panteón de Roma no puede revelarse a través de ningún grabado; solo se consigue viajando a la capital italiana, haciendo la esperada cola de turistas y entrando en esa enorme masa hueca de hormigón para mirar al cielo con tus propios ojos.
El Celia
El Celia
“Ha superado Repúblicas, guerras, dictaduras, transiciones y hasta la llegada de la fibra óptica, oculto tras dos inmensos ficus que protegen su fachada Sur.”
Ayer me tocó visitar uno de esos edificios con solera, poso y peso. Peso no solo en el sentido figurado, pues se trata de un edificio masivo, de gruesos muros y esbeltos huecos como rendijas que perforan sus fachadas siguiendo un ritmo regular y repetitivo, solo alterado por su pórtico de acceso con capiteles dóricos.
Es un edificio clásico en su composición, de estilo neo-academicista de orden gigante, con un solemne basamento de sillares almohadillados y cuatro niveles horizontales, contando con su semisótano y coronado por una cornisa de pilastras y balaustres.
El edificio alinea sus cuatro fachadas con la forma trapezoidal de su solar, resolviéndose mediante naves de una crujía y galería corredor en torno a un patio central y una escalera monumental coronada por una linterna.
Ya en el interior, altos techos, carpinterías verdes, sobrias paredes descarnadas y solerías de baldosa hidráulica y tarimas por las que han pasado durante décadas miles de almas crean un ambiente ciertamente sobrecogedor. Esconde además una pequeña joya, pues su salón de actos reversible conserva sus vidrieras originales, en una de las pocas concesiones al ornato en todo el edificio.
Empezó siendo la Escuela Superior de Artes Industriales, gestada en la década de los años 20 a partir de unos estudios iniciales de Trinidad Cuartara, y terminada en los primeros años 30 del siglo pasado. Pasó a ser Instituto Mixto de Enseñanza Secundaria en los años 50.
Y así ha llegado hasta nuestros días. Ha superado repúblicas, guerras, dictaduras, transiciones y hasta la llegada de la fibra óptica. Y ahí se mantiene, con orgullo y fuerza, erguido y oculto tras dos inmensos ficus que protegen su fachada sur.
¡Qué gran diferencia con las construcciones actuales, orgullosas de sus muros cortina y audaces voladizos! Hemos pasado de muros masivos de un solo material, que además servían de soporte estructural, a ligeras pieles que, como una cebolla, aglutinan un sinfín de capas que condensan las propiedades de 70 cm de materia en apenas 25 cm, desligadas de una estructura de finos soportes y forjados.
Hoy, el Instituto Celia Viñas, con sus aseos renovados, pizarras digitales y moderno ascensor, sigue siendo el mismo venerable edificio que quedó varado en la margen oeste de la Rambla hace casi 100 años, habiendo mantenido casi inalterada su esencia. Mientras, a su alrededor, la ciudad lo ha ido envolviendo y arropando, haciéndolo pasar casi inadvertido con su elegante y silenciosa sobriedad.

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